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15 de junio: mi encuentro con mis excompañeras

Friday, June 15th, 2018

Febrero: me fui a pasar tres días a mi pueblo, para festejar mi cumpleaños a mi modo.

Previamente había soñado con Nely Robles y, durante el sueño, había recordado su teléfono (cinco dígitos, en la época) y pude recomponerlo en la marcación actual. Al tercer intento me contestó ella misma, inconfundible a pesar de los años, muchos, de no tener contacto con ella. Me contó que hacía poco se habían reunido las ex compañeras de la secundaria (éramos 70 en tercer año, en un solo grupo, y yo no podría identificar a más de una decena, por su nombre, de las cuales la mayoría serían de compañeras mías desde la primaria) y que hubiera sido bueno juntarme. Le pregunté si habían buscado a Raquel, mi verdadera amiga desde los 6 años, durante toda la primaria y secundaria, y respondió que no porque “ya sabemos que no está en condiciones”. Por supuesto que yo no hubiera asistido; ya lo habían intentado en algún momento del año 2000 para celebrar que todas (muchas, porque había algunas compañeras que eran hasta tres años mayores que nosotras) cumpliríamos 50 años en esa época. También entonces pregunté por Raquel, también entonces me dijeron que no la incluían. Y yo decidí que no tenía nada qué hacer en un grupo enorme de mujeres en crisis de la edad.

Acepté que nos reuniéramos “con las que puedan” sabiendo que sería difícil reunir a esa cantidad de mujeres y que muchas de ellas no querrían involucrarse conmigo dada la personalidad que ellas mismas me construyeron (pareces vago, eres comunista, tienes muchos amigos, etc.). La realidad es que SOY un vago, que nunca he sido ni comunista ni cosa que se le parezca y que sí tengo muchos amigos desde mis 16 años, para bien mío.

Llegué a Tepic y visité a mi tía Esperanza y a Raquel. Con Raquel comenté el probable encuentro con las excompañeras, invitándola, pero se negó. Conversamos un buen rato y quedamos de vernos al siguiente día para festejar nuestros cumpleaños (ella cumple el 9, yo el 18) comiendo en forma. Paseé un poco y me entretuve en la plaza escuchando un mariachi tradicional, lo que originalmente es el mariachi, surgido en Nayarit (no el modernizado por los jaliscienses) y tocando sones muy nayaritas, la Negra entre ellos. Por la noche me puse de acuerdo con Nely: había contactado a unas seis amigas que asistirían al día siguiente a tomar café en el restaurante del Hotel Fray Junípero, justo enfrente del hotel donde me hospedo habitualmente; la cita era a las 5 de la tarde.

Por la mañana acudí, como siempre, a almorzar al mercado y a comprar fruta en las carretas de las calles aledañas; compré café nayarita en tres partes distintas, aretes y pulseras huicholes; y pomada de peyote, para llevarle a mi comadre cuando vaya a TJ, en julio. La mañana se me fue en paseos; al medio día fui por Raquel y comimos en un restaurante vegetariano. A medio camino nos encontramos a una familia de músicos wixárika/huichol que me dedicó el “Corrido de Nayarit” para que lo grabara completo. Es tan grato sentirse envuelto por la cultura local y sentir que es ahí a donde uno pertenece, independientemente del lugar de residencia.

Dieron las 5 P.M. y me dirigí al restaurante para encontrar a las excompañeras. Las busqué sin éxito y me fui a esperarlas al lobby; les mandé un mensaje y un rato después me llamaron paa preguntar dónde estaba. Tampoco ellas me habían reconocido cuando entré a buscarlas. Nely y Billy (Luz Elvira) son las únicas dos con las que mantuve algún contacto hasta los 20 años, más o menos. Había otras dos, desconocidas para mí, aunque reconocí el nombre de una de ellas cuando se presentó. Jolgorio grande, y comenzamos a ponernos al día, o algo así. Yo había anticipado que, conociendo les mœurs, les daría información suficiente para que siguieran hablando de mí por los siguientes 50 años, y no me equivoqué. Querían saber todo de mi vida; por supuesto que no les daría acceso a Facebook para que se enteren de mis andanzas, pero siempre puedo dosificar lo que parece relevante para ellas y adicionarlo con fotos, anécdotas, etc. Mis exmaridos (“¿no estabas enamorada de Tony?”, NUNCA, “siempre lo creímos”, cada uno cree lo que le parece), mi hijo (mamá gallina saca las mejores fotos del escuincle y sus paseos, y hace un recuento de sus logros) y …

Y en ese punto alguien me llamó por mi nombre “Blanca Parra”, escuché y volteé a mi izquierda. No la reconocí, así que pregunté Y tú, ¿quién eres? “Yuya Rosales, ¿no me reconoces?”. No, dije, es que recordaba que eras más alta. “Siempre he medido lo mismo”, replicó, y ya no supe que otra mentira contar para disimular. En alguna parte en este blog conté de ella y su familia. Fuimos compañeras de kínder a secundaria y solíamos frecuentarnos mucho, viviendo sobre la misma calle, a escasos 30 metros una casa de la otra. Y sin embargo no recordaba su rostro.

Dijo que tenía que irse pronto por lo que a ella tendría que contarle todo rápidamente. Hice un recuento breve de lo que antes había compartido y comenté que en mi blog había mencionado a su familia por lo cual su hermano me había contactado de alguna manera y que me había pedido que corrigiera lo dicho en mi blog: en su casa había caballerizas y no solamente pasturería; y que lo hice sin problema. Ella confirmó el asunto y preguntó si recordaba que además de los coches, la camioneta y la bicicleta -en los cuales el Cano, el chofer e IBM de esa familia, nos llevaba y/o nos recogía a/de la escuela- también tenían una carreta en la que el mismo Cano nos llevó a pasear alguna vez. Tuve que hacer memoria, rápidamente. Cierto, dije; nos llevó a dar una vuelta por las calles alrededor de la casa en un cumpleaños de tu papá, en el que fuiste la reina del palenque (privado, en la casa) y yo fui tu princesa. Hasta recuerdo mi vestido azul, de falda de varias capas de gasa y la blusa de satín o tafeta, sin manga y de cuello redondo; y recuerdo que me peinaron con un chonguito. “Pero llegaste con la corona de María Luisa”, dijo con resabio.

¿Cómo?, pregunté; porque de eso sí no tenía ni tengo recuerdo alguno. “La corona de tu prima, que fue reina de un antro”. No; Licho fue reina del Carnaval en el barrio en el que vivíamos (barrio al cual pertenece su familia, por cierto) y la coronación fue en el casino Olímpico, también en el barrio, repliqué. “Pero llegaste con esa corona”. Me aguanté la risa, porque yo no recuerdo el hecho, pero puedo suponer que mi tía Cuca, mi segunda madre y madre de Licho, fue quien decidió ponerme el accesorio e imagino, dada su personalidad y su cariño por mí, que debió decir algo así como “princesa, ni madres; tú eres reina”, antes de mandarme al festejo.

Cambiamos de tema, las otras le hicieron saber de mis estudios en Francia a lo que respondió que ella hizo allá una maestría y la habían tratado muy mal, por lo que antes de regresar les advirtió lo equivocados que estaban con respecto a ella y que algún día se darían cuenta de que ella tenía razón. Los franceses. OK.

Me hicieron decir de quién había estado y sigo estando enamorada; no lo conocen, dije, pero describí brevemente al amor de mi vida. Pasamos a los asuntos de trabajo y Yuya dijo que había trabajado en el Tecnológico de Tepic. Entonces tú si lo conociste, dije, y di el nombre y la circunstancia de su muerte. “Sí, lo mató uno de sus alumnos, por una calificación”, dijo corroborado. Lo siguiente que recuerdo es que se puso de pie diciendo muy lentamente “Altísimo, guapísimo, moreno, de ojos verdes; ¿tú?”. Yo; yo que añoro la fina estampa, pero infinitamente más el ser.

No supe en qué momento se fue, porque luego pasamos al divertido asunto de repartir la cuenta según lo que cada un había consumido. Hora y media hasta que hice lo inusual: hacer yo la cuenta de cada una. No quiero imaginar la cara del mesero que escuchaba a un grupo de mujeres de la tercera edad que olvidaban lo que se les acababa de decir y se enredaban una y otra vez con los gastos.

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Georgina, Yuya, Bertha, Yo, Nely, Billy

Regresé al hotel y le mandé un mensaje a mi mamá para que me confirmara lo de la corona. Si yo no tengo recuerdo mi amá ni siquiera se enteró de que fui princesa ni de la fecha en la que Licho fue reina (y también fue reina de la playa, por cierto). Mandé un mensaje a Mari Cruz, la hija mayor de Licho; respondió con la foto de la coronación y la fecha: Carnaval de 1955; yo acababa de cumplir cinco años, un mes antes, y tenía razón en que había sido mientras estaba en el kínder y de que tenía el pelo largo para hacerme un chongo; porque la foto de la fiesta de coronación de mi prima me muestra con el pelo largo peinado en caireles, con un vestido blanco y con mangas largas. Y muestra la corona.

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Yo a los cinco años, y mi vestido de pincesa como lo recuerdo

1955 mi prima fue reina y yo su paje

Mi prima en su coronación. Yo en la esquina inferior. Imaginen esa corona en mi cabeza

Sigo divertida por lo que se refiere a ese punto. Sigo sorprendida por la otra reacción y esa pregunta de incredulidad “¿Tú?”. Yo, yo y mi enorme privilegio, el que agradezco a la vida.

El siguiente día, el día de mi cumpleaños, dediqué la mañana a estar a solas con mi dulce fantasma, mi fina estampa, en nuestra banca de la Alameda; conversé y le escribí, como siempre. Luego fui a San Blas a comer, acompañada por mi primo Alonso. En el malecón nuevo decidí caminar por un andador solitario. Ahí estaba mi regalo de cumpleaños:

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Mi regalo de cumpleaños, en mi camino solitario

Es similar al que encontré en mayo de 2017, también en San Blas, al comenzar a caminar en la playa. Un día antes, en la misma banca de la Alameda, había pedido una señal de que seguía caminado conmigo.

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A la iquierda, mi regalo de mayo de 2017; a la derecha, el de mi cumleaños 68

Yo y mi privilegio, que sigue siendo solamente mío.

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25 de marzo: Tarea 1

Monday, March 26th, 2018

Mi vestido/mi proyecto

La ropa que me puse desde que nací y hasta los 22 años fue confeccionada por mi abuela, con algunas excepciones. No tengo idea de dónde conseguían las telas; sé que para hacerlos no utilizaba patrones pre hechos sino solamente su inspiración, y que al tacto de la tela decidía el corte. Mi abuela conocía mi cuerpo sin tener que tomarme medidas y, cuando llegaba a hacerlo, utilizaba sus manos (cuartas, dedos y gemes) como instrumentos de medición. Y nunca fallaba.

Con todo el aprendizaje y los instrumentos para trazar los moldes de todo tipo de prendas de ropa, a lo largo de los tres años de la secundaria, nunca alcancé a igualar siquiera su arte; porque ella cortaba la tela sin trazo previo, instalada en su máquina de coser, que ahora es mía, bajo una bella bugambilia que cubría el espacio entre la casa de mi tía y la nuestra, sintiendo el viento fresco que venía de su jardín, el olor de los cítricos, de la ruda y otras hierbas, y de sus flores. Ahí mismo cosía sin necesidad de hilvanar; desde ahí nos contaba historias o canturreaba; de vez en cuando, mientras trabajaba, nos compartía algún antojo de los que guardaba en los cajones. No recuerdo que tuviera que descoser un cierre mal pegado o que tuviera que fruncir una manga para ajustarla al cuerpo de la prenda en proceso.

En cuanto a mí, nunca me preguntaron sobre los materiales ni sobre los modelos: o me mandaban el vestido/traje a Cd. de México o lo encontraba listo para ponérmelo cuando llegaba de vacaciones. Usualmente, sin embargo, se trataba de telas lisas o con diseños geométricos, algodones y mezclillas que no requerían de tratamientos especiales de lavado; dado que me conocían muy bien, tomaban en cuenta mis preferencias y mi estilo de vida: era la única mujer en un grupo de cincuenta hombres, en Voca 3, y me había convertido en un vago, al decir de las excompañeras de escuela de mi vida anterior; todavía soy incapaz de hacer un moño bien hecho y me atoro en cualquier saliente, clavo o rama que encuentre, de modo que los listones, olanes y encajes (que de por sí no me gustan) estuvieron siempre fuera de cualquier consideración, al igual que los estampados florales y los colores de la gama del rosa.

Era mayo de 1970 y, al llegar a Tepic para las dos o tres semanas de vacaciones entre dos semestres de la carrera, me esperaba el vestido que describiré.

Era de una especie de fina muselina estampada con pequeñas flores rojas y blancas sobre fondo negro; recto, sin mangas y con un cuello redondo que apenas dejaba ver los huesos de las clavículas. Recuerdo dos pequeños pliegues en el escote, simétricos con respecto al eje vertical del vestido, en sustitución de las pinzas habituales para crear el espacio para el busto; la tela caía suavemente sobre la rodilla. Por lo delgado del tejido tenía un forro blanco, seguramente de fresca tafeta; la prenda resultaba ideal para el clima caluroso de Tepic en esa temporada. El estampado fue una verdadera sorpresa que, sin embargo, me encantó.

Mucho tiempo después, cuando comencé a reconstruir mi historia con base en algunas fotografías de mis veinte años, caí en cuenta de que mi abuela cambió gradualmente las faldas rectas, simples, los pantalones de mezclilla (en la época no se vendían para mujeres) y las camisas, por una serie de vestidos bellos y de conjuntos de dos piezas confeccionados en telas mucho más suaves al tacto y con buena caída, algunos coloridos, todos mucho más “femeninos” que los que había usado hasta entonces. Mi abuela sabía lo que yo experimentaba y colaboraba de esa manera a mi transformación, pero nunca conversamos al respecto. De hecho fue en un sueño, hace poco más de dos años, que conocí la canción que cantaba con mucho sentimiento y supe de la relación que tenemos a propósito de ese sentimiento. Yo tardé mucho para percibir cómo fui cambiando de los 17 a los 20 años .

La ocasión para ponerme ese vestido, por primera vez, llegó el 23 de mayo, Día del estudiante. Con un par de amigas habíamos acordado ir a la Alameda de Tepic, mi dulce espacio de encuentros no acordados. Ellas iban a encontrarse con sus novios, yo solamente iba de chaperón (la historia alrededor de ese paseo la escribí hace poco más de un mes, en mi blog). Estrené sandalias blancas, de tacón; mi pelo probablemente lo llevaba suelto, o tal vez recogido con un broche de bambú, regalo de mi padre; probablemente llevaba los aretes de perlas pequeñas que mi madre se empeñaba en que usara; no usaba afeites ni perfume, pero me vestí deseando que sucediera el milagro de un encuentro, después de 143 días de ausencia. Sucedió. En la banca de siempre, bajo los árboles frondosos que rodean la fuente central, envueltos en los aromas de la florescencia primaveral y los cantos de las aves que ahí habitan. Solamente olí el mango verde,con chile y limón, que trajeron mis acompañantes para que me entretuviera, pero no llegué a probarlo: “Te va a hacer daño”, dijo mientras lo tiraba a la basura y se sentaba a mi lado. No pudimos conversar mucho por la interrupción de mis entonces amigas que debían devolver el carro que les habían prestado. En los minutos que haya durado la conversación mi aspecto, el vestido, los zapatos y mi pelo fueron lo menos importante, como siempre lo habían sido.

No recuerdo haberme puesto ese vestido en alguna otra ocasión. Seguramente se quedó guardado en el ropero de mis padres, con sus poemas, sus cartas y su foto, sobrante de alguno de los documentos estudiantiles. Los poemas me los entregó mi madre hace unos 12 años; los conservó sabiendo lo que significan para mí. Del vestido sólo tengo la imagen que guarda mi memoria; aunque sé que no conseguiré una tela idéntica, mi proyecto, que debo terminar antes del 23 de mayo, es hacer una réplica de él, para mi visita a la Alameda de Tepic.

5 de marzo: rumiar

Saturday, March 10th, 2018

Pedazos de sueños, trozos de escritos, escenas de películas que nunca veo completas, sincronicidades, etc., tardan en organizarse en mi cabeza. Miles de piezas acumuladas sin orden a lo largo de los años y que de pronto se reúnen y organizan, como piezas de un enorme rompecabezas, para formar una imagen. Pueden pasar 42 años en este proceso, por ejemplo.

Hace unos meses soñé la fecha del 5 de marzo en varias ocasiones consecutivas; era como si la leyera en un calendario de oficina o en la pantalla de un reloj despertador, sin ninguna referencia adicional, ni siquiera la que sería obvia en mi caso. Escribí mis sueños, como siempre, y seguramente Facebook se encargará de recordármelo en algún momento.

Comencé marzo rumiando recuerdos y experiencias: alegrándome por tener a Pako, dándome cuenta de la forma en que la aceptación de un matrimonio “por compatibilidad de horarios” (el trabajo comenzaba a las 7 AM, y terminaba después de los periodos de estudios, pasadas las 10 PM; coincidíamos en el curso de francés, de 7 a 9 de la noche, cada día) definió/direccionó mi camino para bien y para mal. Agregué un comentario al álbum de fotos de ese día:

No aposté a nada; no necesitaba nada. Simplemente no encontré una razón para negarme. Tampoco surgió espontáneamente, sino como respuesta a las preguntas de los conocidos en CDMX (nadie en mi familia hubiera sugerido semejante cosa, y nadie lo aceptó gustoso; pero nunca nadie se opuso a mis decisiones).
A la gente (y lo acabo de constatar con las ex compañeras de secundaria, hace tres semanas) le parece que si uno sale con alguien durante un rato, el paso natural es el matrimonio. A eso respondió la pregunta (no propuesta en sentido de romance) de ¿Y si nos casamos?. Y no había razones lógicas para decir no.
No aposté a nada, no esperaba ganar nada y confié en que tampoco perdería; pero gané un güerejillo de ojos traviesos, cosido a mano y como por diseño. El amor de mi vida.
Algunos raspones en el juego, porque nada es gratis. Y un final prolongado que me hizo llegar tarde a mi juego perfecto.

Tornó en algo menos agradable; y sin embargo no fue mi peor experiencia. La deconstrucción de la segunda resulta en algo mucho más amargo, aunque haya sido la solución para el problema en turno: la seguridad emocional de mi hijo y, de paso, el aprendizaje que me hacia falta, según dijo su psicólogo. No se da lo bueno sin lo desagradable. Pero eso es otro trozo de vida por contar.

Instagram me trajo un trozo de texto: Siempre recuerda que el esfuerzo de alguien es un reflejo de su interés en ti.

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Sé que tuviste que caminar más de 20 veces del Casco a Tlatelolco para ahorrarte el pasaje del camión y poder juntar para invitarme al cine. O para ir a despedirme a la terminal de Omnibus de México cuando yo me iba a Tepic y tú te quedabas en CDMX. Eso dice tantas cosas.

Mi Tetris se organizó. Las piezas se acomodaron para dejarme ver la bella imagen. Escribí al calce: Y hasta ahora se me ocurre que tanta coincidencia en los camiones a Zacatenco desafían al cálculo de probabilidades.
Por eso y muchas cosas más … te sigo queriendo, como hace 51 años.
Y añadí que reconozco que soy muy despistada, muy tonta para darme cuenta de eso que, sin embargo, era un conocimiento sólido basado solamente en tu mirada.

Me ha tomado 42 años darme cuenta de que muchas coincidencias las provocaste tú.

Sears Lindavista, mis dos hermanas conmigo. Recuerdo hasta el top casi pañuelo, estampado en verde, atado a mi cuello y mi cintura, y algún pantalón de campana.
Nos entreteníamos revisando los casetes en un botadero. Levanté los ojos y te vi del otro lado del mismo, no más de un metro cuadrado entre nosotros.  No supe en qué momento llegaste y tardé unos segundos en darme cuenta de que estabas acompañado por una chica que, según mi recuerdo, llevaba un sombrero de sol.

Tu mirada hacia mí era elocuente: “que no me miras rodeado de flores, y nuevos amores me sabrán querer”. La canción la habías cantado completa aquel 31 de diciembre de 1969, y no sé si me sorprendió semejante mensaje o que fumaras y cantaras tocando la guitarra, evidenciando el trabajo de tu familia para convertirte en un “soltero deseable”, como si fuera necesario, para las jóvenes consideradas aceptables para ellos.

Para la charla en “Casa Cuatro”, en Guanajuato, hace unos meses, había seleccionado un texto de Lady Murasaki (CA. 978 – 1025): It wasn’t long before I repented of having distinguished myself. Even boys become unpopular if it’s discovered they are fond of their books. For a girl it’s worse. Eras el menor y tu madre tenía una idea muy clara de lo que era aceptable; así te transformaron en un soltero a modo, para casarte con quien habían decidido; yo crecí en otro entorno, en el que nadie me obligaba o manipulaba para que me comportara como lo que no era/soy. Duró muy poco su gusto, dice Raquel.

Vámonos, dije a mis hermanas, y salimos rápidamente. La única vez que el alacrán de los celos mordió mi corazón. Nada que reclamar.

Unas semanas antes un periódico de nuestro pueblo había publicado que habían pedido mi mano. En realidad solamente fue el anuncio del matrimonio civil a mis padres, notificado ya a los amigos más cercanos en invitaciones poco convencionales: la fecha fijada era el 5 de marzo. La nota del periódico no daba cuenta de las razones para llevarlo a cabo, obviamente.

Por eso los sueños de hace unas semanas, reiterativos, repitiendo esa fecha sin que apareciera cualquier otra referencia. Marcaba un cierre definitivo, o eso pareció.

Nos habíamos desencontrado unos tres años antes, después de cambiarme a vivir a Lindavista, perdiendo así los encuentros en el camión a Zacatenco -subías en la primera parada sobre Av. Politécnico y te quedabas de pie junto al par de asientos en los que viajaba acompañada; y supongo que te dabas cuenta del efecto.

Quedaron los encuentros a medio pasillo entre tú escuela y la mía, pero luego nos graduamos y también perdimos eso. Hasta ese encuentro en Sears, el último en el último lugar que compartíamos: la vida en este universo en el que permanezco de día, a ratos.

Apenas entendí que tantas coincidencias desafían el cálculo de probabilidades. Apenas entendí que aunque sí ocurrieron muchos muchos encuentros casuales, otros tantos los creaste tú para mí. Y de que te quiero, nomás así, lo tengo muy claro, aunque nunca haya sabido expresarlo.

Anoche, de casualidad, topé con una vieja película mexicana, “Azahares para tu boda”, y me atrapó la interpretación de “Un viejo amor” tocada en un organillo; la interpretación se repite una y otra vez. Llegué justo a la escena donde el galán pide permiso para visitar a la pretendida, pese a las objeciones de los padres por tratarse de un socialista (liberal, de izquierda, diríamos) y un soñador sin nada (material) para ofrecer. La negativa a que se casen los enamorados porque él se declara no creyente.

Lloré. Maldije cuando la vieja madre está muriendo y agradece a la hija, a la que le jodió la vida, por ser tan “buena”. Catarsis. Sentimientos nunca exteriorizados.

Dormí bien, amanecí llorando.

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6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

26 de febrero: ayer estuviste conmigoo

Monday, February 26th, 2018
Abordaste conmigo el autobús, a las 7:10 A.M., y me di cuenta por la música. De Club Verde a 100 años, pasando por Entrega Total. Ahí te dije que me lleves cuando quieras, y supe que será un mango verde verde que algún día alguien me ofrecerá, como si fuera la manzana para Blanca Nieves, pero que no ha llegado el día porque hasta la vendedora de la carreta, en Tepic, decide que mejor me da uno sazón.
Me acompañaste en el almuerzo, y lo supe cuando el grupo que se instaló casi recién llegadas al restaurante, comenzó cantando “Hay unos ojos”, y cerró nuestra permanencia ahí con “La negra”.
Saliste conmigo, y tal vez te encontré en el anciano con quien compartí el pan recién comprado. Y mi recompensa fue que siguieras caminando conmigo.
Llegar al Jardín de San Marcos, porque el Google Maps se empeñaba en que estaba en la ruta para ir al Museo del Juguete, que en realidad quedaba para el lado opuesto, fue la sorpresa, la emoción y el dolor intenso de la punzada en mi pecho.
Benedetti escribió en “La tregua”, y se refiere a lo que dice Blanca, su mujer protagonista:
“Dijo: “Te quiero”. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.” … El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. …
Esa opresión en el pecho significa vivir.”
Mutatis mutandis, fuiste tú quien dijo “Je t’aime”, bajo la sombra de un árbol cerca de las canchas, en Zacatenco. Y sí, era la primera vez que lo decías.
La punzada se fue conmigo y me acompañó hasta el momento de dormir; pero fue aquí, al entrar a este jardín, donde me quebró. Tuve que desviar la mirada y hacer una pausa en mi conversación con Celeste, a quien le tomé esta foto.
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Celeste me tomó ésta, en la que una paloma negra quiso dar testimonio de que no la tengo que buscar.
Este Jardín de San Marcos, que no conocía, me transportó a la Alameda de Santa María la Ribera. Nos vi caminando, riendo, bromeando. Y sí, significa que estoy viva. Y debo dar gracias por la compañía pese a la ausencia física. Pero duele.
Te quiero aunque pasen 100 años, y es para toda la eternidad. Y apenas van 51.
Extraño tu presencia física cada día, y te lo repito cada noche.
Je t’aime.

12 de febrero: Nely

Monday, February 12th, 2018

Soñé con ella hace un par de noches. En mi sueño, compartido en Facebook el mismo día, viajábamos en un autobús por la costa de Bahía de Banderas, rumbo a Tepic. Yo había paseado con mi padre, recorriendo lugares que amábamos y que visitamos en familia hace muchos años, antes de la conversión turísticas de esas playas.

En el autobús, ya entrada la noche ¿o tal vez de madrugada?, dije “Nélida Robles, tenemos que venir a Chacala” como si mi amiga viajara a mi lado, pero simultáneamente me di cuenta de que había hablado dormida porque mi amiga estaba en otra fila de asientos, de modo que sonreí y comencé a pensar que a ese viaje deberíamos invitar a algunos amigos, mientras volvía a quedarme dormida en mi asiento.

El despertador sonó un rato más tarde, a las 6:45 A.M., para levantarme a poner el alimento para las palomas que llegan a mi patio buscando comida y agua para beber. Intenté volver a dormir, pero solamente me hice guaje un rato, acurrucada entre las cobijas; había llovido durante la noche y la temperatura andaba cerca de lo 6 grados Celsius.

Soñar con mi padre y pasear con él durante el sueño no es extraño; a veces nos acompañan, de lejos, otros miembros de la familia; a veces solamente somos él, mi hijo y yo, y puede ser para prevenirme de algo de manera muy explícita.

Lo extraordinario es soñar con una compañera de la secundaria (no de la primaria), a quien debo haber visto por última vez hace unos 30 años o algo así. Hasta recordé el número de teléfono de cinco dígitos de su casa, con lo cual es muy sencillo componer el número en la marcación actualizada. Esta mañana llamé pero solamente respondió una contestadora automática; dejé recado, identificándome y explicando brevemente la razón de mi llamada. Volví a llamar hace unos momentos con el mismo resultado.

Nely llegó a la Secundaria Alemán viniendo de la primaria del Colegio México, el único colegio católico en el Tepic de aquellos años, y creo que era solamente para niñas. Aunque yo estuve unos meses en la sección de maternal, al cumplir dos años, lo único que recuerdo eran las amenazas de las monjas porque mis vestidos eran cortos y sin mangas: “te va a llevar el demonio por descarada”. Supongo que el trauma que semejante cosa me causaba era muy evidente y rápidamente me sacaron de semejante lugar para ingresar al kinder público, mixto, cercano a mi casa, el “Rosa Navarro”.

Nely llegó pues, procedente de ese antro deformativo. Sorprendía que era la más traviesa y malhablada de todas (yo empecé a maldecir cuando aprendí a manejar en la Ciudad de México, hacia los 32 años). Con ella y Luz Elvira Basulto (la Billy) podíamos ir a la Alameda, a veces escapadas de la escuela, para que ellas encontraran a sus novios; o a la iglesia de El Carmen, durante los ejercicios Espirituales de la Cuaresma, para jóvenes, con el mismo fin (chicos de un lado del pasillo, las chicas en el lado opuesto), para nada se trataba de devoción.

En la época yo ni siquiera consideraba a los escuincles como algo más que productores de ruido y travesuras. Con tres hermanos menores y los amigos que acudían a jugar en nuestro enorme patio, asumía que el resto no podía ser muy diferente. Ninguno era capaz de conversar por dos minutos seguidos, y nunca se me ocurrió que pudieran ser objeto de otro tipo de mirada. Seguramente era atípica (“eres rara”, ya sé) porque cuando yo regresaba a mi casa de las clases de danza, por las tardes, algunas veces me interceptaba una escuincla para preguntarme, una y otra vez, si Tony (vecino, amigo de mis hermanos, compañero de fiestas en Tepic porque no me gusta que me saquen a bailar, adoración de mi familia entera, elegido por mi hijo como protección frente a su padre cuando planteamos el divorcio, por lo cual terminó siendo un marido -muy costoso por cierto) era mi novio. La respuesta era NO, una y otra vez, pero la chica no parecía comprender que no me interesara en lo absoluto y ofrecía presentarme amigos, primos, etc. ¡NOOOOO!

Con Nely y Billy también iba al cine, ocasionalmente, incluso en las vacaciones, cuando yo ya vivía en Ciudad de México. Alguna vez fuimos a una lunada en el rancho de algún pariente de alguna de ellas. Y un 23 de mayo, 1970, fui con ellas a la Alameda. Nely había conseguido que le prestaran el carro de su hermana y ambas iban a ver a los novios, como antes.

Para mí fue una experiencia diferente, y no la esperaba. Mi vestido lo había confeccionado mi abuela, como siempre: éste era recto, sin cuello y sin mangas, largo hasta encima de la rodilla, flores blancas y rojas sobre fondo negro; llevaba sandalias de tacón, de color blanco. Tenía el pelo largo y suelto pero no usaba ningún tipo de maquillaje, labial, o cualquier otro afeite. Y seguramente llevaba los aretes de perla que mi madre me había regalado un par de años atrás.

Ellas se fueron, según la costumbre, a “los barrancos” de la Alameda (no sé si siguen existiendo y nunca he estado en ellos); yo me senté en la banca de siempre, la banca de nuestros encuentros, en la que invariablemente coincidíamos sin acuerdos previos durante nuestras vacaciones en el pueblo, dando continuidad a nuestras conversaciones en Zacatenco y los parques cercanos a mi casa, en el DF.

Habían pasado 143 días desde la noche de Año Nuevo en la que había decidido retirarme de aquella reunión a la que me había invitado Raquel, la única amiga de toda la vida que conservo todavía, y que tuvo lugar en la esquina de las calles Lerdo y Morelia. La brutal interrupción de nuestra muy grata conversación me dejó muy clara la oposición familiar con la que topaba. Con ese acto de abandonar la reunión declaraba, implícitamente, que no iba a buscar ni a responder a un enfrentamiento.

Ni siquiera pensaba en eso cuando, de repente, ellas vinieron acompañadas por los novios y me dejaron en las manos un mango verde, con sal , chile y limón, uno de los típicos snacks de todas las épocas en Tepic; luego regresaron a los barrancos sin decir nada. Seguramente pensaron que así me entretendría un rato más.

Iba a morder el mango cuando por mi lado derecho una mano lo tomó mientras lo escuchaba decir “te va a hacer daño”. Ni tuve que volver la cabeza. Se sentó a mi lado y conversamos como antes, como siempre. Duele recordar. Para mí ese lapso duró lo que un suspiro, y sin embargo debe haber pasado un rato porque supe que había estado enfermo y triste y comenzamos a reconectarnos como si no hubiera transcurrido un solo día desde nuestra última conversación, 143 días atrás, cuando yo tercamente quería una razón para aceptar su invitación a bailar, dado que ninguno de los dos disfrutábamos de semejante cosa.

También esta conversación fue interrumpida. Mis dos amigas regresaron corriendo, porque Nely tenía que regresar el carro. No pudimos más que despedirnos con la mirada.

No fue la última vez que nos vimos pero sí la última en que conversamos con palabras. Nuestros ojos siguieron conversando tanto como fue posible en los afortunados encuentros en los autobuses urbanos o en los pasillos entre nuestras escuelas. Tampoco fue la última vez que estuvimos muy cerca porque me cachó en plena caída, saliendo de espaldas de la casa de Raquel, en la Semana Santa de 1972.

A Nely volví a verla hacia 1988. Era el fin de año y con Pako había ido a pasar unos días con mi familia. La madre de mi amiga tenía poco de haber fallecido y el 31 de diciembre habría una misa en El Carmen, en honor de la señora; antes visité a Nely en su casa. Estaba yo realmente sorprendida: mi amiga estaba absolutamente metida en el papel de su mamá. El atuendo, los modales, los consejos y regaños a sus dos hijas, etc. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Y desde entonces no volví a verla o saber de ella.
De los tiempos de la secundaria, y hasta la graduación, tengo fotos con Billy, con Raquel, con Lupita Láscares y hasta con Sharon, incluso en grupo, pero ninguna con Nely.

Actualización, media hora después: conversé con Nely por 20 minutos. Nos veremos este fin de semana y hasta anda pensando en organizar reunión de ex compañeras de secundaria. Aparte de la Billy, no recuerdo a ninguna de las que mencionó, pero no importa.

30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

30 de septiembre: el mes de tu cumple

Saturday, September 30th, 2017

Agitado, literalmente y en más de un sentido.

El inicio fue una continuación de agosto: el asunto de Nelson y los chinos y la revisión de los trabajos de los talleres en la UACH, en Parral, ocuparon la mayor parte de los primeros diez días. Terminamos satisfactoriamente, creo.
En el caso de Nelson y Cheetah Mobile es el punto final; en el de la UACH, es el inicio para ellos y lo que sigue depende de su interés y perseverancia para funcionar realmente como una academia, colaborando y creando.

Al mismo tiempo, al terminar esa primera semana, viajé a Tepic porque la señora que compra el terreno de lo que era la casa de mi madre (nunca habitada por ella) se comprometió a hacer un depósito a mi cuenta y a firmar un pagaré en mi presencia para el primer viernes de septiembre, pero nunca llegó.

He aprendido que hay que aprovechar cada momento, a disfrutar de la lluvia y del sol, aunque ande corriendo y me duelan los pies o la espalda. Lo he aprendido a través de lo que he perdido. Tú, por ejemplo. Entre eso y mi estilo de vida acelerado y azaroso, porque mi camino y los tiempos en que me muevo no siempre dependen de lo que yo quiero, necesito disfrutar de cada comida sin importar si se trata de un antojo callejero, de un taco en una carreta o de una comida formal, de la luna en cada fase que me muestra y del sol -especialmente en un amanecer o un atardecer. A veces puedo caminar bajo la lluvia, especialmente en Tepic, y a veces la disfruto desde mi rincón, con un libro y un café o una copa de vino. Y documentarlo para recuperar después los momentos, o compartirlos con los que están lejos y extrañan los espacios, los colores, las personas, los antojos.

En Tepic es muy sencillo disfrutar de todo esto, y estás tú: donde siempre y como siempre, atento a mi conversación, quieta y amorosamente a mi lado. Tu sonrisa y tu mirada están siempre presentes. Esta vez no fue la excepción. Te llevé una rosa. Debo decirte que buscaba una margarita, pero no encontré en ninguna florería de la ciudad. Casi llegando a tu casa, rumbo a dejarle a Raquel unos panes para su merienda, encontré un local pequeño y sencillo donde me ofrecieron las frescas rosas blancas. Solamente necesitaba una para dejarla en la misma banca de siempre, para que no olvides que siempre estoy ahí.

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Los otros dos días que pasé en la ciudad, esperando que la mujer hiciera acto de presencia, los emplee en comer con mi mamá y mi tía, en vagabundear cuando salió el sol caminando hasta la Cruz de Zacate, reconociendo lugares que hacía mucho no visitaba, perdiéndome en calles por las que nunca había transitado a pesar de la cercanía con las que formaban parte de mis recorridos, revisando los trabajos de los huicholes en cuanta tienda o puesto estuvo a mi paso. Conversé con gente que no conocía, o con alguna que había conocido sin que hubiéramos tenido algún saludo intercambiado, y con mi primo Alonso.

Recordé a mi padre y a todos mis abuelos mientras conversaba con mi madre tomando  café frente a la plaza principal, antes de subirnos al turibús que ella no había experimentado. Las conversaciones con ella siempre traen un elemento inesperado a la construcción del rompecabezas que es mi historia la cual voy conociendo en episodios como de Star Wars, en el que las explicaciones de algunos hechos vienen apareciendo en las precuelas posteriores a los episodios los cuales, además, no se presentan en orden cronológico. Lo de esta conversación debería de haberlo sabido como unos 50 años antes, por lo menos. Pero ya qué.

La presión porque mi amá regresara a L.A. comenzó a aumentar y a provocarme lo que el estrés me provoca siempre. Por otra parte, mi economía no es precisamente boyante.

Unas cuatro o cinco semanas antes Tanya me había invitado a ser parte de una charla en Guanajuato, en Casa Cuatro, en la que tres mujeres hablaríamos de mujeres, arte y ciencia. Escribí mi rollo con tiempo, no para entregarlo realmente sino como un apunte para no divagar; pedí a algunos amigos que escriben y publican que lo leyeran y me hicieran llegar sus comentarios; para la tercera semana del mes estaba listo, y lo publiqué en mi blog de Blogger.

En el ínterin me invitaron a participar en el Congreso Virtual de la UVSMP, en Perú, a celebrarse en la segunda semana de noviembre, y comencé a estructurar mi charla mientras enviaba los elementos requeridos: una foto en un formato especia (Tanya me hizo el favor de ponerla en ese formato), una hoja de vida (resumen de mi curriculum vitae) y el tema de la ponencia. No he avanzado mucho desde entonces porque esta montaña rusa va muy acelerada.

Con todo eso pareció que la única opción era (fue) que yo llevara a mi mamá a San Diego al final de la tercera semana del mes. Lo conversé con ella y estuvo de acuerdo: volar de León a Otay, del lado gringo, cruzando por el puente elevado del aeropuerto de TJ con el fin de evitar traslados, filas, etc.

Funcionó aunque fue extraordinariamente cansado, extenuante, por lo que implicó como organización en todos los sentidos, incluyendo la levantada a las 3:30 de la mañana de manera de salir al aeropuerto a las 5:00 A.M., llegar a TJ al medio día con el anuncio de que habían cancelado mi reservación en el Airbnb seleccionado como consecuencia de la rotura de una tubería, y la necesidad de pagar por un alojamiento decente y seguro y, a esa hora y en esas condiciones, urgente.

El Hotel Caesar’s es siempre mi mejor opción. Cierto es que TJ no es León: en cuanto hice pública la situación con el Airbnb me llovieron ofertas de mis queridas amigas para que me alojara con ellas, pero con el cansancio acumulado necesitaba un lugar en el que mi presencia no alterara la vida de nadie.

Mi primera visita, a mi comadre Haydee a quien no encontré, me llevó a la playa. Ahí pedí el agua de un coco fresco, luego me quité los zapatos y caminé hasta la reja de la frontera disfrutando del agua fría y del masaje de la arena. Fue como magia: desapareció el dolor de cabeza y el cansancio de pies y piernas. La puesta de sol se antojaba bella, pero regresé a casa de mi comadre para el deleite que es conversar con ella y ser atendida con mucho cariño, tomándonos un café. De regreso, en el restaurante de hotel cené con Venecia.

De nuevo: estar en Tijuana significa tener una actividad social y fraterna mucho más abundante en un solo día que en seis meses en León siempre, aun cuando vivía allá y más cuando estoy de visita. Con Magui Saucedo compartí una experiencia gastronómica en el Lorca, atendidas por el propietario/panadero/creador de delicias y gran conversador. Comida con Marychuy y tarde de playa con Paty y Mariana.

El jueves desayuné con mi enfermera favorita, Erika de la Mora, y luego fue de visita temprana a la Ibero. Saludé a Lety, a Haydee González, a Carmelita y a Guille y, de paso, a Raúl Olmos. Hay muchas obras en las fachadas (al día siguiente constaté que los interiores, donde la gente labora, están prácticamente sin alteración o mejora). Bajando hacia la Delegación de Playas me recogió Judith para ir a conversar y tomar un café al Ross. Comí con Haydée González y, luego, Abisag me llevó a conocer su proyecto de hidroponia.

Mi último día allá fue también muy bueno. Desayuné en la nueva cafetería  de la Ibero y fui a buscar a Magui Amézquita; se necesitaron tres vueltas a mi antigua oficina para encontrarla. El segundo piso, incluida la capilla, los pasillos y ¡los baños! no han tenido mejoras. En mis vueltas esperando a Magui conversé con Guadalupe (Enfermería), Mary Puga y, otra vez, Raúl Olmos. Interrumpí para saludar al padre David (el rector) y me senté en la banca frente a la capilla para esperar a Magui. Mientras, conversé con Gaby Ruiz muy animadamente.

Por mis fotos en Instagram y en Facebook, mis ex alumnos se hicieron presentes. Iván me quiso saludar. Fui a encontrarlo a la ceremonia de graduación que comenzaba en esos momentos y mientras conversaba con él fui levantada en un cariñosísimo abrazo por Cacho quien, además, me llevó a saludar a sus padres, en la fila de los muy serios familiares de los graduandos. Nos tomamos una foto, los tres juntos. De camino a la salida, encontré a Pedro, otro de mis ex alumnos; foto, por supuesto. Apareció otra vez Raúl Olmos y me acompañó a la salida, y hasta se me ocurrió que lo habían enviado a evitar que siguiera mi desfile 😉.

La playa me recibió como siempre, grata y plácidamente. Me tomé un té mientras se cargaba mi cel, volví a caminar hasta la reja de la frontera, tomé fotos y regresé a recoger mi maletín para dirigirme al aeropuerto y regresar a León, vía Guadalajara. Todavía conocí a una equivalente de una prima en mi vuelo a Gdl, quien puede tener otras pistas sobre la familia que no conozco y detalles de mi rompecabezas.

El lunes 25, como anunciado, estuve en Guanajuato para la conferencia y dormí (¿?) allá. Fotos, momentos, conversaciones, la visita de Elías a la plática con todos sus alumnos participantes en la Olimpiada Matemática y un regreso urgente para descansar de todo el ajetreo acumulado.

Estuve en una marcha; sigo los desastres provocados por los terremotos buscando maneras de colaborar, desde el primero en Chiapas; participo en el Comité de Colonos; mantengo mi mente muy ocupada y mi cuerpo también. A ratos solamente contemplo a los pájaros, especialmente a los colibríes y coincidiendo (a cualquier hora, como siempre, ya sabes) con el del color verde como tus ojos que viene a pasearse por la ventana, escuchar música y libar de cada flor, especialmente las del plumbago bello que te recuerda. Las flores todas ofrecieron sus ramilletes el día de tu cumple: gardenias, rosas, lavanda, plúmbagos y la dormilona.

Te quiero. Te espero siempre a cualquier hora y en cualquier lugar, como siempre.

Las fotos, mañana.
De mis paseos por la playa

P.D. Desde el lunes pasado Pako vive en Dundee, Irlanda, y trabaja para Outplay.

26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientos/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro.

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela a la que pertenecía, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestarle apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona, excepto con mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres).

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista.

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí.

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí.

29 de enero: Sábado por la noche

Monday, January 30th, 2017
Apareció en un post en Facebook, de  La escritura es cultura:

Así terminó pensado en él como nunca
se hubiera imaginado que se podía
pensar en alguien, presintiéndolo donde
no estaba, deseándolo donde no podía
estar, despertando de pronto con la
sensación física de que él la contemplaba
en la oscuridad mientras ella dormía, de
modo que la tarde en que sintió sus pasos
resueltos sobre el reguero de hojas
amarillas del parquecito, le costó trabajo
creer que no fuera otra burla de su fantasía.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera

 

“Estoy esperando, pues!” Agregué.
No que necesite recurrir a los escritores para decírtelo; te lo digo cada noche y cada noche es verdadero. Y te lo digo también de día: te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre.
Pero la madrugada del sábado apareciste. Desperté relajada, aliviada de mis mareos y demás. Tu presencia tiene ese maravilloso poder sobre mí.
Me fui a una reunión, animada. Fue bueno. Y fue bello ver a Venus en la cima de un portal abierto en el cielo, al atardecer.
venus-al-terminar-enero
La nostalgia regreso antes de dormir. Fue entonces que te dije que tú eres mi hogar, mi primer hogar después de mis 15 años. Supe quién era yo a través de tu mirada dulce, de tus palabras y letras, de tu caminar conmigo, de tu cuidado. Me supe segura y protegida. Nunca he vuelto a sentirme así en mi vida.
Entresaqué una definición de hogar nomás para corroborar que eso eres. Y la compartí con el mundo:
<<“El término hogar denomina el lugar donde uno vive y está estrechamente relacionado con una sensación de seguridad, confort, pertenencia y calma.”
E.T. calling home. I want to go home.>>
Sí, el domingo fue ambivalente/bipolar: de la actividad frenética de la mañana, con música de rock and roll, a la nostalgia de la tarde, con música que vino apareciendo. Comenzó con “Coincidir” y terminó con “Sabrás que te quiero”.

Y sucedió, y hasta lo grabé: uno de ellos entró por la ventana y estuvo unos 10 segundos revoloteando frente a mí. Y es como saber que estás cerca.
Me calmé, apague el aparato y me subí a ver The Big Bang Theory.
Mi alma vive en ti, contigo. Tú eres mi hogar, el único.