Archive for the ‘familias’ Tag

3 de enero: Mi prima Gabriela

Sunday, January 3rd, 2021

Esto es un relato que escribí en junio de 2015. Y ahora es necesario recordarlo.

Llegó a mi casa para acompañarnos en la fiesta de graduación de mi hija. Viaja siempre acompañada de su hija menor, quien debe estar atenta a cada uno de los detalles que llenan la vida de mi prima: lo que se le antoja, lo que le disgusta, o lo que necesita. No es tarea fácil porque a veces ni la propia madre sabe lo que quiere o necesita y se guía más por el antojo del momento, lo que eso signifique.

No pocos desaguisados han surgido de esa manera de llevar la vida, sin atender a razones o condiciones. No importan las consecuencias de un atrancón, o la de perseguir algo sin darse cuenta del camino que recorre. De alguna manera es como una niña que se va detrás de un globo, de una ilusión, sin que medie el menor razonamiento. Eso sí, al final hay un culpable … que generalmente es la hija que está a cargo. Porque no me dijiste que no debía, que no podía, que no era conveniente, dirá. Y ojalá escuchara cuando y cuanto se le dice, pero ni observa ni escucha.

La recuerdo de joven y reconozco cada uno de sus comportamientos. Uno puede platicarle lo que sea; ella retiene solamente lo que le parece relevante para sus fines. “Vamos a ir a la Ciudad de México al sepelio de la hermana de una tía de mi marido”  diría su otra hija; mi prima registra “Vamos a ir a la Ciudad de México” y se prepara para un viaje que imagina lleno de paseos y degustaciones en los lugares que conoce y que gusta de visitar. Llegados a su destino, comenzara por a) decir que no trajo ropa adecuada porque no le dijeron que vendría a un velorio/sepelio; b) que de todas maneras no tiene qué ponerse; c) que los zapatos que trajo ya le cansan porque son muy viejitos; d) que necesita un blusa o un suéter o… porque el único que trae lo compró en un tianguis o se lo regaló alguien, ya usado. Mientras, la ropa y los zapatos nuevos que le han comprado cuando algo le gusta y le acomoda (porque eso es oooootro rollo) aguardan a que haya algún evento de su consideración. Ni siquiera recuerda todo lo que tiene almacenado.

De la misma manera ignora todo lo que ocurre alrededor. Supongo que la frase “No es mi problema” se inspira en ella. “Llovió anoche” significaría para el resto de la familia tomar algunas previsiones. Para ella es una información que en nada altera sus expectativas. “¿Cómo de que no podemos ir al rancho? Yo ya estoy lista”, dirá portando el sombrero y las gafas que la protegerán del solazo que prevé. Y al llegar al rancho se molestará porque hay demasiado lodo y nadie le dijo que así estaría el cerro y que no se podría caminar.
Siempre me sorprendió, y me sigue sorprendiendo, esa capacidad para no darse cuenta del entorno, ni siquiera del propio. Camina esperando que los que van con ella despejen el camino; pero se necesita saber eso antes de acompañarla a cualquier lado, por el riesgo y porque uno terminará siendo el responsable de cualquier percance. Es como si viviera en una burbuja y es irritante, por supuesto.

En lo que percibe no existen el estado de salud, económico o emocional de los otros; ella insistirá siempre en seguir con lo que tiene en mente, se molestará si no le siguen la corriente y culpará a los demás si fue una mala decisión. Si alguien trata de hacerle ver la situación especial de alguno de los presentes cambiará de conversación, cantará muy quedito, decidirá que es hora de tomar una siesta porque le duele la cabeza, o se pondrá a hornear un pastel para celebrar que estamos juntos.

Y sin embargo, es una prima muy especial. Siendo un poco mayor que yo y casada muy joven, supongo que la observación de ese conjunto de comportamientos -que pueden incluir diferentes modos de manipulación, yendo de la lagrimita que resulta “porque algo se me metió al ojo”, si le preguntan, al mutismo cerrado que finge no escuchar absolutamente nada- ayudó a que yo excluyera (por lo menos conscientemente) semejantes conductas en mi trato con mi familia. Su esposo fue, definitivamente, un santo, y sus hijas aprendieron a sobrellevar el caracter de esa pequeña niña caprichosa que les tocó en suerte.

Al final de la semana de convivencia familiar y una vez que las pusimos en el avión, de regreso a su casa, mi hija me abrazó diciendo “gracias por no ser así”. De todas maneras supongo que, con el caracter que tiene mi retoño, de nada me hubiera valido.

15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”