24 de marzo: Aprendiendo ando

Saturday, March 24th, 2018

El jueves pasado, 22 de marzo, comenzó mi taller de poesía con Jair Cortés. Tres sesiones de alrededor de 90 minutos cada una, vía Messenger, absolutamente personalizadas. Mi objetivo es, simplemente, tener elementos para mi afición favorita: criticar.

Primera sesión, de exploración.
1) Jair me pregunta por mi poeta favorito. Evidentemente tengo uno y todo mundo lo sabe, aunque apenas conocen unos renglones de las poesías que escribió para mí. Jair, por su lado, se refería a poetas con obra conocida/reconocida. El asunto es que son muchos y muchas, y que la poesía como la música dependen de los momentos y circunstancias. Mencioné a algunos: Benedetti, Cernuda, Sabines, Neruda, poetas clásicos, Verlaine, Prévert, y Sor Juana, Alejandra Pizarnik, …

2) La siguiente pregunta fue si tengo conocimientos de métrica y retórica. Lo que sé de métrica se lo debo a Sor Juana y algunos clásicos, comenté; en cuanto a la retórica, dije que el Quadrivium ya no estaba en uso en los años en los que fui a la escuela. Paració bastar.

3) “Uno de los mayores obstáculos para comenzar a escribir poesía es el prejuicio a ser juzgado por los demás e, incluso, por nosotros mismos.”, me comentó. Respondí con un “Ok. Eso no me preocupa mucho. Para comenzar con mi familia, las descalificaciones públicas son muy frecuentes. Y las mentadas. Y es por lo que escribo en mi blog, particularmente.”

Pareciera que no me conocen, aunque algunos han vivido a mi sombra y a mis espaldas, sabiendo que soy inmune a los insultos y descalificaciones de cualquiera y de cualquier tipo y que no vivo ni pienso ni escribo para complacer a nadie. Mi compromiso es siempre conmigo misma, y eso se lo debo a mi padre. Por otro lado, mis recuerdos son eso, recuerdos, y pueden no coincidir con los de los demás; y de lo que doy testimonio es de lo que veo desde mi perspectiva que es absolutamente diferente a la de cada uno de los otros. No me niego a reconsiderar, siempre y cuando haya elementos para hacerlo. Recordé mi interacción en línea con el Chanano, hermano de una de mis excompañeras de escuela obligatoria, quien encontró mi blog de pura casualidad, leyó algunas cosas en que mencionaba a su familia y me pidió cambiar “pasturería” por “caballerizas y pasturería” en mi descripción de su casa. Después seguramente encontró algo que no podía cambiar, y que le molestó, y me envió un mensaje para dar por terminadas nuestras conversaciones. Su rollo.

4) Siguió la solicitud de escribir sobre mi infancia, en unas diez líneas. El resultado, por supuesto, excedió el límite:
“Un poco a la manera en que Serrat se refiere a su infancia, yo me he referido a la mía.
La vida en Tepic, desde que nací y hasta que me expulsaron del paraíso, cuando me enviaron a estudiar a Ciudad de México, a los 15 años, fue plácida.
Cuando nací, fue casi como si todos los dioses se reunieran en torno mío para llenarme de dones (excepto Venus): era yo y un mundo de gente honesta, combativa, valiosa. Mi abuela Hilaria, contadora de historias; mi padre y su padre, entregados a la luchas por los derechos de los trabajadores, y soy la hija y nieta consentida; mi tía Cuca, cocinera mágica, gustadora y patrocinadora de fiestas en los pueblos y quien fungió como madre desde que nació mi hermano, año y medio después de mí, y mi tío Gonzalo, ferrocarrilero comunista y luchador social, con ellos recorrí el Pacífico en tren, varias veces; mi prima Licho, su hija, portadora de la corona de reina que, literalmente, me cedió. Y mi madre, quien influyó mucho menos que el resto.”

Y el asunto es que al salir de la escuela me llevaban a casa de mi tía Cuca, y de ahí, en algún momento de la tarde, alguien me llevaba a mi casa. Mi hermano, el que mencioné en el párrafo anterior, nació cuando yo cumplí 18 meses, y mi madre tenía que hacerse cargo de él y de la familia que estaba formando, auxiliada por mi abuela. Sin las comodidades de la vida moderna, para mi madre significaba cocinar con carbón (y había que salir a comprarlo, lloviera o relampagueara, acompañada de mi padre en ocasiones), lavar a mano, planchar, ir al mercado todos los días, ir a la lechería y a la panadería hasta dos veces si era necesario, etc.; adicionalmente ponía inyecciones y sueros a quienes conocían su experiencia y buena mano, para ayudarse con los gastos familiares. Mi abuela hacía costuras y tejidos y sobaba a quien se lo solicitara para tener una entrada de dinero. No fue una infancia de pobreza y nunca experimenté la sensación de que careciera de algo, pero tampoco hubo lujos ni excesos. Por mi parte, fui suficientemente independiente desde que nací como para poder estar lejos de ellas, arropada por el cuidado y cariño de mi tía y mi prima. La llegada de cada uno de los siguientes cuatro hermanos hizo que mi madre tuviera más exigencias a pesar de la migración a la estufa de petróleo, primero, y a la de gas muy posteriormente. Yo resulté beneficiada: tal vez hubiera sufrido mucho cuando me enviaron a Ciudad de México si me hubieran criado pegada a las faldas de mi amá.

Las fotos de mi infancia, que he compartido en Facebook, me muestran con mis padres, dos meses después de nacida, en el parque, a los 6 meses, dentro de la casa familiar hasta alrededor de los 2 años. A partir de ahí las fotografías fueron tomadas en las escuelas, desde el kínder, o dentro y en los alrededores de la casa de mi tía, cuando todavía no compartíamos el terreno. En algunas fotos de esas aparecen mi hermano y mi abuela, al pendiente de nosotros. Después, cuando ya éramos seis hijos y mi padre había construido la casa “provisional” en el terreno de mis tíos, aparecemos en diversas fotos dentro y fuera de la casa, con parientes y amigos, o en paseos familiares.

5) Siguió escribir sobre sexo, mis vivencias. Algunos detalles solamente los he conversado con mis amigas cercanas, nunca con mi familia. Ahora serán públicos.
“En el ambiente en el que crecí nadie hablaba explícitamente de sexo, excepto el cura cuando mi madre se atrevía a mandarme a confesar, contra la voluntad de mi padre. Recuerdo las preguntas acerca de si había cometido pecados, y su explicitación de los que él pensaba que podía cometer. Nunca me interesó explorar lo que sugería.
Hace un año me cayó el veinte de algo que escuché al pasar cerca de la mesa en la que mi padre, mi madre y mis tíos jugaban dominó; mi padre se refirió al “Pájaro Madrugador” y siempre pensé que se refería al satélite, reciente en aquellos años. Sí, a los 67 años caí en cuenta de que la intimidad de mis padres ocurría en las madrugadas.
Yo no me interesé sexualmente por nadie; el amor de mi vida y yo solamente compartíamos caminatas y conversaciones a la sombra de un árbol, excepto por una vez que me pidió un beso, se lo di en la mejilla y entré a mi casa cerrando la puerta, a punto de desfallecer.
Entendí, por los comentarios de las compañeras alrededor, que en un noviazgo suele haber otros contactos. Intenté aprender con un novio pero era, primero que nada, un excelente amigo. Luego me puse de novia del papá de mi hijo (por compatibilidad de horarios), y un par de años más tarde me inicié sexualmente, un año antes de casarnos, sin que hubiera más interés que el de entender. Pako es consecuencia de una botella de Beaujolais Nouveau en mi cumpleaños 29, tres después de casarnos, como estudiantes recién llegados a Francia. El psicólogo que mi hijo solicitó cuando pidió el divorcio de su padre, dijo que no se explicaba cómo había tenido yo un hijo si no entendía nada (entonces tenía 40 años)”.

6) Entrada a Memory lane. Jair dijo “Quiero que escribas cuáles son los aromas, sonidos, texturas y sabores que te recuerdan a tu abuela y a tu tía Cuca.
(Si te das cuenta no incluí el sentido de la vista).
Trata de ser lo más detallada posible.”

Contuve el aliento y escribí de un tirón:
“Mi abuela: su voz cantando “Collar de perlas”, su voz narrándonos historias, subidos en una cama, mientras caía la lluvia intensa de los veranos en Tepic, y mientras nos iba pelando cacahuates como snack; su voz calmada, explicándome que lo que me había sucedido esa mañana en la secundaria era algo muy natural en una mujer de mi edad y que tendría que aprender a “sobrellevar” por muchos años. Sus pájaros y su perico. Texturas, las de todos los vestidos que me confeccionó hasta mis 22 años, cuando pude comprar mi primera máquina de de coser; las de los tamales (siempre para mi cumpleaños, hasta los 15) y las gorditas de asientos; la de sus manos, cuando curaba mis dolencias con ungüentos y mezclas que ella preparaba; aromas, los de sus plantas medicinales y de ornato, sembradas en el gran jardín compartido con la casa de mi tía Cuca. Los sabores de todos los antojos citados, que he tratado de recrear para mi hijo, y el café que ella recolectaba, secaba, tostaba, molía y preparaba, para acompañar con pan dulce salido de la panadería de su hermano Pedro y de los hijos de él.
Mi tía Cuca: el sabor de sus guisos, comenzando con los frijoles refritos que hacían que dejáramos el almuerzo de mi madre en cuanto ella anunciaba “ya están los frijolitos”, pero también el guajolote de Navidad, que ella criaba, emborrachaba, mataba y cocinaba. Los licores de nanche (para los adultos, en principio); las ensaladas de callo de hacha y de abulón que se le ocurría mandar a comprar a la carreta de la esquina de la casa, como antojo antes de la comida. Texturas: las de su cama; pasaba grandes ratos en su casa porque, en mi primera infancia, vivíamos en otra calle, pero al salir del kinder y de la primaria era a su casa a donde me llevaban. Y a alguna hora me recogía mi madre y me llevaba a nuestra casa, o dormía con mi tía. La textura del pullman, en los frecuentes viajes en el Ferrocarril del Pacífico, acompañados por los sonidos del tren y de lo que ocurría en las estaciones y en los pasillos. La textura de su guayina (así la llamaba ella), en la que íbamos de viaje a su pueblo natal; ahí, el sonido de las bandas y la música de los bailes, populares o familiares, y el cueterío de la celebraciones religiosas. La pólvora festiva. Los aromas son los de la comida, los del campo, los del mar de Mazatlán donde mis tíos tenían una casa y en donde pasé algunos veranos. Y los sonidos del carnaval en esa ciudad, del cine al que había que llevar una silla y que no tenía techo; la textura de la lona del catre, indispensable en un clima semejante.

6) La tarea. “Ahora, de tarea, vas a escribir un texto sobre uno de esos vestidos que tu abuela te confeccionó. Quiero que escribas detalles, ¿cómo era? ¿de qué color? ¿Qué tipo de tela? ¿cuándo lo usaste por primera vez? ¿dejaste de usarlo? etc.; pero que involucres los cinco sentidos.” Respondí “Y voy a llorar mucho al respecto”. “Es parte de la escritura y de eso se trata. A a todos nos pasa”, replicó Jair.
“Yo: Hay un antecedente de ese vestido, en mi blog.
Jair: Velo también como un homenaje a tu abuela y a ti misma.
Yo: es parte de un proyecto que debo completar antes del 23 de mayo: rehacerlo y usarlo en esa fecha
Jair: Muy bien, mira qué grata coincidencia; rehacerlo y escribirlo
Yo: Sí. Es algo que nomás requiere de que encuentre la tela correcta”

La tarea la envié ayer por la tarde; la tela, no igual ni de la misma calidad que la del vestido de mi recuerdo, la compré ayer por la mañana; hace un rato traje el papel para el trazo (algo que mi abuela no necesitaba), y la semana siguiente estará dedicada a ese proyecto especial.
La segunda sesión del taller está por comenzar.

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5 de marzo: rumiar

Saturday, March 10th, 2018

Pedazos de sueños, trozos de escritos, escenas de películas que nunca veo completas, sincronicidades, etc., tardan en organizarse en mi cabeza. Miles de piezas acumuladas sin orden a lo largo de los años y que de pronto se reúnen y organizan, como piezas de un enorme rompecabezas, para formar una imagen. Pueden pasar 42 años en este proceso, por ejemplo.

Hace unos meses soñé la fecha del 5 de marzo en varias ocasiones consecutivas; era como si la leyera en un calendario de oficina o en la pantalla de un reloj despertador, sin ninguna referencia adicional, ni siquiera la que sería obvia en mi caso. Escribí mis sueños, como siempre, y seguramente Facebook se encargará de recordármelo en algún momento.

Comencé marzo rumiando recuerdos y experiencias: alegrándome por tener a Pako, dándome cuenta de la forma en que la aceptación de un matrimonio “por compatibilidad de horarios” (el trabajo comenzaba a las 7 AM, y terminaba después de los periodos de estudios, pasadas las 10 PM; coincidíamos en el curso de francés, de 7 a 9 de la noche, cada día) definió/direccionó mi camino para bien y para mal. Agregué un comentario al álbum de fotos de ese día:

No aposté a nada; no necesitaba nada. Simplemente no encontré una razón para negarme. Tampoco surgió espontáneamente, sino como respuesta a las preguntas de los conocidos en CDMX (nadie en mi familia hubiera sugerido semejante cosa, y nadie lo aceptó gustoso; pero nunca nadie se opuso a mis decisiones).
A la gente (y lo acabo de constatar con las ex compañeras de secundaria, hace tres semanas) le parece que si uno sale con alguien durante un rato, el paso natural es el matrimonio. A eso respondió la pregunta (no propuesta en sentido de romance) de ¿Y si nos casamos?. Y no había razones lógicas para decir no.
No aposté a nada, no esperaba ganar nada y confié en que tampoco perdería; pero gané un güerejillo de ojos traviesos, cosido a mano y como por diseño. El amor de mi vida.
Algunos raspones en el juego, porque nada es gratis. Y un final prolongado que me hizo llegar tarde a mi juego perfecto.

Tornó en algo menos agradable; y sin embargo no fue mi peor experiencia. La deconstrucción de la segunda resulta en algo mucho más amargo, aunque haya sido la solución para el problema en turno: la seguridad emocional de mi hijo y, de paso, el aprendizaje que me hacia falta, según dijo su psicólogo. No se da lo bueno sin lo desagradable. Pero eso es otro trozo de vida por contar.

Instagram me trajo un trozo de texto: Siempre recuerda que el esfuerzo de alguien es un reflejo de su interés en ti.

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Sé que tuviste que caminar más de 20 veces del Casco a Tlatelolco para ahorrarte el pasaje del camión y poder juntar para invitarme al cine. O para ir a despedirme a la terminal de Omnibus de México cuando yo me iba a Tepic y tú te quedabas en CDMX. Eso dice tantas cosas.

Mi Tetris se organizó. Las piezas se acomodaron para dejarme ver la bella imagen. Escribí al calce: Y hasta ahora se me ocurre que tanta coincidencia en los camiones a Zacatenco desafían al cálculo de probabilidades.
Por eso y muchas cosas más … te sigo queriendo, como hace 51 años.
Y añadí que reconozco que soy muy despistada, muy tonta para darme cuenta de eso que, sin embargo, era un conocimiento sólido basado solamente en tu mirada.

Me ha tomado 42 años darme cuenta de que muchas coincidencias las provocaste tú.

Sears Lindavista, mis dos hermanas conmigo. Recuerdo hasta el top casi pañuelo, estampado en verde, atado a mi cuello y mi cintura, y algún pantalón de campana.
Nos entreteníamos revisando los casetes en un botadero. Levanté los ojos y te vi del otro lado del mismo, no más de un metro cuadrado entre nosotros.  No supe en qué momento llegaste y tardé unos segundos en darme cuenta de que estabas acompañado por una chica que, según mi recuerdo, llevaba un sombrero de sol.

Tu mirada hacia mí era elocuente: “que no me miras rodeado de flores, y nuevos amores me sabrán querer”. La canción la habías cantado completa aquel 31 de diciembre de 1969, y no sé si me sorprendió semejante mensaje o que fumaras y cantaras tocando la guitarra, evidenciando el trabajo de tu familia para convertirte en un “soltero deseable”, como si fuera necesario, para las jóvenes consideradas aceptables para ellos.

Para la charla en “Casa Cuatro”, en Guanajuato, hace unos meses, había seleccionado un texto de Lady Murasaki (CA. 978 – 1025): It wasn’t long before I repented of having distinguished myself. Even boys become unpopular if it’s discovered they are fond of their books. For a girl it’s worse. Eras el menor y tu madre tenía una idea muy clara de lo que era aceptable; así te transformaron en un soltero a modo, para casarte con quien habían decidido; yo crecí en otro entorno, en el que nadie me obligaba o manipulaba para que me comportara como lo que no era/soy. Duró muy poco su gusto, dice Raquel.

Vámonos, dije a mis hermanas, y salimos rápidamente. La única vez que el alacrán de los celos mordió mi corazón. Nada que reclamar.

Unas semanas antes un periódico de nuestro pueblo había publicado que habían pedido mi mano. En realidad solamente fue el anuncio del matrimonio civil a mis padres, notificado ya a los amigos más cercanos en invitaciones poco convencionales: la fecha fijada era el 5 de marzo. La nota del periódico no daba cuenta de las razones para llevarlo a cabo, obviamente.

Por eso los sueños de hace unas semanas, reiterativos, repitiendo esa fecha sin que apareciera cualquier otra referencia. Marcaba un cierre definitivo, o eso pareció.

Nos habíamos desencontrado unos tres años antes, después de cambiarme a vivir a Lindavista, perdiendo así los encuentros en el camión a Zacatenco -subías en la primera parada sobre Av. Politécnico y te quedabas de pie junto al par de asientos en los que viajaba acompañada; y supongo que te dabas cuenta del efecto.

Quedaron los encuentros a medio pasillo entre tú escuela y la mía, pero luego nos graduamos y también perdimos eso. Hasta ese encuentro en Sears, el último en el último lugar que compartíamos: la vida en este universo en el que permanezco de día, a ratos.

Apenas entendí que tantas coincidencias desafían el cálculo de probabilidades. Apenas entendí que aunque sí ocurrieron muchos muchos encuentros casuales, otros tantos los creaste tú para mí. Y de que te quiero, nomás así, lo tengo muy claro, aunque nunca haya sabido expresarlo.

Anoche, de casualidad, topé con una vieja película mexicana, “Azahares para tu boda”, y me atrapó la interpretación de “Un viejo amor” tocada en un organillo; la interpretación se repite una y otra vez. Llegué justo a la escena donde el galán pide permiso para visitar a la pretendida, pese a las objeciones de los padres por tratarse de un socialista (liberal, de izquierda, diríamos) y un soñador sin nada (material) para ofrecer. La negativa a que se casen los enamorados porque él se declara no creyente.

Lloré. Maldije cuando la vieja madre está muriendo y agradece a la hija, a la que le jodió la vida, por ser tan “buena”. Catarsis. Sentimientos nunca exteriorizados.

Dormí bien, amanecí llorando.

lorar en este dia

6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

3 de marzo: Mis recuerdos de Facebook

Saturday, March 3rd, 2018

Hace un año, dice Facebook, escribí dos publicaciones sobre mi vida como estudiante en el D.F., a donde llegué antes de cumplir 16 años para comenzar a vivir sola en un cuarto de renta en un departamento en Puente de Alvarado casi esquina con Guerrero (los edificios ya no existen). Ambas publicaciones surgieron como extensos comentarios a un video sobre lo que significa ser estudihambre foráneo en los tiempos actuales. Reunidos, dicen más o menos lo siguiente (y no es la primera vez que cuento estas historias en este blog).

Fui estudiante foránea de 1966 a 1972, cuando comencé a trabajar y dejé de depender de mis padres; la carrera la terminé en 1973 y seguí estudiando: primero un pedazo de maestría en Planeación Urbana, en la ESIA, y luego la maestría en el Cinvestav.

No cocinaba, ni sabía hacerlo, y por lo tanto no lavaba trastes. Durante el bachillerato, en Voca 3, comía lo que podía: tortas de a peso, tacos en la puerta de la escuela (costaban 20 centavos, pero a veces eran resultado de apuestas en los volados, jugadas por mis compañeros), licuados, etc. El lujo era visitar a mi tía Lolita y mi primísimo Ramón; entonces comía delicias y era muy apapachada. Luego ya en la carrera, mis amigos en ESFM me introdujeron a las comidas en los mercados de las colonias.

Antes, en el segundo semestre de 1968, cuando iniciaba mi primer semestre en ESFM, comenzó la huelga y nos hicimos cargo de la cafetería de esa escuela, la cual servía como comedor para toda la comunidad en Zacatenco y los visitantes de otras escuelas que acudían a las asambleas. Inventábamos las comidas a partir de lo que los generosos vecinos de Lindavista y de los comercios de la zona, incluido Superama, nos donaban. Desde ollas de sopa y pasteles (los vecinos) hasta la fruta (mercados), el café, azúcar y cigarros (Superama). Lo que hacía falta lo comprábamos.  A los profesores se les cobraba el café, por supuesto, pero había boteo y de eso se pagaba tinta y papel para los volantes, spray para las pintas, y algo de carne para el menú, cuando era posible. Mis inicios en la cocina.

Ese mismo semestre me cambié a vivir a Ezequiel Montes, muy cerca del Monumento a la Revolución, donde Juanita, la madre de la familia que rentaba los cuartos, hacía y nos servía las comidas. Estuve ahí hasta 1972, cuando me cambié a Lindavista y comencé a trabajar, simultáneamente. Gané independencia y posibilidades, perdí en lo que más quería porque ya no coincidíamos en los camiones.

Aprender a lavar mi ropa (yo no hacía nada mientras viví en casa de mi familia) me costó manos partidas, etc. Al cabo de los primeros meses en CDMX aprendí a lavar y planchar lo que era necesario, cuando era necesario.

La economía doméstica, otra de las cosas que nunca habían sido mi problema,  se convirtió en un tema muy importante: aparte de la renta había que pagar comida, transportes, todo lo que tenga que ver con higiene incluidos los paquetes de viruta de madera para calentar el boiler (cuando había agua en las tuberías), alguna distracción y algún antojo.  Nunca comprar alcohol o cooperar para o hacer fiestas (nunca estuvo eso en mi lista). Tampoco perfumes, maquillajes, adornos, manicura, pero sí algún par de medias.  En 1979 mi roommate en casa de Juanita, Norma, me regaló un rizador de pestañas y se encargaba de que lo usara todos los días; cuando pude pagarlo (1972) compré mi primer perfume; en 1992, el psicólogo de mi hijo (solicitado por mi hijo), me pidió que me cambiara los colores de la ropa y me pintara los labios, y entendí luego el principio terapéutico involucrado.  Así sigo.

A lo largo de mis estudios, y hasta 1976, no había teléfono a la mano y la comunicación con la familia era vía telegrama, primero; pagar por una conferencia en las casetas de Teléfonos de México, cuando ya trabajaba. No me enteré de la muerte de mis abuelos paternos sino hasta que llegué de vacaciones, en cada ocasión. La filosofía de mi padre era simple: no había necesidad de perturbarte con algo en lo que no podías ayudar de ninguna manera. Años después, 10 desde la muerte de mi abuelo, tampoco me informaron de la muerte de mi padre, estando yo en los últimos meses de mi embarazo y en otro país. La misma filosofía.

No me recuerdo llorando por nostalgia de mi familia a lo largo de mi estancia en CDMX. Sí por la rabia de no haber sido notificada, aunque no pudiera hacer nada, de la muerte de quien me dio todo lo necesario (y más) para ser lo que soy.

Aparte de eso que no son carencias sino aprendizajes, no me hizo falta nada; y agradezco que el Profe Parra me haya planteado la disyuntiva: “O ingresas al Poli o te vas internada a Atequiza”, sin otra opción.

De las cosas que aprendí como estudiante foránea en CDMX: matar clase; irnos a jugar cascarita (yo servía de porra y hasta de árbitro); echar volados, intentar fumar (no aprendí, y luego supe que no quería aprender cuando unos verdes ojos aparecieron frente a mí preguntándome si de verdad necesitaba aprender eso); comer todo lo que genera anticuerpos y previene de enfermarse del estómago; resolver mis broncas (no tuve, como es de suponer, crisis de adolescente); cuidarme; administrar mi presupuesto (aunque no parezca); hacer una reseña o ensayo sin mucho conocimiento del tema pero bien estructurada y argumentada (y el profe dijo que era lo mejor que recibía, ni modo); aceptar retos y salir airosa; decidir sobre cursos y talleres a mi conveniencia.

Ya sabía no bajar la cabeza ni la mirada y responder en cualquier terreno pero sin caer en el juego del otro. Ahí me di cuenta de lo valioso que es esto. Cosas que en mi pueblo es seguro que no hubiera necesitado.

Decidí, en el primer año, que yo no iba a sufrir por nadie (la vida me enseñó luego que hay cosas fuera de nuestro control), y supe que la única que cuida de mí soy yo.

Cierto, los comportamientos “femeninos” me pasaron de lado, y doy gracias; el aprendizaje de lo sentimental, también, y nunca pude reproducir los comportamientos propuestos en películas y telenovelas para los noviazgos (EL noviazgo) porque crecí sin televisión, y también lo agradezco.

Hace un par de años, viendo una película que me regaló Pako, supe que hubiera sido bueno y saludable tener una amiga confidente, cómplice. No hubo tal. La más cercana a eso fue Norma, “La Niña”, una chica de Guasave a quien conocí en el segundo año de bachillerato, mi roommate en casa de Juanita.  Se casó al terminar la carrera y fue mi vecina, en el edificio de departamentos en que viví en Lindavista de 1972 a marzo de 1976, cuando me casé ahí mismo. Estaba por nacer el primer hijo de ella cuando se mudaron, y nunca volví a verla. Y no, no aparece en Facebook.

De mis propios comentarios a los dos posts que componen el texto previo:

1) Nunca se me ocurrió dar clases o cualquier otra cosa en CDMX para tener un ingreso extra. Sí hacía trabajos (mecanografías, faldas o vestidos, calificar tareas, etc.) cuando iba a Tepic de vacaciones. Ya en la carrera, estando en grupos de Física y matemáticas no había tampoco quien necesitara asesoría, aunque nos reuníamos para retroalimentarnos colectivamente

2) Mi hermano , el que sigue de mí, llegó al mismo cuarto un año después y estableció contacto con familias vecinas. Yo soy un gato solitario y no aguanto mucho esos ambientes.

3) Para libros y materiales de dibujo sí me mandaban dinero extra, a pesar de lo que representaba como esfuerzo

4) Yo iba a Tepic en Semana Santa, Mayo (eran vacaciones larguitas) y diciembre. Entre 14 y 18 horas de viaje en una sola dirección. Y estoy enormemente agradecida con la vida por haberme permitido viajar en esos Ómnibus de México (y en asientos contiguos) con el dueño de los verdes ojos, conociéndonos así por pura coincidencia (a pesar de ser del mismo pueblo y estar en el mismo grupo, de que fuera vecino de mi mejor amiga y de mi abuela). Y fueron dos veces, dos, en ese 1967 de maravilla, el segundo año en Voca 3. De ahí y para la eternidad, literalmente.

5) En cuanto al Profe que haya influido más, sin duda el de dibujo de primer año. Me retó a mostrar que era mejor que mis compañeros, todos varones, diciéndome que nunca una mujer había aprobado su curso. Aprendí, aprobé, me reconoció; por eso decidí estudiar arquitectura. Al final hubo razones idiotas para no hacer realidad esa decisión.
Me planteó el reto porque yo venía de escuelas de niñas, en un pueblo, y ni siquiera sabía que las escuadras estaban graduadas; en la secundaria me habían hecho dibujar al óleo, en acuarela, etc.; había utilizado la escuadra de corte y confección, y ya; muchos de mis compañeros en primero de vocacional habían ya cursado dibujo técnico y sabían a qué se refería el maestro cuando hablaba de isométrico, por ejemplo. Yo tenía que ponerme al corriente ANTES de la primera evaluación.
Igual me pasó en Matemáticas de primero (lo relaté ya en otro espacio del blog). La verdad que son los dos cursos en los que aprendí algo.
En segundo año sí hubo un maestro de química que no consideraba que debiéramos estar ahí sino aprendiendo a cocinar; aunque recuerdo el incidente (por lo menos uno) en realidad ni caso le hice ocupada en crear otro mundo que no tenía nada que ver con la escuela. Reprobé (reprobamos) ese curso y el de Física y los aprobamos, juntos, en extraordinario, sin problemas. De sobra está decir que no tengo la menor idea de lo que trataron sus cursos, ni el de matemáticas, excepto por los nombres de las materias.
Después he batallado más con maestras que con maestros.

6) Recordé el día que conocí a Maria de la Paz Merchand Rojas: era segundo año en Voca 3 y el grupo había decidido matar clase, o por lo menos eso fue lo que me quedó claro. Ella insistía que no, que era casi un delito; traté de explicarle algunas realidades pero se empeñaba en regresar al salón. Todavía no sé cómo hicimos amistad. La extraño, y también a Sandra; imposible dar con ellas.

26 de febrero: ayer estuviste conmigoo

Monday, February 26th, 2018
Abordaste conmigo el autobús, a las 7:10 A.M., y me di cuenta por la música. De Club Verde a 100 años, pasando por Entrega Total. Ahí te dije que me lleves cuando quieras, y supe que será un mango verde verde que algún día alguien me ofrecerá, como si fuera la manzana para Blanca Nieves, pero que no ha llegado el día porque hasta la vendedora de la carreta, en Tepic, decide que mejor me da uno sazón.
Me acompañaste en el almuerzo, y lo supe cuando el grupo que se instaló casi recién llegadas al restaurante, comenzó cantando “Hay unos ojos”, y cerró nuestra permanencia ahí con “La negra”.
Saliste conmigo, y tal vez te encontré en el anciano con quien compartí el pan recién comprado. Y mi recompensa fue que siguieras caminando conmigo.
Llegar al Jardín de San Marcos, porque el Google Maps se empeñaba en que estaba en la ruta para ir al Museo del Juguete, que en realidad quedaba para el lado opuesto, fue la sorpresa, la emoción y el dolor intenso de la punzada en mi pecho.
Benedetti escribió en “La tregua”, y se refiere a lo que dice Blanca, su mujer protagonista:
“Dijo: “Te quiero”. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.” … El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. …
Esa opresión en el pecho significa vivir.”
Mutatis mutandis, fuiste tú quien dijo “Je t’aime”, bajo la sombra de un árbol cerca de las canchas, en Zacatenco. Y sí, era la primera vez que lo decías.
La punzada se fue conmigo y me acompañó hasta el momento de dormir; pero fue aquí, al entrar a este jardín, donde me quebró. Tuve que desviar la mirada y hacer una pausa en mi conversación con Celeste, a quien le tomé esta foto.
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Celeste me tomó ésta, en la que una paloma negra quiso dar testimonio de que no la tengo que buscar.
Este Jardín de San Marcos, que no conocía, me transportó a la Alameda de Santa María la Ribera. Nos vi caminando, riendo, bromeando. Y sí, significa que estoy viva. Y debo dar gracias por la compañía pese a la ausencia física. Pero duele.
Te quiero aunque pasen 100 años, y es para toda la eternidad. Y apenas van 51.
Extraño tu presencia física cada día, y te lo repito cada noche.
Je t’aime.

12 de febrero: Nely

Monday, February 12th, 2018

Soñé con ella hace un par de noches. En mi sueño, compartido en Facebook el mismo día, viajábamos en un autobús por la costa de Bahía de Banderas, rumbo a Tepic. Yo había paseado con mi padre, recorriendo lugares que amábamos y que visitamos en familia hace muchos años, antes de la conversión turísticas de esas playas.

En el autobús, ya entrada la noche ¿o tal vez de madrugada?, dije “Nélida Robles, tenemos que venir a Chacala” como si mi amiga viajara a mi lado, pero simultáneamente me di cuenta de que había hablado dormida porque mi amiga estaba en otra fila de asientos, de modo que sonreí y comencé a pensar que a ese viaje deberíamos invitar a algunos amigos, mientras volvía a quedarme dormida en mi asiento.

El despertador sonó un rato más tarde, a las 6:45 A.M., para levantarme a poner el alimento para las palomas que llegan a mi patio buscando comida y agua para beber. Intenté volver a dormir, pero solamente me hice guaje un rato, acurrucada entre las cobijas; había llovido durante la noche y la temperatura andaba cerca de lo 6 grados Celsius.

Soñar con mi padre y pasear con él durante el sueño no es extraño; a veces nos acompañan, de lejos, otros miembros de la familia; a veces solamente somos él, mi hijo y yo, y puede ser para prevenirme de algo de manera muy explícita.

Lo extraordinario es soñar con una compañera de la secundaria (no de la primaria), a quien debo haber visto por última vez hace unos 30 años o algo así. Hasta recordé el número de teléfono de cinco dígitos de su casa, con lo cual es muy sencillo componer el número en la marcación actualizada. Esta mañana llamé pero solamente respondió una contestadora automática; dejé recado, identificándome y explicando brevemente la razón de mi llamada. Volví a llamar hace unos momentos con el mismo resultado.

Nely llegó a la Secundaria Alemán viniendo de la primaria del Colegio México, el único colegio católico en el Tepic de aquellos años, y creo que era solamente para niñas. Aunque yo estuve unos meses en la sección de maternal, al cumplir dos años, lo único que recuerdo eran las amenazas de las monjas porque mis vestidos eran cortos y sin mangas: “te va a llevar el demonio por descarada”. Supongo que el trauma que semejante cosa me causaba era muy evidente y rápidamente me sacaron de semejante lugar para ingresar al kinder público, mixto, cercano a mi casa, el “Rosa Navarro”.

Nely llegó pues, procedente de ese antro deformativo. Sorprendía que era la más traviesa y malhablada de todas (yo empecé a maldecir cuando aprendí a manejar en la Ciudad de México, hacia los 32 años). Con ella y Luz Elvira Basulto (la Billy) podíamos ir a la Alameda, a veces escapadas de la escuela, para que ellas encontraran a sus novios; o a la iglesia de El Carmen, durante los ejercicios Espirituales de la Cuaresma, para jóvenes, con el mismo fin (chicos de un lado del pasillo, las chicas en el lado opuesto), para nada se trataba de devoción.

En la época yo ni siquiera consideraba a los escuincles como algo más que productores de ruido y travesuras. Con tres hermanos menores y los amigos que acudían a jugar en nuestro enorme patio, asumía que el resto no podía ser muy diferente. Ninguno era capaz de conversar por dos minutos seguidos, y nunca se me ocurrió que pudieran ser objeto de otro tipo de mirada. Seguramente era atípica (“eres rara”, ya sé) porque cuando yo regresaba a mi casa de las clases de danza, por las tardes, algunas veces me interceptaba una escuincla para preguntarme, una y otra vez, si Tony (vecino, amigo de mis hermanos, compañero de fiestas en Tepic porque no me gusta que me saquen a bailar, adoración de mi familia entera, elegido por mi hijo como protección frente a su padre cuando planteamos el divorcio, por lo cual terminó siendo un marido -muy costoso por cierto) era mi novio. La respuesta era NO, una y otra vez, pero la chica no parecía comprender que no me interesara en lo absoluto y ofrecía presentarme amigos, primos, etc. ¡NOOOOO!

Con Nely y Billy también iba al cine, ocasionalmente, incluso en las vacaciones, cuando yo ya vivía en Ciudad de México. Alguna vez fuimos a una lunada en el rancho de algún pariente de alguna de ellas. Y un 23 de mayo, 1970, fui con ellas a la Alameda. Nely había conseguido que le prestaran el carro de su hermana y ambas iban a ver a los novios, como antes.

Para mí fue una experiencia diferente, y no la esperaba. Mi vestido lo había confeccionado mi abuela, como siempre: éste era recto, sin cuello y sin mangas, largo hasta encima de la rodilla, flores blancas y rojas sobre fondo negro; llevaba sandalias de tacón, de color blanco. Tenía el pelo largo y suelto pero no usaba ningún tipo de maquillaje, labial, o cualquier otro afeite. Y seguramente llevaba los aretes de perla que mi madre me había regalado un par de años atrás.

Ellas se fueron, según la costumbre, a “los barrancos” de la Alameda (no sé si siguen existiendo y nunca he estado en ellos); yo me senté en la banca de siempre, la banca de nuestros encuentros, en la que invariablemente coincidíamos sin acuerdos previos durante nuestras vacaciones en el pueblo, dando continuidad a nuestras conversaciones en Zacatenco y los parques cercanos a mi casa, en el DF.

Habían pasado 143 días desde la noche de Año Nuevo en la que había decidido retirarme de aquella reunión a la que me había invitado Raquel, la única amiga de toda la vida que conservo todavía, y que tuvo lugar en la esquina de las calles Lerdo y Morelia. La brutal interrupción de nuestra muy grata conversación me dejó muy clara la oposición familiar con la que topaba. Con ese acto de abandonar la reunión declaraba, implícitamente, que no iba a buscar ni a responder a un enfrentamiento.

Ni siquiera pensaba en eso cuando, de repente, ellas vinieron acompañadas por los novios y me dejaron en las manos un mango verde, con sal , chile y limón, uno de los típicos snacks de todas las épocas en Tepic; luego regresaron a los barrancos sin decir nada. Seguramente pensaron que así me entretendría un rato más.

Iba a morder el mango cuando por mi lado derecho una mano lo tomó mientras lo escuchaba decir “te va a hacer daño”. Ni tuve que volver la cabeza. Se sentó a mi lado y conversamos como antes, como siempre. Duele recordar. Para mí ese lapso duró lo que un suspiro, y sin embargo debe haber pasado un rato porque supe que había estado enfermo y triste y comenzamos a reconectarnos como si no hubiera transcurrido un solo día desde nuestra última conversación, 143 días atrás, cuando yo tercamente quería una razón para aceptar su invitación a bailar, dado que ninguno de los dos disfrutábamos de semejante cosa.

También esta conversación fue interrumpida. Mis dos amigas regresaron corriendo, porque Nely tenía que regresar el carro. No pudimos más que despedirnos con la mirada.

No fue la última vez que nos vimos pero sí la última en que conversamos con palabras. Nuestros ojos siguieron conversando tanto como fue posible en los afortunados encuentros en los autobuses urbanos o en los pasillos entre nuestras escuelas. Tampoco fue la última vez que estuvimos muy cerca porque me cachó en plena caída, saliendo de espaldas de la casa de Raquel, en la Semana Santa de 1972.

A Nely volví a verla hacia 1988. Era el fin de año y con Pako había ido a pasar unos días con mi familia. La madre de mi amiga tenía poco de haber fallecido y el 31 de diciembre habría una misa en El Carmen, en honor de la señora; antes visité a Nely en su casa. Estaba yo realmente sorprendida: mi amiga estaba absolutamente metida en el papel de su mamá. El atuendo, los modales, los consejos y regaños a sus dos hijas, etc. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Y desde entonces no volví a verla o saber de ella.
De los tiempos de la secundaria, y hasta la graduación, tengo fotos con Billy, con Raquel, con Lupita Láscares y hasta con Sharon, incluso en grupo, pero ninguna con Nely.

Actualización, media hora después: conversé con Nely por 20 minutos. Nos veremos este fin de semana y hasta anda pensando en organizar reunión de ex compañeras de secundaria. Aparte de la Billy, no recuerdo a ninguna de las que mencionó, pero no importa.

30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

30 de septiembre: el mes de tu cumple

Saturday, September 30th, 2017

Agitado, literalmente y en más de un sentido.

El inicio fue una continuación de agosto: el asunto de Nelson y los chinos y la revisión de los trabajos de los talleres en la UACH, en Parral, ocuparon la mayor parte de los primeros diez días. Terminamos satisfactoriamente, creo.
En el caso de Nelson y Cheetah Mobile es el punto final; en el de la UACH, es el inicio para ellos y lo que sigue depende de su interés y perseverancia para funcionar realmente como una academia, colaborando y creando.

Al mismo tiempo, al terminar esa primera semana, viajé a Tepic porque la señora que compra el terreno de lo que era la casa de mi madre (nunca habitada por ella) se comprometió a hacer un depósito a mi cuenta y a firmar un pagaré en mi presencia para el primer viernes de septiembre, pero nunca llegó.

He aprendido que hay que aprovechar cada momento, a disfrutar de la lluvia y del sol, aunque ande corriendo y me duelan los pies o la espalda. Lo he aprendido a través de lo que he perdido. Tú, por ejemplo. Entre eso y mi estilo de vida acelerado y azaroso, porque mi camino y los tiempos en que me muevo no siempre dependen de lo que yo quiero, necesito disfrutar de cada comida sin importar si se trata de un antojo callejero, de un taco en una carreta o de una comida formal, de la luna en cada fase que me muestra y del sol -especialmente en un amanecer o un atardecer. A veces puedo caminar bajo la lluvia, especialmente en Tepic, y a veces la disfruto desde mi rincón, con un libro y un café o una copa de vino. Y documentarlo para recuperar después los momentos, o compartirlos con los que están lejos y extrañan los espacios, los colores, las personas, los antojos.

En Tepic es muy sencillo disfrutar de todo esto, y estás tú: donde siempre y como siempre, atento a mi conversación, quieta y amorosamente a mi lado. Tu sonrisa y tu mirada están siempre presentes. Esta vez no fue la excepción. Te llevé una rosa. Debo decirte que buscaba una margarita, pero no encontré en ninguna florería de la ciudad. Casi llegando a tu casa, rumbo a dejarle a Raquel unos panes para su merienda, encontré un local pequeño y sencillo donde me ofrecieron las frescas rosas blancas. Solamente necesitaba una para dejarla en la misma banca de siempre, para que no olvides que siempre estoy ahí.

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Los otros dos días que pasé en la ciudad, esperando que la mujer hiciera acto de presencia, los emplee en comer con mi mamá y mi tía, en vagabundear cuando salió el sol caminando hasta la Cruz de Zacate, reconociendo lugares que hacía mucho no visitaba, perdiéndome en calles por las que nunca había transitado a pesar de la cercanía con las que formaban parte de mis recorridos, revisando los trabajos de los huicholes en cuanta tienda o puesto estuvo a mi paso. Conversé con gente que no conocía, o con alguna que había conocido sin que hubiéramos tenido algún saludo intercambiado, y con mi primo Alonso.

Recordé a mi padre y a todos mis abuelos mientras conversaba con mi madre tomando  café frente a la plaza principal, antes de subirnos al turibús que ella no había experimentado. Las conversaciones con ella siempre traen un elemento inesperado a la construcción del rompecabezas que es mi historia la cual voy conociendo en episodios como de Star Wars, en el que las explicaciones de algunos hechos vienen apareciendo en las precuelas posteriores a los episodios los cuales, además, no se presentan en orden cronológico. Lo de esta conversación debería de haberlo sabido como unos 50 años antes, por lo menos. Pero ya qué.

La presión porque mi amá regresara a L.A. comenzó a aumentar y a provocarme lo que el estrés me provoca siempre. Por otra parte, mi economía no es precisamente boyante.

Unas cuatro o cinco semanas antes Tanya me había invitado a ser parte de una charla en Guanajuato, en Casa Cuatro, en la que tres mujeres hablaríamos de mujeres, arte y ciencia. Escribí mi rollo con tiempo, no para entregarlo realmente sino como un apunte para no divagar; pedí a algunos amigos que escriben y publican que lo leyeran y me hicieran llegar sus comentarios; para la tercera semana del mes estaba listo, y lo publiqué en mi blog de Blogger.

En el ínterin me invitaron a participar en el Congreso Virtual de la UVSMP, en Perú, a celebrarse en la segunda semana de noviembre, y comencé a estructurar mi charla mientras enviaba los elementos requeridos: una foto en un formato especia (Tanya me hizo el favor de ponerla en ese formato), una hoja de vida (resumen de mi curriculum vitae) y el tema de la ponencia. No he avanzado mucho desde entonces porque esta montaña rusa va muy acelerada.

Con todo eso pareció que la única opción era (fue) que yo llevara a mi mamá a San Diego al final de la tercera semana del mes. Lo conversé con ella y estuvo de acuerdo: volar de León a Otay, del lado gringo, cruzando por el puente elevado del aeropuerto de TJ con el fin de evitar traslados, filas, etc.

Funcionó aunque fue extraordinariamente cansado, extenuante, por lo que implicó como organización en todos los sentidos, incluyendo la levantada a las 3:30 de la mañana de manera de salir al aeropuerto a las 5:00 A.M., llegar a TJ al medio día con el anuncio de que habían cancelado mi reservación en el Airbnb seleccionado como consecuencia de la rotura de una tubería, y la necesidad de pagar por un alojamiento decente y seguro y, a esa hora y en esas condiciones, urgente.

El Hotel Caesar’s es siempre mi mejor opción. Cierto es que TJ no es León: en cuanto hice pública la situación con el Airbnb me llovieron ofertas de mis queridas amigas para que me alojara con ellas, pero con el cansancio acumulado necesitaba un lugar en el que mi presencia no alterara la vida de nadie.

Mi primera visita, a mi comadre Haydee a quien no encontré, me llevó a la playa. Ahí pedí el agua de un coco fresco, luego me quité los zapatos y caminé hasta la reja de la frontera disfrutando del agua fría y del masaje de la arena. Fue como magia: desapareció el dolor de cabeza y el cansancio de pies y piernas. La puesta de sol se antojaba bella, pero regresé a casa de mi comadre para el deleite que es conversar con ella y ser atendida con mucho cariño, tomándonos un café. De regreso, en el restaurante de hotel cené con Venecia.

De nuevo: estar en Tijuana significa tener una actividad social y fraterna mucho más abundante en un solo día que en seis meses en León siempre, aun cuando vivía allá y más cuando estoy de visita. Con Magui Saucedo compartí una experiencia gastronómica en el Lorca, atendidas por el propietario/panadero/creador de delicias y gran conversador. Comida con Marychuy y tarde de playa con Paty y Mariana.

El jueves desayuné con mi enfermera favorita, Erika de la Mora, y luego fue de visita temprana a la Ibero. Saludé a Lety, a Haydee González, a Carmelita y a Guille y, de paso, a Raúl Olmos. Hay muchas obras en las fachadas (al día siguiente constaté que los interiores, donde la gente labora, están prácticamente sin alteración o mejora). Bajando hacia la Delegación de Playas me recogió Judith para ir a conversar y tomar un café al Ross. Comí con Haydée González y, luego, Abisag me llevó a conocer su proyecto de hidroponia.

Mi último día allá fue también muy bueno. Desayuné en la nueva cafetería  de la Ibero y fui a buscar a Magui Amézquita; se necesitaron tres vueltas a mi antigua oficina para encontrarla. El segundo piso, incluida la capilla, los pasillos y ¡los baños! no han tenido mejoras. En mis vueltas esperando a Magui conversé con Guadalupe (Enfermería), Mary Puga y, otra vez, Raúl Olmos. Interrumpí para saludar al padre David (el rector) y me senté en la banca frente a la capilla para esperar a Magui. Mientras, conversé con Gaby Ruiz muy animadamente.

Por mis fotos en Instagram y en Facebook, mis ex alumnos se hicieron presentes. Iván me quiso saludar. Fui a encontrarlo a la ceremonia de graduación que comenzaba en esos momentos y mientras conversaba con él fui levantada en un cariñosísimo abrazo por Cacho quien, además, me llevó a saludar a sus padres, en la fila de los muy serios familiares de los graduandos. Nos tomamos una foto, los tres juntos. De camino a la salida, encontré a Pedro, otro de mis ex alumnos; foto, por supuesto. Apareció otra vez Raúl Olmos y me acompañó a la salida, y hasta se me ocurrió que lo habían enviado a evitar que siguiera mi desfile 😉.

La playa me recibió como siempre, grata y plácidamente. Me tomé un té mientras se cargaba mi cel, volví a caminar hasta la reja de la frontera, tomé fotos y regresé a recoger mi maletín para dirigirme al aeropuerto y regresar a León, vía Guadalajara. Todavía conocí a una equivalente de una prima en mi vuelo a Gdl, quien puede tener otras pistas sobre la familia que no conozco y detalles de mi rompecabezas.

El lunes 25, como anunciado, estuve en Guanajuato para la conferencia y dormí (¿?) allá. Fotos, momentos, conversaciones, la visita de Elías a la plática con todos sus alumnos participantes en la Olimpiada Matemática y un regreso urgente para descansar de todo el ajetreo acumulado.

Estuve en una marcha; sigo los desastres provocados por los terremotos buscando maneras de colaborar, desde el primero en Chiapas; participo en el Comité de Colonos; mantengo mi mente muy ocupada y mi cuerpo también. A ratos solamente contemplo a los pájaros, especialmente a los colibríes y coincidiendo (a cualquier hora, como siempre, ya sabes) con el del color verde como tus ojos que viene a pasearse por la ventana, escuchar música y libar de cada flor, especialmente las del plumbago bello que te recuerda. Las flores todas ofrecieron sus ramilletes el día de tu cumple: gardenias, rosas, lavanda, plúmbagos y la dormilona.

Te quiero. Te espero siempre a cualquier hora y en cualquier lugar, como siempre.

Las fotos, mañana.
De mis paseos por la playa

P.D. Desde el lunes pasado Pako vive en Dundee, Irlanda, y trabaja para Outplay.

30 de agosto: un texto de hace dos años

Wednesday, August 30th, 2017

No recuerdo de dónde surgió la idea. Lo publicó Es lo cotidiano bajo el título de “El amor perfecto” el 29 de agosto de 2015.

Se conocían desde niños, ambos de la misma edad. Vecinos de toda la vida, compartiendo como hermanos el pan y la sal, y una que otra travesura. Era normal que asistieran, junto con los hermanos y primos, a las piñatas, a las matinées, a jugar en los parques y cualquier otra actividad al aire libre. Aprendieron juntos a andar en bicicleta y en patines y hasta a bailar.

Dejaron de verse cuando él se fue a estudiar a una prestigiosa universidad, como era usual con los jóvenes que conocía, incluidos sus hermanos, que se fueron yendo uno a uno. La mayoría regresaba en vacaciones, se hacían una novia y al terminar sus estudios se casaban y se establecían en la misma ciudad.

Ella, como cualquier muchacha de su edad y posición en su ciudad natal, se dedicó a aprender a ser una eficiente ama de casa. Lo único que la distinguía de sus amigas era su pasión por la lectura, pero disfrutaba mucho el aprender a cocinar, a bordar y hasta a elaborar cuadros y retablos en las diferentes técnicas que iban surgiendo. Podía confeccionar sus propios vestidos y, según la comunidad, quien se casara con ella sería muy afortunado.

En alguna de aquellas fiestas veraniegas, en casa de una de sus amigas, conoció al que sería su marido. Serio y de pocos amigos, pareció apreciar su gusto por la lectura y entabló con ella una animada conversación. Siguieron las invitaciones a tomar un helado o un café, a ir al cine y a alguna fiesta. No era un gran bailador y no le gustaba que los rodearan ni siquiera los amigos comunes, pero eso no parecía ser algo grave. Al finalizar el verano habían formalizado su noviazgo y lo habían hecho oficial ante los padres de ella. Era lo normal.

Dos años más tarde, al concluir él sus estudios, se casaron. No se quedaron en su pueblo porque él ya estaba trabajando en la misma ciudad en la que había estudiado, y el futuro le sonreía. Ella se encontró entonces en una ciudad desconocida, sin familia ni amigos, limitada a las salidas ocasionales con su marido. Cierto que disfrutaba de preparar los platillos con los que lo recibía de regreso del trabajo, y que por las tardes podía dedicarse a sus manualidades y la lectura, pero extrañaba su círculo de afectos. Más, porque después del matrimonio se dio cuenta de que la seriedad de él se mantenía incluso en la intimidad. No que ella fuera experta en la materia, pero sus lecturas le decían que el amor era más que la relación de consentimiento establecida entre ellos o de la satisfacción con la que, frente a los escasos conocidos, él encomiaba su desempeño como ama de casa. No podía ser todo, se decía. Pero no era un tema a discutir con él, que consideraba inadecuado que su mujer hablara de intimidad o temas relacionados. La había escogido por su decencia, faltaba más.

Tres años después de casados, dos años y nueve meses, para ser exactos, ella dio a luz a un niño que se convirtió en el centro de atención de ambos, juntos y por separado. La relación marital se convirtió en una parental. Y el trabajo de ella, como ama de casa, se centró en la educación de ese tesoro en el que sublimaba todo el amor de que era capaz. Al marido le dio pretextos, además, para asistir solo a las reuniones con sus escasos conocidos, o al cine, o al teatro. Ella se quedaba a cuidar al hijo, a asegurarse de las tareas, a esperarlo a que regresara de fiestas y paseos, a estar presente en cada ocasión en que se requería de al menos uno de los padres, mientras fue creciendo. Sentía que ésa era su misión en la vida.

Ocurrió un día en que llevó a su marido al aeropuerto, quien iba en viaje de trabajo y estaría ausente una semana. Nada extraordinario. El hijo amado, por su parte, estaba vacacionando en la playa, con sus amigos. Tenía una semana entera para dedicarse a ella y a su casa. Pensaba cambiar las cortinas de la sala, redecorar algunos espacios y, por supuesto, leer. Entonces oyó que la llamaban y, al dar la vuelta, se encontró con el amigo de la infancia, casi su hermano.

Ocurrió que él estaba en visita de trabajo en esa ciudad por los próximos cuatro días. Ambos habían cambiado pero conservaban esos rasgos que nos permiten reconocer a quienes han sido parte importante en nuestras vidas, en nuestros afectos. ¡Y ella tenía tantas ganas de conversar con un verdadero amigo!

Ponerse al día sobre sus vidas los mantuvo conversando durante la comida. Ella no recordaba haber estado tan animada, en años. Se sentía bien, relajada, contenta. Quedaron de tomarse un café la tarde del día siguiente, cuando él se desocupara de sus pendientes del día. Tal vez hasta fueran a cenar a algún lugar que a ella se le antojara.

Regresó a su casa contenta, pensando a dónde podrían ir a cenar, y qué ponerse. ¿Qué me voy a poner?, se encontró pensando de manera obsesiva. Recorrió su clóset y decidió que necesitaría algo diferente, porque se sentía diferente. Y con ese pensamiento se fue a dormir.

No fue solamente el vestido, sencillo pero muy femenino; fueron los zapatos también, y la bolsa, y hasta el arreglo del pelo y las uñas. No quiero que me vea desarreglada, pensó, ni que se lleve una imagen triste de mí. A las siete de la noche salió a encontrarlo; dejó su carro en el estacionamiento de un centro comercial, donde él ya la esperaba. Él le preguntó si quería ir a cenar a un lugar que le habían recomendado; ella no conocía el sitio, pero accedió. Estaba en las afueras de la ciudad y resultó ser un lugar refinado y con música en vivo, muy bien interpretada. Había valido la pena el arreglo, se dijo, y se felicitó por ello.

Cenaron, bailaron un par de melodías para recordar los viejos tiempos, y emprendieron el regreso. La invitó a pasar a su hotel para mostrarle aquello en lo que estaba trabajando, y ella accedió. Ningún mal pensamiento que los turbara, pero él le acarició la cabeza en un gesto de cariño y ella se estremeció. Necesitaba afecto.

Perdió un amigo para siempre pero supo, sin lugar a dudas, que en sus lecturas había razón. El amor es más que ser felicitada por cocinar estupendamente, por tener una casa bien organizada y por criar a un hijo modelo.

Cuando el marido regresó encontró una demanda de divorcio, por diferencias irreconciliables.

27 de agosto: ¿De qué me canso?

Sunday, August 27th, 2017

Casi termina agosto.
Mucho ajetreo, mucho disfrute.

La primera semana fue de actividades académicas en Parral, que no conocía, lo que me permitió estar cerca de gente que quiero, disfrutar haciendo lo que me gusta, reorganizar y actualizar cursos y materiales. El plus fue visitar a Toño y Ceci en Ciudad Juárez, desde donde volé a Guadalajara para regresar a León; 24 horas muy disfrutables y muy de agradecer.

En Parral, de entrada, el gusto que es conversar con Olinda aumentado con/por la participación de su familia completa, y la buena acogida de su selecto grupo de amigas nativas de ese lugar; luego las conversaciones e intercambios con los profesores de la Escuela de Economía, los participantes de los dos talleres. No hubiera sido un curso en forma si Murphy no hubiera intervenido desde el inicio: fallaron el salón, el cañón, la señal de internet y la electricidad, en ese orden, en la primera mañana de actividades. Nada que no se resuelva con mi rollo interminable, un par de marcadores para el pintarrón y la buena voluntad de los participantes.

Resistentes al inicio, entre broma y broma fui dejando saber mi postura ante lo que es el trabajo dentro de cualquiera de mis cursos, independientemente del estudiante y las medallas que se quiera colgar. Que abollé algunas coronas, me dijeron. “Me da una pena tan grande, que me tengo que reír”, como siempre.

17 inscritos, pero solamente unos 8 presentes de los cuales uno estaba de manera remota y es de los más participativos. Para algunos el asunto de tener que ver con lo virtual sigue siendo del diablo y prefieren no meterse. El quid de la cuestión es que los dos cursos y los apoyos para cada uno están documentado en Edmodo, que ahí deben entregar algunas de las tareas mientras que el resto, incluidas las discusiones, se desarrollan en un wiki de PbWorks. De los 7 que tenía ya nomás me quedan 5, activos, discutiendo y colaborando en línea. Falta que entreguen las tareas finales, cuya fecha límite es el 31 de agosto. Y “calificar” con las rúbricas que les fueron proporcionadas desde el inicio.

Mientras, comenzó el proceso de liquidar al único empleado de News Republic en México; la empresa es ahora parte de un consorcio chino y decidieron cerrar esta plaza (yo la hubiera cerrado hace unos 6 meses, al menos). El asunto es que el salario de ese empleado se hacía a través de Astrolol (la empresa de Pako que no tiene ya ninguna otra actividad). Así que, mientras estaba en Parral enfrascada en mi curso, fui notificada de la situación y hubo que proceder a organizar el finiquito, lo que implicó asegurarme de que se cumplieran todas las cláusulas que contempla la Ley Federal del Trabajo (LFT) en beneficio de los trabajadores; Gaby Naranjo me hizo el enorme favor de asesorarme para que el contador hiciera su trabajo a mi gusto (y el de la Ley), de manera de ofrecerle al empleado lo que por derecho le corresponde. Y hacerle la propuesta al empleado que ya tenía un abogado listo para saltar, pero no fue necesaria su participación y nos evitamos un disgusto y un desgaste.

Siguió el trance de hacerle entender al negociador de los chinos, entre Skype hablado y escrito y por correo (supongo que es el que mejor habla inglés, y es el único que está en California … y le tocaba negociar conmigo, en mi inglés que nunca se ejercita) lo que debían pagar, traduciendo cada uno de los artículos de la LFT para que entendiera y pudiera transmitirlo a su gente en Beijing. A veces había que repetir la información, detallar e insistir en el asunto legal y lo inconveniente de provocar un litigio. Aceptaron, pero lo volvieron a complicar con formas de pago en chino. Terminé sugiriéndole que fuera a TJ para que entendiera lo del tipo de cambio (parece que no le gustó la sugerencia) y que alguien iba a tener que pagar por el estrés que me estaban provocando, afectando mi salud física y mental (shhh no digan nada al respecto). Finalmente depositaron el dinero del finiquito y mañana comenzaremos con la última fase: pagarle al empleado, al contador, y los gastos que surjan. Y cerrar la cuenta y la empresa.

Por detrás de todo eso, el asunto de la casa de mi mamá, y la salud de ella, y sus ganas de salir a la calle y de visitar jijos, y de…lo cual también parece haberse resuelto el viernes 25. Viernes de celebración, porque los cerrojos se descorrieron para destrabar todo lo que estaba detenido.

Por supuesto que no ha faltado ocasión de celebrar la vida con los amigos (de otra manera sí estaría ya en una casa de salud). Fue la ópera, “Carmen”, con Alma Rosa; Beatriz y Lizzeth en una reunión en casa; merienda con Ada y Toño seguida de un mini baby shower para Yamile; ver el eclipse con Tanya y terminar en el nuevo acuario, en Altacia, para luego comer deliciosamente; y que surgiera un proyecto que verá la luz, efímera, el 25 de septiembre. Ayer fue cafécito y donas con Poncho, seguido de una caminata de León Moderno al Poliforum; hoy, “Yo me enamorí de un ayre” en el Teatro María Grever, para aplaudir el trabajo de Ghislaine (¡esa voz!), de Jorge y de Bertha. Siguió una caminata por el centro de esta ciudad que ya se adorna con los colores de la bandera, y encontrar antojos.

Me he desahogado, por supuesto, en Facebook.

A propósito del eclipse he recordado otra etapa de mi vida y a mis queridos amigos, los que están todavía presentes y los que ya se fueron, y hemos tenido una buena interacción feisbuquera. Otras vidas, otros recuerdos y un amor eterno han sido parte de mis días y mis noches, acompañada por música, lecturas, coincidencias.

La ópera Carmen merece un texto aparte, próximamente. Se trata de que yo conserve la memoria, simplemente.

Y bueno, hay que organizar todo lo que sea necesario para comenzar mañana con los detalles formales del finiquito del empleado (ya no sabemos ni de quién es empleado). Si todo va bien y sin tropiezos, quisiera estar “desocupada” el miércoles por la mañana, para ir de jueves a sábado a Tepic, para vigilar de cerca el proceso de la casa y ver a mi amá, checarla y chiquiarla tantito, sacar un acta de nacimiento original original (recuerden que soy como Batman) antes de regresar a León a seguir con los procesos que están en marcha.

Las fotos y los videos están en Facebook e Instagram.

Me cansé leyendo. Hora de detener el tiempo.