14 de febrero: Quereres

Tuesday, February 14th, 2017

Me autoplagio. Este texto lo escribí para el periódico digital Es lo cotidiano hace justamente tres años.

Quereres: la RAE dice que no existe la palabra.

Y sin embargo estoy segura de que hay canciones y poemas que mencionan los quereres para significar cariños y amores, como en este fragmento de un poema del andaluz Camilo Valverde:

Granada, de quereres soberana,

por las verdes acequias de arrayanes,

desgrana los suspiros de galanes

en sus lunas moriscas de sultana.

Aunque también se utiliza en el título de un documento (http://www.redalyc.org/pdf/122/12214109.pdf) que describe “las formas como en los hogares populares se ejerce el poder domestico”.

Como sea, en el uso regular, la palabra generalmente refiere a cariños y amores, aunque yo pondría el amor como algo más profundo que el querer o cariño. Y ahí seguramente encontraríamos tantas discrepancias como personas a las que les preguntásemos su opinión. 

El 14 de febrero, particularmente, ha sido escogido para celebrar el amor romántico y la amistad, dicen los anuncios de los comercios que hacen su agosto al terminar el invierno. Es la ocasión para que muchas personas manifiesten su depresión porque no tienen una pareja para compartir la fiesta, aunque estén rodeados de una amorosa familia. Pareciera que, ese día, salir a comer a un restaurante abarrotado y con un menú fijo, recibir flores que cuestan el doble de lo usual, chocolates y/o animalitos de peluche (ocasionalmente un perfume o una joya) sustituye toda la necesidad de afecto para algunos. Me pregunto qué les pasa o qué experimentan el resto del año.

Aferrarse sentimentalmente a una persona, crear una dependencia emocional de ella, puede llevar a potenciar un carácter depresivo con resultados terribles. ¿Cómo, si no, Violeta Parra escribe y canta “Gracias a la vida” y se suicida poco tiempo después? O el caso de Antonieta Rivas Mercado quién, además, escoge nada menos que la catedral de Nôtre Dame, en París, como escenario.

Están también los muchos casos de adolescentes que se suicidan “por amor”. Cada 24 horas, alrededor de 16 jóvenes, en México, cometen suicidio, dice Contralínea (http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2010/10/19/aumentan-suicidios-de-jovenes-mexicanos/), y añade: “Esa cifra podría superar la mortalidad por diabetes”. De nuevo, no es solamente la consecuencia de un rompimiento afectivo sino la combinación de una personalidad depresiva con una diversidad de causas distintas.

Suicidios por amor, existen. Como el caso de esta pareja de ancianos que prefieren morir juntos (http://www.milenio.com/internacional/Ancianos-Paris-lamentan-prohibicion-asistida_0_196780433.html) antes que separarse o perder la dignidad. Pero son escasos.

Supongo que las visiones iniciales del amor y de las conductas asociadas con él dependen de la educación sentimental que hayamos recibido a través de la familia, los medios y todo aquello que contribuye a formarnos de una manera u otra. Aprendemos a través de las experiencias, más o menos dolorosas, más o menos exitosas. Y creo que, en general, no somos conscientes de la manera en que esas visiones iniciales delinean nuestras relaciones afectivas.

En mi caso, y ateniéndome a mis hábitos de toda la vida, creo que mi educación sentimental se la debo a la única lectura que tenía prohibida (y que por supuesto leía a escondidas): las novelas del Corín Tellado en Vanidades, que en aquellos años (finales de los 50’s) se publicaba en Cuba y que mi prima Licho recibía en su casa.

¿Y la de ustedes?
 

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29 de enero: Sábado por la noche

Monday, January 30th, 2017
Apareció en un post en Facebook, de  La escritura es cultura:

Así terminó pensado en él como nunca
se hubiera imaginado que se podía
pensar en alguien, presintiéndolo donde
no estaba, deseándolo donde no podía
estar, despertando de pronto con la
sensación física de que él la contemplaba
en la oscuridad mientras ella dormía, de
modo que la tarde en que sintió sus pasos
resueltos sobre el reguero de hojas
amarillas del parquecito, le costó trabajo
creer que no fuera otra burla de su fantasía.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera

 

“Estoy esperando, pues!” Agregué.
No que necesite recurrir a los escritores para decírtelo; te lo digo cada noche y cada noche es verdadero. Y te lo digo también de día: te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre.
Pero la madrugada del sábado apareciste. Desperté relajada, aliviada de mis mareos y demás. Tu presencia tiene ese maravilloso poder sobre mí.
Me fui a una reunión, animada. Fue bueno. Y fue bello ver a Venus en la cima de un portal abierto en el cielo, al atardecer.
venus-al-terminar-enero
La nostalgia regreso antes de dormir. Fue entonces que te dije que tú eres mi hogar, mi primer hogar después de mis 15 años. Supe quién era yo a través de tu mirada dulce, de tus palabras y letras, de tu caminar conmigo, de tu cuidado. Me supe segura y protegida. Nunca he vuelto a sentirme así en mi vida.
Entresaqué una definición de hogar nomás para corroborar que eso eres. Y la compartí con el mundo:
<<“El término hogar denomina el lugar donde uno vive y está estrechamente relacionado con una sensación de seguridad, confort, pertenencia y calma.”
E.T. calling home. I want to go home.>>
Sí, el domingo fue ambivalente/bipolar: de la actividad frenética de la mañana, con música de rock and roll, a la nostalgia de la tarde, con música que vino apareciendo. Comenzó con “Coincidir” y terminó con “Sabrás que te quiero”.

Y sucedió, y hasta lo grabé: uno de ellos entró por la ventana y estuvo unos 10 segundos revoloteando frente a mí. Y es como saber que estás cerca.
Me calmé, apague el aparato y me subí a ver The Big Bang Theory.
Mi alma vive en ti, contigo. Tú eres mi hogar, el único.

23 de enero: náusea 

Monday, January 23rd, 2017

Como si miles de pequeñas heridas, algunas mayores, una colosal, se hicieran presentes todas sobre mi cuerpo; acumuladas a lo largo de décadas, provocadas por todas las causas; aglomerados en mi garganta los quejidos que provocan. Y la náusea como consecuencia.

No puedo gritar, sin embargo. ¿Cuánto tiempo conteniéndolos?  ¿Cuánto más para dejarlos salir en caudal, amontonados, con fuerza y algo de rabia? 

Mientras eso no sea solamente fluyen quedamente, líquidamente transformados y silenciosos. No vayan a enterarse los vecinos.

12 de enero: Voy a buscarte, voy a encontrarte

Thursday, January 12th, 2017
La bella me esperaba frente a la puerta de mi casa.
Es mi raite.
Voy a buscarte, voy a encontrarte, voy a llevarte fuera del mundo, fuera del mundo. Tú y yo, nosotros dos. Ahora, así, aquí.
12 de enero de 2017: 50 años de que el azar, caprichoso, decidió que teníamos que encontrarnos. Dos números primos solitarios.
Lo hizo bien. Estábamos ahí probablemente porque, de origen, nuestros padres lo decidieron así. En mi caso es así; en el tuyo debió serlo puesto que tus dos hermanos mayores ya estudiaban en el Poli. Ahora que lo pienso hasta es probable que ellos conocieran y fueran amigos del medio  hermano que tramitó mi ficha para el examen de admisión a Voca 3, dado que eran vecinos cercanos en nuestra ciudad y estudiaban en la misma institución. Y si es así, desde el inicio estábamos condenados a nunca ser más de lo que fuimos en el camino que juntos recorrimos en esta vida; pero no sabían  lo que seriamos a pesar del tiempo, de la distancia o de la muerte.
Ellos no podían anticipar que desde el primer año, antes de conocernos, elegiríamos el mismo taller (Construcción). No podían anticipar que  elegiríamos el mismo grupo en nuestro segundo año en Voca 3; en mi caso, estoy casi segura de que el medio hermano apostó a que yo ni siquiera aprobaría los cursos del primer año y que me regresarían a Tepic ante el fracaso. Mucho menos podían imaginar que habríamos de viajar en asientos contiguos en las primeras vacaciones escolares y las que le siguieron, con 15 horas o más para conversar y conocernos en cada uno de esos viajes.
Yo estaba donde ninguno de ellos suponía que tenía que estar. Y te encontré y me encontraste. No pudieron imaginar que éramos justo lo que el otro necesitaba.
Mi raite me espera, y voy a buscarte. Te amo.

8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”

15 de noviembre: De los vericuetos en la mente de cada uno

Tuesday, November 15th, 2016

Después del curso taller en Aguascalientes, hace poco más de dos semanas, y mientras disfrutaba de una excelente comida con César, Carmen y Elías, conversando como hace mucho tiempo no lo hacíamos, Elías comentó respecto a lo que yo narraba: “¿por qué a mí no se me ocurre eso?”

Uno va creciendo, generando sus propios códigos mientras va separando lo que le gusta de lo que no, lo que está dispuesto a compartir con el mundo, lo que comparte con muy pocas personas y lo que es privado. Al mismo tiempo aprende a respetar el derecho de los otros a su privacidad. Bueno, eso es lo que a mí se me ocurre y es una de mis construcciones y uno de mis códigos. Lo otro, la intromisión en la vida y el pensamiento de los otros, es algo que simplemente no se me ocurre hasta que resulto afectada. Y sí, hago un gran escándalo de lo que para algunos, con toda seguridad, no es más que un incidente.

Alguna vez tuve un diario, seguramente regalo de alguna de las pen pals que teníamos en las clases de inglés, en la secundaria. Era rojo con un par de líneas doradas y tenía llave. No recuerdo qué escribí en él, en una época en que ni siquiera prestaba atención al mundo ni, mucho menos, a esos seres de los que había tres en mi casa y que se reunían con otros similares y con los que ocasionalmente tenía que convivir. Conservaba el diario guardado en el cajón de mi ropa, en la cómoda compartida con mis hermanas, un cajón para cada una. Un día descubrí que la cerradura había sido violada; me deshice de él y nunca volví a escribir mis pensamientos, hasta la creación de mi blog personal en WordPress, hace unos seis años.

Mientras leo Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, me queda claro que uno puede dedicar una parte de su vida a indagar sobre los orígenes y la vida de una persona de la que se ha obsesionado o que lo ha fascinado, en un afán de conocerla a fondo y tratar de comprender lo que la ha llevado a ser lo que es; y que la investigación puede ser profunda y cuidadosa, al modo de un investigador que se documenta para escribir una biografía, un hecho histórico, y similares.

Cierto que a mí eso no se me ocurre, ni siquiera para conocer mis orígenes. Ocurre en ocasiones que, conversando con mi madre y mi familia cercana, particularmente los mayores que yo, descubro que tengo parientes cercanos de los cuales nunca había sido consciente -como los otros hijos de mi abuelo paterno, a los que conocí seguramente en su propia casa, con su madre y mi abuelo pero que nunca integré a mi familia hasta que me lo hicieron ver. O el nombre completo de ese mismo abuelo, o la personalidad que fue mi abuelo en la vida política en mi ciudad natal.  Hay cosas sobre la vida de mi propio padre, particularmente sobre su vida como docente y como defensor de los derechos de los trabajadores, de las que me he enterado por aquellos que fueron tocados por él y he agradecido mucho las historias compartidas que refuerzan mi conocimiento de su valor como persona dentro de una amplia comunidad que lo reconoce. Pero nunca pregunté sobre sus vidas, sobre sus amistades, sobre sus motivos, y ni se me hubiera ocurrido ponerme a hacer cábalas al respecto. Sé solamente lo que me ha sido confiado de manera directa y lo que resulta de mi observación.

Nada de la vida personal de los otros estaba en la conversación de mi abuelo (un hombre muy callado, amable y discreto, por cierto) o en la de mi padre que nunca se metía en los asuntos de los demás. Del lado femenino de mi familia desconozco las historias, en general. Mi madre me ha venido enterando de algunas, cuando se acuerda de algo que le parece significativo. Mi abuela cantaba y contaba historias pero no chismes, y tampoco se entrometía en las vidas ajenas.

Y yo no pregunto, sencillamente porque odio que me interroguen. Cuento todo lo que se me ocurre y me ocurre a lo largo del día; cuento mucho de mi actividad docente y profesional; desnudo mi sentimiento en muchas de las publicaciones en mi blog, en mis historias -cuentos, les llaman, aunque yo no sea realmente cuentista, en las canciones que comparto, etc. Pero nadie tiene derecho a interrogarme sobre lo que no comento. Y a nadie le concedo el derecho a escuchar/leer lo que no le está destinado.

Mi hijo aprendió que las puertas cerradas indican privacidad y solamente se llama si hay un motivo válido; que la correspondencia solamente puede ser abierta por su destinatario; que las aplicaciones en los dispositivos electrónicos, etc. son privados aunque se encuentren abiertos y abandonados; y que uno no hurga en las pertenencias de los otros, por ningún motivo.

Intervenir la correspondencia y las conversaciones y/o darse los medios para hacerlo, de cualquier manera, es o debería ser un delito. Denota, a mi parecer, la falta de seguridad y el consecuente deseo de control de quien lo comete. Y me recuerda a esas personas que son las últimas en abandonar una reunión con la esperanza de que nadie se quede comentando algo sobre ellas. Enfermos, además de delincuentes.

De las relaciones de mis amigos, sus familias, sus amores, sus errores, etc., me voy enterando cuando me lo van contando. Hay muchas cosas que no sé ni de ellos ni de las vidas de mis hermanos. Lo mismo con la vida de mi hijo: conozco aquello que me ha querido compartir o lo que sus amigos sueltan en alguna conversación. Y, de todos, lo que observo y de lo que derivo algunas conclusiones que a veces resultan muy acertadas, a la luz de los acontecimientos siguientes.

Pero no indago sobre las vidas de las otros. De repente veo que dos de mis amigos están comentando algo y que se han vuelto amigos (lo que eso significa en las redes sociales). A veces me sorprende y generalmente es grato, pero nunca me pregunto cómo es que surgió esa amistad o lo que está detrás de ella. No me interesa saber quiénes son los amigos de mis amigos ni sobre sus familiares o lo que conversan entre ellos. Ni siquiera si conversaran sobre mí (de lo que ni me entero).

Lo dije ayer: lo peor que me puede suceder es que no encuentre una manera segura de conversar con la gente que más quiero, pensando en que lo que escribo o digo puede ser leído o escuchado por alguien a quien no está destinado porque se ha dado los medios para hacerlo. Y no, no hay complots ni planes contra alguien en esas conversaciones (esos los hago públicos). Se trata, simplemente, de conversaciones privadas. Y detesto la idea de que puedan ser intervenidas.

Mucho ruido y pocas nueces, dirán algunos. Para mí es crucial.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

2 de septiembre: Relax con amigas y familia

Friday, September 2nd, 2016

Nada hay tan relajarte y gratificante como compartir el tiempo y los antojos con amigos y familia, personas que lo único que buscan es brindar su tiempo, sus recursos, su oído, sus risas y no esperan a cambio más que la compañía, por lo que dure, sin compromiso de ningún tipo.

Mi viaje programado para iniciar el martes por la tarde, en ruta al pueblo de mi hermano, Amatlán de Cañas, en Nayarit, en realidad tuvo su inicio formal en Guadalajara, en la Central vieja, donde me reuní con Dulce después de poco más de un año desde la visita a Ensenada, con la Lore y la Ninis, en un par de días de mar, sol y conversaciones.

Llegó hacia las 10:30, con una de sus hermanas, dos sobrinas, su papá y la mujer de él. Inmediatamente salimos para Chápala donde pasamos buena parte del día entre antojos, paseo y conversaciones; Dulce y yo de manera muy independiente del resto. Al regreso, nosotras dos seguimos hasta el punto de partida para recoger mi maletín mientras que la otra parte del grupo decidió bajarse antes para ir a Tlaquepaque. Hicimos lo propio ya con mi maletín en la mano.

Antes, mientras viajaba de León a Guadalajara, supe que a la Perla Tapatia había llegado Alejandra Chavez, desde Tijuana, con una amiga. “¿Dónde nos vemos?” fue lo primero que preguntamos. Casi igual que en mi viaje de mayo cuando la que llegaba a Guadalajara era Venecia, también desde Tijuana, también de vacaciones y también acompañada. La primera michelada de mi vida la apadrinó ella. Ambas, Alejandra y Venecia, son brillantes ingenieras egresadas de la Ibero Tijuana. Ambas fueron alumnas excepcionales, independientes, en busca de aprendizajes y no de calificaciones. A Venecia la conocí en el bachillerato como alumna de mis cursos de cálculo (para 5o. y 6o. semestres) en el grupo más dinámico, divertido y comprometido que haya conocido; luego, en los cursos de cálculo de la licenciatura. A Alejandra la conocí ya en la licenciatura, aunque son de diferentes generaciones. Con Alejandra acordamos vernos en Tlaquepaque.

Pero en Guadalajara trabaja Genie desde hace un par de años, otra ex alumna de ingeniería de la Ibero Tijuana. Como sus compañeras, brillante e independiente. A ella la recibí en el curso de Matemáticas I, primer semestre de bachillerato. En lugar de los materiales comunes para los estudiantes del curso, para ella busqué lecturas y materiales más avanzados dada su capacidad. Tuve la fortuna de reencontrarla en otros cursos, tanto en el bachillerato como en la licenciatura. Enterada de la reunión que se estaba armando anunció que se integraría al grupo en Tlaquepaque, al salir de trabajar. Significa atravesar la enorme ciudad en una de las horas de más intenso tránsito vehicular.

Con Genie nos quedamos a comprar dulces típicos y tomar café en la plaza de Tlaquepaque hasta que cayó la noche. Luego nos llevó a nuestros respectivos hoteles.

En el ínterin otros ex alumnos y amigos de Tijuana y de cualquier parte del mundo donde conocen a alguna de las que integramos este grupo de vagabundeo y disfrute, sugirieron tips, trips y antojos; recibimos saludos, abrazos, buenas vibras y todo eso que hace que uno sane sin necesidad de otro tipo de medicina.

Tan eficiente y evidente es lo que esa carga de afecto hace en mi salud y ánimo que esta mañana, después de ver las muchas fotos compartidas en Instagram de un día fantástico, lleno de luz y alegrías, mi hijo tomó la sabia decisión de alejarse del barullo de Hyderabad, donde trabaja, para irse de fin de semana a la playa de Goa, aunque esté lloviendo: “necesito irme unos días”, dijo. Y lleva un celular que solamente funciona para WhatsApp y Messenger. Ninguna otra red, ninguna manera de que quienes no pertenecen a lo que él define como familia -ni todos los amigos ni toda la familia- interrumpan su descanso y meditación. Lo mejor es que lo aprendió a una edad mucho más temprana que yo.

NIeve de nuez, de papel

Con Dulce

Genie, Dulce y yo


Alejandra, yo, Dulce, Nydia

Ayer todavía compartí el almuerzo con Alejandra. Luego tomé el autobús con rumbo a Amatlán pero para descender en el pueblo anterior, San Marcos, donde mi hermano me recogió para comer en un restaurante cuyo menú resulta ser una lista de antojos a nuestro estilo, comenzando por el jocoque casero y la panela semi oreada que constituyen parte de la botana.

A punto de llover en Amatlán cuando llegamos, el clima era una delicia. La luz se apagó varias veces en todo el pueblo antes de que decidiéramos irnos a dormir. A las 5 A.M. me despertó la lluvia, el tañer de las campanas del templo y el calor: no había electricidad y el ventilador estaba apagado.

Por supuesto, no electricidad significa no conexión a la red excepto por la señal de Telcel cuya intensidad varía enormemente. También significa que no se puede recargar la batería del celular. Representó una oportunidad excelente para subir hasta el mirador y contemplar el pueblo en el fondo del pequeño valle y bajar para recorrer el malecón del arroyo antes de regresar a la casa. En el camino encontré nanches dulces y firmes, aguacates, tostadas raspadas, … y decidí que comeríamos ceviche de camarón. Mi cuñada está de viaje y mi sobrina y yo tomamos la cocina y el bar por nuestra cuenta.

Amatlán de Cañas, Nayarit 

Micheladas a cargo de Daniela 

Ceviche y caldo de camarón fresco


A esta hora la gente va regresando a atender los comercios después de la comida y la siesta. Y fue el mejor momento para registrar estas vivencias. Mañana tenemos comida en el rancho del suegro de mi sobrina; domingo o lunes o martes regresaré a mi casa.

No he hecho otra cosa que disfrutar de todo esto. Y no creo que valga la pena hacer otra cosa que esto.

17 de junio: soy politécnica

Friday, June 17th, 2016

Dije que este año celebro mi filiación politécnica.

Mi ingreso como alumna a la Vocacional #3 del Instituto Politécnico Nacional ocurrió en enero de 1966, poco antes de cumplir 16 años. Un bachillerato de dos años cuyo eje eran las ciencias físico-matemáticas. Durante el primer año apenas un curso de Ciencias Sociales para un barniz de cultura general, el inglés era técnico y, del resto, solamente cursos para prepararnos a las escuelas de ingeniería y de ciencias en el Instituto.

Tampoco es algo que yo haya escogido. Mi padre comisionó a uno de mis medios hermanos, que en la época estudiaba ingeniería química o algo así, para que sacara la ficha que me permitiría presentarme al examen de admisión en el I.P.N. Supongo, por algunos hechos posteriores, que al orientarme hacia ese bachillerato -que compartía patio y administración con la Vocacional # 6, orientada a las ciencias médico-biológicas- que mi hermanito apostó primero a que yo no aprobaría el examen de admisión y luego a que no aguantaría el nivel de exigencia de una escuela en la que las mujeres eran una minoría extrema, con un alto estándar académico y donde muchos de los profesores eran militares. Se equivocó en ambas apuestas.

 

En el primer año me asignaron al grupo MJ en el cual yo era la única mujer entre unos 50 estudiantes. Todos provenían de pre-vocacionales o secundarias técnicas, alineadas con el sistema del Politécnico. Yo llegaba de una escuela pública para niñas y los únicos talleres que había tomado en la secundaria eran de corte y confección, danza y artes plásticas. La única escuadra que sabía utilizar la empleaba para trazar los moldes de vestidos y otras prendas, nunca había utilizado un tiralíneas o un compás de precisión y la geometría en los cursos que había tomado iba más hacia el arte de demostrar que al de construir.

De los tres talleres disponibles para los alumnos de Voca 3 me asignaron al de Electricidad pero solicité mi cambio al de Construcción. Ni siquiera sabía que iba a estudiar posteriormente, pero definitivamente no le veía el atractivo ni a Mecánica ni a Electricidad. Me divirtió construir maquetas, aprender a hacer colados, pegar tabiques, etc. Terminé con un diploma de Técnico en Construcción que algunos usos ha tenido.

El trasplante no fue tan traumático como podría suponerse. Primero porque estaba acostumbrada a viajar sin mis padres ni mis hermanos, aunque de la mano de mi tía Cuca o de mi abuela. Luego porque mi capacidad y disposición para aislarme –desde que nací, dice mi madre- me ayudaban a no necesitar interactuar más de lo necesario con mis compañeros de grupo. Sí, aprendí con ellos a irme de pinta para jugar cascaritas (futbol) actuando como porra y hasta como árbitro (de algo sirvieron las idas al estadio y las discusiones futboleras con mi apá) y a comer tacos y merengues que ellos se ganaban jugando volados en la puerta de la escuela. Sin embargo no recuerdo sus nombres y no los reconocería fuera de los cursos.

No tenía amigas y mis ratos libres los ocupaba en conocer un poco del centro de la ciudad, en los alrededores del departamento donde me rentaban un cuarto, y en visitar de cuando en cuando a mi tía Lola, a quien había conocido apenas cuando presenté mi examen de ingreso. Un amor de mujer, dulce, comprensiva y una excelente cocinera. Algunos domingos salí de paseo con mi primísimo Ramón y alguna de sus novias; así fue que me subí a la montaña rusa de Chapultepec. Pero había tareas, especialmente las del curso de dibujo que requerían de que se les dedicara mucho tiempo dibujando a mano miles de bolitas de 3 mm de diámetro en renglones bien trazados, primero, y a mano libre después. Ni modo de hacerse guaje.

Dibujo fue, justamente, el único curso al que tuve que dedicarme en serio. En los primeros días me negaron el acceso porque no disponía del equipo completo. En la época había que investigar el costo de lo que se requería incluido un restirador, solicitar a mi padre el dinero por medio de un telegrama, esperar a recibir un giro telegráfico, ir a cobrarlo e ir a hacer las compras. Cuando tuve todo y me presenté a clase tuve un ataque de estornudos y de nuevo me prohibieron entrar.

Deben haber pasado un par de semanas hasta que por fin pude integrarme al curso; había un dibujo de un tornillo en el pizarrón y el profesor me indicó que tenía que dibujarlo en isométrico, al tiempo que me asignaba uno de los restiradores en la sala. Pregunté qué era eso de isométrico y me respondió que era asunto mío resolverlo. Pedí entonces que me dijera cuál era el ángulo de la cuerda del tornillo, y recibí la misma respuesta. Antes de que preguntara cualquier otra cosa me hizo saber que en su curso nunca había aprobado una mujer y que si quería lograrlo tenía que demostrar que era mejor que mis compañeros. Terminé el curso con un fantástico 7 y el aprecio del profesor; aprendí a realizar el tipo de dibujo técnico que era requerido. Me recomendó que estudiara Ingeniería Civil o Arquitectura.

Resultó que la formación que recibí en la Primaria Amado Nervo y en la Secundaria Alemán, en mi pueblo, me habían dado bases más que suficientes para lidiar con el resto de los cursos, excepto por la trigonometría: el profesor de tercero de secundaria falleció a medio curso y el suplente, recién graduado de la Normal Superior, no pudo enfrentar al grupo de 70 jóvenes entre los 15 y los 18 años. Fueron sesiones divertidas pero no cubrimos nada del programa. Cuando al iniciar el curso de Geometría Analítica, en Voca 3, el profesor comenzó a utilizar trigonometría, le expliqué mi situación. Fue muy comprensivo: manifestó sus condolencias por la muerte de mi profesor, dijo luego que había sido un acto irresponsable de su parte dejar así el curso y concluyó diciendo que mi trabajo era aprender lo que me hiciera falta.  Con todo, el primer parcial de matemáticas solamente lo aprobé yo, obtuve un glorioso 10 en Física y en Inglés me exentaron. En Ciencias Sociales ocurrió lo mismo y no porque mis trabajos fueran excepcionales sino porque, al decir del maestro, eran los mejores en mi grupo; a esa edad era suficiente. Sí, el segundo semestre lo pasé durmiendo en mis laureles.

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