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26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientes/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro. 

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestar apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona excepto mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres). 

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista. 

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí. 

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí. 

29 de enero: Sábado por la noche

Monday, January 30th, 2017
Apareció en un post en Facebook, de  La escritura es cultura:

Así terminó pensado en él como nunca
se hubiera imaginado que se podía
pensar en alguien, presintiéndolo donde
no estaba, deseándolo donde no podía
estar, despertando de pronto con la
sensación física de que él la contemplaba
en la oscuridad mientras ella dormía, de
modo que la tarde en que sintió sus pasos
resueltos sobre el reguero de hojas
amarillas del parquecito, le costó trabajo
creer que no fuera otra burla de su fantasía.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera

 

“Estoy esperando, pues!” Agregué.
No que necesite recurrir a los escritores para decírtelo; te lo digo cada noche y cada noche es verdadero. Y te lo digo también de día: te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre.
Pero la madrugada del sábado apareciste. Desperté relajada, aliviada de mis mareos y demás. Tu presencia tiene ese maravilloso poder sobre mí.
Me fui a una reunión, animada. Fue bueno. Y fue bello ver a Venus en la cima de un portal abierto en el cielo, al atardecer.
venus-al-terminar-enero
La nostalgia regreso antes de dormir. Fue entonces que te dije que tú eres mi hogar, mi primer hogar después de mis 15 años. Supe quién era yo a través de tu mirada dulce, de tus palabras y letras, de tu caminar conmigo, de tu cuidado. Me supe segura y protegida. Nunca he vuelto a sentirme así en mi vida.
Entresaqué una definición de hogar nomás para corroborar que eso eres. Y la compartí con el mundo:
<<“El término hogar denomina el lugar donde uno vive y está estrechamente relacionado con una sensación de seguridad, confort, pertenencia y calma.”
E.T. calling home. I want to go home.>>
Sí, el domingo fue ambivalente/bipolar: de la actividad frenética de la mañana, con música de rock and roll, a la nostalgia de la tarde, con música que vino apareciendo. Comenzó con “Coincidir” y terminó con “Sabrás que te quiero”.

Y sucedió, y hasta lo grabé: uno de ellos entró por la ventana y estuvo unos 10 segundos revoloteando frente a mí. Y es como saber que estás cerca.
Me calmé, apague el aparato y me subí a ver The Big Bang Theory.
Mi alma vive en ti, contigo. Tú eres mi hogar, el único.

12 de enero: Voy a buscarte, voy a encontrarte

Thursday, January 12th, 2017
La bella me esperaba frente a la puerta de mi casa.
Es mi raite.
Voy a buscarte, voy a encontrarte, voy a llevarte fuera del mundo, fuera del mundo. Tú y yo, nosotros dos. Ahora, así, aquí.
12 de enero de 2017: 50 años de que el azar, caprichoso, decidió que teníamos que encontrarnos. Dos números primos solitarios.
Lo hizo bien. Estábamos ahí probablemente porque, de origen, nuestros padres lo decidieron así. En mi caso es así; en el tuyo debió serlo puesto que tus dos hermanos mayores ya estudiaban en el Poli. Ahora que lo pienso hasta es probable que ellos conocieran y fueran amigos del medio  hermano que tramitó mi ficha para el examen de admisión a Voca 3, dado que eran vecinos cercanos en nuestra ciudad y estudiaban en la misma institución. Y si es así, desde el inicio estábamos condenados a nunca ser más de lo que fuimos en el camino que juntos recorrimos en esta vida; pero no sabían  lo que seriamos a pesar del tiempo, de la distancia o de la muerte.
Ellos no podían anticipar que desde el primer año, antes de conocernos, elegiríamos el mismo taller (Construcción). No podían anticipar que  elegiríamos el mismo grupo en nuestro segundo año en Voca 3; en mi caso, estoy casi segura de que el medio hermano apostó a que yo ni siquiera aprobaría los cursos del primer año y que me regresarían a Tepic ante el fracaso. Mucho menos podían imaginar que habríamos de viajar en asientos contiguos en las primeras vacaciones escolares y las que le siguieron, con 15 horas o más para conversar y conocernos en cada uno de esos viajes.
Yo estaba donde ninguno de ellos suponía que tenía que estar. Y te encontré y me encontraste. No pudieron imaginar que éramos justo lo que el otro necesitaba.
Mi raite me espera, y voy a buscarte. Te amo.

8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

11 de mayo: No te vayas

Wednesday, May 11th, 2016

No sé cómo se instala tu presencia en mí.
Entras como una fuente de agua pura, cristalina y dulce que inunda mi pecho. Desbordante, fluyes por mis ojos.
Te vuelves fuego que abrasa; mi interior se llena de tu calor y mi respiración no alcanza a sofocar semejante incendio. El terremoto en que te transformas hace que escapen los suspiros y que me  esconda mientras la sacudida pasa. Todo en uno: agua que fluye, respiración cortada y espasmos que me agitan.

Después, mucho después, tu sonrisa se deja ver en mi memoria y eres como el viento suave que me trae la calma.

No quiero que te vayas. 

21 de marzo: Memory lane

Monday, March 21st, 2016

Uno debería aprender, desde la primera infancia, a tomar distancia de sí mismo para observarse con los ojos de los otros. Se requeriría, por supuesto, del conocimiento que tienen los otros para entender lo que se dice a través del mero lenguaje corporal, de las miradas, de las sonrisas. Eso sería un arte esencial.

El Viernes de Dolores me encaminé al centro de la ciudad para buscar los altares de la Dolorosa que en otros años vi sobre la calle Madero y las paralelas cercanas, con sus garrafas de agua fresca y sus flores para regalar a quien pregunte si “ya lloró la virgen”. Pero caminé desde el Arco de la Calzada hasta el Templo Expiatorio sin éxito. Decidí entrar al templo suponiendo que ahí habría, al menos, una imagen de la Virgen de los Dolores. Era pasadito del mediodía y había misa; no estaba lleno siendo todavía día hábil, aunque por el camino vi estudiantes comenzando sus vacaciones en grupos más o menos numerosos, alegres y despreocupados, aparentemente.

Me paré apenas cruzando la puerta principal. Definitivamente conozco poco de la organización de estas celebraciones y mi memoria no da para recordar las iglesias de mi pueblo en los días previos a la Semana Santa. No había Dolorosa pero me quedé atrapada observando a un par de estudiantes en la última fila; tendrían unos 17 o 18 años. Presencié el final de la celebración y ahí mismo escribí la experiencia de ver desde afuera el drama que significa una despedida. Se lo envié a Leopoldo vía Evernote.

Lloré mientras escribía y mientras caminaba hasta la plaza principal y de regreso. Terminé en el Forum Cultural, apenas recuperando mi calma.

El año 67 había sido de conversaciones que iniciaron en las primeras vacaciones (segundo año de vocacional) justo por estas fechas, viajando en asientos contiguos a Tepic; luego conversamos todos los días entre clases y al salir de clases  y nos sentamos juntos mientras los maestros llenaban de letras y signos los pizarrones o mientras aprendíamos el arte del dibujo técnico en los restiradores, hasta que terminaron los cursos. Juntos reprobamos química y física y juntos aprobamos los extraordinarios. Después de conocer los resultados (sendos 6 para cada uno) me acompañó a la casa en la que me rentaban un cuarto y a la que nadie más podía entrar, en Santa María la Ribera, y me pidió que fuera su novia. Me confundí y dije que le escribiría con mi respuesta. Él se iba a Tepic inmediatamente, yo me iba a cambiar de casa.

Esperé a los primeros días de enero para enviarle la carta; dije que sí, por supuesto, y decidí no entrar a Arquitectura para que no pensara que lo seguía (mis problemas mentales eran más grandes que ahora).  Casi simultáneamente regresé a Ciudad de México y antes de inscribirme a cualquier carrera fui a Zacatenco a consultar con la psicóloga del I.P.N. buscando orientación en la elección; una semana de psicométricos que culminaron con un “puedes estudiar lo que tú quieras” que no ayudaba en nada. Decidí ir a Física y Matemáticas como oyente mientras terminaba el semestre, para luego sí ingresar a Arquitectura, con un periodo de diferencia.

Iniciamos el semestre de enero estrenando noviazgo pero nuestro comportamiento no cambió para nada: al salir de clases (edificios 5 y 6 de Zacatenco) nos reuníamos para conversar mientras caminábamos o sentados cerca de las canchas, bajo un árbol, sin tocarnos. Yo me había mudado a una casa de huéspedes cerca de Monumento a la Revolución y él solamente podía acompañarme en el autobús de Zacatenco a Tlatelolco donde vivía, dado el control que ejercían sobre él sus hermanos mayores… y su madre, supe luego. Un peso al día para sus camiones era todo. Por lo demás, cada uno tenía sus amigos y sus actividades y no interferíamos de ninguna manera.

Y sin embargo mientras conversábamos tan tranquilamente, siempre había creído yo, no faltaba quien nos gritara al pasar algo como “busquen un cuarto” de lo cual hacíamos caso omiso. La mirada de otros con más experiencia o malicia veía lo que nosotros simplemente ignorábamos.

Apenas conocí el ambiente y ubiqué a los personajes que habitaban la E.S.F.M. me fui a Tepic por un par de semanas. Fue a despedirme a la terminal de Ómnibus de México, contra esquina del edificio del PRI. Antes de que abordara el autobús me entregó un papel doblado y me pidió que no lo leyera hasta que el camión hubiera arrancado. Lo abrí en cuanto me senté, justo cuando el chofer cerraba la puerta. Sonreí todo el camino. Sonrío cada que lo recuerdo o lo abro y, al mismo tiempo, me lleno de tristeza por todo lo que por escrito podíamos expresar pero que quedaba oculto al encontrarnos.  Son dos poemas, uno de los cuales es un acróstico, y era el 16 de enero de 1968. Del primero, uno de los cinco grupos de versos que seguramente se inspiraron, como diría Serrat, en esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán:

“Quiero enamorarte, quiero ser tu guía

No quiero perderte sin aun tenerte

No quiero sentirme tan triste al no verte

Quiero contemplarte, dulce amada mía”

La firma al calce con su nombre de pila completo, en el tipo de letra que aprendimos en los cursos de dibujo. Teníamos casi 18 años y una madurez emocional de escuincles de 15.
Nada cambió durante el 68 excepto que me quedé en Física y Matemáticas, pero seguimos disfrutando tanto como era posible de nuestros ratos libres. La vida se complicó y se destruyó durante el segundo semestre. Un año trágico.

Todo eso pasó por mi cabeza mientras observaba a la pareja en el Expiatorio y mientras escribía mi vivencia. Por eso lloré. Por eso lloro siempre. Por eso querría ser capaz de observarnos como nos ven desde fuera.

Al salir del templo, en un estacionamiento cercano, encontré en proceso de instalación el único altar de la calle Madero; todavía no estaba lista el agua para ofrecer a los preguntones.

Yo sigo en un tour por el laberinto de mis recuerdos documentados gracias a que mi hijo me pidió copia de sus papeles oficiales, guardados en diferentes carpetas. Encontrarlos fue encontrarme otra vez.

8 de mayo: Es mayo y estoy aquí

Friday, May 8th, 2015
Y me haces falta.
El mismo sol brillante, los mismos árboles centenarios tal vez.
El mismo sentimiento de hace casi 50 años, quien lo diría.
Los mismos cantos de los pájaros, la misma calma.
Pero todo es diferente, porque faltas tú.
No habrá sorpresas que lleguen por mi lado derecho
de manera inesperada pero deseada
No está tu sonrisa, ni tus amorosos ojos verdes 
Y sin embargo estás porque vives en mi corazón y en mi recuerdo
Porque al evocarte siento lo mismo que si estuvieras a mi lado
Es mayo, y deberíamos encontrarnos sin citas, como siempre
Es mayo, y sigo teniendo 17 o 22 años, da lo mismo.
A través de tu mirada supe quién soy,
A través de tus palabras construí mis sueños.
Ahora vives en mi sueño y en mi alma.
Esta vez no vine sola, te darás cuenta. Mi escuinclillo quiso estar cerca, tal vez intrigado, haciendo como que lee desde una banca cercana. Pero no pregunta nada. De alguna manera sabe, y respeta.
Volveré una y otra vez, hasta que sea tiempo de volver a caminar juntos, en esa orilla tan lejana.
Te quiero. Je t’aime. 

22 de marzo: tu presencia que me inunda

Monday, March 23rd, 2015
Salgo de Guadalajara recuperando los gratísimos momentos que tuve en compañía de mi hijo; las conversaciones, los libros compartidos, los acuerdos.
En medio de esos pensamientos te deslizas muy cerca de mí, tocándome con un beso que semeja el roce de un pétalo. Mi piel se eriza al sentirte, algo dulce y cálido se deshace dentro de mí y me inunda; te sonrío mientras las lágrima escapan, igual que ahora que lo escribo. Pasa de la media noche y no logro dejar de pensarte.
Un rato de ponernos de acuerdo. ¿Por qué en el autobús, cuando vengo de regreso a esas horas, en la oscuridad de un espacio apenas iluminado por algunas pantallas digitales? No es la primera vez. Cierto. Esos viajes en Omnibus de México rumbo a Tepic,  que duraban toda una noche, fueron los momentos de mayor intimidad que tuvimos. Así supimos quienes éramos y qué nos identificaba, estableciendo, sin percatarnos, ese lazo que tan firmemente nos mantiene unidos.
Sonrío sin que los ojos dejen de gotear mientras permaneces a mi vera, juntos en un asiento que se supone individual. Pero me quedé dormida por un momento y cuando desperté ya no estabas.
¿Dirás de nuevo que me dormí sobre tu hombro?

31 de octubre: víspera del Día de Muertos

Friday, October 31st, 2014

Regresaba de Guadalajara y la oscuridad en el autobús te trajo a mí.

Te reclamo que no estés a mi lado. Voy en el asiento #4 y tú deberías estar en el #3, pero está vacío.
Te reclamo que aunque me pediste un beso (y tímidamente te di uno en la mejilla y entré en mi casa cerrando la puerta a punto del desmayo), nunca te atreviste a darme uno ni yo siquiera imaginé pedirlo. Inmediatamente siento la punzada en mi cuerpo, cuatro dedos abajo de la clavícula izquierda,  y te escucho diciendo mientras me digo que éramos dos hijos bien portados que nunca hubiéramos roto las reglas. Te digo me digo que tienes razón, mi mano sobre ese piquetito que se va disolviendo mientras la  lagrima que acompañaba al reclamo da paso a la sonrisa. Estamos tranquilos, ya sé. Hasta que me vuelva a dar rabia y te reclame o te convoque.
Hasta el fin de los tiempos

Hasta el fin de los tiempos