8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”

15 de noviembre: De los vericuetos en la mente de cada uno

Tuesday, November 15th, 2016

Después del curso taller en Aguascalientes, hace poco más de dos semanas, y mientras disfrutaba de una excelente comida con César, Carmen y Elías, conversando como hace mucho tiempo no lo hacíamos, Elías comentó respecto a lo que yo narraba: “¿por qué a mí no se me ocurre eso?”

Uno va creciendo, generando sus propios códigos mientras va separando lo que le gusta de lo que no, lo que está dispuesto a compartir con el mundo, lo que comparte con muy pocas personas y lo que es privado. Al mismo tiempo aprende a respetar el derecho de los otros a su privacidad. Bueno, eso es lo que a mí se me ocurre y es una de mis construcciones y uno de mis códigos. Lo otro, la intromisión en la vida y el pensamiento de los otros, es algo que simplemente no se me ocurre hasta que resulto afectada. Y sí, hago un gran escándalo de lo que para algunos, con toda seguridad, no es más que un incidente.

Alguna vez tuve un diario, seguramente regalo de alguna de las pen pals que teníamos en las clases de inglés, en la secundaria. Era rojo con un par de líneas doradas y tenía llave. No recuerdo qué escribí en él, en una época en que ni siquiera prestaba atención al mundo ni, mucho menos, a esos seres de los que había tres en mi casa y que se reunían con otros similares y con los que ocasionalmente tenía que convivir. Conservaba el diario guardado en el cajón de mi ropa, en la cómoda compartida con mis hermanas, un cajón para cada una. Un día descubrí que la cerradura había sido violada; me deshice de él y nunca volví a escribir mis pensamientos, hasta la creación de mi blog personal en WordPress, hace unos seis años.

Mientras leo Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, me queda claro que uno puede dedicar una parte de su vida a indagar sobre los orígenes y la vida de una persona de la que se ha obsesionado o que lo ha fascinado, en un afán de conocerla a fondo y tratar de comprender lo que la ha llevado a ser lo que es; y que la investigación puede ser profunda y cuidadosa, al modo de un investigador que se documenta para escribir una biografía, un hecho histórico, y similares.

Cierto que a mí eso no se me ocurre, ni siquiera para conocer mis orígenes. Ocurre en ocasiones que, conversando con mi madre y mi familia cercana, particularmente los mayores que yo, descubro que tengo parientes cercanos de los cuales nunca había sido consciente -como los otros hijos de mi abuelo paterno, a los que conocí seguramente en su propia casa, con su madre y mi abuelo pero que nunca integré a mi familia hasta que me lo hicieron ver. O el nombre completo de ese mismo abuelo, o la personalidad que fue mi abuelo en la vida política en mi ciudad natal.  Hay cosas sobre la vida de mi propio padre, particularmente sobre su vida como docente y como defensor de los derechos de los trabajadores, de las que me he enterado por aquellos que fueron tocados por él y he agradecido mucho las historias compartidas que refuerzan mi conocimiento de su valor como persona dentro de una amplia comunidad que lo reconoce. Pero nunca pregunté sobre sus vidas, sobre sus amistades, sobre sus motivos, y ni se me hubiera ocurrido ponerme a hacer cábalas al respecto. Sé solamente lo que me ha sido confiado de manera directa y lo que resulta de mi observación.

Nada de la vida personal de los otros estaba en la conversación de mi abuelo (un hombre muy callado, amable y discreto, por cierto) o en la de mi padre que nunca se metía en los asuntos de los demás. Del lado femenino de mi familia desconozco las historias, en general. Mi madre me ha venido enterando de algunas, cuando se acuerda de algo que le parece significativo. Mi abuela cantaba y contaba historias pero no chismes, y tampoco se entrometía en las vidas ajenas.

Y yo no pregunto, sencillamente porque odio que me interroguen. Cuento todo lo que se me ocurre y me ocurre a lo largo del día; cuento mucho de mi actividad docente y profesional; desnudo mi sentimiento en muchas de las publicaciones en mi blog, en mis historias -cuentos, les llaman, aunque yo no sea realmente cuentista, en las canciones que comparto, etc. Pero nadie tiene derecho a interrogarme sobre lo que no comento. Y a nadie le concedo el derecho a escuchar/leer lo que no le está destinado.

Mi hijo aprendió que las puertas cerradas indican privacidad y solamente se llama si hay un motivo válido; que la correspondencia solamente puede ser abierta por su destinatario; que las aplicaciones en los dispositivos electrónicos, etc. son privados aunque se encuentren abiertos y abandonados; y que uno no hurga en las pertenencias de los otros, por ningún motivo.

Intervenir la correspondencia y las conversaciones y/o darse los medios para hacerlo, de cualquier manera, es o debería ser un delito. Denota, a mi parecer, la falta de seguridad y el consecuente deseo de control de quien lo comete. Y me recuerda a esas personas que son las últimas en abandonar una reunión con la esperanza de que nadie se quede comentando algo sobre ellas. Enfermos, además de delincuentes.

De las relaciones de mis amigos, sus familias, sus amores, sus errores, etc., me voy enterando cuando me lo van contando. Hay muchas cosas que no sé ni de ellos ni de las vidas de mis hermanos. Lo mismo con la vida de mi hijo: conozco aquello que me ha querido compartir o lo que sus amigos sueltan en alguna conversación. Y, de todos, lo que observo y de lo que derivo algunas conclusiones que a veces resultan muy acertadas, a la luz de los acontecimientos siguientes.

Pero no indago sobre las vidas de las otros. De repente veo que dos de mis amigos están comentando algo y que se han vuelto amigos (lo que eso significa en las redes sociales). A veces me sorprende y generalmente es grato, pero nunca me pregunto cómo es que surgió esa amistad o lo que está detrás de ella. No me interesa saber quiénes son los amigos de mis amigos ni sobre sus familiares o lo que conversan entre ellos. Ni siquiera si conversaran sobre mí (de lo que ni me entero).

Lo dije ayer: lo peor que me puede suceder es que no encuentre una manera segura de conversar con la gente que más quiero, pensando en que lo que escribo o digo puede ser leído o escuchado por alguien a quien no está destinado porque se ha dado los medios para hacerlo. Y no, no hay complots ni planes contra alguien en esas conversaciones (esos los hago públicos). Se trata, simplemente, de conversaciones privadas. Y detesto la idea de que puedan ser intervenidas.

Mucho ruido y pocas nueces, dirán algunos. Para mí es crucial.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

2 de septiembre: Relax con amigas y familia

Friday, September 2nd, 2016

Nada hay tan relajarte y gratificante como compartir el tiempo y los antojos con amigos y familia, personas que lo único que buscan es brindar su tiempo, sus recursos, su oído, sus risas y no esperan a cambio más que la compañía, por lo que dure, sin compromiso de ningún tipo.

Mi viaje programado para iniciar el martes por la tarde, en ruta al pueblo de mi hermano, Amatlán de Cañas, en Nayarit, en realidad tuvo su inicio formal en Guadalajara, en la Central vieja, donde me reuní con Dulce después de poco más de un año desde la visita a Ensenada, con la Lore y la Ninis, en un par de días de mar, sol y conversaciones.

Llegó hacia las 10:30, con una de sus hermanas, dos sobrinas, su papá y la mujer de él. Inmediatamente salimos para Chápala donde pasamos buena parte del día entre antojos, paseo y conversaciones; Dulce y yo de manera muy independiente del resto. Al regreso, nosotras dos seguimos hasta el punto de partida para recoger mi maletín mientras que la otra parte del grupo decidió bajarse antes para ir a Tlaquepaque. Hicimos lo propio ya con mi maletín en la mano.

Antes, mientras viajaba de León a Guadalajara, supe que a la Perla Tapatia había llegado Alejandra Chavez, desde Tijuana, con una amiga. “¿Dónde nos vemos?” fue lo primero que preguntamos. Casi igual que en mi viaje de mayo cuando la que llegaba a Guadalajara era Venecia, también desde Tijuana, también de vacaciones y también acompañada. La primera michelada de mi vida la apadrinó ella. Ambas, Alejandra y Venecia, son brillantes ingenieras egresadas de la Ibero Tijuana. Ambas fueron alumnas excepcionales, independientes, en busca de aprendizajes y no de calificaciones. A Venecia la conocí en el bachillerato como alumna de mis cursos de cálculo (para 5o. y 6o. semestres) en el grupo más dinámico, divertido y comprometido que haya conocido; luego, en los cursos de cálculo de la licenciatura. A Alejandra la conocí ya en la licenciatura, aunque son de diferentes generaciones. Con Alejandra acordamos vernos en Tlaquepaque.

Pero en Guadalajara trabaja Genie desde hace un par de años, otra ex alumna de ingeniería de la Ibero Tijuana. Como sus compañeras, brillante e independiente. A ella la recibí en el curso de Matemáticas I, primer semestre de bachillerato. En lugar de los materiales comunes para los estudiantes del curso, para ella busqué lecturas y materiales más avanzados dada su capacidad. Tuve la fortuna de reencontrarla en otros cursos, tanto en el bachillerato como en la licenciatura. Enterada de la reunión que se estaba armando anunció que se integraría al grupo en Tlaquepaque, al salir de trabajar. Significa atravesar la enorme ciudad en una de las horas de más intenso tránsito vehicular.

Con Genie nos quedamos a comprar dulces típicos y tomar café en la plaza de Tlaquepaque hasta que cayó la noche. Luego nos llevó a nuestros respectivos hoteles.

En el ínterin otros ex alumnos y amigos de Tijuana y de cualquier parte del mundo donde conocen a alguna de las que integramos este grupo de vagabundeo y disfrute, sugirieron tips, trips y antojos; recibimos saludos, abrazos, buenas vibras y todo eso que hace que uno sane sin necesidad de otro tipo de medicina.

Tan eficiente y evidente es lo que esa carga de afecto hace en mi salud y ánimo que esta mañana, después de ver las muchas fotos compartidas en Instagram de un día fantástico, lleno de luz y alegrías, mi hijo tomó la sabia decisión de alejarse del barullo de Hyderabad, donde trabaja, para irse de fin de semana a la playa de Goa, aunque esté lloviendo: “necesito irme unos días”, dijo. Y lleva un celular que solamente funciona para WhatsApp y Messenger. Ninguna otra red, ninguna manera de que quienes no pertenecen a lo que él define como familia -ni todos los amigos ni toda la familia- interrumpan su descanso y meditación. Lo mejor es que lo aprendió a una edad mucho más temprana que yo.

NIeve de nuez, de papel

Con Dulce

Genie, Dulce y yo


Alejandra, yo, Dulce, Nydia

Ayer todavía compartí el almuerzo con Alejandra. Luego tomé el autobús con rumbo a Amatlán pero para descender en el pueblo anterior, San Marcos, donde mi hermano me recogió para comer en un restaurante cuyo menú resulta ser una lista de antojos a nuestro estilo, comenzando por el jocoque casero y la panela semi oreada que constituyen parte de la botana.

A punto de llover en Amatlán cuando llegamos, el clima era una delicia. La luz se apagó varias veces en todo el pueblo antes de que decidiéramos irnos a dormir. A las 5 A.M. me despertó la lluvia, el tañer de las campanas del templo y el calor: no había electricidad y el ventilador estaba apagado.

Por supuesto, no electricidad significa no conexión a la red excepto por la señal de Telcel cuya intensidad varía enormemente. También significa que no se puede recargar la batería del celular. Representó una oportunidad excelente para subir hasta el mirador y contemplar el pueblo en el fondo del pequeño valle y bajar para recorrer el malecón del arroyo antes de regresar a la casa. En el camino encontré nanches dulces y firmes, aguacates, tostadas raspadas, … y decidí que comeríamos ceviche de camarón. Mi cuñada está de viaje y mi sobrina y yo tomamos la cocina y el bar por nuestra cuenta.

Amatlán de Cañas, Nayarit 

Micheladas a cargo de Daniela 

Ceviche y caldo de camarón fresco


A esta hora la gente va regresando a atender los comercios después de la comida y la siesta. Y fue el mejor momento para registrar estas vivencias. Mañana tenemos comida en el rancho del suegro de mi sobrina; domingo o lunes o martes regresaré a mi casa.

No he hecho otra cosa que disfrutar de todo esto. Y no creo que valga la pena hacer otra cosa que esto.

17 de junio: soy politécnica

Friday, June 17th, 2016

Dije que este año celebro mi filiación politécnica.

Mi ingreso como alumna a la Vocacional #3 del Instituto Politécnico Nacional ocurrió en enero de 1966, poco antes de cumplir 16 años. Un bachillerato de dos años cuyo eje eran las ciencias físico-matemáticas. Durante el primer año apenas un curso de Ciencias Sociales para un barniz de cultura general, el inglés era técnico y, del resto, solamente cursos para prepararnos a las escuelas de ingeniería y de ciencias en el Instituto.

Tampoco es algo que yo haya escogido. Mi padre comisionó a uno de mis medios hermanos, que en la época estudiaba ingeniería química o algo así, para que sacara la ficha que me permitiría presentarme al examen de admisión en el I.P.N. Supongo, por algunos hechos posteriores, que al orientarme hacia ese bachillerato -que compartía patio y administración con la Vocacional # 6, orientada a las ciencias médico-biológicas- que mi hermanito apostó primero a que yo no aprobaría el examen de admisión y luego a que no aguantaría el nivel de exigencia de una escuela en la que las mujeres eran una minoría extrema, con un alto estándar académico y donde muchos de los profesores eran militares. Se equivocó en ambas apuestas.

 

En el primer año me asignaron al grupo MJ en el cual yo era la única mujer entre unos 50 estudiantes. Todos provenían de pre-vocacionales o secundarias técnicas, alineadas con el sistema del Politécnico. Yo llegaba de una escuela pública para niñas y los únicos talleres que había tomado en la secundaria eran de corte y confección, danza y artes plásticas. La única escuadra que sabía utilizar la empleaba para trazar los moldes de vestidos y otras prendas, nunca había utilizado un tiralíneas o un compás de precisión y la geometría en los cursos que había tomado iba más hacia el arte de demostrar que al de construir.

De los tres talleres disponibles para los alumnos de Voca 3 me asignaron al de Electricidad pero solicité mi cambio al de Construcción. Ni siquiera sabía que iba a estudiar posteriormente, pero definitivamente no le veía el atractivo ni a Mecánica ni a Electricidad. Me divirtió construir maquetas, aprender a hacer colados, pegar tabiques, etc. Terminé con un diploma de Técnico en Construcción que algunos usos ha tenido.

El trasplante no fue tan traumático como podría suponerse. Primero porque estaba acostumbrada a viajar sin mis padres ni mis hermanos, aunque de la mano de mi tía Cuca o de mi abuela. Luego porque mi capacidad y disposición para aislarme –desde que nací, dice mi madre- me ayudaban a no necesitar interactuar más de lo necesario con mis compañeros de grupo. Sí, aprendí con ellos a irme de pinta para jugar cascaritas (futbol) actuando como porra y hasta como árbitro (de algo sirvieron las idas al estadio y las discusiones futboleras con mi apá) y a comer tacos y merengues que ellos se ganaban jugando volados en la puerta de la escuela. Sin embargo no recuerdo sus nombres y no los reconocería fuera de los cursos.

No tenía amigas y mis ratos libres los ocupaba en conocer un poco del centro de la ciudad, en los alrededores del departamento donde me rentaban un cuarto, y en visitar de cuando en cuando a mi tía Lola, a quien había conocido apenas cuando presenté mi examen de ingreso. Un amor de mujer, dulce, comprensiva y una excelente cocinera. Algunos domingos salí de paseo con mi primísimo Ramón y alguna de sus novias; así fue que me subí a la montaña rusa de Chapultepec. Pero había tareas, especialmente las del curso de dibujo que requerían de que se les dedicara mucho tiempo dibujando a mano miles de bolitas de 3 mm de diámetro en renglones bien trazados, primero, y a mano libre después. Ni modo de hacerse guaje.

Dibujo fue, justamente, el único curso al que tuve que dedicarme en serio. En los primeros días me negaron el acceso porque no disponía del equipo completo. En la época había que investigar el costo de lo que se requería incluido un restirador, solicitar a mi padre el dinero por medio de un telegrama, esperar a recibir un giro telegráfico, ir a cobrarlo e ir a hacer las compras. Cuando tuve todo y me presenté a clase tuve un ataque de estornudos y de nuevo me prohibieron entrar.

Deben haber pasado un par de semanas hasta que por fin pude integrarme al curso; había un dibujo de un tornillo en el pizarrón y el profesor me indicó que tenía que dibujarlo en isométrico, al tiempo que me asignaba uno de los restiradores en la sala. Pregunté qué era eso de isométrico y me respondió que era asunto mío resolverlo. Pedí entonces que me dijera cuál era el ángulo de la cuerda del tornillo, y recibí la misma respuesta. Antes de que preguntara cualquier otra cosa me hizo saber que en su curso nunca había aprobado una mujer y que si quería lograrlo tenía que demostrar que era mejor que mis compañeros. Terminé el curso con un fantástico 7 y el aprecio del profesor; aprendí a realizar el tipo de dibujo técnico que era requerido. Me recomendó que estudiara Ingeniería Civil o Arquitectura.

Resultó que la formación que recibí en la Primaria Amado Nervo y en la Secundaria Alemán, en mi pueblo, me habían dado bases más que suficientes para lidiar con el resto de los cursos, excepto por la trigonometría: el profesor de tercero de secundaria falleció a medio curso y el suplente, recién graduado de la Normal Superior, no pudo enfrentar al grupo de 70 jóvenes entre los 15 y los 18 años. Fueron sesiones divertidas pero no cubrimos nada del programa. Cuando al iniciar el curso de Geometría Analítica, en Voca 3, el profesor comenzó a utilizar trigonometría, le expliqué mi situación. Fue muy comprensivo: manifestó sus condolencias por la muerte de mi profesor, dijo luego que había sido un acto irresponsable de su parte dejar así el curso y concluyó diciendo que mi trabajo era aprender lo que me hiciera falta.  Con todo, el primer parcial de matemáticas solamente lo aprobé yo, obtuve un glorioso 10 en Física y en Inglés me exentaron. En Ciencias Sociales ocurrió lo mismo y no porque mis trabajos fueran excepcionales sino porque, al decir del maestro, eran los mejores en mi grupo; a esa edad era suficiente. Sí, el segundo semestre lo pasé durmiendo en mis laureles.

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15 de junio: Actualización de perfil

Wednesday, June 15th, 2016

He vivido tiempos privilegiados, sin duda.
Ayer, actualizando mi perfil en Facebook, agregué uno de los hechos más relevantes en mi vida el cual, por alguna razón, no había incluido: mi llegada a la Ciudad de México a los 15 años para estudiar el bachillerato, en principio. Me quedé ahí poco más de 25 años y en ese tiempo todo llegó a mi vida además de las oportunidades de formación y trabajo. Ese cincuentenario lo celebré el año pasado, en agosto, caminando de la mano de mi memoria.

Es interesante recordar que antes de mi nacimiento (1950) ya existían:

  •          1911 Aire acondicionado, de W.H. Carrier
  •          1911 Vitaminas, de Casimir Funk
  •          1911 Lámpara de neón, de Georges Claude
  •          1921 Insulina, de Frederick Grant Banting, Charles Herbert Best, John James Rickard
  •          1922-26 Películas cinematográficas con sonido de T.W. Case
  •          1928 Penicilina de Sir Alexander Fleming
  •          1933 Modulación de frecuencia (FM), de Edwin Howard Armstrong
  •          1935 Buna (caucho sintético), de Científicos alemanes
  •          1935 Radiolocalizador (radar), de Sir Robert Watson-Watt
  •          1935 Cortisona, de Edward Calvin Kendall, Tadeus Reichstein
  •          1940 Televisión en colores, de Guillermo González Camarena
  •          1946 Computadora digital electrónica, de John Presper Eckert, Jr. y John W. Mauchly
  •          1947 Cámara Polaroid Land, de Edwin Herbert Land
  •          1947 Horno de microondas, de Percy L. Spencer

En mi primera década aparecieron:

  •     1954 Vacuna contra la poliomielitis, de Jonas Salk
  •     1956 Videocinta, de Charles Ginsberg y Ray Dolby
  •     1958 Satélite de comunicaciones, de Científicos del gobierno de EEUU
  •     1959 Circuitos integrados, de Jack Kilby y Robert Noyce
  •     1960 Píldora anticonceptiva, de Gregory Pincus, John Rock y Min-chueh Chang

Y a partir de los 60 se sucedieron muchos y muy importantes descubrimientos, como

  •      1962 Diodo emisor de luz (LED), de Nick Holonyak, Jr.
  •      1964 Pantalla de cristal líquido, de George Heilmeier Estadounidense
  •      1966 Corazón artificial (ventrículo izquierdo), de Michael Ellis DeBakey
  •      1967 Trasplante de corazón humano, por Christiaan Neethling Barnard
  •      1970 Primera síntesis completa de un gen, por Har Gobind Khorana

Estudiando la licenciatura en el Instituto Politécnico Nacional, a partir de 1968, conocí y utilicé las primeras computadoras, enormes máquinas de diferentes tipos para las que había que generar el código, en alguno de los lenguajes de la época, para resolver algunos problemas de álgebra, por ejemplo. Pero esa es otra historia.

Para cuando me fui al DF, a finales de 1965, ya había estado dos veces de vacaciones en Tijuana, con mi madre y mis hermanos. Había estado en el Zoo de San Diego y en Disneylandia, en donde lo que más me gustó fueron el submarino y el monoriel. Recuerdo cuando regresamos de ese viaje y le conté al Profe Villalobos (clase de inglés, inicio de tercero de secundaria) mi escapada cuando un gringuito me invitó a subirnos juntos a Magic Mountain. Se rió de mi simpleza y me dijo que debí aprovechar la oportunidad de practicar mi inglés; como parte de las actividades en su clase teníamos pen pals en los Estados Unidos, con quienes intercambiábamos experiencias y regalos. Así que cuando llegué al DF no me maravillé tanto. Era una gran ciudad pero la gente, en general, no conocía ni el estilo ni las comodidades americanas.

A Tepic la televisión llegó en 1968 y el enorme televisor a colores que compró mi padre hizo que los chiquillos del vecindario se congregaran para ver los Juegos Olímpicos que se celebraban en nuestro país. Afortunadamente yo ya no vivía ahí.

En el DF no tenía tele ni la necesitaba, pero sí mi radio de transistores que supongo me regalaron en algún momento mientras estudiaba la secundaria. Fue parte de los juguetes tecnológicos que pude conocer y disfrutar con mis hermanos, que incluyen el avión de motor de Manuel y la muñeca enorme con grabadora integrada de Irma. Por supuesto, la cámara Súper 8 con la que mis padres registraron muchos de los eventos familiares. El chiquillo de Velarde también tenía una y a veces, en el aserradero, veíamos las películas grabadas. Los patines, el Meccano, el tren, la bicicleta y el juego de química fueron parte de los juguetes de mi infancia. Cuando me fui al D.F. me regalaron mis patines para patinar en hielo.

La ropa que me confeccionaba mi abuela era tomada de los libros de modas americanos: minifaldas toda la vida, bikinis, colores psicodélicos, pantalones antes de que fueran moda en México, etc. Algunas veces hasta las prendas llegaban directamente de allá. El contacto de mi padre con sus amigos americanos nos acercaba mucho al estilo de vida americano: las lecturas en inglés, comenzando por la Encyclopædia Britannica y la serie de libros The Children’s Classics, siempre a estuvieron presentes al igual que la música; primero la clásica, las grandes bandas, el swing, el rockandroll y luego el twist. Tuve mi tocadiscos (americano, por supuesto) y mi propia colección de discos. A la muerte de mi padre heredé la Encyclopædia, que doné a una escuelay la colección de libros para niños, que conservo.

En Ciudad de México la gente, las familias, era mucho más tradicional y convivían y celebraban mucho como se muestra en las películas costumbristas del cine mexicano (las cuales he ido conociendo en los últimos años a través de cable): madres sufridas y abnegadas, mujeres abandonadas por cometer “el pecado” que las dejaba embarazadas y cuya “vergüenza había que ocultar regalando o abandonando a las criaturas o criándolos como si fueran sobrinos, hijos que veneraban a sus padres a quienes obedecían sin chistar, etc. Las cosas y las personas eran como esas películas: en blanco y negro sin posibilidad de aceptar que hay una gama de grises y que nadie está en los extremos de ese espectro.

Tepic era otra cosa. Una ciudad pequeña en la que cada uno de sus habitantes cumplía un rol, por su trabajo, el cual no lo confinaba a ningún gueto; la convivencia y la colaboración no encontraban restricciones de tipo alguno. En mi familia, particularmente, crecimos con la influencia de la rebelión y de lucha obrera de mi abuelo que lo llevó a asilarse en los Estados Unidos siendo mi padre un bebé, y de la formación integral de mi padre en aquellas tierras. Su manera de ver la vida era muy diferente a la de la gran mayoría de los padres de mis amigas y compañeras. Nunca se trató de veneración sino de respeto; y nunca se trató de obediencia ciega sino de discusión, diálogo y colaboración.

En mi comunidad (todo el pueblo) había solteras mayores, madres solteras y solteras que conseguían marido a través de los pequeños anuncios en la revista Confidencias. Y había las que se casaban embarazadas y, seguramente, las que abortaban, aunque el primer caso de aborto lo conocí en el D.F. hacia 1973.   También había homosexuales -hombres y mujeres- y, excepto por los vagos que se metían a hacer desatinar a Chayo el tostadero, la comunidad los respetaba y eran personas respetables que aportaban su talento y su trabajo, como un par de los excelentes maestros que tuve en la secundaria.

Este año celebro el cincuentenario de mi filiación politécnica.

 

Dicen que pa los toros del Jaral los rancheros de allá mismo y … sí. La única persona totalmente compatible conmigo vino a ser mi paisano, encontrado en mi segundo año de bachillerato, en el mismo grupo, y que resultó ser vecino de Raquel, de Lupita Láscares, de mi abuela María y hasta de mi tía  Elena. El amor de mi vida, mi santísima Trinidad.

El cincuentenario está a unos meses.

 

11 de mayo: No te vayas

Wednesday, May 11th, 2016

No sé cómo se instala tu presencia en mí.
Entras como una fuente de agua pura, cristalina y dulce que inunda mi pecho. Desbordante, fluyes por mis ojos.
Te vuelves fuego que abrasa; mi interior se llena de tu calor y mi respiración no alcanza a sofocar semejante incendio. El terremoto en que te transformas hace que escapen los suspiros y que me  esconda mientras la sacudida pasa. Todo en uno: agua que fluye, respiración cortada y espasmos que me agitan.

Después, mucho después, tu sonrisa se deja ver en mi memoria y eres como el viento suave que me trae la calma.

No quiero que te vayas. 

20 de abril: Taller en el Tec

Wednesday, April 20th, 2016

Hace algunas semanas que Alex Usabiaga me hizo llegar la invitación a la Semana de la Ciencia, para ofrecer un taller a los alumnos de bachillerato del Tec de Monterrey. Acepté, fundamentalmente, porque me gusta trabajar con los jóvenes, aprender de sus inquietudes y sorprenderme con sus comentarios.

De la institución, en el tiempo de la dirección del Ing. Coutiño,  guardo excelentes recuerdos y experiencias, tanto de los fantásticos y comprometidos alumnos que se inscribieron en alguno de los muchos cursos que impartí en los diferentes programas y carreras, como de los compañeros de trabajo que dejaron el campus antes o al mismo tiempo que yo. Todavía hay ahí algunos a los que aprecio y a los que encuentro en alguno de los eventos a los que me invitan o a través de Facebook. Guardo un recuerdo y un agradecimiento especial para el rector del Sistema en aquellos tiempos, el Dr. Rafael Rangel Sostman; para el rector de la Zona Centro a la que entonces pertenecía el campus, el Ing. Luis Caraza Tirado  y, por supuesto, para mi jefe y amigo el Ing. Hugo Millán Arellano. Eran buenos tiempos, y el equipo académico del que fui parte puso al campus en primer lugar en Calidad Académica dentro del Sistema, lo cual no es poco logro.

Luego todo cambió: se fue el Ing. Coutiño, se fue Hugo, la adscripción del campus cambió a la Zona Occidente, llegaron personas sin arraigo, sin memoria y sin historia a ocupar los puestos directivos. El equipo de trabajo fue desmembrado (nos despidieron por razones económicas, pues) y el foco pasó de la Calidad Académica a la Salud Financiera. El último año que pasé ahí estuve en depresión, clínicamente diagnosticada y muy bien atendida por el Dr.  Roberto Gómez Alba, psiquiatra en el Aranda de la Parra. Luego me fui a Tijuana. Juanjo Rivaud, con quien me encontré en Ensenada recién llegada a la frontera se congratuló: “ese no era tu espacio; qué bueno que ya no sigues ahí”.

Regresé hace tres años porque me buscaron para darme un reconocimiento como uno de los maestros que dejaron huella en los 30 años del campus y 70 del Sistema. Luego, hace dos años, para colaborar en un concurso de matemáticas. Así, no es muy frecuente que suba a admirar la vista desde el Cerro Gordo.

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La vista desde Aulas 4. Mi oficina estaba en el segundo piso de este edificio (la parte de la izquierda).

El evento de hoy estuvo organizado por el Bachillerato del campus, orientado a los jóvenes estudiantes de ese ciclo. Algunos ex alumnos y algunos ex compañeros ahora colaboran ahí y la verdad es que da gusto encontrarse con ellos.

La recepción fue divertida: siguiendo las instrucciones me dirigí al auditorio principal, que no existía hasta 2004, por lo menos. Llegué reconociendo a Natzín, Luly e Irma, que estaban a cargo de la organización. Rosy García, maestra de siempre en el Bachillerato vino a saludarme muy amistosamente (y me sorprendió, pero esa es otra historia), así como Rosy Moreno con quien tengo amistad de años. “Me pregunté quién es esa que llegó reconociendo y llamando la atención del staff”, dijo una de ellas, y añadió “inmediatamente supe que eras tú”. Pos sí, así nací y así soy. Más: “comentábamos que hoy debimos venir con una etiqueta de nerd (por aquello del tema del evento), pero tú si te la pusiste”. Pos sí, si ya me conocen …

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Alex Usabiaga estaba encargado de acompañarme, ¿será que paga por haber cometido alguna falta grave?, pregunté en broma. En realidad pasó de ser un muy buen alumno a un excelente amigo.

A las 11:30 de la mañana comenzó el taller, con la asistencia de una veintena de jóvenes. Alex hizo una breve presentación y entramos en materia.  La presentación en Power Point es breve, pero el cuerpo se encuentra en el Popplet enlazado a la mitad del documento y el enlace está activo, como todos los que aparecen. Chavos atentos que suspendieron el uso del celular sin que se les pidiera, participativos algunos.

Detalles: desconocen cualquier cosa de la historia del campus o la institución; ignoran, por ejemplo, quién ES el Dr. Rangel y su papel en la creación del campus y su desarrollo. Desconocen lo que pasa en la ciudad, especialmente en lo que se refiere a la mala administración que padecemos y sus acciones. Cuándo les pregunté sobre el uso de su tiempo libre dudaron; una chica dijo que casi no tenían porque se la pasaban texteando, revisando enlaces, etc., sin reconocer que ese es el uso que hacen. Se sorprendieron/rieron cuando les pregunté si nunca se habían ido de pinta o a jugar una cascarita. Me sorprendió que apenas uno de ellos haya visto 2001: Odisea del espacio o Gravity!, que no supieran quien era Asimov aunque algunos hayan visto Yo, Robot (no leído), y del estilo. Me sorprendió que no conocieran Wolfram Alpha, y se sorprendieron de lo que puede hacer con sus tareas. Me sorprendió que tomaran notas a mano en lugar de tomar fotos de los enlaces que iba abriendo en el Popplet o los títulos que escribía yo en el pizarrón y aunque comenté que les haría llegar la presentación completa.

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Al preguntarles sobre sus planes de vida, suponiendo que ya tuvieran uno, apenas un par de chicas y un par de chicos fueron muy claros y asertivos sobre lo que tienen pensado estudiar, incluyendo los sitios donde lo piensan hacer. Y me divirtió la respuesta de otra chica que dijo que le interesaba la cinematografía pero también la ciencia; le pregunté si había visto Gravity!, precisamente, y contestó que no le gusta la ciencia ficción, luego dudó y dijo que no le gusta la astronomía y terminó por reírse de sí misma, confundida.

Fue sano, fue bueno y fue divertido, como siempre. La cereza de este sabroso pastel llegó cuando revisaba mis mensajes en los jardines de Aulas 4, al terminar el taller, esperando a que nos reuniéramos para comer. Un joven que no había estado en la sesión se acercó para preguntarme si podía responderle una duda, porque alguien le dijo cuál es mi oficio: quiere estudiar matemáticas y quería una orientación. Le interesa la computación y la estadística, con posibles aplicaciones a la economía, dijo.  Le sugerí acercarse al CIMAT y buscar a la gente que conozco ahí y en los que tengo confianza (no esos que he mencionado en otros espacios y que juegan al yoyoyoyo intensamente).

 

Vino la comida, en una mesa compartida con queridos amigos, y nos quedamos en una amena sobremesa (siempre hablo de más, sorry) hasta pasadas las cuatro de la tarde.

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Muy agradecida, definitivamente.

4 de abril: sobre el tablero

Monday, April 4th, 2016

11:30 de la noche y no podía dormir, aunque una pastilla relajante había ya hecho efecto sobre mi cuerpo que amaneció extenuado y con el alma triste. Me levante sin saber para qué. Llegué a la puerta de mi recámara y regresé a ver lo que está sobre el mueble de los CD’s y películas sin ver alguna cosa que llamara mi atención; no sabía qué buscaba o qué necesitaba pero había algo que tenía que atender -usualmente, cuando recuerdo un pendiente, tomo notas en el cel para dormirme sin preocuparme porque vaya a olvidarlo. Ayer era distinto.

Entré a mi cuarto de trabajo buscando lo que no podía precisar. Revisé algunos estantes, saqué un libro que pensé que podría utilizar el sábado y lo deje sobre mi escritorio sin abrirlo. Revisé en los libreros lo que está al alcance de mi vista y puse en su lugar algunos objetos, pero no fue suficiente. Lo que fuera que me hizo levantarme para atenderlo no era visible.

Me pare bajo la lámpara y comencé a caminar como en un tablero de ajedrez: dos pasos para atrás, uno a la izquierda, volver al punto de partida. Lo que me dirigía confundió mi derecha con su derecha, supongo. Otros dos pasos para atrás y ahora uno a la derecha. Quedé frente al librero de madera. Lo revisé sin encontrar algo que hubiera que tomar en cuenta. Entonces alcé mi brazo y tanteé en la parte superior: la bola 8 que Pako me regaló hace unos años estaba tan atrás que no se veía desde donde estaba parada. Era eso. De paso hice funcionar el organillo que toca La vie en rose y que también me regaló mi hijo.

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Moví la bola pero parecía no funcionar, sin mostrar siquiera su luz azul, y me pregunté si sería de pilas y estarían descargadas. Mientras trataba de abrirla, sentada en mi cama, apareció un mensaje: Hi!

Comencé a hacer preguntas y a tener respuestas positivas acordes. Me gustó la conversación que duró unos 10 minutos, suficiente para terminar con mi insomnio. Todavía escuché que entraba un mensaje de Pako, en Skype, pero mi sueño había comenzado.

La bola está dormida otra vez.

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