Mi madre, mi padre, yo

Hace dos años, en un taller que tomé en el Centro de Posgrados y Estudios Sor Juana, sobre elaborar un libro objeto, decidí que el tema del mío sería un reconocimiento a mi madre. Un reconocimiento porque, a pesar de ser la mayor de sus hijos, apenas en los años que llevaba vividos en Tijuana me había percatado de su influencia en mí, de su contribución a mi estilo de vida y a mi ser, en general.

Hasta entonces yo siempre había dicho que soy la hija de mi padre, y en muchos sentidos es cierto. Me parezco mucho a él tanto en lo físico como en el carácter. Soy, además, la hija consentida, los ojitos de mi padre diría una de mis primas. Como su obra, me presentaba él. Mi prima Licho, como si fuera mi hermana mayor, dijo alguna vez que mientras más envejezco más me parezco al Profe. Y mis recuerdos de él son los mejores que una hija puede tener.

Por ello, al relatar algunos de mis recuerdos de mi madre y su relación con mi padre, y de la devoción de él hacia ella,   mis compañeras en el taller me hicieron recomendaciones en el sentido de que me asegurara de que mis recuerdos correspondían a una realidad. Que lo que yo decía no era la idealización de mi padre, y que no había esqueletos ocultos en los archivos familiares. Vianett sugirió que entrevistara a mi madre. Y lo hice.

Los recuerdos de mi madre corresponden punto por punto con los míos y aún añaden detalles de los cuales yo nunca me percaté, en parte porque a los 15 años me enviaron a la Ciudad de México a estudiar y solamente iba a Tepic en vacaciones (Semana Santa, verano y diciembre) y en parte porque soy muy despistada y no reparo en cosas que para mí no tienen importancia, como las flores cortadas de las plantas. Mi madre dice que mi papá le regalaba una flor cada día, mi hermana Nidia lo confirma.

Ahora tengo otras evidencias de lo que era la relación entre mis padres, y de ellos con nosotros y la familia, en general: el video que rescata las pocas películas que ellos (mi má y mi pá) grabaron de sus hijos, de las reuniones familiares y con amigos y de los nietos que llegaron primero, con la cámara de 8 mm que mi papá le regaló a mi mamá. Veinte de los carretes de cinta se perdieron en la última mudanza de mis hermanas, con quienes vive mi mamá: aparecieron tres meses después de la mudanza en una bolsa llena de agua. Ni idea de lo que estaba ahí registrado. Solamente 10 rollos pudieron recuperarse para ser “trasladados” a un DVD.

Mi mamá es mucho más de lo que puede verse en ese video.

En los diferentes episodios que están grabados la veo sonriente, disfrutando de la vida plenamente, preparando las comidas para su viejo y para sus hijos y los convidados, o cuidando los primeros nietos, o bailando con mi pá, o disfrutando en familia en la playa.

No aparecen ahí los desvelos por los hijos enfermos, o por los que de pronto de iban de parranda. No aparecen ahí sus peregrinaciones a La Villa de Guadalupe, entrando de rodillas desde el atrio, para pedir por la salud de los suyos, especialmente de uno de sus hijos. No aparecen ahí los cuidados a mi abuela paterna, que la hacían ir de un lado a otro de Tepic para atender a una anciana que se negó a ser trasladada a nuestra casa para ser atendida cuando se rompió la cadera y que obligaban a mis padres a vivir entre las dos casas para atender a todos. Y no aparecen los cuidados a mi abuela materna, el amor y la dedicación de mi má para con mi abuela Hilaria que me hicieron darme cuenta de lo lejos que estaba (y estoy) de esa capacidad que tiene mi madre para darse a otros.

Poco puede uno darse cuenta, viendo esos videos, del papel que ha desempeñado mi má criando a los hijos de sus dos hijas menores, hasta generando algún ingreso cuando hizo falta. No se ve, porque no había nacido mi hijo todavía, el enorme cariño que le tiene a mi chaparro.

Mi madre no es de las que van por ahí diciendo te quiero o te extraño a cada paso. Pero cuando lo dice es desde el fondo de su corazón. Su manera de manifestarnos su cariño es a través de los guisos y antojos que nos prepara, o de las calcetas o bufandas que nos teje, o de la atención que nos brinda incluso cuando parloteamos tanto como lo hago yo que le quiero contar, en unas horas, todo lo que hice o se me ocurrió en un mes.

No recuerda ninguna de nuestras travesuras e incluso, en aquella entrevista, dice que no recuerda que nos portáramos mal porque “seguramente tu papá les decía que se portaran bien”. Y sin embargo yo me puedo acordar de más de una travesura de cada uno de nosotros, y de más de una pena que le hicimos pasar. Su borrador es, sin duda, de mejor calidad que el mío. Sin embargo, con pesar me cuenta que cree que un@ de sus hij@s no la quiere. Lamentablemente, es lo mismo que mi padre expresa en la carta que me escribió antes de morir. Queda entre ella y yo.

Viviendo en Tijuana los últimos ocho años he podido visitar a mi mamá con mucha frecuencia y pasar con ella fines de semana completos, compartir una habitación y disfrutar los antojos que, ahora sé, es parte de lo que aprendí de ella  al igual que ese gusto por comprar especias y frutos exóticos para elaborar ensaladas, postres o algún otro menjurje que solamente ella y yo nos comemos.

Claro que hay otras cosas que me ha heredado: la terquedad, lo quisquillosa con algunos detalles en la ropa o el calzado…o con las arrugas de la sábana 😦  Pero hay cosas  que admiro en ella y que sé que difícilmente voy a lograr: su generosidad, su habilidad para plantar y que se le dé todo lo que planta, su compromiso a toda prueba, y muchas cosas más.

Todavía me falta culminar el proyecto del libro objeto pero en este día quiero dejar constancia de lo mucho que le debo, lo mucho que reconozco su apoyo y lo mucho que la quiero.

Gracias Maggie Mosqueda!

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