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20 de noviembre: 36 años de ser la madre de Pako

Friday, November 20th, 2015

Hace 36 años, alrededor de esta hora pero en otra latitud, ingresaba yo al Hôpital Tenon, en el 20ème Arrondissement de París. El hospital que me correspondía por mi domicilio. Siete meses antes había ido buscando consulta porque, entre otras cosas, traía un mal genio que yo misma notaba. Lelis Páez, una amiga venezolana que vivía en el mismo barrio y que estaba en lo que parecía ser el término de su doctorado, a punto de terminar su tesis, me recomendó que preguntara por una doctora quien, además de ser muy buena en su especialidad, hablaba impecable español. Lelis es mayor que yo, con un par de hijos, adolescentes en aquella época, y una madre pintora naif.

Llegué a la recepción y pedí ser atendida por la doctora. “¿Está usted embarazada?”, preguntó la recepcionista. ¡Claro que no!, dije muy convencida. “¿Está usted segura?”. Por la forma en que me miraba entendí que no le bastaba mi palabra. Yo digo que no, porque no lo creo, respondí. “Y si estuviera embarazada, ¿querría tener al bebé?” preguntó.

Hasta ese momento nunca me había pasado por la cabeza que yo pudiera ser madre. Cierto es que a mí nunca me pasan por la cabeza las cosas de esta vida. Por eso el destino se encarga siempre de empujarme. Sin pensarlo dije que sí, suponiendo que lo estuviera.

“Entonces no la voy a pasar con la doctora sino con el Dr. Fulano.” Y me indicó a qué pasillo dirigirme para esperar mi turno. Muchas mujeres africanas con sus atuendos tradicionales, muchas lenguas distintas, y un grupo de traductores para auxiliar en cada caso. En ese momento no podía hacer comparación alguna con los servicios de salud en este país, pero definitivamente me sorprendió gratamente.

Por fin me tocó pasar y, para mi sorpresa, el doctor hablaba un español castizo bastante bueno. Y resultó que sí, que tenía dos meses de embarazo. Supe, sin duda alguna, que mi hijo era la consecuencia de la celebración de mi cumpleaños, con una botella de tinto, en el pequeño departamento del número 2 del Passage Dagorno que habitábamos su padre y yo. Un edificio pequeño en un barrio lleno del folclor de los vecinos de diversas nacionalidades, que podían pelear y romper puertas a media noche. El barrio se ha modernizado y no queda nada de aquella visión.

Me dieron un certificado y un pase para la caja de Allocations Familliales, un servicio público destinado a proporcionar apoyos económicos para las familias con menos recursos. Al mismo tiempo me notificaron que el seguimiento del embarazo sería con ese médico, cada mes, y con cargo al Estado.

 

Como becarios, formalmente no teníamos recursos. Desde que rentamos el departamentito en el Passage Dagorno, la caja  nos entregaba mensualmente una cantidad casi igual al monto de la renta. Con el embarazo recibiría yo tres cantidades adicionales: la primera, luego de la detección del embarazo; otra a los 6 meses y la última casi un mes antes del nacimiento. Todo lo empleamos en buscar y rentar un departamento con dos habitaciones (Pako ha dormido solo desde que nació) y comprar todo lo que el libro “J’attends un enfant” recomendaba.  Nos mudamos un mes antes del nacimiento, a un departamento en el 125 de la Rue Lecourbe, en el 15ème Arrondissement. Antes limpiamos y acondicionamos el espacio. Es un hermoso barrio, con un parque cercano y con calles llenas de comercios de frutas, verduras, panes, conservas, etc.

Por la misma razón de que no teníamos ingresos, aparte de las becas, el gobierno de la ciudad se hizo cargo de los gastos del parto. Y la caja de Allocations nos asignó un bono mensual casi equivalente al monto de una beca francesa. El primer año de Pako fue monitoreado también por los servicios médicos del Estado.

 

El 21 de noviembre de 1979, a las 3:15 de la tarde nació mi escuincle. No sabíamos si sería niño o niña, pero yo estaba convencida de que era varón, y lo que tejí y compré era en verdes y azules. La mamá de un amigo michoacano, que habíamos conocido en México y que estudiaba el doctorado en Geología y Petroquímica, me envió un juego de sabanitas rosas bordadas por ella misma. Mi familia me envió ropa de todos colores. Pero yo sabía, quería, que fuera niño. Sin embargo nunca pensé en un nombre. Al momento de nacer,  los médicos (se reunieron tres porque se complicó el parto natural y planeaban ya una cesárea que no fue necesaria) preguntaron cómo se llamaría, para hacer el registro in situ. Su padre dijo “Francisco” y así quedó asentado.

 

Por razones de una epidemia en varios hospitales, en la que habían muerto tres bebés, en cuanto mi hijo nació, al igual que los otros bebés, fue llevado a un espacio muy protegido al que teníamos que entrar como los médicos a un quirófano. Dos semanas en que tuve que permanecer ahí, hasta que saliera con mi bebé. Y yo quería salir del encierro. Debo haber dado mucha lata porque, aun cuando podría haberme quedado otra semana, nos dieron de alta. En ese tiempo aprendí a bañarlo, alimentarlo y cargarlo, con la ayuda experta de las enfermeras.

 

Así llegamos a casa, ya en diciembre. Pako ya tenía un ritmo de sueño y comidas muy bien organizado. No fue llorón, no fue enfermizo, no necesitaba que lo cargara pero sí que le prestara atención constante y conversara con él, desde entonces. Despertaba haciendo gorgoritos, y reía mucho. Buscaba la atención de la gente en cualquier parte. Afortunadamente es algo que se le ha dado muy bien.

No puedo decir que mi vida cambió en términos de lo que hacía y lo que hago, porque nunca dejé de hacer lo que me gusta. Pero su nacimiento me dio claridad acerca de lo que es importante y de dónde está el centro de mi vida. Cualquier decisión, por loca que parezca, está desde entonces orientada al bienestar y seguridad de ese escuincle que es el amor de mi vida.

Sonrío mientras escribo esto porque me vienen a la cabeza nuestras discusiones (como las que tenía yo con mi padre), nuestros paseos y antojos, nuestros placeres compartidos, nuestros juegos y apapachos apaches, nuestras interminables conversaciones mientras tomamos café o vino, o mientras viajamos.

Si me hubieran dado un check list para seleccionar las características del hijo, no habría elegido otras. No es perfecto, claro, pero aprecio incluso esos detalles.

Si me dieran a escoger entre lo que he perdido y esta vida con este hijo, sigo prefiriendo este hijo y esta vida. Nada cambio.

Gracias, chaparrito, por todo lo que me has enseñado, por lo que me has apoyado, por los retos, por las experiencias. Te quiero.

 

 

 

28 de agosto: la ausencia que duele y Modiano

Friday, August 28th, 2015

Y hay días, como éste, en que es terriblemente dolorosa. Aunque intente trabajar, aunque ponga música alegre, aunque me ponga a chatear. Es constante, persistente, obsesiva. Cualquier cosa hace que regrese a ella; ni el pensamiento de preparar algo de comer me distrae. Y sí, termino por hacer algunas cosas de manera mecánica: regar las plantas, cambiar el agua a los bebederos, recoger y ordenar la cocina o mi cuarto, pero con los ojos húmedos y el quebranto a flor de piel. Termino por dejar que fluya.

Escribí algo para descargar mi sentimiento y, según yo, lo copié a Evernote; borré el archivo de Word. Todo desapareció de alguna manera. Tal vez llegó a su destino. Mucho rato después, cuando la calma se instaló en mí, me puse a leer a Modiano: Una juventud.

Es una novela corta, y la terminé más rápidamente de lo que me hubiera gustado, contada en tercera persona y en una época no precisada aunque seguramente anterior a la que yo viví en París. Sin embargo la lectura me llevó por lugares conocidos y muy apreciados no solamente en la ciudad.

Cuando recién llegué a Francia pasé las primeras semanas en Grenoble, porque el entonces marido había necesitado de un curso de inmersión total de tres meses, previo a su ingreso al doctorado. De paso, y tarde, supe que si uno no aprendía lo que debía en el curso de un año en el Consulado en México (Centro Científico y Técnico, se llamaba), el “castigo” era esa estancia que permitía pasear por los alrededores de Grenoble, vivir en esa bella ciudad y convivir con muchos estudiantes de diferentes culturas. Pero yo sí había aprendido 😦

Como quiera, estando ahí viajamos justamente a Annecy y de ahí al Mont Blanc y sus alrededores; el siguiente viaje sería a Provence y la Costa Azul, hasta Mónaco, siempre viajando en grupos de estudiantes. De manera que el paseo por Annecy de Louis y Odile, los personajes principales de la novela, podía imaginarlo. Hasta recordé el vin du pays, las frutas y jamones de los mercaditos y el buen pan, que hicieron nuestras comidas. De manera semejante puedo recorrer el “camino” hasta Londres porque viajamos allá en la Semana Santa de 1979, junto con un buen amigo que conocimos en México en los cursos del Consulado, estudiante en el doctorado de Geología y también egresado el Politécnico (IPN).

En Grenoble estuve unas tres semanas, en total, y me fui a París a buscar departamento mientras el don terminaba su curso, y a iniciar mi trámite de inscripción en la Universidad Paris VII o Paris Diderot, parte de la Facultad de Ciencias de la Universidad de París. Porque mi inscripción original y mi carta de aceptación estaban en Burdeos, con Brousseau,  aunque también tenía aceptación en Estrasburgo, directo a hacer la tesis, dado que su director (el querido Georges Glaeser) conocía mi trabajo en México y desde entonces me había “adoptado” en una amistad invaluable que duraría hasta su muerte. Pero en términos de lo que yo creía que era mi deber, necesitaba cambiarme a París.

En París tenía ya alojamiento en una casa de estudiantes, pero contacté a Guillermo Arreguín (amigo de mucho años y profesor en Matemática Educativa, en su segundo año del mismo doctorado al que yo iba a ingresar) porque, entre otras cosas, vivía en la Casa de México, en la Cité Universitaire, y podía ayudarme a investigar si era posible encontrar alojamiento ahí. Resultó que no. Hicimos un tour por los restaurantes y cafés de la Cité, mucho mejores que los de la universidad en cuanto a la calidad y variedad de la comida, puesto que hay un restaurante en cada una de las casas; de ahí que cuando era posible uno fuera a comer “hasta allá”. Conocí, por supuesto, el Parc Montsouris que tanto disfrutaría mi escuinclito posteriormente:

“Un matin dans le lumière de l’hiver
Au parc Montsouris
À Paris
À Paris sur la Terre
La Terre qui est un astre”

cantaría Montand.

Pero el relato de Modiano nos lleva también por muchos de los barrios y lugares muy reconocibles de esa ciudad que me encanta … pour flaner. Definitivamente la Plaza de Jussieu que describe, donde está la Facultad de Ciencias (Paris VI y Paris VII), no se parece a la que yo conocí entre 1978 y 1980 y, mucho menos, a la que vi en el año 2000.

En suma: me gustó el paseo, y esa idea de ir buscando la memoria de los que ya no están (los padres de Louis, en la ocasión), pero también tratando de conocer a los amigos y socios que se van consiguiendo mientras se crece. Por lo menos es algo que yo hago cuando vuelvo a los sitios en los que crecí.

Al terminar la lectura la tormenta interior se había despejado. Vamos a ver qué nos trae el sueño.