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30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

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30 de septiembre: el mes de tu cumple

Saturday, September 30th, 2017

Agitado, literalmente y en más de un sentido.

El inicio fue una continuación de agosto: el asunto de Nelson y los chinos y la revisión de los trabajos de los talleres en la UACH, en Parral, ocuparon la mayor parte de los primeros diez días. Terminamos satisfactoriamente, creo.
En el caso de Nelson y Cheetah Mobile es el punto final; en el de la UACH, es el inicio para ellos y lo que sigue depende de su interés y perseverancia para funcionar realmente como una academia, colaborando y creando.

Al mismo tiempo, al terminar esa primera semana, viajé a Tepic porque la señora que compra el terreno de lo que era la casa de mi madre (nunca habitada por ella) se comprometió a hacer un depósito a mi cuenta y a firmar un pagaré en mi presencia para el primer viernes de septiembre, pero nunca llegó.

He aprendido que hay que aprovechar cada momento, a disfrutar de la lluvia y del sol, aunque ande corriendo y me duelan los pies o la espalda. Lo he aprendido a través de lo que he perdido. Tú, por ejemplo. Entre eso y mi estilo de vida acelerado y azaroso, porque mi camino y los tiempos en que me muevo no siempre dependen de lo que yo quiero, necesito disfrutar de cada comida sin importar si se trata de un antojo callejero, de un taco en una carreta o de una comida formal, de la luna en cada fase que me muestra y del sol -especialmente en un amanecer o un atardecer. A veces puedo caminar bajo la lluvia, especialmente en Tepic, y a veces la disfruto desde mi rincón, con un libro y un café o una copa de vino. Y documentarlo para recuperar después los momentos, o compartirlos con los que están lejos y extrañan los espacios, los colores, las personas, los antojos.

En Tepic es muy sencillo disfrutar de todo esto, y estás tú: donde siempre y como siempre, atento a mi conversación, quieta y amorosamente a mi lado. Tu sonrisa y tu mirada están siempre presentes. Esta vez no fue la excepción. Te llevé una rosa. Debo decirte que buscaba una margarita, pero no encontré en ninguna florería de la ciudad. Casi llegando a tu casa, rumbo a dejarle a Raquel unos panes para su merienda, encontré un local pequeño y sencillo donde me ofrecieron las frescas rosas blancas. Solamente necesitaba una para dejarla en la misma banca de siempre, para que no olvides que siempre estoy ahí.

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Los otros dos días que pasé en la ciudad, esperando que la mujer hiciera acto de presencia, los emplee en comer con mi mamá y mi tía, en vagabundear cuando salió el sol caminando hasta la Cruz de Zacate, reconociendo lugares que hacía mucho no visitaba, perdiéndome en calles por las que nunca había transitado a pesar de la cercanía con las que formaban parte de mis recorridos, revisando los trabajos de los huicholes en cuanta tienda o puesto estuvo a mi paso. Conversé con gente que no conocía, o con alguna que había conocido sin que hubiéramos tenido algún saludo intercambiado, y con mi primo Alonso.

Recordé a mi padre y a todos mis abuelos mientras conversaba con mi madre tomando  café frente a la plaza principal, antes de subirnos al turibús que ella no había experimentado. Las conversaciones con ella siempre traen un elemento inesperado a la construcción del rompecabezas que es mi historia la cual voy conociendo en episodios como de Star Wars, en el que las explicaciones de algunos hechos vienen apareciendo en las precuelas posteriores a los episodios los cuales, además, no se presentan en orden cronológico. Lo de esta conversación debería de haberlo sabido como unos 50 años antes, por lo menos. Pero ya qué.

La presión porque mi amá regresara a L.A. comenzó a aumentar y a provocarme lo que el estrés me provoca siempre. Por otra parte, mi economía no es precisamente boyante. Unas cuatro o cinco semanas antes Tanya me había invitado a ser parte de una charla en Guanajuato, en Casa Cuatro, en la que tres mujeres hablaríamos de mujeres, arte y ciencia. Escribí mi rollo con tiempo, no para entregarlo realmente sino como un apunte para no divagar; pedí a algunos amigos que escriben y publican que lo leyeran y me hicieran llegar sus comentarios; para la tercera semana del mes estaba listo, y lo publiqué en mi blog de Blogger.

En el ínterin me invitaron a participar en el Congreso Virtual de la UVSMP, en Perú, a celebrarse en la segunda semana de noviembre, y comencé a estructurar mi charla mientras enviaba los elementos requeridos: una foto en un formato especia (Tanya me hizo el favor de ponerla en ese formato), una hoja de vida (resumen de mi curriculum vitae) y el tema de la ponencia. No he avanzado mucho desde entonces porque esta montaña rusa va muy acelerada. Con todo eso pareció que la única opción era (fue) que yo llevara a mi mamá a San Diego al final de la tercera semana del mes. Lo conversé con ella y estuvo de acuerdo: volar de León a Otay, del lado gringo, cruzando por el puente elevado del aeropuerto de TJ con el fin de evitar traslados, filas, etc.

Funcionó aunque fue extraordinariamente cansado, extenuante, por lo que implicó como organización en todos los sentidos, incluyendo la levantada a las 3:30 de la mañana de manera de salir al aeropuerto a las 5:00 A.M., llegar a TJ al medio día con el anuncio de que habían cancelado mi reservación en el Airbnb seleccionado como consecuencia de la rotura de una tubería, y la necesidad de pagar por un alojamiento decente y seguro y, a esa hora y en esas condiciones, urgente. El Hotel Caesar’s es siempre mi mejor opción. Cierto es que TJ no es León: en cuanto hice pública la situación con el Airbnb me llovieron ofertas de mis queridas amigas para que me alojara con ellas, pero con el cansancio acumulado necesitaba un lugar en el que mi presencia no alterara la vida de nadie.

Mi primera visita, a mi comadre Haydee a quien no encontré, me llevó a la playa. Ahí pedí el agua de un coco fresco, luego me quité los zapatos y caminé hasta la reja de la frontera disfrutando del agua fría y del masaje de la arena. Fue como magia: desapareció el dolor de cabeza y el cansancio de pies y piernas. La puesta de sol se antojaba bella, pero regresé a casa de mi comadre para el deleite que es conversar con ella y ser atendida con mucho cariño, tomándonos un café. De regreso, en el restaurante de hotel cené con Venecia.

De nuevo: estar en Tijuana significa tener una actividad social y fraterna mucho más abundante en un solo día que en seis meses en León siempre, aun cuando vivía allá y más cuando estoy de visita. Con Magui Saucedo compartí una experiencia gastronómica en el Lorca, atendidas por el propietario/panadero/creador de delicias y gran conversador. Comida con Marychuy y tarde de playa con Paty y Mariana.

El jueves desayuné con mi enfermera favorita, Erika de la Mora, y luego fue de visita temprana a la Ibero. Saludé a Lety, a Haydee González, a Carmelita y a Guille y, de paso, a Raúl Olmos. Hay muchas obras en las fachadas (al día siguiente constaté que los interiores, donde la gente labora, están prácticamente sin alteración o mejora). Bajando hacia la Delegación de Playas me recogió Judith para ir a conversar y tomar un café al Ross. Comí con Haydée González y, luego, Abisag me llevó a conocer su proyecto de hidroponia.

Mi último día allá fue también muy bueno. Desayuné en la nueva cafetería  de la Ibero y fui a buscar a Magui Amézquita; se necesitaron tres vueltas a mi antigua oficina para encontrarla. El segundo piso, incluida la capilla, los pasillos y ¡los baños! no han tenido mejoras. En mis vueltas esperando a Magui conversé con Guadalupe (Enfermería), Mary Puga y, otra vez, Raúl Olmos. Interrumpí para saludar al padre David (el rector) y me senté en la banca frente a la capilla para esperar a Magui. Mientras, conversé con Gaby Ruiz muy animadamente.

Por mis fotos en Instagram y en Facebook, mis ex alumnos se hicieron presentes. Iván me quiso saludar. Fui a encontrarlo a la ceremonia de graduación que comenzaba en esos momentos y mientras conversaba con él fui levantada en un cariñosísimo abrazo por Cacho quien, además, me llevó a saludar a sus padres, en la fila de los muy serios familiares de los graduandos. Nos tomamos una foto, los tres juntos. De camino a la salida, encontré a Pedro, otro de mis ex alumnos; foto, por supuesto. Apareció otra vez Raúl Olmos y me acompañó a la salida, y hasta se me ocurrió que lo habían enviado a evitar que siguiera mi desfile 😉.

La playa me recibió como siempre, grata y plácidamente. Me tomé un té mientras se cargaba mi cel, volví a caminar hasta la reja de la frontera, tomé fotos y regresé a recoger mi maletín para dirigirme al aeropuerto y regresar a León, vía Guadalajara. Todavía conocí a una equivalente de una prima en mi vuelo a Gdl, quien puede tener otras pistas sobre la familia que no conozco y detalles de mi rompecabezas.

El lunes 25, como anunciado, estuve en Guanajuato para la conferencia y dormí (¿?) allá. Fotos, momentos, conversaciones, la visita de Elías a la plática con todos sus alumnos participantes en la Olimpiada Matemática y un regreso urgente para descansar de todo el ajetreo acumulado.

Estuve en una marcha; sigo los desastres provocados por los terremotos buscando maneras de colaborar, desde el primero en Chiapas; participo en el Comité de Colonos; mantengo mi mente muy ocupada y mi cuerpo también. A ratos solamente contemplo a los pájaros, especialmente a los colibríes y coincidiendo (a cualquier hora, como siempre, ya sabes) con el del color verde como tus ojos que viene a pasearse por la ventana, escuchar música y libar de cada flor, especialmente las del plumbago bello que te recuerda. Las flores todas ofrecieron sus ramilletes el día de tu cumple: gardenias, rosas, lavanda, plúmbagos y la dormilona.

Te quiero. Te espero siempre a cualquier hora y en cualquier lugar, como siempre.

 

Las fotos, mañana.
De mis paseos por la playa

P.D. Desde el lunes pasado Pako vive en Dundee, Irlanda, y trabaja para Outplay.

 

26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientes/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro. 

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestar apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona excepto mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres). 

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista. 

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí. 

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí. 

29 de enero: Sábado por la noche

Monday, January 30th, 2017
Apareció en un post en Facebook, de  La escritura es cultura:

Así terminó pensado en él como nunca
se hubiera imaginado que se podía
pensar en alguien, presintiéndolo donde
no estaba, deseándolo donde no podía
estar, despertando de pronto con la
sensación física de que él la contemplaba
en la oscuridad mientras ella dormía, de
modo que la tarde en que sintió sus pasos
resueltos sobre el reguero de hojas
amarillas del parquecito, le costó trabajo
creer que no fuera otra burla de su fantasía.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera

 

“Estoy esperando, pues!” Agregué.
No que necesite recurrir a los escritores para decírtelo; te lo digo cada noche y cada noche es verdadero. Y te lo digo también de día: te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre.
Pero la madrugada del sábado apareciste. Desperté relajada, aliviada de mis mareos y demás. Tu presencia tiene ese maravilloso poder sobre mí.
Me fui a una reunión, animada. Fue bueno. Y fue bello ver a Venus en la cima de un portal abierto en el cielo, al atardecer.
venus-al-terminar-enero
La nostalgia regreso antes de dormir. Fue entonces que te dije que tú eres mi hogar, mi primer hogar después de mis 15 años. Supe quién era yo a través de tu mirada dulce, de tus palabras y letras, de tu caminar conmigo, de tu cuidado. Me supe segura y protegida. Nunca he vuelto a sentirme así en mi vida.
Entresaqué una definición de hogar nomás para corroborar que eso eres. Y la compartí con el mundo:
<<“El término hogar denomina el lugar donde uno vive y está estrechamente relacionado con una sensación de seguridad, confort, pertenencia y calma.”
E.T. calling home. I want to go home.>>
Sí, el domingo fue ambivalente/bipolar: de la actividad frenética de la mañana, con música de rock and roll, a la nostalgia de la tarde, con música que vino apareciendo. Comenzó con “Coincidir” y terminó con “Sabrás que te quiero”.

Y sucedió, y hasta lo grabé: uno de ellos entró por la ventana y estuvo unos 10 segundos revoloteando frente a mí. Y es como saber que estás cerca.
Me calmé, apague el aparato y me subí a ver The Big Bang Theory.
Mi alma vive en ti, contigo. Tú eres mi hogar, el único.

12 de enero: Voy a buscarte, voy a encontrarte

Thursday, January 12th, 2017
La bella me esperaba frente a la puerta de mi casa.
Es mi raite.
Voy a buscarte, voy a encontrarte, voy a llevarte fuera del mundo, fuera del mundo. Tú y yo, nosotros dos. Ahora, así, aquí.
12 de enero de 2017: 50 años de que el azar, caprichoso, decidió que teníamos que encontrarnos. Dos números primos solitarios.
Lo hizo bien. Estábamos ahí probablemente porque, de origen, nuestros padres lo decidieron así. En mi caso es así; en el tuyo debió serlo puesto que tus dos hermanos mayores ya estudiaban en el Poli. Ahora que lo pienso hasta es probable que ellos conocieran y fueran amigos del medio  hermano que tramitó mi ficha para el examen de admisión a Voca 3, dado que eran vecinos cercanos en nuestra ciudad y estudiaban en la misma institución. Y si es así, desde el inicio estábamos condenados a nunca ser más de lo que fuimos en el camino que juntos recorrimos en esta vida; pero no sabían  lo que seriamos a pesar del tiempo, de la distancia o de la muerte.
Ellos no podían anticipar que desde el primer año, antes de conocernos, elegiríamos el mismo taller (Construcción). No podían anticipar que  elegiríamos el mismo grupo en nuestro segundo año en Voca 3; en mi caso, estoy casi segura de que el medio hermano apostó a que yo ni siquiera aprobaría los cursos del primer año y que me regresarían a Tepic ante el fracaso. Mucho menos podían imaginar que habríamos de viajar en asientos contiguos en las primeras vacaciones escolares y las que le siguieron, con 15 horas o más para conversar y conocernos en cada uno de esos viajes.
Yo estaba donde ninguno de ellos suponía que tenía que estar. Y te encontré y me encontraste. No pudieron imaginar que éramos justo lo que el otro necesitaba.
Mi raite me espera, y voy a buscarte. Te amo.

8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

11 de mayo: No te vayas

Wednesday, May 11th, 2016

No sé cómo se instala tu presencia en mí.
Entras como una fuente de agua pura, cristalina y dulce que inunda mi pecho. Desbordante, fluyes por mis ojos.
Te vuelves fuego que abrasa; mi interior se llena de tu calor y mi respiración no alcanza a sofocar semejante incendio. El terremoto en que te transformas hace que escapen los suspiros y que me  esconda mientras la sacudida pasa. Todo en uno: agua que fluye, respiración cortada y espasmos que me agitan.

Después, mucho después, tu sonrisa se deja ver en mi memoria y eres como el viento suave que me trae la calma.

No quiero que te vayas. 

21 de marzo: Memory lane

Monday, March 21st, 2016

Uno debería aprender, desde la primera infancia, a tomar distancia de sí mismo para observarse con los ojos de los otros. Se requeriría, por supuesto, del conocimiento que tienen los otros para entender lo que se dice a través del mero lenguaje corporal, de las miradas, de las sonrisas. Eso sería un arte esencial.

El Viernes de Dolores me encaminé al centro de la ciudad para buscar los altares de la Dolorosa que en otros años vi sobre la calle Madero y las paralelas cercanas, con sus garrafas de agua fresca y sus flores para regalar a quien pregunte si “ya lloró la virgen”. Pero caminé desde el Arco de la Calzada hasta el Templo Expiatorio sin éxito. Decidí entrar al templo suponiendo que ahí habría, al menos, una imagen de la Virgen de los Dolores. Era pasadito del mediodía y había misa; no estaba lleno siendo todavía día hábil, aunque por el camino vi estudiantes comenzando sus vacaciones en grupos más o menos numerosos, alegres y despreocupados, aparentemente.

Me paré apenas cruzando la puerta principal. Definitivamente conozco poco de la organización de estas celebraciones y mi memoria no da para recordar las iglesias de mi pueblo en los días previos a la Semana Santa. No había Dolorosa pero me quedé atrapada observando a un par de estudiantes en la última fila; tendrían unos 17 o 18 años. Presencié el final de la celebración y ahí mismo escribí la experiencia de ver desde afuera el drama que significa una despedida. Se lo envié a Leopoldo vía Evernote.

Lloré mientras escribía y mientras caminaba hasta la plaza principal y de regreso. Terminé en el Forum Cultural, apenas recuperando mi calma.

El año 67 había sido de conversaciones que iniciaron en las primeras vacaciones (segundo año de vocacional) justo por estas fechas, viajando en asientos contiguos a Tepic; luego conversamos todos los días entre clases y al salir de clases  y nos sentamos juntos mientras los maestros llenaban de letras y signos los pizarrones o mientras aprendíamos el arte del dibujo técnico en los restiradores, hasta que terminaron los cursos. Juntos reprobamos química y física y juntos aprobamos los extraordinarios. Después de conocer los resultados (sendos 6 para cada uno) me acompañó a la casa en la que me rentaban un cuarto y a la que nadie más podía entrar, en Santa María la Ribera, y me pidió que fuera su novia. Me confundí y dije que le escribiría con mi respuesta. Él se iba a Tepic inmediatamente, yo me iba a cambiar de casa.

Esperé a los primeros días de enero para enviarle la carta; dije que sí, por supuesto, y decidí no entrar a Arquitectura para que no pensara que lo seguía (mis problemas mentales eran más grandes que ahora).  Casi simultáneamente regresé a Ciudad de México y antes de inscribirme a cualquier carrera fui a Zacatenco a consultar con la psicóloga del I.P.N. buscando orientación en la elección; una semana de psicométricos que culminaron con un “puedes estudiar lo que tú quieras” que no ayudaba en nada. Decidí ir a Física y Matemáticas como oyente mientras terminaba el semestre, para luego sí ingresar a Arquitectura, con un periodo de diferencia.

Iniciamos el semestre de enero estrenando noviazgo pero nuestro comportamiento no cambió para nada: al salir de clases (edificios 5 y 6 de Zacatenco) nos reuníamos para conversar mientras caminábamos o sentados cerca de las canchas, bajo un árbol, sin tocarnos. Yo me había mudado a una casa de huéspedes cerca de Monumento a la Revolución y él solamente podía acompañarme en el autobús de Zacatenco a Tlatelolco donde vivía, dado el control que ejercían sobre él sus hermanos mayores… y su madre, supe luego. Un peso al día para sus camiones era todo. Por lo demás, cada uno tenía sus amigos y sus actividades y no interferíamos de ninguna manera.

Y sin embargo mientras conversábamos tan tranquilamente, siempre había creído yo, no faltaba quien nos gritara al pasar algo como “busquen un cuarto” de lo cual hacíamos caso omiso. La mirada de otros con más experiencia o malicia veía lo que nosotros simplemente ignorábamos.

Apenas conocí el ambiente y ubiqué a los personajes que habitaban la E.S.F.M. me fui a Tepic por un par de semanas. Fue a despedirme a la terminal de Ómnibus de México, contra esquina del edificio del PRI. Antes de que abordara el autobús me entregó un papel doblado y me pidió que no lo leyera hasta que el camión hubiera arrancado. Lo abrí en cuanto me senté, justo cuando el chofer cerraba la puerta. Sonreí todo el camino. Sonrío cada que lo recuerdo o lo abro y, al mismo tiempo, me lleno de tristeza por todo lo que por escrito podíamos expresar pero que quedaba oculto al encontrarnos.  Son dos poemas, uno de los cuales es un acróstico, y era el 16 de enero de 1968. Del primero, uno de los cinco grupos de versos que seguramente se inspiraron, como diría Serrat, en esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán:

“Quiero enamorarte, quiero ser tu guía

No quiero perderte sin aun tenerte

No quiero sentirme tan triste al no verte

Quiero contemplarte, dulce amada mía”

La firma al calce con su nombre de pila completo, en el tipo de letra que aprendimos en los cursos de dibujo. Teníamos casi 18 años y una madurez emocional de escuincles de 15.
Nada cambió durante el 68 excepto que me quedé en Física y Matemáticas, pero seguimos disfrutando tanto como era posible de nuestros ratos libres. La vida se complicó y se destruyó durante el segundo semestre. Un año trágico.

Todo eso pasó por mi cabeza mientras observaba a la pareja en el Expiatorio y mientras escribía mi vivencia. Por eso lloré. Por eso lloro siempre. Por eso querría ser capaz de observarnos como nos ven desde fuera.

Al salir del templo, en un estacionamiento cercano, encontré en proceso de instalación el único altar de la calle Madero; todavía no estaba lista el agua para ofrecer a los preguntones.

Yo sigo en un tour por el laberinto de mis recuerdos documentados gracias a que mi hijo me pidió copia de sus papeles oficiales, guardados en diferentes carpetas. Encontrarlos fue encontrarme otra vez.

8 de mayo: Es mayo y estoy aquí

Friday, May 8th, 2015
Y me haces falta.
El mismo sol brillante, los mismos árboles centenarios tal vez.
El mismo sentimiento de hace casi 50 años, quien lo diría.
Los mismos cantos de los pájaros, la misma calma.
Pero todo es diferente, porque faltas tú.
No habrá sorpresas que lleguen por mi lado derecho
de manera inesperada pero deseada
No está tu sonrisa, ni tus amorosos ojos verdes 
Y sin embargo estás porque vives en mi corazón y en mi recuerdo
Porque al evocarte siento lo mismo que si estuvieras a mi lado
Es mayo, y deberíamos encontrarnos sin citas, como siempre
Es mayo, y sigo teniendo 17 o 22 años, da lo mismo.
A través de tu mirada supe quién soy,
A través de tus palabras construí mis sueños.
Ahora vives en mi sueño y en mi alma.
Esta vez no vine sola, te darás cuenta. Mi escuinclillo quiso estar cerca, tal vez intrigado, haciendo como que lee desde una banca cercana. Pero no pregunta nada. De alguna manera sabe, y respeta.
Volveré una y otra vez, hasta que sea tiempo de volver a caminar juntos, en esa orilla tan lejana.
Te quiero. Je t’aime.