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8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

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