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12 de agosto: De las flores de mi jardín

Saturday, August 12th, 2017

Antes de Saint-Exupéry, mucho antes de que comenzara a leer por mi cuenta, desde el momento en que nací, el Profe Parrita se encargó de hacerme entender que mis responsabilidades son solamente mías. Que lo que quiero o me interesa es algo de lo que yo debo cuidar sin esperar ni que otros se hagan cargo ni que mis cuidados tengan recompensas.

Lo que me interesa o lo que amo puede ser inanimado o no y, en ese sentido, me pertenece o no. Los libros, las vestimentas, los objetos que “decoran” mis estantes, los caracoles y los regalos que recibo son inanimados y son míos. He aprendido, a fuerza de malas experiencias, que no se prestan a cualquiera. Si alguien solicita uno de esos objetos en préstamo recibirá un no como respuesta. Si lo pide regalado puedo considerarlo, dependiendo del objeto y de la persona.

Lo que es animado no es mío: personas, flores, pájaros. Las personas y los pájaros van y vienen a voluntad, aceptan lo que ofrezco o buscan otros espacios y gentes. Alguna vez una compañera me pidió que le “pasara” a mi arquitecto de verdes ojos dado que, no mostrando nosotros contacto físico, parecía que realmente no estábamos interesados uno en el otro. Respondí que hablara con él, porque no era de mi propiedad, y que yo no cuestionaría el resultado. Uno sabe a quién pertenece, nomás.

Las plantas no pueden irse, pero responden de diferentes maneras a las mismas atenciones que reciben todas. Aunque sean de la misma especie, aunque unas sean brotes de otras, las respuestas son diferentes aunque se ponga el mismo abono, la misma agua y a las mismas horas, aunque estén en macetas idénticas y el sol brille o no igualmente sobre ellas.

 

Sí, aprendí a cuidar las rosas que yo planté. Pero no responden de la misma manera. La más joven, la de la izquierda,  me da por lo menos una flor cada día y me alegra las mañanas. Muchas rosas frescas y muchos nuevos botones. La otra, la que tiene más tiempo conmigo, se resiste, exige más cuidados y atención; pero sin importar cuánto le dedique, solamente de vez en cuando me da una flor y muy pronto muestra su descontento en su color y sus pétalos. Es caprichosa desde el primer día.

Tal vez estaría mejor en otro jardín, o necesita otras manos. Claro, no la dejaré morir y trataré de hacerla florecer con cuanto abono, tierra nueva, cambio de ubicación, y cualquier otra cosa sea necesaria. Algunas plantas han muerto como consecuencia de una tormenta, de una granizada, de una helada o por exceso de sol; ésta me dejará, como lo han hecho otras, cuando ya no quiera o pueda seguir dando hojas verdes; se irá secando poco a poco y morirá. En cuanto a sus flores, con que me regale una de cuando en cuando me daré por satisfecha.

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15 de noviembre: De los vericuetos en la mente de cada uno

Tuesday, November 15th, 2016

Después del curso taller en Aguascalientes, hace poco más de dos semanas, y mientras disfrutaba de una excelente comida con César, Carmen y Elías, conversando como hace mucho tiempo no lo hacíamos, Elías comentó respecto a lo que yo narraba: “¿por qué a mí no se me ocurre eso?”

Uno va creciendo, generando sus propios códigos mientras va separando lo que le gusta de lo que no, lo que está dispuesto a compartir con el mundo, lo que comparte con muy pocas personas y lo que es privado. Al mismo tiempo aprende a respetar el derecho de los otros a su privacidad. Bueno, eso es lo que a mí se me ocurre y es una de mis construcciones y uno de mis códigos. Lo otro, la intromisión en la vida y el pensamiento de los otros, es algo que simplemente no se me ocurre hasta que resulto afectada. Y sí, hago un gran escándalo de lo que para algunos, con toda seguridad, no es más que un incidente.

Alguna vez tuve un diario, seguramente regalo de alguna de las pen pals que teníamos en las clases de inglés, en la secundaria. Era rojo con un par de líneas doradas y tenía llave. No recuerdo qué escribí en él, en una época en que ni siquiera prestaba atención al mundo ni, mucho menos, a esos seres de los que había tres en mi casa y que se reunían con otros similares y con los que ocasionalmente tenía que convivir. Conservaba el diario guardado en el cajón de mi ropa, en la cómoda compartida con mis hermanas, un cajón para cada una. Un día descubrí que la cerradura había sido violada; me deshice de él y nunca volví a escribir mis pensamientos, hasta la creación de mi blog personal en WordPress, hace unos seis años.

Mientras leo Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, me queda claro que uno puede dedicar una parte de su vida a indagar sobre los orígenes y la vida de una persona de la que se ha obsesionado o que lo ha fascinado, en un afán de conocerla a fondo y tratar de comprender lo que la ha llevado a ser lo que es; y que la investigación puede ser profunda y cuidadosa, al modo de un investigador que se documenta para escribir una biografía, un hecho histórico, y similares.

Cierto que a mí eso no se me ocurre, ni siquiera para conocer mis orígenes. Ocurre en ocasiones que, conversando con mi madre y mi familia cercana, particularmente los mayores que yo, descubro que tengo parientes cercanos de los cuales nunca había sido consciente -como los otros hijos de mi abuelo paterno, a los que conocí seguramente en su propia casa, con su madre y mi abuelo pero que nunca integré a mi familia hasta que me lo hicieron ver. O el nombre completo de ese mismo abuelo, o la personalidad que fue mi abuelo en la vida política en mi ciudad natal.  Hay cosas sobre la vida de mi propio padre, particularmente sobre su vida como docente y como defensor de los derechos de los trabajadores, de las que me he enterado por aquellos que fueron tocados por él y he agradecido mucho las historias compartidas que refuerzan mi conocimiento de su valor como persona dentro de una amplia comunidad que lo reconoce. Pero nunca pregunté sobre sus vidas, sobre sus amistades, sobre sus motivos, y ni se me hubiera ocurrido ponerme a hacer cábalas al respecto. Sé solamente lo que me ha sido confiado de manera directa y lo que resulta de mi observación.

Nada de la vida personal de los otros estaba en la conversación de mi abuelo (un hombre muy callado, amable y discreto, por cierto) o en la de mi padre que nunca se metía en los asuntos de los demás. Del lado femenino de mi familia desconozco las historias, en general. Mi madre me ha venido enterando de algunas, cuando se acuerda de algo que le parece significativo. Mi abuela cantaba y contaba historias pero no chismes, y tampoco se entrometía en las vidas ajenas.

Y yo no pregunto, sencillamente porque odio que me interroguen. Cuento todo lo que se me ocurre y me ocurre a lo largo del día; cuento mucho de mi actividad docente y profesional; desnudo mi sentimiento en muchas de las publicaciones en mi blog, en mis historias -cuentos, les llaman, aunque yo no sea realmente cuentista, en las canciones que comparto, etc. Pero nadie tiene derecho a interrogarme sobre lo que no comento. Y a nadie le concedo el derecho a escuchar/leer lo que no le está destinado.

Mi hijo aprendió que las puertas cerradas indican privacidad y solamente se llama si hay un motivo válido; que la correspondencia solamente puede ser abierta por su destinatario; que las aplicaciones en los dispositivos electrónicos, etc. son privados aunque se encuentren abiertos y abandonados; y que uno no hurga en las pertenencias de los otros, por ningún motivo.

Intervenir la correspondencia y las conversaciones y/o darse los medios para hacerlo, de cualquier manera, es o debería ser un delito. Denota, a mi parecer, la falta de seguridad y el consecuente deseo de control de quien lo comete. Y me recuerda a esas personas que son las últimas en abandonar una reunión con la esperanza de que nadie se quede comentando algo sobre ellas. Enfermos, además de delincuentes.

De las relaciones de mis amigos, sus familias, sus amores, sus errores, etc., me voy enterando cuando me lo van contando. Hay muchas cosas que no sé ni de ellos ni de las vidas de mis hermanos. Lo mismo con la vida de mi hijo: conozco aquello que me ha querido compartir o lo que sus amigos sueltan en alguna conversación. Y, de todos, lo que observo y de lo que derivo algunas conclusiones que a veces resultan muy acertadas, a la luz de los acontecimientos siguientes.

Pero no indago sobre las vidas de las otros. De repente veo que dos de mis amigos están comentando algo y que se han vuelto amigos (lo que eso significa en las redes sociales). A veces me sorprende y generalmente es grato, pero nunca me pregunto cómo es que surgió esa amistad o lo que está detrás de ella. No me interesa saber quiénes son los amigos de mis amigos ni sobre sus familiares o lo que conversan entre ellos. Ni siquiera si conversaran sobre mí (de lo que ni me entero).

Lo dije ayer: lo peor que me puede suceder es que no encuentre una manera segura de conversar con la gente que más quiero, pensando en que lo que escribo o digo puede ser leído o escuchado por alguien a quien no está destinado porque se ha dado los medios para hacerlo. Y no, no hay complots ni planes contra alguien en esas conversaciones (esos los hago públicos). Se trata, simplemente, de conversaciones privadas. Y detesto la idea de que puedan ser intervenidas.

Mucho ruido y pocas nueces, dirán algunos. Para mí es crucial.

12 de septiembre: Gracias

Saturday, September 12th, 2015

Tantos agradecimientos en este día:

A mi sobrino Jorge que me recibió y acompañó en Guadalajara;

A los que hoy me trajeron a Amatlán de Cañas y me alojan en su casa: mi hermano, su esposa y sus hijos.

A los que me reciben y me integran a esta comunidad nayarita, cada que vengo aquí.

A los nuevos amigos, miembros de esta comunidad, y a sus compañeros de escuela que con tanto cariño y respeto recuerdan a mi padre en sus reuniones. Una muy emotiva memoria.

A mi padre, por sembrar la semilla que ha dado buenos frutos y, muy especialmente, por lo que en mí dejó.

A mi amá, que soporta valientemente todo lo que venga (y a veces caen gotas grandes).

A mi escuincle, que mantiene conmigo una comunicación constante y me alienta en cada momento.

A los amigos y sus porras.

A la vida.

Me voy a dormir con un gratísimo sabor: mi memoria, lo que yo recuerdo de mi padre, concuerda con la imagen y la presencia que de él permanece en una comunidad importante, conformada a lo largo de años: los que lo conocieron como profesor (por amor a la docencia) en la Escuela Normal Rural de Xalisco, Nayarit, y quienes lo conocieron como defensor de los derechos de los trabajadores (por amor y por compromiso real) desde su puesto en la Oficina de la Secretaria del Trabajo en Nayarit. Un orgullo genuino y un honor inmenso el de ser su hija. Un beso, Profe. ❤

28 de enero: Sueños y despertares

Wednesday, January 28th, 2015

Primero fue esa sensación de la que di cuenta en Facebook: despertar estando como en dos espacios diferentes de manera simultánea. Dije que estaba “desajustada” para explicar lo que experimentaba. Para comenzar mi madre, y luego los familiares y amigos, que pensó que no había comido suficientemente o no había dormido o estaba enferma. Pero no. En plena conciencia estaba viviendo y moviéndome en dos “niveles” distintos.

Yo creo que me he acostumbrado pero no me he “ajustado”. Lo más evidente es el desfase en el tiempo. Para mí estamos ya a fines de febrero, y me doy cuenta porque constantemente hago referencia a fechas, celebraciones y eventos en el día correcto del mes equivocado. Y lo posteo, claro. Luego alguien hace que me dé cuenta del error… y a veces simplemente lo dejan pasar.

Por supuesto que cumplir con los asuntos de trabajo cuesta más que de costumbre. Alarmas y notificaciones desde cualquiera de los dispositivos y aplicaciones, marcas en el calendario físico que cuelga frente a mi mesa de trabajo, y la revisión constante de Edmodo para lo de las clases. Requiere más esfuerzo que lo usual, y el desgaste me obliga a comer al menos cuatro veces al día.

Luego vino el sueño con Mely, que dijo estar preocupada por “los movimientos”, lo que yo interpreté como mareos; mandé un mensaje a mi comadre para asegurarme de que estaban todos bien. En la conversación me contó sobre los movimientos y cómo están siendo afectados, especialmente el pequeño, la mayor preocupación de su madre y la familia.
Anoche, antes de decidir que me iba a dormir, llevé a cabo, como siempre, el ritual de limpiarme la cara: primero con cold cream y luego con agua y jabón. Mientras me lavaba observé que mi cara había cambiado. Parecía menos oriental del norte de Nayarit (me lo dijo así un paisano de Mexcaltitán, en el CECUT, en una feria de Nayarit) y más india de la India. Me pareció curioso y pensé si eso era consecuencia de estar envejeciendo y darme cuenta, de repente, de lo que el tiempo ha hecho en los últimos meses. Me pareció divertido, simplemente.

Regresé a mi cuarto y, antes de apagar las luces entró un mensaje de Pako, con la foto de una conversación que acababa de tener. Se va a la India. Por lo pronto es por unos días y, si todo sale como esperamos (sí, es por lo que he estado pidendo), se irá a trabajar allá uno o dos años. Me emocioné.

Anoche tuve otro sueño, esta vez mi padre, inusualmente serio y enérgico, exigiéndome salir de la casa en la que me encontraba con mi abuela (su madre) y un pequeñito rubio de pelo lacio. Y Pako que me alcanzaba a decir que alguien había “falleci…” sin terminar la palabra.

No es la primera vez que tengo sueños o “anuncios” de tipos diversos, pero espero que este último sea solamente producto de la cena a deshoras. 😉

Y sí, ya aclaré que sí estoy loca, no tengan preocupación.

Del 12/12/1912 al 12/12/2014

Friday, December 12th, 2014

José Guadalupe Parra Ramos decía su acta de nacimiento y sus papeles oficiales como trabajador… y lo fue, intensamente, toda su vida. En cada espacio en el que se movía, y haciéndolo con altos niveles de eficiencia, eficacia, excelencia. Es también el nombre que aparece en mi segunda acta de nacimiento, cuando me volvieron a registrar, esta vez en Xalisco, a los 27 años 🙂

José Ruiz Parra (Jr.) decían todos sus papeles de la escuela, las escuelas, en Los Angeles, donde vivió y estudió desde los 2 años y hasta que mis abuelos decidieron regresar a México, después de que mi padre había concluido sus estudios. Es el nombre que aparece en mi primera acta de nacimiento.

La historia de los nombres cambiados comenzó con mi abuelo, cuyo nombre era José Parra Ruiz; la cacofonía lo motivó a invertir sus apellidos, y así lo conocía toda la gente. En la escuela, en los Estados Unidos, a mi padre le pusieron el nombre de su padre, con el Junior, para distinguirlos. Supongo que eran usos de la época. Mi abuelo organizó la primera huelga en Bellavista, Nayarit, en marzo de 1905. La historia me la contó Emilio M. González Parra, mi tío, en una visita a sus oficinas en la CTM en la ciudad de México, hace unos 25 años. Por eso mi abuelo se vio obligado a agarrar a su familia e ir a refugiarse en Los Angeles, hasta mediados de los años 30. El nombre de mi abuelo ahora lo tiene una calle en Tepic, último homenaje de Emilio a quien, reconocía, lo había formado.

Mi padre se convirtió en el familiar Profe Parra o Parrita, para la gente de la comunidad. Cuando Daniel Alvarez (Jarocho) comenzó a llamarme Parrita, lo agradecí 🙂 Sin embargo, de manera formal la gente lo identificaba por el nombre en sus diploma. De ahí que cuando me registraron (la primera vez) el juez ni siquiera preguntó por el nombre del padre; asentó José Ruiz Parra, y yo me llamé Blanca Margarita Ruiz Mosqueda. Entregada la copia original del acta (a máquina, recuerden que hablamos del siglo pasado) el error fue notorio.”No hay problema”, pensaron: en cada copia que necesiten, corregimos y escribimos Parra en lugar de Ruiz, pequeño detalle. Y funcionó muy bien… hasta que el juez murió, y murió la secretaria del juez, y yo iba a sacar mi título de licenciatura. Y a Xalisco fuimos (7 km desde el centro de Tepic), donde mi padre tenía la mayor parte de sus amistades, y donde estaba la Escuela Normal Rural en la que impartía clases de inglés por las tarde, por el puro gusto, después de su jornada como responsable de la Oficina de la Secretaría del Trabajo en Nayarit.

En documento oficial

En documento oficial

con mi apá

Aunque no fue su día más feliz :

Por las calles de Tepic

Por las calles de Tepic

Nunca aceptó regalos por su trabajo, nunca aceptó las diputaciones u otros puestos que le ofrecieron y que le hubieran dado una seguridad económica de la cual, por otra parte, no sentía necesidad. Tengo amigos y no quiero perderlos, decía. Y entre sus amigo se contaban los taxistas, los trabajadores del Ingenio El Molino, de la tabacalera, y los trabajadores de las otras empresas en el estado, a quienes apoyó siempre.

Exigía de sus hijos que hiciéramos bien las cosas, desde el principio. Si van a ser barrenderos, aprendan a barrer bien, y ponía el ejemplo. Que nos expresáramos con propiedad, dentro y fuera de la casa, era otra de sus urgencias. La exigencia escolar no tenía que ver con calificaciones sino con aprendizajes, y nos ponía a prueba en cuanto tenía oportunidad. Aprendiz incansable, había estudiado toda la física presente en la Enciclopedia Británica, herramienta de consulta que ponía a disposición de sus alumnos, para poder conversar conmigo cuando regresé en mis primeras vacaciones largas de la Vocacional. Cuando me fui a Francia, y a pesar de la enfermedad que lo aquejaba, aprendió francés del Larousse para poder escribirme en un francés que reta al de muchos que pasaron por cursos y diplomados.

Deportista y conocedor de cuanto reglamento había; ampayer, réferi y árbitro cuando se lo solicitaban; redactor de notas para un periódico local; poeta de mi madre; dibujante. Pero, sobre todo, amante y enamorado de mi amá, tal como lo declara en esa última carta, escrita en francés.

Lo que me dio, lo que me dejó, está implícito en lo ya dicho.  El ejemplo es muy difícil de superar, o de igualar por lo menos.

Feliz cumpleaños, profe. Me siguen haciendo falta las conversaciones, las discusiones, las idas al fútbol a ese estadio que Ney destruyó. Te quiero.

31 de enero: mi madre

Thursday, January 31st, 2013

Hace casi tres años que comencé con el proyecto de escribir sobre el papel de mi madre en mi formación, en mi carácter, en mi definición como persona. Nada fácil. Durante el taller en el que participé en el Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana (Tijuana) con Vianett Medina y un grupo de entusiastas mujeres, todas con mucha más experiencia en estas artes que yo, me sugirieron entrevistar a mi mamá para contrastar y corroborar mis recuerdos. Lo hice de camino a visitar a mi tía Lola, en Los Ángeles. Mis recuerdos y los de ella coinciden, igual que la mayoría de los recuerdos de mi hermano Manuel, el segundo de la familia.

Pero algo no me cuadraba y he intentado escribir pedazos, tratando de hacer un patchwork con ellos, pero no resulta. La clave la tuve esta mañana, mientras chateaba en Facebook.

A propósito de un pensamiento atribuido a Einstein, sobre el valor de leer cuentos de hadas a los niños, y recordando las lecturas que hacía para Pako aun antes de que naciera, comenté que conservo un volumen con los “Contes de Grimm” y otro con los de Andersen, ambos en francés. Leopoldo Navarro, mi amigo editor, comentó al respecto y dije yo que por eso Pako se dedica a lo que hace: juegos para iPhone e iPad. Comenzó a escribir historias desde los 6 – 7 años, dedicadas a sus amigos, y pretendía estudiar Ingeniería Electrónica para tener bases para escribir ciencia ficción.

Para Pako es transparente lo que yo he hecho y lo que hago como madre. Hace un par de años, viajando de Los Ángeles a Tijuana, me decía muy seriamente que todos los jóvenes deberían hacer lo que él hizo: dejar una carrera a medias (Ingeniería Electrónica, en el Tec de Monterrey) para dedicarse a lo que realmente le gusta (Mercadotecnia, en la Ibero). Le comenté que pocos jóvenes tienen una madre que pueda pagar semejantes cosas y que si hubiera tenido un hermano hubiera sido difícil que le costeara esos lujos.

Entonces comentó que todos deberían estudiar inglés desde el principio, como lo hizo él. Corrección: “tu mamá decidió que estudiarías en una escuela 100% bilingüe, desde el jardín de niños”.  ¿Y la natación? Ídem.  Hace unos días me preguntó si seguía en el SNI y solamente le comenté que dejé todo eso cuando abandonamos el D.F. Me contestó que su papá es Nivel III (ni sé si sea cierto). Y ni siquiera se le ocurre que tomé esa decisión para que pudiera crecer en un ambiente más libre y más seguro.

Mucho de mí misma lo he aprendido a través de Pako. No en balde ha vivido conmigo toda su vida. La Morra (Dulce Karina) dice que hablar con los dos es como hablar conmigo dos veces. Y sí: he visto mis reacciones a través de las reacciones de él. Mis “moditos”, mi habla, etc. Y me sorprendo. Y eso exactamente ocurrió esta vez.

He estado buscando la influencia de mi madre en mí y no había caído en cuenta que es mi primera influencia. He dicho que soy la hija de mi padre y es cierto en muy buena medida. Pero la primera infancia, la que dicen que nos marca, la pasé con mi madre y esa “comunidad hippie/matriarcado” formada por mi abuela Hilaria, mi madre, mi tía Cuca y mi prima Licho (mi tío Gonzalo era ferrocarrilero y estaba pocos días en casa). Los primeros años mi papá nos visitaba pero no vivía con nosotros y trabajaba todo el día, aunque no me faltó nunca su apoyo y siempre estuvo cuando lo necesité.

Entonces, los primeros aprendizajes, las primeras palabras, las primeras lecturas (y los primeros conjuros), deben haber provenido de ese clan. Yo no supe que mi madre era lectora sino hasta que Pako tenía unos 5 años y estábamos en el cumpleaños de alguno de sus amiguitos. Un señor me comentó “qué interesante es esa señora” refiriéndose a mi madre, quien había ido a atender un llamado del nieto.  ¿Mi mamá? pregunté. Sí, me dijo, estábamos conversando sobre “La insoportable levedad del ser”, de Kundera. ¿Mi mamá? repetí. Y me sorprendió saber tan poco de ella.

Si veo lo que mi má escribe en Facebook, o las notas que nos manda, o sus cartas, encuentro que tiene muy buena ortografía, con escasísimos errores; que escribe muy ágilmente y de manera muy concreta, organizada y oportuna. Y mi experiencia docente me dice que eso lo adquirió leyendo.  Ahora sé que lee mucho porque compartimos algunas lecturas. El año pasado le regalé “Siddhartha”, y lo leyó más de una vez.

Por mi parte, la primera carta que escribí fue para ella, a los tres años, desde Mazatlán (y tengo la evidencia, LOL). Mi tía Cuca (con quien viajaba en el ferrocarril y quien era mi segunda madre) escribió en los márgenes la traducción. Conforme crecía iban llegando los hermanitos, cinco después de mí, y mi papá se integró al clan y fue más evidente su participación en mi formación y la de todos mis hermanos (porque lo que llevaba era para todos aunque algunos ni se enteraran). Al mismo tiempo, mi madre tenía que dedicarse más a los pequeños. Mi carácter de gato independiente hizo el resto: recibo lo que necesito y me alejo a leer y a escuchar música en solitario, alejada de los chiquillos y sus amigos que ya comenzaban a invadir la casa.

Con un lenguaje bien desarrollado, con una mente alimentada con las historias de mi abuela, los cuentos que mi padre nos compraba mensualmente, las novelas que llevaba a la casa y mi interés en leer cualquier cosa que cayera en mis manos (tengo que dar gracias porque no existían ni la tele, ni el TV Notas ni similares), la relación con mi padre se fue fortaleciendo con el paso de los años. Discutíamos de libros, de futbol  o de política. Conversábamos en la mesa o mientras íbamos camino yo de la escuela y él de su trabajo. Se nutrió con sus lecturas de física y su aprendizaje del francés como muestra del afecto y el orgullo que sentía por su oveja descarriada.

Y en todo ese tiempo mi madre se puso en un segundo plano, apoyando todas las decisiones de mi padre, animándome en el camino que me presentaron y alentando cualquier tontera que me cruzara por la cabeza. Apenas en la entrevista supe del temor y el dolor de llevarme a la Ciudad de México a vivir sola, para estudiar el bachillerato, cuando tenía 15 años, por decisión del Profe.

Mi madre nunca se ha quejado de lo que le haya tocado vivir, aunque le tocaron pruebas muy duras con cada uno de sus hijos, por diferentes razones. En la entrevista me cuenta algunos de esos dolores, que ella minimiza. Ni siquiera recuerda nuestras travesuras, a pesar de que yo recuerdo algunas muy bien (mías y de mis hermanos). Solamente lamenta que uno de los seis no la quiera. Por lo menos es lo que ella siente, y eso es lo que importa.

Escuchando la entrevista me doy cuenta de que también hablo como ella, cuento cosas a su manera. Comienzo en un lado, divago y de alguna manera regreso al punto de partida. Y a veces el divague me lleva por sitios que parece que a nadie le importan. Pero todo está conectado.

Así, me cuenta de la flor que mi padre le llevaba cada día. Me dice que cuando entró a estudiar inglés a la academia del Profe (año 1948 o 49), sus amigas le decían que ella le gustaba al Profe. Y me dice muy seria: “pero claro que no”. Mi turno: Amá, ¡tuvo seis hijos con el profe! Y sí, al Profe Parra le gustaba Margot, como la llamaba por escrito. No solamente le gustaba: la amaba. En su última carta, mi padre me escribió en el francés que aprendió en el Larousse (bastante bueno, por cierto):

Votre mère et moi dans nôtres relations sommes comme mes maladies. Les questions de votre frère qui boit et de votre sœur qu’elle croit qu’est la reine, sont motif  de très difficiles moments, qui aussi donnent à votre mère des mauvais jours.  Mais j’aime avec tout mon cœur votre mère et je vivrais à son côté tout ce que j’ai de vie devant moi.

No pudo volver a escribir. La enfermedad lo desgastó tanto que ni siquiera puedo imaginarlo. En los meses que siguieron apenas pude escucharlo alguna vez por teléfono. Luego mi madre, otra vez con su entereza, se encargó de decirme que se estaba bañando, que había salido al médico, que estaba dormido, etc. de agosto a diciembre de 1979. Mi padre no quería que la gravedad de su enfermedad alterara mi embarazo. Mi madre no quiso que supiera de su muerte hasta que el chiquito estuviera ya en casa y yo me hubiera recuperado.

Esa es mi madre. Muchas cosas de ella reconozco ahora en mí. Las renuncias, las angustias, las tristezas que le causé y le causo, y las que le causamos todos, ella las ha borrado… casi todas.  Pako me ha ayudado a ver muy claramente que yo no sería quien soy si mi madre (apoyada por su hermana Cuca, por mi abuela y por Licho) no me hubiera ayudado a desarrollarme.

Solamente me queda darle las gracias por todo ese apoyo, por creer en mí, por apoyar mis luchas, por solidarizarse con mis causas (incluida la del 68), por estar siempre cuando la necesito, y por respetar mi carácter y mi independencia.

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Gracias, Maggie Mosqueda!

16 de junio: Tepic

Saturday, June 16th, 2012

La visita de día a la ciudad de Tepic tuvo sus claroscuros.

La Alameda volvió a ser remodelada en los últimos 30 años, aunque no sé cuántas veces. De nuevo está cerrada a los automóviles, pero ahora los jardines están cercados por tremendos bloques de cemento pintados de rojo, que crean un sentido de estrechez, semejante a la que debió tener en su mente quien propuso la idea y ordenó la alteración. Pero el centro de mis recuerdos permanece casi inalterable: aunque las bancas de piedra fueron cambiadas por otras, de metal, la fuente está intacta, si acaso grafiteada. El espacio de intimidad  me sigue haciendo falta, como entonces. Algún día se dará el encuentro y no habrá interrupciones, aunque sea en otra vida.

Caminar por la calle Lerdo nos llevó frente a la antigua casa de mi abuela paterna y, enseguida, a la casa cerrada de mi amiga Raquel. Mi mamá me detallaba quienes habían vivido en la calle Morelia, al doblar la esquina, pero yo solamente podía recordar una persona (ninguna de las que ella mencionaba). Más adelante, por la misma Lerdo, la escuela primaria a la que asistí, entonces solamente para niñas y en horario de 9 a 13 y de 15 a 17 horas, todos los días. Frente a ella se encontraba la academia de inglés que mi padre tenía y en la que ofrecía una clase de una hora diaria por $30 al mes, y que atendía de 6 a 9 P.M., después de su trabajo en la Oficina de la Secretaria del Trabajo y Previsión Social (de 8 a 15 horas) y de la clase de inglés que impartía en la Normal Rural de Xalisco, lugar que realmente amaba.

Al llegar al Mercado Principal, junto a la Plaza, encontramos los puestos de los huicholes, quienes confeccionan y ofrecen sus artesanías vestidos en sus trajes típicos, su atuendo cotidiano. Ahí compré la pomada de peyote que ayudó a aliviar los dolores del cuello provocados por el accidente en que nos vimos involucrados el día que llegamos a la ciudad.

De día, la Plaza Principal se ve bien, aunque en las jardineras se nota el descuido municipal. Poca gente cruzándola, con el sol del mediodía, pero algunos tomaban el fresco bajo los árboles.

Con todo, me gusta la ciudad vieja. O lo que queda de ella. Porque al último gobernador, Ney González, le dio por derribar los dos estadios (béisbol y fútbol) que marcaban el límite norte de la ciudad, en la salida a Mazatlán, y que conectaban con la Alameda. Que iba a construir la ciudad de la cultura, dicen que dijo.

Espero que no tengan que pasar otros 30 años para que yo recorra sus calles de nuevo.