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1 de mayo: 50 años del fallecimiento de mi abuelo paterno

Sunday, April 30th, 2017
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José Ruiz Parra Sr. y Jr. Mi abuelo y mi padre en el exilio obligado.

En alguna de las vacaciones que fui a pasar a mi pueblo me anunciaron, al llegar, que mi abuelo José había fallecido. Pregunté por qué no me habían avisado; mi padre dijo que no tenía caso distraerme si yo no iba poder hacer algo al respecto. Lo mismo ocurrió cuando murió mi abuela María. Mis abuelos paternos. Apenas en febrero pude ver las actas de defunción de cada uno y enterarme de la fecha: mi abuelo murió el 1 de mayo de 1967, hace justo cincuenta años.

Es muy significativo porque mi abuelo fue un luchador por la defensa de los trabajadores, lo que lo llevó a vivir casi 20 años en el exilio en Los Ángeles, California, con toda la pequeña familia formada por mis abuelos, mi tío Rafael a quien no conocí porque murió muy joven y mi padre, que era el menor. Regresaron a México justo cuando mi padre terminó sus estudios, negándose a aceptar la nacionalidad americana y un apoyo para que mi padre ingresara a un posgrado. Mis abuelos se separaron y cada uno rehízo su vida con otra persona.

Conocí parte de la historia de mi abuelo por don Emilio M. González Parra, pariente nuestro, quien me convocó a su oficina en la CTM para conocerme de cerca, recordar a mi abuelo y a mi padre y decirme, entre otras cosas, que era mi abuelo quien lo había formado. Por eso, me dijo luego mi madre, don Emilio (que además fue padrino de mi mamá) quiso hacerse cargo del funeral y luego, como gobernador de Nayarit, dedicar una calle a la memoria de don José Ruiz Parra, mi abuelo, en la colonia Obrera. La historia de los apellidos alrevesados no la voy a contar aquí, ni sus consecuencias.

Hace unos meses alguien respondió en un post en Facebook respecto a ese reconocimiento a mi abuelo, diciendo que quien inició a don Emilio en la política fue otra persona. Supongo que mi tío sabía de lo que hablaba y tal vez no se refería solamente a su incursión en la política. De todos modos, son de las cosas que no discutiré nunca.

Mi abuelo fue una de las personas más sencillas que he conocido en mi vida: vestido siempre de caqui, con corbata y sombrero, vivió una temporada en ese complejo hippie que era nuestra comunidad familiar, en “el cuartito” que estaba en el patiecito entre la casa de mi tía Cuca y la nuestra. Era, literalmente, un cuartito de unos 1.5 m de ancho por 2.5 m de largo, “amueblado” con un catre de lona, una silla y no sé si alguna pequeña cómoda, que posteriormente se usó como cuarto de tiliches antes de convertirse en pasillo hacia el corral de la parte posterior. Después vivió en una especie de vecindad muy humilde, en mi recuerdo con piso de tierra, con doña Trini y los dos (¿?) hijos de ambos; hice conciencia de que son mis tíos apenas hace unos cinco años, preguntándole a mi amá por las dulces guanábanas que mi abuelo llevaba a nuestra casa.

Desayunaba y comía siempre con nosotros entre su ida y regreso de su trabajo, sobre el cual nunca pregunté como no pregunto sobre cualquier otra cosa; habilidoso con sus manos de artesano -herrero de oficio- confeccionaba para nosotros papalotes y canastillas de carrizo y papel de china, juguetes de papiroflexia, bolsitas hechas con envolturas de dulce, trenzadas, y muchas otras cosas. Muy callado y reservado, era un escucha atento a las quejas de mi madre o de nosotros; siempre con una palabra o un consejo valioso. Buscando un libro que alguna vez tuve, escrito por Ricardo Velarde sobre el tenis en Tepic, en el cual se hacía referencia a mi padre y hasta fotografías de él había, encontré datos sobre mi abuelo y su trabajo: fue el Secretario Fundador de la CTM, en Nayarit, y el Jefe del Departamento del Trabajo en la misma Central hasta su muerte.

Lo maravilloso ocurre, como ocurre con mi padre, cuando gente que uno no conoce hace un elogio de él que nos lleva a las lágrimas. Elogio a su trabajo en favor de los obreros como los del Ingenio de Menchaca, en Tepic, para quienes logró una colonia provista de jardines comunes y casas más que decentes, las cuales conocí porque mi madre y mis hermanas rentaron una de esas casas antes de irse a vivir a L.A. “Gracias a su abuelo tenemos estas casas”, le dijo un vecino a mi hermana Irma, por ejemplo.

Gracias a mi abuelo, a mi padre y a mi tío Gonzalo, ferrocarrilero y activista, pude participar en calidad de escucha activa en discusiones con líderes obreros y ferrocarrileros, ahí mismo en el patiecito intermedio entre las dos casas.

Lo que sigue es el texto que mi padre escribió a la muerte de mi abuelo. Algo que apenas conocí en febrero pasado:

Elegía a mi padre
Si: hijos de mis hijos, ha muerto mi Padre. –
Dejó surcos hondos y bien sembrados;
Su huerto fue fructífero.- ¡De Hombre!
Entre esos frutos está uno, están todos,
Nació aquí, a la sombra de la cumbre,
Del Sangangüey, San Juan y otros.-
Mas no fue ni héroe ni bardo ni insigne;
Fue luchador constante, firme y tenaz,
Dejando por herencia algo sublime:
El ejemplo de su vida limpia y veraz.-

No fue revolucionario de canana y de fusil;
Pues no era belicoso, era sutil;
Fue amigo de la lucha del novecientos diez,
Alentó y bregó en la lucha sin interés,
Pasó esos días en labor que no fue inútil;
Forjando la cahyayana, reja y menesteres
Del campesino, labrador del cuerpo fértil;
Reparando aquí un cañón, allá fusiles
De quienes luchaban, fuertes o débiles.-

No fue belicoso con las armas, era de ideas,
Era dúctil, resiliente, sin testarudez;
No era el tungsteno alma del acero,
Pero era el hierro que en su base es:
No fue el dardo veloz, ágil y certero:
Sí fue el arco recto y sin doblez;

No fue fulgurante luz guía en un faro,
Sí fue fuente de útil uso, como quinqués. –

Y su Abue: que no luchó con sable y bala.
Allá por los veintes demostró pleno su valor,
Forjó, como buen herrero, sin hacer gala,
Una organización defensora del trabajador;
Recuerdo, reunidos en el desván, sobre la sala,
Calle Sacrificio, Sinaloa, su puerto arrullador;
Eludiendo un gobierno entonces opresor,
Que, al hacer legítima huelga, por la mala
Lo desterró de su suelo, como si fuera traidor. –

Entonces conoció cómo se explota por el gringo,
Al trabajador en su artesanía fabril;
Donde por ser “griser” fue objeto de distingo,
aunque no tuviese par en yunque o en el mandril. –
Prefirió en diciembre del treinta y dos, domingo,
Lejos de aparecer como abyecto y servil,
Aceptando la limosna del Yanqui disque pródigo,
Regresar acá, a la Patria, al redil;
Rehacer una vida en donde en origen vino. –

Volver a su terruño y renacer aquella pasión;
Que él creyera tiempo ya extinguida,
Fue un acto simultaneo, de explosión;
Volver a aquella lucha que originó la herida;
Que lo hizo víctima de inicua represión;
Volver a ser el amigo con la mano tendida
En ayuda del explotado sin compasión:
Allí estaba de nuevo, el afán de su vida;
Volvió a encontrar su noble misión. –

Ni él ni nosotros tuvimos casa propia u otros bienes. Educación y trabajo fue el legado.

Hace 50 años, en mayo, yo llegaba a Tepic para pasar las más bellas y dulces vacaciones, a construir los recuerdos que perduran de mis dulces 17, 18, 19…; la noticia de la muerte de mi abuelo me la dieron como si hubiera ocurrido muchos meses antes, sin dolores visibles, sin lutos, sin afectar la vida de nosotros. Treinta y dos años después, en diciembre de 1979, me enteraría de la muerte de mi padre a tres meses de ocurrida: mi padre no quería que su enfermedad, saber de ella, afectara mi embarazo; mi madre guardó el secreto hasta un mes después del nacimiento de Pako.

 

 

 

 

 

12 de enero: Voy a buscarte, voy a encontrarte

Thursday, January 12th, 2017
La bella me esperaba frente a la puerta de mi casa.
Es mi raite.
Voy a buscarte, voy a encontrarte, voy a llevarte fuera del mundo, fuera del mundo. Tú y yo, nosotros dos. Ahora, así, aquí.
12 de enero de 2017: 50 años de que el azar, caprichoso, decidió que teníamos que encontrarnos. Dos números primos solitarios.
Lo hizo bien. Estábamos ahí probablemente porque, de origen, nuestros padres lo decidieron así. En mi caso es así; en el tuyo debió serlo puesto que tus dos hermanos mayores ya estudiaban en el Poli. Ahora que lo pienso hasta es probable que ellos conocieran y fueran amigos del medio  hermano que tramitó mi ficha para el examen de admisión a Voca 3, dado que eran vecinos cercanos en nuestra ciudad y estudiaban en la misma institución. Y si es así, desde el inicio estábamos condenados a nunca ser más de lo que fuimos en el camino que juntos recorrimos en esta vida; pero no sabían  lo que seriamos a pesar del tiempo, de la distancia o de la muerte.
Ellos no podían anticipar que desde el primer año, antes de conocernos, elegiríamos el mismo taller (Construcción). No podían anticipar que  elegiríamos el mismo grupo en nuestro segundo año en Voca 3; en mi caso, estoy casi segura de que el medio hermano apostó a que yo ni siquiera aprobaría los cursos del primer año y que me regresarían a Tepic ante el fracaso. Mucho menos podían imaginar que habríamos de viajar en asientos contiguos en las primeras vacaciones escolares y las que le siguieron, con 15 horas o más para conversar y conocernos en cada uno de esos viajes.
Yo estaba donde ninguno de ellos suponía que tenía que estar. Y te encontré y me encontraste. No pudieron imaginar que éramos justo lo que el otro necesitaba.
Mi raite me espera, y voy a buscarte. Te amo.

22 de octubre: Una luz por Ayotzinapa

Wednesday, October 22nd, 2014

Tomar la calle otra vez. Salir a manifestar la indignación, la repugnancia por los hecho que nos dañan a todos  y a hacer sentir el apoyo a las familias de  las víctimas directas. Es la segunda marcha en León y esta vez fue mucho más numerosa. Inédito que circuláramos por el Blvd. López Mateos en lugar de ir por la calle Madero, que es la ruta más corta para ir del Arco de la Calzada a la Presidencia Municipal, en la Plaza Principal.

Niños, ancianos, minusválidos y muchos jóvenes. Hasta un juglar, que salió ahí por el barrio del Coecillo, se unió para corear las consignas acompañado por su guitarra. Muchos automovilistas acompañaron con el ruido de los claxons. Muchos trabajadores gritaron también al paso de la marcha.

Entramos al centro dando vuelta por Av. Hidalgo. Triste que al pasar frente a la Fuente de los Leones, ya muy cerca de la Plaza Principal, una persona sentada en una de las bancas grito “al cabo ya están muertos, para que marchan”. ¿Asumimos que mucha gente literalmente se tira al gozo después de la muerte de alguien querido? ¿O será que no quieren a nadie realmente? ¿O tal vez que en su medio la vida y la muerte no tienen el mismo significado que tienen en el mío?

Es decir, sé que para morir nací, como dice una de mis canciones definitorias (La chancla), y sé que, eventualmente, todos vamos a morir, los que amamos y los que no. Pero las ausencias duelen, como dijo el Padre Agustín Rozada S.J. cuando murió el Padre Manuel González S. J. Mis ausentes me duelen, mucho, a pesar de los años.  Duelen de una manera especial aquellos que fueron muertos en la flor de la vida, de manera repentina, sin enfermedad que nos preparara para el desenlace, sin edad para decir que estaban llegando al límite.

Así estos jóvenes estudiantes, algunos muertos en plena adolescencia. Sí, yo también creo que están muertos, que la demora en comunicarlo es una estúpida “estrategia” para esperar a que se aplaquen un poco los ánimos confiando en nuestra poca memoria, en que habrá algún tipo de evento o distracción que desviará la atención del horror. Pero no puede evadirse la responsabilidad de denunciar y de pedir justicia y castigo para los culpables, aunque de alguna manera todos lo somos por haber permitido que la impunidad y la corrupción se apoderaran de nuestas ciudades.

Tal vez el mensaje más significativo sea el que portaba esta chiquilla:

Quisieron enterrarnos pero no sabían que éramos semilla

Quisieron enterrarnos pero no sabían que éramos semilla

25 de diciembre: una Navidad distinta

Wednesday, December 25th, 2013

Muy distinta, entre la pena y el estrés, pero también con gratísimos momentos.

La noche del 23 de diciembre nos notificaron que mi sobrino Daniel estaba al bordo de la muerte por una infección generalizada. Vivía en Rosarito, B.C. con su mujer, Shana, y la pequeña Karma. Hace dos años mi amá y yo estuvimos con ellos y conocimos a Shana y a la chiquita. Hace un año y medio, cuando organizaba mi mudanza de TJ a León, Daniel me ayudó con algunas cosas. Y no volvimos a vernos. Tenía apenas 32 años y, aunque lo conocí cuando era pequeño, pasaron muchos años para que volviera a verlo, en Buena Park. Lo recuerdo siempre sonriente, a pesar de las tragedias que le tocó vivir. De eso hablamos mientras me ayudaba a deshacerme de algunos muebles y objetos. Pero no tenía rencores. Supongo que el amor de Shana y de Little Karma le ayudaron a sanar sus heridas.

El 24 de diciembre amanecimos con la noticia de que había fallecido. Nadie de su familia cercana pudo viajar a Rosarito. Mi hermano Juan, su padre, llegó hasta Buena Park traído por Sharon, la menor de sus hijas. Pero no podían cruzar a México. Mi madre no fue enterada, por razones de salud, y el día transcurrió con mis hermanos, mis sobrinos y nosotros en espera de los acontecimientos subsecuentes. Pretendimos, en cada casa, hacer vida normal cocinando y pensando en nuestros chiquillos.

Uno se va habituando a que sean los mayores los que se van primero. Duele cada uno, pero las enfermedades o la edad van haciendo que la muerte de nuestros mayores sea vista como natural. Parte del proceso de vida, decimos. Pero cuando es uno de los más jóvenes, ya de la generación que sigue a la nuestra, nos cuestionamos y rebelamos. Supongo que no hay peor tragedia que perder a un hijo. Y he visto familias derrumbarse o amargarse para siempre como consecuencia, mientras veo el ejemplo de mis compadres Abundio y Haydee celebrando la vida de sus dos hijos (Carlos y Melania), arrancados en plena juventud y promesas de vida, y dándose a los demás de una manera total. Por otro lado, creo que asumimos nuestra propia muerte como algo que eventualmente llegará, pero no sé qué tanto sufra la gente  pensando en eso, porque son de las cosas que preferimos no mencionar.

Es la muerte de los otros la que nos angustia, creo. Recuerdo el libro de Simone de Beauvoir Una muerte muy dulce, autobiográfico, sobre la muerte de su madre. Me pareció terrible pero muy revelador. Y recuerdo también El país de  las sombras largas, de Hans Ruesh, sobre la vida de los inuits (esquimales) previa a su “americanización”; particularmente la muerte de los ancianos, sin drama, aceptando la realidad en su durísimo hábitat. En nuestro pasado prehispánico la muerte jugaba un papel muy importante en la vida de todos los días.  “La muerte era parte del cosmos sin cargas morales. Simplemente era.” Será que la influencia española modificó esa consideración y convertimos a la muerte en un acontecimiento dolorosísimo cargado con todos los “si yo hubiera” posibles. Y no es que no duela.

Recuerdo a Agustín (Agustín Rozada Rebollar, S.J.) el día en que las cenizas del Padre Manuelito (Manuel Rubén González Ramírez, S.J) se depositaron en Casa Manresa, la Casa de Oración de la comunidad jesuita en Tiuana. Reconoció que estaba contento porque su compañero de estudios y trabajo durante muchos años había llegado a la casa de “mi papá”; pero, dijo, extrañaría mucho al amigo, y se le quebró la voz. Y luego festejamos la vida del padre Manuelito y dimos gracias por todo lo bueno que sembró y dejó en nuestras vidas. Pero la ausencia es terrible. Probablemente eso sea lo que más tememos cuando pensamos en la muerte de alguien que no somos nosotros.

La tarde/noche del 24 la pasamos en vilo esperando la reacción de mi madre cuando supiera lo de Danny. Todos reunidos a través de mensajes de grupo en Facebook (mis hermanos Manuel, Nidia y Saúl, y yo) con los que estaban al lado de mi amá (mis hermanos Juan e Irma y mis sobrinas Jessica y Sharon). Seguramente es la primera vez en muchos años que todos nos hacemos presentes al mismo tiempo. Mi madre ni podía enterarse de nada. Primero porque el complot fue secuestrarle el iPad y el celular para que la noticia no le llegara a través de Facebook. Y luego, porque apenas podía tenerse en pie, como resultado de una confusión entre las pastillas que toma. Había mezclado las pastillas que ocasionalmente utiliza para poder dormir (un cuarto de pastilla muy de vez en cuando) con el Piroxicam que necesita por su artritis y de las cuales toma una pastilla al día.

Cuando me comuniqué con ella utilizando el iPhone de Jessy (para utilizar el Face Time), la vi como borrachita, recostada y adormilada y con dificultades para articular las palabras. Reconocí mis síntomas: presión y glucosa bajos. Irma le tomó la presión: 91/57, y le dieron líquidos con glucosa para ayudarla. Cuando decidieron llevarla a Urgencias descubrieron el asunto de la confusión de las pastillas. Era pasada la media noche aquí en León. Hoy despertamos sabiendo que está mejor y que le controlarán las pastillas para que no las confunda.

Con todo, la vida tuvo que continuar en cada casa. Yo cociné los tamales, jugué con The Book f Spells en Play Station, con mi hijo, antes de cenar. Intercambiamos regalos y me fascinó verlo entretenerse por casi una hora armando el futbolito que le compré (sí, tiene 34 años pero nos seguimos divirtiendo como siempre), poniendo cada detalle en la madera limpia y ensamblando las piezas. Yo tengo ahora, además del iPad mini, un calendario 2014 con imágenes de El Principito, dos juegos de dados para contar historias (uno para las que comienzan con “érase una vez”, y otro para las que son de acción) y una urna para dulces o galletas. Lo mejor de todo, la convivencia con Pako.

el futbolito mi galletero mis dados

Una Navidad diferente. Una Navidad en la que por razones inesperadas, los hijos de Maggie Mosqueda estuvimos todos juntos, gracias a la tecnología. Tristeza, por supuesto. Pero la vida sigue.