Archive for the ‘marido’ Tag

30 de agosto: un texto de hace dos años

Wednesday, August 30th, 2017

No recuerdo de dónde surgió la idea. Lo publicó Es lo cotidiano bajo el título de “El amor perfecto” el 29 de agosto de 2015.

Se conocían desde niños, ambos de la misma edad. Vecinos de toda la vida, compartiendo como hermanos el pan y la sal, y una que otra travesura. Era normal que asistieran, junto con los hermanos y primos, a las piñatas, a las matinées, a jugar en los parques y cualquier otra actividad al aire libre. Aprendieron juntos a andar en bicicleta y en patines y hasta a bailar.

Dejaron de verse cuando él se fue a estudiar a una prestigiosa universidad, como era usual con los jóvenes que conocía, incluidos sus hermanos, que se fueron yendo uno a uno. La mayoría regresaba en vacaciones, se hacían una novia y al terminar sus estudios se casaban y se establecían en la misma ciudad.

Ella, como cualquier muchacha de su edad y posición en su ciudad natal, se dedicó a aprender a ser una eficiente ama de casa. Lo único que la distinguía de sus amigas era su pasión por la lectura, pero disfrutaba mucho el aprender a cocinar, a bordar y hasta a elaborar cuadros y retablos en las diferentes técnicas que iban surgiendo. Podía confeccionar sus propios vestidos y, según la comunidad, quien se casara con ella sería muy afortunado.

En alguna de aquellas fiestas veraniegas, en casa de una de sus amigas, conoció al que sería su marido. Serio y de pocos amigos, pareció apreciar su gusto por la lectura y entabló con ella una animada conversación. Siguieron las invitaciones a tomar un helado o un café, a ir al cine y a alguna fiesta. No era un gran bailador y no le gustaba que los rodearan ni siquiera los amigos comunes, pero eso no parecía ser algo grave. Al finalizar el verano habían formalizado su noviazgo y lo habían hecho oficial ante los padres de ella. Era lo normal.

Dos años más tarde, al concluir él sus estudios, se casaron. No se quedaron en su pueblo porque él ya estaba trabajando en la misma ciudad en la que había estudiado, y el futuro le sonreía. Ella se encontró entonces en una ciudad desconocida, sin familia ni amigos, limitada a las salidas ocasionales con su marido. Cierto que disfrutaba de preparar los platillos con los que lo recibía de regreso del trabajo, y que por las tardes podía dedicarse a sus manualidades y la lectura, pero extrañaba su círculo de afectos. Más, porque después del matrimonio se dio cuenta de que la seriedad de él se mantenía incluso en la intimidad. No que ella fuera experta en la materia, pero sus lecturas le decían que el amor era más que la relación de consentimiento establecida entre ellos o de la satisfacción con la que, frente a los escasos conocidos, él encomiaba su desempeño como ama de casa. No podía ser todo, se decía. Pero no era un tema a discutir con él, que consideraba inadecuado que su mujer hablara de intimidad o temas relacionados. La había escogido por su decencia, faltaba más.

Tres años después de casados, dos años y nueve meses, para ser exactos, ella dio a luz a un niño que se convirtió en el centro de atención de ambos, juntos y por separado. La relación marital se convirtió en una parental. Y el trabajo de ella, como ama de casa, se centró en la educación de ese tesoro en el que sublimaba todo el amor de que era capaz. Al marido le dio pretextos, además, para asistir solo a las reuniones con sus escasos conocidos, o al cine, o al teatro. Ella se quedaba a cuidar al hijo, a asegurarse de las tareas, a esperarlo a que regresara de fiestas y paseos, a estar presente en cada ocasión en que se requería de al menos uno de los padres, mientras fue creciendo. Sentía que ésa era su misión en la vida.

Ocurrió un día en que llevó a su marido al aeropuerto, quien iba en viaje de trabajo y estaría ausente una semana. Nada extraordinario. El hijo amado, por su parte, estaba vacacionando en la playa, con sus amigos. Tenía una semana entera para dedicarse a ella y a su casa. Pensaba cambiar las cortinas de la sala, redecorar algunos espacios y, por supuesto, leer. Entonces oyó que la llamaban y, al dar la vuelta, se encontró con el amigo de la infancia, casi su hermano.

Ocurrió que él estaba en visita de trabajo en esa ciudad por los próximos cuatro días. Ambos habían cambiado pero conservaban esos rasgos que nos permiten reconocer a quienes han sido parte importante en nuestras vidas, en nuestros afectos. ¡Y ella tenía tantas ganas de conversar con un verdadero amigo!

Ponerse al día sobre sus vidas los mantuvo conversando durante la comida. Ella no recordaba haber estado tan animada, en años. Se sentía bien, relajada, contenta. Quedaron de tomarse un café la tarde del día siguiente, cuando él se desocupara de sus pendientes del día. Tal vez hasta fueran a cenar a algún lugar que a ella se le antojara.

Regresó a su casa contenta, pensando a dónde podrían ir a cenar, y qué ponerse. ¿Qué me voy a poner?, se encontró pensando de manera obsesiva. Recorrió su clóset y decidió que necesitaría algo diferente, porque se sentía diferente. Y con ese pensamiento se fue a dormir.

No fue solamente el vestido, sencillo pero muy femenino; fueron los zapatos también, y la bolsa, y hasta el arreglo del pelo y las uñas. No quiero que me vea desarreglada, pensó, ni que se lleve una imagen triste de mí. A las siete de la noche salió a encontrarlo; dejó su carro en el estacionamiento de un centro comercial, donde él ya la esperaba. Él le preguntó si quería ir a cenar a un lugar que le habían recomendado; ella no conocía el sitio, pero accedió. Estaba en las afueras de la ciudad y resultó ser un lugar refinado y con música en vivo, muy bien interpretada. Había valido la pena el arreglo, se dijo, y se felicitó por ello.

Cenaron, bailaron un par de melodías para recordar los viejos tiempos, y emprendieron el regreso. La invitó a pasar a su hotel para mostrarle aquello en lo que estaba trabajando, y ella accedió. Ningún mal pensamiento que los turbara, pero él le acarició la cabeza en un gesto de cariño y ella se estremeció. Necesitaba afecto.

Perdió un amigo para siempre pero supo, sin lugar a dudas, que en sus lecturas había razón. El amor es más que ser felicitada por cocinar estupendamente, por tener una casa bien organizada y por criar a un hijo modelo.

Cuando el marido regresó encontró una demanda de divorcio, por diferencias irreconciliables.

Advertisements

15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”