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26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientes/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro. 

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestar apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona excepto mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres). 

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista. 

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí. 

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí. 

1 de abril: sin llorar!

Wednesday, April 1st, 2015

La Semana Santa en pleno. Si tuviera menos de 15 años y viviera en Tepic, iría al recorrido de los Siete Templos mañana, Jueves Santo. Comería los antojos que se ofrecen en los alrededores de los templos y parroquias. Al igual que los ejercicios espirituales a los que en esta temporada acudíamos en bolita de amigas, al templo del Carmen, se trataba más de ser parte de una serie de juegos sociales que de devoción verdadera. Igual que ir al santuario en El Pichón, caminando en la madrugada del 12 de diciembre, también en bolita de amigas y familiares. Sábado Santo y Domingo de Gloria los pasaríamos en San Blas o en la alberca de Compostela, con la familia extendida. 

Algunas semanas enteras las pasamos acampando en Chacala, a bordo del mar, con la familia encabezada por mi abuela, rodeada de todos los retoños de tan frondoso y fuerte árbol. Eran días gloriosos, alejados de cualquier cuestión relacionada con el trabajo o la escuela. Pako tuvo la suerte de ser parte de la última acampada que yo recuerde. 

Estos días ni pensar en salir, y mucho menos en estar todos juntos. Yo tengo trabajo pendiente y mucho que organizar en casa. Y Pako está por irse a la India. Seguramente aprovechará estos días para traer todo lo que no irá en sus maletas. Cuando llegue a casa encontrará las galletas de nata y los antojos de los que no disfrutará en los próximos dos años. Y yo estaré muy contenta.

Hoy, después de las casi tres horas y media de junta en el IEEG y de darles raite al centro de Guanajuato a mis colegas, regresé a casa cansada de todo lo acumulado, bueno y malo, de la semana: viajes, desveladas, alumnos que ahora son ex, y todo el resto. Mis pantorrillas, mis pies, mis hombros y mis brazos exigen reposo prolongado. Y a eso me dedico ahora.

Una película, mucha agua y a dormir.