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17 de julio: Tepic 2017

Monday, July 17th, 2017

Tepic: el lugar donde reside mi alma, el lugar de mi santuario y cuyo ambiente me devuelve la paz. La ciudad en la que nací y en la que circulo sin que nadie me reconozca, después de tantos años viviendo fuera y visitando solamente de cuando en cuando; antes, durante las vacaciones escolares de 1966 a 1975, más o menos, porque luego vinieron los años en que estudiaba una maestría de tiempo completo y trabajaba 20 horas además de las que empleaba como asistente de investigación sin sueldo pero que sirvieron mucho para mi formación. Después de esos años las visitas combinaron breves encuentros con la familia y trabajo (creé, junto con Shirley Bromberg y Papini, la Maestría en Matemática Educativa/Educación Matemática para la Universidad Autónoma de Nayarit, coordiné el primer año y fuimos los primeros profesores, antes de que cayera en otras manos). Escasearon los viajes cuando mi madre y mis hermanas se establecieron en Los Ángeles.

En lo que va de este año he ido tres veces, las tres ocasiones por cosas relacionadas con mi madre. La primera, en febrero, convocada por ella al igual que la última, apenas hace unos días. La de mayo para celebrar el Día de las Madres yendo a la playa, a San Blas, y para correr como loca por varias dependencias recolectando documentos para las formalidades de mi curso en Chihuahua.

En las tres ocasiones el apoyo de mi primo Alonso ha sido invaluable. Aunque lo conozco desde que éramos niños, nunca habíamos conversado o compartido una comida o un café; yo, porque soy una despistada y me mantengo generalmente alejada del mundo, particularmente de esos entes que jugaban a patear botes, a hacer travesuras, a conseguir víboras de agua para llevarlas a la casa -o sea mis hermanos y primos y sus amigos; él confiesa que yo le daba miedo, y no es algo extraordinario en mi vida. Ocurre con alumnos, con familiares y con otras personas. En algunos casos ese temor se desvanece cuando comprueban que medio me sé comportar y que hasta puedo conversar, excepto cuando las personas de plano pertenecen a una esfera que no tiene intersección con la mía.

En las tres ocasiones he podido compartir más de un momento con Raquel, la única amiga de infancia con la que tengo contacto y a quien de verdad quiero fraternalmente y sé que soy correspondida. La amiga que rehuí por 30 años y que siempre me recibe como si nos hubiéramos visto horas antes. Esta vez me contó que otra ex compañera de primaria y secundaria había estado justo antes de que yo llegara pero que había regresado a Guadalajara para una intervención quirúrgica. Lo ridículo es que no tenemos manera de comunicarnos, en estas épocas. 

En este viaje encontré y compartí el desayuno con Atzatiani, una paisana y ex alumna del Tec que radica cerca de Houston y a quien no veía desde hace unos 18 años, aunque nos encontramos frecuentemente en Facebook.

Las familias de los primos de mi madre forman un gran grupo, pero yo no puedo decir que los conozco, particularmente a los que son menores que yo. En este último viaje reencontré a mi prima Amparo después de alrededor de 52 años;  conocí a su hermana menor, Esperanza, aproximadamente de la edad de mi hermana Irma, la menor de mi familia; conocí también a dos sobrinas y dos sobrinos Aldaco y a la familia de Alonso. Prometieron contactarme con los otros primos, los descendientes de mi tío Pedro Aldaco, fundador de las mejores panaderías de la ciudad, para que me enseñen a hacer algunos de los panes cuya receta solamente ellos conocen bien. Digamos que éste viaje fue familiar, y hasta cociné y comí en casa de mi tía Esperanza. El motivo del viaje, por otra parte, no llegó a concretarse aunque estuve tres días (iba solamente por una noche) esperando por la solución.

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Ir a Tepic es reencontrar mi paz, poder caminar la ciudad vieja, lo que ahora se llama centro, de lado a lado,  o recorrer en autobús urbano las calles en las que nací y crecí; recorrer los mercados y las calles aledañas con las carretas de fruta de temporada, churros, lácteos que nunca me hacen daño, y comer antojos que tampoco me provocan agruras o indigestión sin importar la cantidad o la hora en que los coma. En cada viaje encuentro nuevos recorridos. En este último, el paseo en el turibús me permitió darme cuenta del crecimiento de la ciudad, desde el Mirador Zitacua o Rey Nayar y, desde ahí mismo, admirar un bello atardecer que no hubiera imaginado sin hacer esa subida, pues la ciudad está rodeada por cerros.

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Disfruté mucho una breve caminata bajo la lluvia, cruzando la plaza principal: recordé mi infancia durante las vacaciones de verano (julio y agosto) en las que la lluvia nos convocaba a jugar haciendo barquitos de papel para ponerlos a navegar en la corriente frente a la casa que habitábamos, o a bañarnos en los chorros de agua que bajaban de las azoteas, por ejemplo. El agua se siente tibia y no hay manera de que uno pesque un resfriado.

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En cada ocasión encuentro aretes, morrales, blusas y medicamentos producidos por las culturas Cora y huichola (más de esta última) y que se expenden afuera del mercado principal y, en esta ocasión, en una muestra extraordinaria en la plaza principal. La sorpresa fue encontrar un establecimiento que expone plantas de peyote con los frutos en diferentes etapas de desarrollo, pero que no están a la venta; dijeron que tienen ahí 50 años, y yo nunca había pasado frente a esas vitrinas.

La blusa guinda, aunque me costó casi una hora de negociación (su dueña no quería venderla), ¡es mía!

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Cada viaje a Tepic es también un viaje a mi santuario, en la Alameda; un lugar al que siempre acudo sola excepto por la respetuosísima compañía de Pako hace dos años, a petición de él. Son ya 4 años de acudir a ese lugar, haciendo el viaje a Tepic a veces de manera expresa, para conectar con mi alma y con quién amo a pesar del tiempo y las inconveniencias de estar en diferentes dimensiones. Aunque normalmente le escribo desde cualquier parte y a cualquier hora, los “encuentros” ahí tienen un carácter especial. Algunas de las experiencias las he relatado en estos espacios, otras se quedan entre los dos. En cada ocasión mi llamado tiene una suerte de respuesta. Instantes y experiencias que atesoro.

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En mayo, en mi mensaje dije que “cada día estoy atenta a cualquier cosa que pueda indicarme que estás y acompañas mi camino.” Al día siguiente encontré una estrella, inesperada, inusual, justo en mi camino al bordo del mar, en San Blas.

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En esta ocasión la convocatoria simplemente decía “añorando tu presencia, buscando tus ojos, tratando de encontrar tu sonrisa.”  Luego caminé hacia la salida cercana a la biblioteca, rumbo al Café Chilindrón. Ahí estaba la fruta, perfecta, madura, en su punto. La guardé para comerla en privado y le agradecí la muestra de cercanía (el mango tiene un significado especial, relacionado con el cuidado que siempre tuvo hacia mí):

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“Apenas esta mañana lo saboree plenamente. Dulce, dulcísimo, como imagino sería besarte, poniendo todos mis sentidos en el disfrute, pensando absolutamente en ti, en el antojo de tu boca. Todavía tengo el sabor en mis labios. Cuánto me gustaría repetir ese placer una y otra vez.”

El más dulce desayuno que haya tenido. Único, por supuesto, que remite a otros momentos únicos e inolvidables. El éxtasis de la degustación del dulcísimo fruto solamente se compara con el momento de gozo que experimenté hace unas seis semanas justo al mirar hacia mi patio bañado por la  luz del medio día. Lo que sigue es una placidez extraordinaria.

Hay por lo menos una nueva visita, en agosto. Y será, como siempre, un disfrute. Llevaré una maleta, para traer el frijol, el café, los bolillos, y los muchos antojos y regalos de mi madre.

 

20 de noviembre: 36 años de ser la madre de Pako

Friday, November 20th, 2015

Hace 36 años, alrededor de esta hora pero en otra latitud, ingresaba yo al Hôpital Tenon, en el 20ème Arrondissement de París. El hospital que me correspondía por mi domicilio. Siete meses antes había ido buscando consulta porque, entre otras cosas, traía un mal genio que yo misma notaba. Lelis Páez, una amiga venezolana que vivía en el mismo barrio y que estaba en lo que parecía ser el término de su doctorado, a punto de terminar su tesis, me recomendó que preguntara por una doctora quien, además de ser muy buena en su especialidad, hablaba impecable español. Lelis es mayor que yo, con un par de hijos, adolescentes en aquella época, y una madre pintora naif.

Llegué a la recepción y pedí ser atendida por la doctora. “¿Está usted embarazada?”, preguntó la recepcionista. ¡Claro que no!, dije muy convencida. “¿Está usted segura?”. Por la forma en que me miraba entendí que no le bastaba mi palabra. Yo digo que no, porque no lo creo, respondí. “Y si estuviera embarazada, ¿querría tener al bebé?” preguntó.

Hasta ese momento nunca me había pasado por la cabeza que yo pudiera ser madre. Cierto es que a mí nunca me pasan por la cabeza las cosas de esta vida. Por eso el destino se encarga siempre de empujarme. Sin pensarlo dije que sí, suponiendo que lo estuviera.

“Entonces no la voy a pasar con la doctora sino con el Dr. Fulano.” Y me indicó a qué pasillo dirigirme para esperar mi turno. Muchas mujeres africanas con sus atuendos tradicionales, muchas lenguas distintas, y un grupo de traductores para auxiliar en cada caso. En ese momento no podía hacer comparación alguna con los servicios de salud en este país, pero definitivamente me sorprendió gratamente.

Por fin me tocó pasar y, para mi sorpresa, el doctor hablaba un español castizo bastante bueno. Y resultó que sí, que tenía dos meses de embarazo. Supe, sin duda alguna, que mi hijo era la consecuencia de la celebración de mi cumpleaños, con una botella de tinto, en el pequeño departamento del número 2 del Passage Dagorno que habitábamos su padre y yo. Un edificio pequeño en un barrio lleno del folclor de los vecinos de diversas nacionalidades, que podían pelear y romper puertas a media noche. El barrio se ha modernizado y no queda nada de aquella visión.

Me dieron un certificado y un pase para la caja de Allocations Familliales, un servicio público destinado a proporcionar apoyos económicos para las familias con menos recursos. Al mismo tiempo me notificaron que el seguimiento del embarazo sería con ese médico, cada mes, y con cargo al Estado.

 

Como becarios, formalmente no teníamos recursos. Desde que rentamos el departamentito en el Passage Dagorno, la caja  nos entregaba mensualmente una cantidad casi igual al monto de la renta. Con el embarazo recibiría yo tres cantidades adicionales: la primera, luego de la detección del embarazo; otra a los 6 meses y la última casi un mes antes del nacimiento. Todo lo empleamos en buscar y rentar un departamento con dos habitaciones (Pako ha dormido solo desde que nació) y comprar todo lo que el libro “J’attends un enfant” recomendaba.  Nos mudamos un mes antes del nacimiento, a un departamento en el 125 de la Rue Lecourbe, en el 15ème Arrondissement. Antes limpiamos y acondicionamos el espacio. Es un hermoso barrio, con un parque cercano y con calles llenas de comercios de frutas, verduras, panes, conservas, etc.

Por la misma razón de que no teníamos ingresos, aparte de las becas, el gobierno de la ciudad se hizo cargo de los gastos del parto. Y la caja de Allocations nos asignó un bono mensual casi equivalente al monto de una beca francesa. El primer año de Pako fue monitoreado también por los servicios médicos del Estado.

 

El 21 de noviembre de 1979, a las 3:15 de la tarde nació mi escuincle. No sabíamos si sería niño o niña, pero yo estaba convencida de que era varón, y lo que tejí y compré era en verdes y azules. La mamá de un amigo michoacano, que habíamos conocido en México y que estudiaba el doctorado en Geología y Petroquímica, me envió un juego de sabanitas rosas bordadas por ella misma. Mi familia me envió ropa de todos colores. Pero yo sabía, quería, que fuera niño. Sin embargo nunca pensé en un nombre. Al momento de nacer,  los médicos (se reunieron tres porque se complicó el parto natural y planeaban ya una cesárea que no fue necesaria) preguntaron cómo se llamaría, para hacer el registro in situ. Su padre dijo “Francisco” y así quedó asentado.

 

Por razones de una epidemia en varios hospitales, en la que habían muerto tres bebés, en cuanto mi hijo nació, al igual que los otros bebés, fue llevado a un espacio muy protegido al que teníamos que entrar como los médicos a un quirófano. Dos semanas en que tuve que permanecer ahí, hasta que saliera con mi bebé. Y yo quería salir del encierro. Debo haber dado mucha lata porque, aun cuando podría haberme quedado otra semana, nos dieron de alta. En ese tiempo aprendí a bañarlo, alimentarlo y cargarlo, con la ayuda experta de las enfermeras.

 

Así llegamos a casa, ya en diciembre. Pako ya tenía un ritmo de sueño y comidas muy bien organizado. No fue llorón, no fue enfermizo, no necesitaba que lo cargara pero sí que le prestara atención constante y conversara con él, desde entonces. Despertaba haciendo gorgoritos, y reía mucho. Buscaba la atención de la gente en cualquier parte. Afortunadamente es algo que se le ha dado muy bien.

No puedo decir que mi vida cambió en términos de lo que hacía y lo que hago, porque nunca dejé de hacer lo que me gusta. Pero su nacimiento me dio claridad acerca de lo que es importante y de dónde está el centro de mi vida. Cualquier decisión, por loca que parezca, está desde entonces orientada al bienestar y seguridad de ese escuincle que es el amor de mi vida.

Sonrío mientras escribo esto porque me vienen a la cabeza nuestras discusiones (como las que tenía yo con mi padre), nuestros paseos y antojos, nuestros placeres compartidos, nuestros juegos y apapachos apaches, nuestras interminables conversaciones mientras tomamos café o vino, o mientras viajamos.

Si me hubieran dado un check list para seleccionar las características del hijo, no habría elegido otras. No es perfecto, claro, pero aprecio incluso esos detalles.

Si me dieran a escoger entre lo que he perdido y esta vida con este hijo, sigo prefiriendo este hijo y esta vida. Nada cambio.

Gracias, chaparrito, por todo lo que me has enseñado, por lo que me has apoyado, por los retos, por las experiencias. Te quiero.

 

 

 

Libros y relatos.

Friday, March 20th, 2015

Libros.

Relatos.

Han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria, por lo menos. Y mi memoria más completa comienza alrededor de los tres años de edad. De alguna época anterior solamente tengo imágenes como si fueran fotografías: mi abuela narrando algo, mis padres juntos, un pasillo, unas plantas.

Mi abuela era contadora de historias. Mucho tiempo después reconocí algunas de ellas en Las mil y una noches, por ejemplo. Historias y canciones de su juventud, relatos de su pueblo y del mío. La palabra se cultivaba en mi casa a través de esas narraciones; era un lenguaje rico, con muchos términos que ahora no se usan. Hace unos días dije que estaba entrapajada, un modo de describir a la persona envuelta en trapos. Quevedo la usaba, pero está “descontinuada”, digamos. Me hablaban en lenguaje completo y correcto, nunca en ese lenguaje “infantilizado” con el que muchos se dirigen a los bebés.

Oraciones completas, instrucciones claras que debía seguir cuando me solicitaban algo. “Muchacha, tráeme el ___ que está encima de la caja del Fab”, me diría mi abuela, sentada frente a su máquina de coser, en el tiempo en que todavía no se suponía que supiera leer. Pero uno aprendía a identificar los nombres impresos en los empaques de las pocas cosas que se compraban en caja o bolsa en una época y un lugar en que ir al mercado cada día, para llevar productos frescos para el almuerzo y la comida, era lo normal. Ir al mercado, por otra parte, era y sigue siendo un disfrute. En Tepic, ir muy temprano supone encontrar tejuino fresco, churros recién hechos, jocoque y muchos más antojos, todavía.

Era innecesario almacenar productos y carecía de sentido refrigerar frutas y verduras que uno cortaba de los patios propios y de los vecinos. Tampoco había refrigeradores salvo, tal vez, en las casas de la gente adinerada, pero no me consta. Uno iba a comprar la leche a la casa del lechero, y el pan recién hecho a la panadería de alguno de los tíos, y mejor si era de con mi padrino.

A través de esas sencillas y muy claras indicaciones de cualquiera de los adultos que me rodeaban aprendí también las relaciones espaciales entre los objetos (topología, diríamos de manera formal): abajo de, enfrente de, detrás de… Ser parte de la familia y de la comunidad,  integrándome desde el principio en actividades cotidianas, gradualmente más complejas y relevantes, resultó ser una excelente manera de prepararme para la vida. Al mismo tiempo, me volvió observadora de mi entorno, para poder responder rápidamente… y que me dejaran disponer libremente de mi tiempo 😉

Mi padre, con el apoyo de mi madre, procuró interesarnos en la lectura y de que comprendiéramos lo que leíamos. Yo no sé cuándo aprendí a leer, pero mis primeros documentos impresos, que conservo, me los regaló mi prima cuando cumplí seis años. Supongo entonces que leía desde antes. Recuerdo las fábulas de Esopo, pero no recuerdo cómo llegaron a mí.

Más adelante mi padre nos compraba historietas y libros de manera regular; él los seleccionaba y no recuerdo que hubiera pensado en que tal vez había otros que deseara. Cuando leí La misteriosa llama de la reina Loana, de Eco, me maravilló la idea de recuperar la memoria a partir del encuentro con las lecturas de infancia y juventud. Recuerdo a mi padre llegando con una veintena de “cuentos” que podían incluir “Vidas ejemplares” o “Archie”, por ejemplo.

Nunca me interesé por la botánica o la floricultura, tampoco jugué con muñecas y “trastecitos”, pero muy pronto requerí de libros de ciencia y algo de esoterismo. Hasta una Ouija tuve, al mismo tiempo que el tradicional juego de química, el Meccano, los patines, la bicicleta, etc. Pero lo que más ocupaba mi tiempo era la lectura. Leía hasta los pedazos de periódico de los envoltorios del cuarto (de kilo) de arroz, o el medio de frijol. La cabeza, entonces como ahora, siempre en la luna.

Con el tiempo, mientras seguía aprendiendo de los relatos de mi abuela, de las tradiciones de los pueblos con mi tía Cuca, de los viajes en tren con ella misma y mi tío Gonzalo, del fútbol al que asistía con mi padre, del béisbol y las cartas y los toros con mi tía Cuca, del box y la lucha libre con mi padre y mi madre, comencé a interesarme en la discusión de las ideas y la participación social. Mi abuelo José, mi padre y mi tío Gonzalo eran muy activos, y tuve el privilegio de asistir a algunas tertulias con líderes ferrocarrileros y obreros. Mi padre y yo comenzamos a intercambiar ideas y a liarnos en discusiones.

Crecí, aprendí, y me lanzaron al mundo.

Solamente un aspecto no desarrollé en esos años. Y me ha costado mucho superarlo.

 

 

 

 

7 de enero: todavía en descanso

Tuesday, January 7th, 2014

Han sido unas muy largas vacaciones, en las que ha habido de todo:

  • Un mes desde que apliqué el examen final de los cursos del semestre de Otoño 2013
  • Casi cuatro semanas desde que llevé a mi amá a Guadalajara para que volara a L.A
  • Tres semanas que Pako ha estado en casa, entre trabajo y descanso
  • Dos semanas de la partida de mi sobrino Daniel

Se supone que el lunes próximo inicia el semestre Primavera 2014 y que voy a impartir un curso de Probabilidad y Estadística, si no ocurre nada extraordinario. Al mismo tiempo, da inicio la Feria de León (del 10 de enero al 4 de febrero): comida, palenque, juegos mecánicos, espectáculos diversos y exposiciones varias. Nunca he ido al palenque (y no se me antoja) y apenas un par de veces he visitado las exposiciones; hay demasiada gente y demasiado ruido. Lo bueno es que, aunque está relativamente cerca de mi casa, no alcanza a llegar tanto barullo. Los juegos mecánicos nunca me han parecido divertidos.

La primera semana de vacaciones fue de organizar el viaje de mi amá, llevarla a Guadalajara y regresarme con Pako, que vino a recoger su moto. Luego mi hijo llegó para pasar los días de fiesta conviviendo con sus amigos. Tres semanas en las que he cocinado de todo. Pako organizó una carne asada para estrenar el asador, que fue su regalo de cumpleaños, y para jugar el Gran Turismo 6 ya con el asiento especial que mandó a hacer; asistieron varios de sus amigos y pasamos una tarde muy agradable. Yo recibí a Tere, Maluyi y Luly, del grupo que formaba el equipo de Biblioteca del Tec hace unos 9 años, para una merienda. Después vino Carlolina Bárcenas (ex directora de Ingeniería en el Tec, también en aquellos años); habíamos conversado a través de Skype pero hacía mucho que o nos veíamos “en vivo”, y fue muy agradable tenerla en casa aunque fuera por un rato. Luego, este fin de semana, me tocó ser invitada en la casa de Adriana Martínez; una tarde muy agradable, con muy buena conversación, en un bello jardín.

Los planes de seguir el curso de l’École Polytechnique, al que me había inscrito, y de hacer las tareas, participar en los foros, etc. fueron pospuestos de manera indefinida. El curso va ahora a la mitad (terminando la sexta de 13 semanas), y es casi imposible que pueda ponerme al corriente. Pero seguramente será impartido en otra ocasión. Mientras, trataré de hacer lo más que pueda, sin presiones. Por otra parte, el taller de TRAL terminó y pude concluirlo participando en las últimas sesiones sincrónicas y escribiendo la última entrada planeada del blog; me falta hacer el cierre, que no es obligatorio. Fue una buena experiencia para reflexionar sobre los usos de la tecnología y la creación y participación en redes de colaboración y aprendizaje.

He tenido tiempo para leer un poco, aunque no tanto como hubiera querido. He salido un poco de casa para caminar y despejar mi cabeza. Caminar por el centro de la ciudad sin destino específico pero disfrutando de pequeños hallazgos o conversando con la gente que encuentro. O caminar al mercadito de San Felipe de Jesús más en plan de “turista”, viendo las chácharas que exponen los marchantes, que para comprar cosas del mandado o algún antojo. Esta semana ya estoy “capitalizando” mis horas en la cocina: no hay que cocinar sino comerse la variedad de guisos que aguardan en el refrigerador; ahora tengo algo de tiempo para ponerme al corriente respondiendo a un montón de mensajes que tenía pendientes en cada red social. Y todavía no termino.

El jueves 9 es la reunión previa al inicio del semestre, y luego habrá que comenzar a organizar los espacios y materiales del curso que ofreceré. Pako regresará a Guadalajara en el fin de semana. Y volveremos a la rutina de los días laborales. Aunque, como tendré pocas horas de clase, podré dedicarme a llevar a cabo algunos de los proyectos que tengo en mente; por ejemplo, hacer un poco más de ejercicio, caminando. O terminar algunas notas de clase.

Pero mejor no hago planes, porque al final nada es como lo tenía previsto 🙂

10 de noviembre: un día perfecto

Saturday, November 10th, 2012

Muchas semanas sin pasar por aquí y tantas cosas que han pasado: en las escuelas, en mis vueltas por todos lados y con mis contactos.

La semana pasada estaba en casa de mi madre, festejando por adelantado su cumpleaños. Un viaje rápido a Tijuana para terminar mis trámites con el ISSSTE y aprovechar todo el fin de semana con mi má y mi hermana Nidia, básicamente. Son viajes extenuantes y un poquito caros, pero que valen mucho la pena. Tienen de todo: tristezas, decepciones, y carreras pero, sobre todo, muchas alegrías.

Este fin de semana me corresponde ser madre, el papel que a lo mejor no desempeño tan bien como debiera pero que disfruto enormemente. Desde ayer viernes comenzó el relax que necesitaba. Pako llegó cuando iba iniciando el partido del León contra el Atlas.

Sí me puse en papel de mamá y preparé un desayuno muy casero con jugos y chilaquiles con pollo (a mi cargo) mientras que el ritual del espresso estuvo a cargo de  Pako.  Dulce dice que Pako habla igual que yo (mucho y rápidamente), y así transcurrieron los preparativos, el desayuno y la larga sobremesa, actualizándonos respectivamente sobre nuestros trabajos y experiencias de las últimas semanas. A mí me hacía falta esta conversación.

Luego salimos a Plaza Mayor a poner nuestros celulares en orden y a caminar un rato. Platicar y platicar de ida y de vuelta y mientras una muy atenta señorita descifraba nuestro enredo de cambios de chips, aparatos y números. Ya no tengo teléfono de prepago, y todavía me falta actualizar mi agenda!

Comer, ¿en dónde? Nos decidimos por el “Punta del Este” en el camino a Centro Max.  Muy agradable el ambiente y buena la comida. Lo mejor, por supuesto, la conversación (sí, hablamos mucho). Y de ahí directamente al cine, para ver “Amigos”, traducción de “Intouchables”. Muy divertida! Y ya sé cuál será la siguiente que vea: “Les Miserables” (versión musical). En total pasamos unas 9 horas conversando y compartiendo.

De regreso en casa cada uno se puso a hacer lo que acostumbra a estas horas, respetando como siempre el espacio del otro. Y se nos acabó el día.

Estoy contenta, ralajada y tranquila. Necesitaba mucho esta convivencia y ver a Pako relajado.

Creo que hoy dormirré como Dios manda!

29 de mayo: tanto bueno recibido

Tuesday, May 29th, 2012

Del 20 de mayo a la fecha han pasado muchas cosas. Todos los planes han cambiado y continúan cambiando, y todo parece indicar que es para bien.

El pasado 15 de mayo estaba hablando hasta de vender mi casa en León! Y ahora estoy regresando allá (el viernes 1 de junio estaré ahí) para comenzar a reorganizar esa casa y preparar la mudanza, pero tengo un pie en Tijuana, participando en Tijuana Innovadora (Educación), con Maestros sin Fronteras, y con los proyectos que hemos ido generando a partir de Encuentro Tijuana. Y no me voy a Chetumal.

Las dos últimas semanas de mayo, en Tijuana, fueron de amigas y conciertos, de cafecitos y comidas compartidas, de conversaciones y caminatas por la playa. Dos semanas de mucho cariño.

Y ayer viajamos a Guadalajara mi madre y yo, para visitar a mis hermanos y sus familias, para comer antojos (y ha sido un banquete interminable desde que llegamos) y para que yo vaya a León a seguir visitando amigos y compartir con ellos algo mas que el pan y la sal.

En Guadalajara nos encontró mi hermano Manuel, el médico, y nos trajo a su casa en Amatlán de Cañas, en Nayarit. Hace mucho calor, pero esto es casi un retiro por la calma y el silencio. Aunque tenemos las tentaciones de la comida y las frutas de la región.

El camino de Guadalajara a Amatlán fue de conversaciones y de pararnos a cortar “ciruelas del cerro”, comprar tamales de elote y comer pitayas de todos colores, muy dulces.

Es interesante como me voy enterando de detalles de mi familia: mi abuelo paterno, quien según yo había nacido en Santiago Ixcuintla, en realidad nació en el municipio de Ixtlán del Río (ambos  en Nayarit), pero fue en Santiago donde conoció y se casó con mi abuela María y donde nacieron sus dos hijos, nos revela mi madre. Así que seguramente sí somos parientes de todos los Parra de esta zona del sur de Nayarit. La plaza de Amatlán tiene una placa con el nombre de J. Guadalupe Parra. Pero no tengo interés en investigar el árbol genealógico, por supuesto.

Nos enteramos, además, de que mi abuelo materno, Don Pedro Mos(z)queda, nació en Ahualulco, Jalisco, muy cerca de Amatlán también, en el año de 1900. A él no lo conocimos pues murió cuando mi má tenia 10 años. Así que seguramente somos pariente de los Mosquedas/Mozquedas que hay en la zona de Jalisco y sus alrededores!

Por lo pronto estamos con Manuel, en su casa y con su familia. La familia de su esposa nos ha incorporado también como familia y tengo sobrinas y primas por ese lado. Y todos nos tratan de lo mejor y nos invitan nieves, panelas, aguas frescas, y todo lo que la región ofrece. En un rato iremos a Ixtlán, y comeremos nieve del portal!

Eso y todas las novedades que me llegan por el lado de mi hijo, me hacen dar gracias por tanto bueno recibido.