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10 de septiembre: Collar de perlas

Thursday, September 10th, 2015

Hoy ha sido uno de esos días en los que, desde el despertar, el viento y la luz te traen de regreso. La canción que amanece en mi cabeza es Collar de perlas y la busco en YouTube tan pronto me siento a desayunar. El almuerzo se queda por un lado, y a esa canción siguen otras que simplemente hablan del sentimiento intenso. Un día de extrañarte.

Huyendo del olor de la fumigada mensual, salí a surtirme de lo que necesito para la siguiente semana. Mientras escuchaba la radio de la Universidad de Guanajuato (prácticamente fija en el aparato de mi carro) me pregunté de dónde conozco yo esas canciones y esos cantantes. La respuesta vino de manera instantánea: mi abuela, sin duda, que disfrutaba de las canciones tradicionales y de la música de banda de aquella época. Dos almas, por ejemplo, estoy segura de que ella la cantaba. Pero seguramente nada la conmovía tanto como Dios nunca muere. Yo, que nunca fui aficionada a esa música, recuerdo todas las letras y lloro con muchas de ellas, quién lo hubiera dicho.

Un pensamiento trajo otro: ¿en qué o en quién pensaba mi abuela cuando cantaba con tanto sentimiento? Sé, por lo que mi amá va contando cuando se acuerda de algo, que se quedó sola, con sus dos hijas, alrededor de los 40 años. Cuando yo nací ella tenía ya 57 años y vivía en nuestra casa, acompañando a mis padres en la familia que estaban creciendo. Mi tía Cuca, su hija mayor, tenía ya a mi prima Licho, que andaría por los 12 años. ¿Desde cuándo mi abuela fue una mujer cuyos únicos afectos eran los de la familia?

En mi memoria no aparecen otras amistades que las vecinas y parientes. La recuerdo cosiendo, bordando, tejiendo, cuidando de sus plantas y de sus pájaros, cocinando antojos para el chiquillerío, contándonos historias -particularmente en los días de lluvia-, haciendo los tamales para mis cumpleaños y los festejos familiares, iniciando el baile en las navidades y fines de año (su cumpleaños también), y cantando. No la recuerdo llorando ni lamentándose. A veces muy callada, pero nada más. Sin embargo, en ocasiones debe haber necesitado algo más que las travesuras de sus nietos o de hacerse cargo de los bisnietos, cuando comenzaron a llegar.

Viviendo yo en la Ciudad de México iba de paseo, acompañada por alguno de sus hermanos (probablemente mi tío Luciano), para que juntos fuéramos a comprar textiles a Santa Ana, Tlaxcala. Otros viajes eran al rancho de su hermana Margarita, en plena sierra nayarita, alejados de la “civilización” y durante los dos meses de las vacaciones; por supuesto que cargaba con todos nosotros. Y en la ciudad visitábamos (el privilegio de acompañarla) a los otros Aldaco, sus hermanos y sobrinos. Era feliz, ciertamente.  Tal vez la familia le bastaba.

Aunque aprendí mucho de ella, no tengo ni su templanza ni su serenidad. Es el carácter, por supuesto, pero también la diferencia de épocas, de oportunidades, de estilos de vida. En todo caso, me hizo falta una buena conversación con ella, sobre ella, que posteriormente me ayudara a entender todo lo que todavía no entiendo.

Te extraño, abuela, y me haces falta.

P.D. Mi día cierra con la última canción del playlist: Solamente una vez. Y vuelvo a ti, a esperar que aparezcas en mi sueño.

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30 de octubre: vísperas de brujas y muertos

Wednesday, October 30th, 2013

Días llenos de actividades que no dan mucho tiempo para leer, reflexionar, meditar. O siquiera participar en las actividades que ya estaban agendadas. Y sin embargo los recuerdos rondan todo el día por mi cabeza.

Esta mañana asistí al CECYTEG León III para la conferencia que me solicitó Judith Rosillo (ex alumna del Tec y ahora profesora en este plantel) en el marco de unas jornadas de Ciencia y Tecnología, extendidas a la discusión de “ser grande”.  Todo funcionó bien (excepto porque la luz del sol impedía ver con claridad la pantalla) y los alumnos que llenaban el auditorio mostraron un comportamiento ejemplar. Después de la plática nos dirigimos a una salita a tomar café y conversar. Una mañana muy agradable.

De regreso a mi casa, la ruta inmediata pasa por el panteón, donde se organizan ya los puestos de flores para la celebración de los muertos. Me paré a comprar algunas. Un ramo compuesto por cempasúchiles (cempoal-xochitl, veinte-flor) y cordón de obispo. Mientras la marchanta organizaba el ramo, acomodando las flores una a una, por mi memoria cruzaron los nombres/imágenes de todos aquellos que de una manera u otra me han acompañado a lo largo de la vida pero que ya no están aquí físicamente.

Mis recuerdos

Están, por supuesto, mis primeros contactos:

  • Mi padre, quien me formó el caracter y me dio las herramientas para hacer lo que hago y de la manera en que lo hago. Me enseñó a poder decir (en palabras de Machado) “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”
  • Mi abuela Hilaria, quien me ayudó a formar mi lenguaje y las maneras de contar historias y me confeccionó todos los vestidos que usé desde mi infancia y hasta que pude comprar mi propia máquina de coser
  • Mi tía Cuca, desarrollando mi gusto por los viajes en ferrocarril, por las fiestas de los pueblos y por los antojos. Y mi tío Gonzalo, posibilitando los viajes
  • Mi abuelo José, de quien hubiera debido aprender la sencillez, la humildad y el silencio
  • Y mi abuela María, callada y lejana excepto cuando me visitó en la Cd. de México, acompañada por Don Canuto
  • Hermilo, el esposo de mi prima Licho, quien organizó incontables idas a la playa y a pasear y comer en los arroyos. Con ellos, en su carro, con mi madre, mi tía Cuca y otro par de tíos, recorrimos las carreteras para ir de Tepic a Cd. de México y de regreso, a finales de los 50’s
  • Muy recientemente, mi tía Carmen. Ella y mi tío Juan (su esposo) ayudaron también a la formación de mi gusto por la comida y a tratar de aprender a preparar algunos platillos muy nuestros

Solamente me despedí de mi abuela Hilaria, hace casi  21 años. En todos los otros casos estaba en otro lugar, lejos de la familia e imposibilitada para viajar o sin que me avisaran del suceso

Mis otras pérdidas son afectos fuera de la familia:

  • La que ocurrió casi simultáneamente con la de mi padre, de la que me enteré unos tres o cuatro años después y que me dejó muda por meses, y que todavía duele
  • Mis maestros/amigos: Papini, Juanjo, Revuz, Glaeser e Imaz
  • Mi querida amiga Melania, de la que aprendí (sin que sea capaz de practicar) el amor en su más pura y grande expresión, el darlo todo y todavía preocuparse por los otros/nosotros
  • Los jesuitas que me mostraron aspectos que nunca había contemplado o comprendido, y que me ayudaron a crecer: Pablo, Agustín y el padre Manuelito
  • Hace unas pocas semanas Rafa Saavedra, quien me inició en eso de contar cuentos con un poco más de estructura

A algunos los pienso con más frecuencia; algunos aparecen cada noche en mis sueños o en mis pensamientos conscientes. Todos siguen estando en mi memoria y en mi corazón.