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15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”

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17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

14 de diciembre: el que no me conozca…

Sunday, December 14th, 2014

El que no me conozca, que me compre, dirían en mi casa. Mi mal humor ante algunas cosas es algo que, en principio, todo mundo debiera conocer. Pocas cosas me sacan de mis casillas totalmente; de las más comunes:

  • que me despierten,
  • que me cuenten mentiras,
  • que me pidan que cuente mentiras, para lo cual soy pésima, además.

En esas circunstancias es mejor que me encierre, literal o metafóricamente. Si es imposible, me quedo muda; el silencio es lo que hace evidente mi enojo. De pequeña me iba a mi cama y me hacía la dormida. Después aprendí a ignorar completamente a la(s) persona(s) que me provoca(n) el enojo, tanto como me dure, y pueden ser meses. De esa manera es difícil que explote, aunque la adrenalina tiene algunos efectos sobre mí: baja de azúcar, o de la presión, o ambas cosas; puedo hasta enroncharme completamente, de pies a cabeza, pero eso solamente ocurre después de un periodo prolongado de estrés, de situaciones de enojo frecuentes o recurrentes.

Pero llego a perder la paciencia, claro que sí. No insulto, no grito, pero dejo saber muy claramente lo que estoy pensando. Lo pongo por escrito y lo hago llegar a quién corresponda, para que quede constancia. Y no se me olvida. Cuando eso ha llegado a ocurrir en situaciones laborales, renuncio, tope en lo que tope. Así han terminado también mis dos matrimonios. Hay cosas que no tolero, simplemente. El problema es que uno no puede ir por ahí con una bandera que diga Aguas con la doña, que tiene muy mal genio. Entonces, soy yo la que evita a cierto tipo de personas o de ambientes.

Sé muy bien que nunca hubiera podido trabajar en una institución o empresa que pretendiera tenerme sentada durante 8 horas, o controlar lo que digo o, peor, lo que pienso. O que me pidiera adular a los superiores, de cualquier manera. Nunca. Me declaro incapaz de decir “como usted lo quiera” y ajustar mi pensamiento o mis acciones hacia ese fin. Y me desespero cuando veo a otros hacerlo.Por supuesto que no pretendería que tuvieran actitudes como la mía, pero entraría en conflicto serio si tuviera que colaborar con gente que piensa que a los jefes (los que pagan) hay que complacerlos.

Soy complicada, ya sé, pero prefiero vivir en mi complicación que consentir en tener la tripa hecha nudo todos los días, y enroncharme cada tanto. La cortisona no es algo que se me antoje mucho.

Dicho lo anterior, paso a retirarme 🙂

9 de julio: Comienza un nuevo ciclo.

Wednesday, July 9th, 2014

Porque hoy terminó el curso de verano, entregué calificaciones a los alumnos, y el acta a las autoridades. Hice un reporte a mi coordinadora y me despedí de ella y de la directora del departamento. Lo decidí hace unas semanas y hoy llegó el día.

Tengo muchas cosas por hacer, muchos planes por concretar, en cada uno de los círculos en los que me muevo. El más importante: mi familia. Y retomar lo que soy y lo que me gusta hacer. Vagar, por ejemplo.

Proyectos de desarrollo académico hay muchos, también; algunos muy retadores y gratificantes. Todos los signos son buenos.

Por lo pronto, a no dejar hebras sueltas antes de irme de viaje.

23 de mayo: día del estudiante

Friday, May 23rd, 2014

Y recordé el último, en Tepic. Vacaciones de mayo en las que uno regresaba al pueblo.  Las del 67, por ejemplo, viajamos juntos por pura casualidad en los asientos 3 y 4 de un Omnibus de México. Dijiste que me dormí en tu hombro y ahora deseo que haya sido cierto. Al regreso a la escuela, en el grupo A del segundo año, comenzamos a conversar en cada uno de los recesos y tiempos libres. De una columna a otra, hasta que no quedaba espacio por recorrer. Y en la biblioteca del Casco de Santo Tomás. Volvimos a viajar en asientos contiguos, ahora 5 y 6 y otra vez por pura casualidad, en las vacaciones largas. ¿Qué tanto hablamos durante las 12 horas del viaje? Porque no quería dormirme, me apenaba la idea de invadir tu espacio nuevamente. Comimos trozos de naranja cubierta, de las que le llevaba a mi padre, eso sí recuerdo.

Los encuentros aleatorios se sucedieron en Tepic, principalmente en la Alameda. Era mucho más tranquila que ahora, con la barda que la rodeaba, con los barrancos a los lados. Siempre fue uno de mis sitios preferidos de la ciudad y en eso coincidimos. Por eso estábamos ahí el 23 de mayo del 71.

Yo llegué con algunas de las pocas amigas que todavía tenía. Vestía el vestido recto y sin mangas, flores sobre fondo negro, que me hizo mi abuela, y sandalias blancas con tacón. Me quedé en la banca de siempre y ellas se fueron buscando algo en los barrancos. Regresaron con un mango verde con chile,  para mí, y volvieron a irse. Entonces te hiciste presente y tomaste el mango para ponerlo en la basura. “Te hace daño” dijiste. Nadie, nunca, se tomaría la molestia y el atrevimiento de impedirme hacer algo para evitarme un dolor de estómago, o cualquier otro percance. Ni antes ni después. Y a nadie más, nunca, se lo hubiera permitido.

Yo te escuchaba, prendida de cada palabra mientras me platicabas de lo que te había enfermado. Justo entonces aparecieron mis amigas que tenían urgencia por volver: debían regresar el carro que les habían prestado. Una mirada de despedida. Y no hubo más conversaciones aunque sí muchos encuentros aleatorios.

Volviste a sostenerme cuando salía de casa de Raquel, caminando de espaldas, y se me acabó el pasillo. Era la Semana Santa del 72, mis amigos esperándome y tus hermanos expectantes. Un instante de eternidad entre tú y yo, hasta que te jalaron y me llamaron. También recuerdo el vestido y los zapatos que usaba yo ese día, y el detalle de la calle con la guayín prestada por mi tía Cuca y conducida por Luis Ceja, con Lucas, Silvia y su hermano y otra chica parados al lado.

Hoy recordé cada detalle, y hasta el sol que se colaba entre los árboles. Con la tremenda tristeza vino una somnolencia pesada; dormí alrededor de una hora y desperté tranquila (me ha estado ocurriendo en cada uno de estos eventos). Que así siga.

26 de marzo: Reconstruir mi historia

Wednesday, March 26th, 2014

De los archivos de mi madre me traje un montón de fotos, de la familia y mías. En realidad estaba buscando la única foto (de esas que le hacían a uno para las credenciales de la escuela) que quisiera recuperar y que no es ni de mi familia ni mía, sino una que me regalaron. Esperanza inútil.  Comencé por organizar las que me traje

  • las de mis mayores
  • las mías
  • las de las “tribus” familiares

y por subirlas en Facebook, para ponerlas al alcance de los chavos de las generaciones que siguen a la mía e, incluso, de mis hermanos.

Para mí es interesante e importante reconstruir mi pasado. Quién soy y de dónde vengo. Y cada vez me sorprendo de lo mucho que había olvidado sobre mí misma. Mis fotos las organicé por edades aunque hay muchas otras en otros álbumes de épocas pasadas y recientes. Pero no pienso hacer un merge con ellas. Estas son las fotos de las que no tenía copias y que, por supuesto, no fueron tomadas con cámaras digitales.

Al ver las fotos recordé muchos de los vestidos que usé en mi adolescencia. Uno azul marino, con bolas blancas, por ejemplo. O aquel de flores sobre fondo negro, casi recto,  que vestía en uno de esos encuentros no planeados en la Alameda de Tepic, con sandalias blancas de tacón. O el fucsia, de corte imperio con la parte superior resaltada por un tejido blanco, y que usaba para ir a una fiesta en Tepic, con mis amigos del D.F. que habían ido a pasar Semana Santa de 1972, cuando caí de espaldas saliendo en reversa y sin fijarme de la casa de mi amiga Raquel. Unos brazos me cacharon. Otra vez por pura casualidad. Un instante que duró no sé cuánto hasta que a mí me volvieron a la realidad mis amigos y a él lo jalaron sus hermanos.

Recordé un vestido de fiesta para una graduación en ESFM (no mía), para la que me mandaron el cuaderno de modas, enorme, para que seleccionara el modelo. Elegí un pantalón negro acampanado, de tela fluida, con una blusa blanca de vuelos en las mangas y cuello y una banda rosa en la cintura. Cuando la caja con el vestido llegó, me infarté: era un vestido línea A, minifalda, de mangas de campana largas, elaborado en un delicadísimo y sutil brocado ¡ROSA! Y venía acompañado de un abrigo blanco, guantes y zapatos plateados. Y no había de otra.

Otra sorpresa al ver las fotos, es que yo me recuerdo como tímida, por lo menos en la época de la secundaria.  Evidentemente no lo era tanto, porque parece que desde muy pequeña disfrutaba que me tomaran fotos. Aunque en muchas no parezco sonriente. Es decir que soy más narcisista de lo que creía. Probablemente mi recuerdo de la época de la secundaria tiene que ver con esa etapa en la que no sabía si iba o venia, si sentarme o quedarme de pie, y dónde poner las manos. Y de la conciencia de que mi pelo no está hecho para peinarlo según las modas. Hay que dejarlo ser, y me tomó tiempo aprenderlo. Supongo que estaba tan incómoda con mi experiencia de crecimiento, que trataba de pasar desapercibida en donde fuera, excepto frente a la cámara, por lo que se ve.

Años después, cuando ya cursaba la carrera, en unas de las vacaciones decembrinas fuimos a una de las tantas posadas en el Casino de Tepic (había una cada día y mis padres no se perdían ni una). Un joven me invitó a bailar. Vivía en la misma calle que nosotros, una cuadra más hacia el centro de la ciudad, y había sido el novio de una compañera/amiga de la secundaria. Mientras bailábamos me preguntó ¡de dónde era! Y seguí el juego. De aquí, contesté. “pero no estudiaste aquí”, me dijo. Hasta la secundaria sí,  y luego me fui a México a hacer la prepa, contesté. “¿En qué secundaria estabas?” me preguntó. En la Alemán, dije. “¡Ah! ¡Yo tenía amigas ahí!” exclamó. Sí, fulanita era tu novia y alguna vez nos fuimos de pinta a los barrancos de la Alameda, yo de chaperona, confesé. Nos reímos. No, nunca se dio cuenta de que yo existía porque yo hacía todo lo posible porque nadie me viera.

Y luego todo cambió cuando entré a la Voca 3 y, por necesidad, tuve que hacer puros amigos hombres. Y aprender su estilo y sus maneras de socializar, que copié en buena medida. Hasta intenté aprender a fumar, sin éxito. Y sin embargo seguí utilizando los vestidos que mi abuela me hacía y que ahora recuerdo con tanto cariño y que me gustaban tanto.

Mi pelo, de acuerdo con las fotos, lo he tenido de todos los largos posibles. De muy corto, como de niño, a muy largo, a media espalda. Rizado, cuando mi mamá decidía dejar de batallar con lo lacio.  A los 17 años lo tenía justo del largo que lo tengo ahora, y lo “peinaba” de la misma manera. Y es que no tengo muchas opciones. He aprendido a vivir con él y a no preocuparme de si se ve peinado o no.

Ha sido bueno recomponer mi idea de mí. Y todavía me falta contrastar esa idea con la que de mí tiene la familia.¡Uy!

17 de febrero: 2^6 = 1000000

Monday, February 17th, 2014

Dice Wolfram Alpha que al día de mañana habrán transcurrido 3339 semanas y 3 días desde el  18 de febrero de 1950; y 1826 semanas y 2 días desde el  18 de febrero de 1979. 1513 semanas entre que yo llegué a este mundo y Pako llegó a mi vida,

Twenty-three chromosomes from each parent join to form every detail of human development: sex, hair, eye color, height, skin tone, personality, emotional make-up, and other inherited characteristics. Dice Fetal Development.

Parece que mi aportación comienza después de skin tone. En todo caso, ¡doble aniversario!

Mi recuerdo más remoto de un cumpleaños mío ocurre en la casa de la calle Zapata, en la que vivimos hasta mis nueve o diez  años;  incluye a mi padre, a mi madre y a mi abuela, y los recuerdo haciendo canastitas de cartoncillo azul para los dulces; pero no recuerdo a ninguno de mis hermanos. No recuerdo ni la piñata ni el festejo.

El siguiente cumple que recuerdo es el de mis 10 años, en la casa de la Av. Allende. Mis padres invitaron a todas mis compañeras y a mi maestra de cuarto año, además de las amigas del vecindario y, supongo, las primas. Tampoco recuerdo si hubo piñata o algo semejante.  De los cumpleaños siguientes, hasta los 15 años, sé que en cada ocasión mi abuela preparó tamales porque mis amigas llegaban temprano para participar en su elaboración, como parte de la fiesta; pero no recuerdo las fiestas.

Después, mis cumpleaños los pasé en la Ciudad de México, sin mi familia, y solamente recuerdo el festejo que organizamos Norma Díaz y yo, cuando cumplí 19 años, y a la que la persona que más me importaba no asistiría, porque ni le interesaban las fiestas ni, mucho menos, alternar con gente desconocida. Creo que asistieron algunos de los compañeros de Norma pero, aparte de las conversaciones en el reducido grupo, no recuerdo mayor cosa.

Después no recuerdo ninguno, hasta el de 1979. Habíamos llegado a París en octubre de 1978, con beca de estudiantes. Rentamos un departamento de 24 metros cuadrados en el 20ème Arrondissement.  El día de mi cumple compramos algo de quesos y una botella de vino. Pako llegó 39 semanas y 3 días más tarde. Desde entonces me ha acompañado, aun cuando esté en otro sitio. Es el mejor regalo que he recibido en mi vida.

Los últimos cumpleaños de mi estancia en el D.F., tuvieron lugar a las puertas de la Sección de Matemática Educativa (CINVESTAV), en la colonia Nápoles, con mis amigos que sí pertenecían al Sindicato (los investigadores éramos “Personal de Confianza” por decreto presidencial) y que en esas fechas estaban en huelga. ¡Preparaban sopes y quesadillas deliciosas!

En León, en el Tec,  festejamos mis  3 veces 15 con vals y pastel, con el grupo de profesoras y alumnas que compartíamos el desayuno en la oficina de Blanca Elías. En alguna ocasión Pako me organizó una comida sorpresa en Antares a la que invitó a mis amigas. Y hasta Norma Canto (que fue Directora de Profesional un par de años) organizó un festejo para mí ¡en el que prohibió que nos riéramos antes de que ella lo autorizara!

En Tijuana hubo pasteles con las amigas y compañeros, pasteles comunitarios (para todas las que cumplen años entre fines de enero y febrero, dijo mi entonces jefa) y festejos con mis amigos de Servicios Generales que guisan riquísimo y comparten porque sí.

Y éste es el segundo cumpleaños que paso en León, regresando de Tijuana. El año pasado festejamos en compañía de Alma Rosa y Laura Hays. Este año, con Alma Rosa me iré a disfrutar del concierto de Serrat en el Teatro Doblado.

Pero he recibido mucho en este fin de semana, de mi hijo y de mis amigos. Pako llegó desde el viernes, y el sábado me lo regaló completito. Almorzamos, disfrutamos del café, conversamos de los proyectos, los aprendizajes, los logros y lo que sigue, fuimos al cine, y nos fuimos a pelear con la CFE. Hoy vinieron Leo Aranda y su familia y dedicaron una buena parte de la mañana a compartir con nosotros los tamales, algunos recuerdos y las risas con los chiquitos, a pesar de que solamente disponen de una semana para pasarlo con su familia en León. Luca, su hijo de tres años, me regaló uno de sus dibujos.  Mis amigas comienzan a mandarme lindos mensajes.

Mañana tenía prevista una reunión de trabajo que ocuparía toda la mañana, y la segunda sesión del Taller de Cuento por la tarde. La reunión de trabajo fue pospuesta, lo que significa que podré ir a caminar y, luego, a almorzar en santa paz. También tengo que diseñar, imprimir y fotocopiar el examen que aplicaré el miércoles, y terminar la tarea de cuento.

Y a comenzar el siguiente ciclo. Los primeros 64 han valido mucho la pena!

2013 in review

Tuesday, December 31st, 2013

The WordPress.com stats helper monkeys prepared a 2013 annual report for this blog.

Here’s an excerpt:

A San Francisco cable car holds 60 people. This blog was viewed about 670 times in 2013. If it were a cable car, it would take about 11 trips to carry that many people.

Click here to see the complete report.

2 de octubre: variopinto

Wednesday, October 2nd, 2013

Mucho recordar a través de posts, fotos, videos, películas completas compartidas en las redes. La desvergÜenza de El Universal Online de compartir la primera página del diario con fecha 3 de septiembre, presumiendo su cobertura del movimiento, utilizando todo el lenguaje y los mensajes del gobierno en sus notas.  Terroristas, nos llamó.

El Universal 3 de octubre de 1968

Saber que las marchas programadas para la conmemoración verán la represión como “respuesta” a los desmanes de encapuchados que se hacen llamar anarquistas, y ni sabemos si lo son y que a lo mejor son justamente los provocadores que propiciarán el rito de sangre. Ocurre una y otra vez. Entre las patas se llevan a los que en un acto de conciencia ciudadana verdadera asisten al evento.

Por otro lado, saber, por los mensajes y las discusiones en Twitter, del orgullo de mi jijito porque su madre participó activamente en el movimiento. Y de su respuesta, a la  que se sumó Leo Aranda, a alguien que cuestiona la importancia de la fecha. Pako ha estado comprometido desde siempre, y sus amigos, como Leo, son también gente consciente. Y me gusta.

Mi remedio para pensar menos en todo lo que duele es … la cocina. Me fui al súper y al mercado a hacer las compras necesarias para la semana, y para preparar el chorizo estilo de mi casa, según la receta de mi amá. Por ahí de las dos de la tarde comencé con los preparativos y terminé alrededor de las cuatro. De paso hice un poco de carnitas y otro poco de mole negro, para mi comida. Me aseguré de tener lo necesario para un mole verde según la receta de la U. de Guadalajara (un mole muy ligero) y para unas tortitas de calabaza. Luego comí.

Entre una cosa y otra revisaba los mensajes en FB. Me di tiempo para poner una foto mía de mi ingreso a E.S.F.M. Eso, porque me preguntaban si yo estaba en alguna de las fotografías que muestran a grupos de jovencitas en las marchas. Y no, no estoy en ninguna foto. Muy reconocible, por otra parte, porque ni me ponía adornos en la cabeza, ni maquillaje ni mucho menos se me hubiera ocurrido ir con faldas a una marcha o mitin. Acabé poniendo una galería de cuatro fotos, comenzando con la que acababa de subir y terminando con una reciente. Mi mirada cambió ya de la primera a la segunda foto, por supuesto.

Pero también preparé materiales para mis clases de mañana y revisé tareas en línea. Con todo, el día se ha terminado. Y me siento agradecida con todos los que hoy compartieron conmigo.

1 de septiembre: My way

Sunday, September 1st, 2013

Ayer fue la reunión para festejar los 70 años del Tec de Monterrey, con el reconocimiento a profesores que “dejaron huella”. Además de la ceremonia, de recibir los mensajes de los ex alumnos que nos llevaron a ese momento, de que nos entregaran el pisapapeles o sujetalibros (al gusto, porque no se me ocurre qué otra cosa hacer con esa copia de un monumento alojado en Campus Monterrey), lo mejor fue la reunión con algunos ex alumnos y amigos muy queridos y la presencia de muchos antiguos compañeros de trabajo. Ah! y,  por supuesto, el disfrutar de las guacamayas y tacos dorados de Javier.  Recordé, por supuesto, mis inicios en la docencia, hace 41 años, y cómo llegué ahí.

Cuando terminé la secundaria, recién cumplidos los quince años, mi padre me preguntó qué pensaba estudiar.  Ni siquiera era si pensaba hacerlo, como seguramente fue la situación para la mayoría de mis sesenta y tantas compañeras del tercer año de secundaria en “la Alemán” (Tepic, 1965, escuela del Estado, y por cooperación, para señoritas). Recuerdo que en aquellos días la Secretaría de Educación del Estado mandó a indagar si queríamos convertirnos en maestras rurales. Dos o tres compañeras aceptaron la propuesta.

Mi respuesta a la pregunta de mi padre fue “Literatura”. Pero mi apá me conocía muy bien, y doy gracias por ello. Me dijo “No. Ese es tu hobbie. Elige algo en lo que te gustaría trabajar”. Sin mucho de dónde agarrarme dije “Contabilidad”.  Entonces mi pá se rió: “No sirves para eso. La contabilidad es muy demandante y exige noches enteras de trabajo”. Tomando en cuenta que no sé desvelarme y que por ningún motivo pienso en sacrificar mi sueño (excepto leyendo o platicando), me quedé sin respuesta. Lo que siguió fue determinante: “si no estudias en el Politécnico te voy a mandar a Atequiza, internada, a estudiar para maestra”.

¿Yo, maestra? Por supuesto que no. De modo que se decidió que iría al Politécnico, a la ciudad de México, para iniciar el bachillerato. Uno de mis medios hermanos, que entonces estudiaba la Maestría en Física Nuclear (son tres, mayores que yo, y solamente tenía trato con uno de ellos, que no era éste),  fue el encargado de inscribirme en una Vocacional (los bachilleratos del Poli). Escogió la Voca 3, de Ingeniería y Ciencias, como pudo haber escogido la Voca 6, de Ciencias Médico-Biológicas: mismas instalaciones, mismo patio, etc. en el Casco de Santo Tomás. Eran las que le quedaban cerca de su casa.

La historia de mi paso por la Voca 3 es otro rollo. El asunto es que durante esos dos años cada profesor (era la única mujer en mi grupo de primer año y solamente éramos cinco en el segundo) me sugirió una carrera: Arquitectura o Ingeniería Civil, dijeron el de matemáticas y el de dibujo; Sociología, dijo el del único curso de Humanidades; “váyanse a su casa a aprender a cocinar” dijo el de química… y odié la materia por el resto de mi vida. Había hecho los talleres de Construcción, lo que me dió diploma de técnico, y decidí que sería Arquitectura. Pero en el camino, en lugar de ir al Edificio 5 de Zacatenco entré al Edificio 6 a pasar un semestre como oyente, con un par de amigas. Mis otros desvelos tuvieron la culpa. En mi intento por no equivocarme fui a que me hicieran una prueba psicométrica completa, que no sirvió para nada: “puedes estudiar lo que tú quieras” que para mi fue casiel  equivalente de decir “no sirves para nada”.

Pero me gustó el ambiente y los rollos y me quedé en Física y Matemáticas ya como estudiante regular cuando inició el siguiente semestre, el mismo en que inició la huelga (1968).
Al terminar la carrera Felipe Peredo, mi profesor de Algebra Moderna IV (mi área de especialidad fue esa), me invitó a ingresar como profesora (fundadora) de la UAM. Significaba integrarme como matemático a un departamento en formación y dedicar mi vida a la investigación en el área y a la docencia. Dije que no, y no me arrrepiento.

Antes, en 1972, mi hermana menor llegó a vivir conmigo para cursar el segundo año de secundaria y luego entrar a la prepa. Como hicieron conmigo, fui a la escuela secundaria más cercana a la casa de huéspedes en la que vivía, para inscribirla. Pero era una secundaria técnica y no podían aceptarla porque “la Alemán” no tenía en su programa las materias que ella hubiera necesitado.  Me dieron la ubicación de una escuela ad hoc (donde la inscribí)  pero al mismo tiempo me pidieron que diera clase de matemáticas y física a los niños de la técnica. Ni loca, dije. Y me rogaron una y otra vez. En algún momento mencionaron que me pagarían 2600 pesos mensuales por 20 horas de trabajo semanales, por las mañanas.

Mis padres me enviaban alrededor de 900 pesos mensuales en aquella época, los que servían para pagar renta, comidas, todo tipo de artículos que necesitara, los camiones y algunas distracciones. Entonces lo consideré. Tenía 22 años y siempre supe el enorme esfuerzo que mi padre hacía, trabajando de 6 A.M a 9 P.M., para sostenernos y educarnos. Mi papá dijo que estaba loca, y que si aceptaba trabajar dejaría de apoyarme económicamente. Comencé a trabajar dando cinco cursos de matemáticas: uno a cada uno de los grupos de primer año de la Escuela Secundaria Técnica #92, en Av. de los 100 Metros, frente al Instituto del Petróleo. Y me enamoré del trabajo con los escuincles.

Sin formación docente, inventé maneras que me permitieran entender las causas de la incomprensión, cuando aparecía, y maneras de ayudarlos a entender. Comencé a diseñar materiales y a hacer investigación en el aula. Era muy gratificante. En algún momento, habiendo terminado la carrera,  me inscribí en la Maestría de Planeación Urbana (ahora sí iba al Edificio 5 de Zacatenco) pero los cursos me parecían una vacilada. Y entonces se abrió Matemática Educativa en el CINVESTAV (1975), con la Maestría en Ciencias en esa especialidad. Decidí que el aprendizaje de las matemáticas era lo que verdaderamente me interesaba y que la docencia me apasionaba.

Siguieron los años de formación, de investigación, de hacer equipo con gente muy valiosa y de conocer la otra cara de la moneda. Pero mi camino ya estaba claro, y esta vez lo decidí yo.  Así llegamos a este momento en el que, aunque ya retirada por voluntad propia, sigo haciendo lo que me gusta. Y tengo muchas recompensas en esta área. Como las de ayer, como las de todos los días cuando mis ex alumnos, que ahora son mis amigos, me comparten documentos, mensajes, o me piden apoyo o me platican sus cuitas y sus alegrías, me invitan, me incluyen a pesar de la diferencia de edades.

Muchas cosas quedan como cosas chuscas:

  • El jefe que quería convertirme en su alumna de por vida, firmando mis trabajos
  • Los alumnos que firmaron y publicaron mis textos (e hicieron de esta práctica un camino de triunfo)
  • El jefe que me dijo que valía más un buen coordinador de cursos que un buen profesor de matemáticas (y que acabó dándome la razón, con lo cual renuncié muy contenta)
  • La que decidió que había que competir conmigo, sin saber que no me interesan las competencias de ningún estilo
  • El jefe que quería que firmara una carta de obediencia (yo, que nunca he obedecido a nadie)
  • El jefe que dijo que al cabo nadie quería trabajar conmigo

A cambio estuve y estoy rodeada de gente verdaderamente valiosa. Los jefes que reconozco como verdaderos líderes y los alumnos, amigos y compañeros que me inspiran.

Gracias por acompañarme en el viaje. Me siento contenta y muy satisfecha.