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Octubre 14 de 2021. Mi madre, nuevamente

Thursday, October 14th, 2021

Mi madre falleció hace ocho meses, el 13 de febrero.

El texto que sigue lo escribí hace ocho años; se publicó en Es lo cotidiano, en febrero de 2013. Hoy lo reencontré.

Fui descubriendo muchas más cosas al respecto de ella y de su relación conmigo desde que llegué a vivir a Tijuana y tuve la oportunidad de visitarla con frecuencia en Los Ángeles; llevarla de paseo, asistir a algún evento, o ir de shopping o a comer, tanto en L.A. como en TJ, Tepic y León fueron momentos privilegiados. Sin duda, las tres últimas semanas de su vida, compartidas conmigo, en mi casa, constituyen la experiencia más significativa de mi vida después de mi maternidad.

Del único paseo que ella dijo recordar, organizado para ella por su nieto amado en mayo de 2015, a Puerto Vallarta.

Lo que sigue es el texto original, tomado de Es lo cotidiano, el cual simplemente copio y pego.

Mi madre

Hace casi tres años que comencé con el proyecto de escribir sobre el papel de mi madre en mi formación, en mi carácter, en mi definición como persona. Nada fácil. Durante el taller en el que participé en el Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana (Tijuana) con Vianett Medina y un grupo de entusiastas mujeres, todas con mucha más experiencia en estas artes que yo, me sugirieron entrevistar a mi mamá para contrastar y corroborar mis recuerdos. Lo hice de camino a visitar a mi tía Lola, en Los Ángeles. Mis recuerdos y los de ella coinciden, igual que la mayoría de los recuerdos de mi hermano Manuel, el segundo de la familia.

Pero algo no me cuadraba y he intentado escribir pedazos, tratando de hacer un patchwork con ellos, pero no resulta. La clave la tuve esta mañana, mientras chateaba en Facebook.

A propósito de un pensamiento atribuido a Einstein, sobre el valor de leer cuentos de hadas a los niños, y recordando las lecturas que hacía para Pako aun antes de que naciera, comenté que conservo un volumen con los “Contes de Grimm” y otro con los de Andersen, ambos en francés. Leopoldo Navarro, mi amigo editor, comentó al respecto y dije yo que por eso Pako se dedica a lo que hace: juegos para iPhone e iPad. Comenzó a escribir historias desde los 6 – 7 años, dedicadas a sus amigos, y pretendía estudiar Ingeniería Electrónica para tener bases para escribir ciencia ficción.

Para Pako es transparente lo que yo he hecho y lo que hago como madre. Hace un par de años, viajando de Los Ángeles a Tijuana, me decía muy seriamente que todos los jóvenes deberían hacer lo que él hizo: dejar una carrera a medias (Ingeniería Electrónica, en el Tec de Monterrey) para dedicarse a lo que realmente le gusta (Mercadotecnia, en la Ibero). Le comenté que pocos jóvenes tienen una madre que pueda pagar semejantes cosas y que si hubiera tenido un hermano hubiera sido difícil que le costeara esos lujos.

Entonces comentó que todos deberían estudiar inglés desde el principio, como lo hizo él. Corrección: “tu mamá decidió que estudiarías en una escuela 100% bilingüe, desde el jardín de niños”. ¿Y la natación? Ídem. Hace unos días me preguntó si seguía en el SNI y solamente le comenté que dejé todo eso cuando abandonamos el D.F. Me contestó que su papá es Nivel III (ni sé si sea cierto). Y ni siquiera se le ocurre que tomé esa decisión para que pudiera crecer en un ambiente más libre y más seguro.

Mucho de mí misma lo he aprendido a través de Pako. No en balde ha vivido conmigo toda su vida. La Morra (Dulce Karina) dice que hablar con los dos es como hablar conmigo dos veces. Y sí: he visto mis reacciones a través de las reacciones de él. Mis “moditos”, mi habla, etc. Y me sorprendo. Y eso exactamente ocurrió esta vez.

He estado buscando la influencia de mi madre en mí y no había caído en cuenta que es mi primera influencia. He dicho que soy la hija de mi padre y es cierto en muy buena medida. Pero la primera infancia, la que dicen que nos marca, la pasé con mi madre y esa “comunidad hippie/matriarcado” formada por mi abuela Hilaria, mi madre, mi tía Cuca y mi prima Licho (mi tío Gonzalo era ferrocarrilero y estaba pocos días en casa). Los primeros años mi papá nos visitaba pero no vivía con nosotros y trabajaba todo el día, aunque no me faltó nunca su apoyo y siempre estuvo cuando lo necesité.

Entonces, los primeros aprendizajes, las primeras palabras, las primeras lecturas (y los primeros conjuros), deben haber provenido de ese clan. Yo no supe que mi madre era lectora sino hasta que Pako tenía unos 5 años y estábamos en el cumpleaños de alguno de sus amiguitos. Un señor me comentó “qué interesante es esa señora” refiriéndose a mi madre, quien había ido a atender un llamado del nieto. ¿Mi mamá? pregunté. Sí, me dijo, estábamos conversando sobre “La insoportable levedad del ser”, de Kundera. ¿Mi mamá? repetí. Y me sorprendió saber tan poco de ella.

Si veo lo que mi má escribe en Facebook, o las notas que nos manda, o sus cartas, encuentro que tiene muy buena ortografía, con escasísimos errores; que escribe muy ágilmente y de manera muy concreta, organizada y oportuna. Y mi experiencia docente me dice que eso lo adquirió leyendo. Ahora sé que lee mucho porque compartimos algunas lecturas. El año pasado le regalé “Siddhartha”, y lo leyó más de una vez.

Por mi parte, la primera carta que escribí fue para ella, a los tres años, desde Mazatlán (y tengo la evidencia, LOL). Mi tía Cuca (con quien viajaba en el ferrocarril y quien era mi segunda madre) escribió en los márgenes la traducción. Conforme yo crecía iban llegando los hermanitos, cinco después de mí, y mi papá se integró al clan y fue más evidente su participación en mi formación y la de todos mis hermanos (porque lo que llevaba era para todos aunque algunos ni se enteraran). Al mismo tiempo, mi madre tenía que dedicarse más a los pequeños. Mi carácter de gato independiente hizo el resto: recibo lo que necesito y me alejo a leer y a escuchar música en solitario, alejada de los chiquillos y sus amigos que ya comenzaban a invadir la casa.

Con un lenguaje bien desarrollado, con una mente alimentada con las historias de mi abuela, los cuentos que mi padre nos compraba mensualmente, las novelas que llevaba a la casa y mi interés en leer cualquier cosa que cayera en mis manos (tengo que dar gracias porque no existían ni la tele, ni el TV Notas ni similares), la relación con mi padre se fue fortaleciendo con el paso de los años. Discutíamos de libros, de futbol o de política. Conversábamos en la mesa o mientras íbamos camino yo de la escuela y él de su trabajo. Se nutrió con sus lecturas de física y su aprendizaje del francés como muestra del afecto y el orgullo que sentía por su oveja descarriada.

Y en todo ese tiempo mi madre se puso en un segundo plano, apoyando todas las decisiones de mi padre, animándome en el camino que me presentaron y alentando cualquier tontera que me cruzara por la cabeza. Apenas en la entrevista supe del temor y el dolor de llevarme a la Ciudad de México a vivir sola, para estudiar el bachillerato, cuando tenía 15 años, por decisión del Profe.

Mi madre nunca se ha quejado de lo que le haya tocado vivir, aunque le tocaron pruebas muy duras con cada uno de sus hijos, por diferentes razones. En la entrevista me cuenta algunos de esos dolores, que ella minimiza. Ni siquiera recuerda nuestras travesuras, a pesar de que yo recuerdo algunas muy bien (mías y de mis hermanos). Solamente lamenta que uno de los seis no la quiera. Por lo menos es lo que ella siente, y eso es lo que importa.

Escuchando la entrevista me doy cuenta de que también hablo como ella, cuento cosas a su manera. Comienzo en un lado, divago y de alguna manera regreso al punto de partida. Y a veces el divague me lleva por sitios que parece que a nadie le importan. Pero todo está conectado.

Así, me cuenta de la flor que mi padre le llevaba cada día. Me dice que cuando entró a estudiar inglés a la academia del Profe (año 1948 o 49), sus amigas le decían que ella le gustaba al Profe. Y me dice muy seria: “pero claro que no”. Mi turno: Amá, ¡tuvo seis hijos con el profe! Y sí, al Profe Parra le gustaba Margot, como la llamaba por escrito. No solamente le gustaba: la amaba. En su última carta, mi padre me escribió en el francés que aprendió en el Larousse (bastante bueno, por cierto):

Votre mère et moi dans nôtres relations sommes comme mes maladies.Les questions de votre frère qui boit et de votre sœur qu’elle croit qu’est la reine, sont motif de très difficiles moments, qui aussi donnent à votre mère des mauvais jours. Mais j’aime avec tout mon cœur votre mère et je vivrais à son côté tout ce que j’ai de vie devant moi.

No pudo volver a escribir. La enfermedad lo desgastó tanto que ni siquiera puedo imaginarlo. En los meses que siguieron apenas pude escucharlo alguna vez por teléfono. Luego mi madre, otra vez con su entereza, se encargó de decirme que se estaba bañando, que había salido al médico, que estaba dormido, etc. de agosto a diciembre de 1979. Mi padre no quería que la gravedad de su enfermedad alterara mi embarazo. Mi madre no quiso que supiera de su muerte hasta que el chiquito estuviera ya en casa y yo me hubiera recuperado.

Esa es mi madre. Muchas cosas de ella reconozco ahora en mí. Las renuncias, las angustias, las tristezas que le causé y le causo, y las que le causamos todos, ella las ha borrado… casi todas. Pako me ha ayudado a ver muy claramente que yo no sería quien soy si mi madre (apoyada por su hermana Cuca, por mi abuela y por Licho) no me hubiera ayudado a desarrollarme.

Solamente me queda darle las gracias por todo ese apoyo, por creer en mí, por apoyar mis luchas, por solidarizarse con mis causas (incluida la del 68), por estar siempre cuando la necesito, y por respetar mi carácter y mi independencia.

Te quiero amá, y sé que debí decírtelo con mucha más frecuencia. Por cierto, extraño tus buenos días y tus porras en el Feis.

15 de agosto: Destino manda

Sunday, August 15th, 2021

Fue una mañana de finales de abril de 1985. Lo sé porque antes de iniciar mayo, mientras atendíamos la celebración de la obtención del doctorado de una compañera, M. André Revuz, director del IREM de París (IREM que ahora lleva su nombre) me comunicó que la siguiente sería yo. Se me atragantó el petit four y protesté: ¿Yo? Pero creo que todavía me falta, dije como si la dictaminadora fuera yo misma. Agregué que la renta del departamento estaba pagada ¡por todo el mes de junio! Mediados de junio será, dijo impasible mi querido profesor y me sugirió que hablara con mi casera.

A principios de febrero habíamos comenzado a reunirnos al menos dos veces por semana, en su oficina del IREM, para afinar mi redacción (casi totalmente hecha en México, sin mayor supervisión). Al principio, a las sesiones me acompañaba mi pequeño de cinco años porque no encontraba escuela que lo admitiera a medio curso, todas con cupo completo. Pero a finales de febrero se abrió un espacio en una escuela privada, dependiente de la Abadía de Saint-Germain-des-Prés, llamada Cours Adeline Désir, sobre la Rue de Rennes, muy cerca del Boulevard Saint Germain. Una escuela que ya no existe, como tampoco existe el departamento en que vivimos durante ese semestre, en el número 14 de la Rue Lincoln, a 20 metros de la avenida des Champs-Élysées.

Esa mañana de abril, todavía con rastros de invierno (el 8 de mayo nevó, para darse una idea), nos levantamos temprano, desayunamos y lo llevé a la escuela. Para entonces ya se había ambientado, hablaba, leía y escribía en francés y con caligrafía francesa; la maestra estaba sorprendida de su capacidad de razonamiento que, incluso desde los primeros días ahí, le permitía resolver los ejercicios de matemáticas sin siquiera tener que leer el texto que los acompañaba. Siendo la escuela una institución de orientación católica, los chiquitos del grupo se preparaban para su bautizo; lo supe el día que entramos a conocer el templo de Saint Germain y el hijo cayo de rodillas rezando el Padre Nuestro en francés, obviamente.

Excepto los miércoles, día en que los padres de familia se hacen cargo de darles la orientación religiosa de su preferencia, los chiquillos permanecían en la escuela de 8:30 am a 5 pm. Ahí les proporcionaban la comida, el refrigerio de la tarde, y los llevaban al circo, o a nadar, o les daban lecciones de ¿violín?, por ejemplo. Yo debía recogerlo en punto de las 5 pm.

Desde el momento en que M. Revuz me alertó sobre la inminencia de la defensa de mi tesis, comencé a trabajar febrilmente sobre los últimos detalles, tecleando en la pequeña máquina electrónica, con características fantásticas, en cuanto dejaba al hijo en la escuela; apenas me levantaba de la mesa para comer algo, atenta al reloj para ir a recoger al escuincle de mis amores.

Esa mañana, antes de que me levantara para preparar algo para comer, las cosas sobre la mesa (lápices, plumas, etc.) comenzaron a “reptar”. Me levanté, incrédula, puse las cosas en perspectiva y decidí que tenía que salir a que me diera el aire. Tomé mi pequeño bolso con apenas las llaves, mi cartera y mis documentos oficiales, por aquello de que uno nunca sabe si será objeto de control en el metro (nunca me ocurrió, por cierto), pero no había que cargar con celulares, anteojos, etc. Fui directamente a la escuela y pedí que permitieran que llevara a mi hijo a comer, dando por terminada la sesión del día. El antojo del hijo fue de comer hamburguesas, y encontramos una especie de McDonald’s (o ¿era un McDonald’s?) para satisfacerlo. Después fuimos a un parque y terminamos caminando por Champs-Élysées, deteniéndonos de cuando en cuando, hasta llegar a casa. Fue mi único episodio psicótico durante todo el proceso.

El documento ya completo pasó a revisión de los expertos, quienes enviaron su reporte a la rectoría. Un reporte confidencial que el estudiante o cualquier otra persona no debe conocer. Se fijó el 13 de junio para la defensa, la cual tuvo un giro inesperado, divertido, insólito, que condujo a que me otorgaran la mayor de las menciones honoríficas. Después de la defensa, mientras entregaba los sobres con estampillas para que me hicieran llegar todos los documentos a mi casa, la secretaria del Instituto me entregó una copia del reporte, dado que nunca había leído algo tan elogioso, haciéndome jurar que nadie lo sabría. Han pasado 36 años y supongo que ya a nadie la importa.

Siguió la impresión de los ejemplares necesarios para la Universidad y el Conacyt, más un par que conservo y que nunca volví a leer. Hubo quienes lo leyeron y, por ejemplo, tomaron “prestada” mi definición de variable, la que yo construí, aprobada por M. Revuz, M. Lacombe y Mlle. Adda, para utilizarla en sus trabajos de maestría y doctorado. Un honor ser plagiada por n-ésima vez.

Todo esto pasó por mi cabeza anoche, mientras ese escuincle, a punto de cumplir 42 años, dejaba este país después de dos semanas de vacaciones que disfrutó junto con su esposa aquí en León, Guanajuato, y en Isla del Carmen, Quintana Roo. Hoy deberían de haber llegado a Londres, pero el Reino Unido cerró sus fronteras a los viajantes que salen de México y Aeroméxico (la aerolínea que les vendió los boletos Londres- México-Londres) ya no viaja a Londres y solamente los podía llevar a París. La cuarentena impuesta por Reino Unido la pasarán en la ciudad natal de mi niño. Cierto, mañana él tiene que regresar a la oficina virtual, full time, pero nadie dice que no pueden pasear por las tardes y disfrutar de, por los menos, los dos próximos fines de semana. Hoy enviaron fotos de los alrededores del hotel que eligieron: Los Inválidos y la Torre Eiffel.

Destino manda y uno agradece. Y yo soy feliz.

22 de mayo: Procrastinar

Saturday, May 22nd, 2021

Muchas cosas han ocurrido en los últimos catorce terribles meses previos a este día. Lo más doloroso, sin duda, fue la muerte de mi madre, a mitad de febrero pasado, en esta casa a la que había llegado tres semanas antes para recuperarse de una serie de malestares, creíamos dos de mis hermanos y yo; ella sabía que no había vuelta para atrás, lo supe dos semanas después.

Vinieron para mí semanas de recuperación física y emocional, apoyada por mi hermano médico, su familia y su comunidad, en Amatlán de Cañas, Nayarit. Regresé a la casa, a mi soledad habitual, acompañada de la esencia de Maggie. Recuperar las ganas de cocinar antojos, por ejemplo, ha llevado tiempo.

Había que generar algunas rutinas y poner algunas alarmas para retomar la vida desde el punto anterior al inicio de todos los desastres. Algunas cosas llegan vía los contactos o los excompañeros de trabajo o los amigos, de manera que no ha faltado en qué entretenerme en las últimas semanas. Pero en marzo todavía no encontraba la punta de la madeja y decidí inscribirme al Club de Lectura con Alma y Julia, poetas mexicanas reconocidas, para leer y comentar Don Quijote de la Mancha, ni más ni menos, a razón de cuatro capítulos por mes, comenzando en abril.

Escogí la edición en veinte fascículos publicada por el Fondo de Cultura Económica, comentada y con valiosas entradas en cada uno. El lenguaje de la obra no es una novedad para mí por varias razones: aprendí las primeras palabras y escuché las primeras narraciones de mi abuela Hilaria. Historias medievales (Genoveva de Brabante, por ejemplo), cuentos tomados de las Mil y una noches, aventuras del Quijote, y así.

Los primeros textos propios fueron regalo de mi prima Licho, cuando yo estaba por cumplir seis años, y contienen historias tradicionales, con moralejas de algún tipo, en pequeños libritos (100 pequeños libritos) organizados en cinco volúmenes dispuestos en un estante de cartón prensado.

El Quijote debo de haberlo leído, completo, antes de terminar la secundaria. Y tengo muchos amigos españoles, uno de los cuales recién me hizo llegar un de sus publicaciones, dedicada a sus alumnos de bachillerato; tuve que confesarle que el lenguaje que él utiliza no se parece, en lo absoluto, al que nuestros estudiantes o sus maestros emplean.

La segunda sesión está programada para el 25 de mayo y los capítulos a comentar son los que van del V al VIII. Pocas páginas, realmente. Entre sesiones leo muchas otras cosas y hago manualidades, colaboro en algunos eventos, etc. Lo de hacer taeas nunca se me ha dado y pospongo lo inevitable cuando apenas queda tiempo de asegurarme de que puedo participar en la clase, sesión o discusión sin riesgos.

El asunto es que los fascículos son tan pequeños que terminé extraviando el #2, que contiene los primeros ocho capítulos de la obra. Hoy hice un ejercicio concienzudo de búsqueda. Lo encontré entre una pila de CD’s. Leí la mitad de “la tarea”, aunque la mitad de eso la había leído (releído) hace un mes. Luego me dio por limpiar todos los baños, utilizando todo tipo de desinfectantes, antisarros, etc. Igual voy a tener que utilizar piedra pómez. Todo sea por procrastinar, aunque limpiar baños nunca ha estado entre mis aficiones.

Mientras limpiaba iba reacomodando algunas de las palabras del texto al habla de mi abuela y su hermana mayor, mi tía Margarita, y los nietos de ésta, en el rancho de los Becerra, en la parte alta de la Sierra Madre Occidental, municipio de Compostela, Nayarit. Siendo la mayor de seis hermanos disfruté varios veranos ahí, entre los años 1957 y 1964; los dos menores no tuvieron ese privilegio.

Todos ahí sabían hablar y escribir correctamente/escolarizadamente; los muchachos, primos de nosotros, recogían los libros que nosotros íbamos dejando al terminar cada ciclo escolar y se los llevaban para utilízalos en su educación, sin escuelas próximas pero con la estricta vigilancia de su abuela y sus padres. Pero también hablaban con los vecinos de otros ranchos, con las palabras del castizo de los mayores. Y uno aprendía. Además, recogían los sellos de aluminio que en aquella época cubrían las latas de Choco Milk, bajo la tapadera, para utilizarlas en reparaciones de sus utensilios. Desde ese entonces reciclamos. Los dos principales objetos de reparación eran la pequeña planta de electricidad y el trapiche, también pequeño.

Los veranos, en ese paraíso que era el rancho, uno adquiría montones de habilidades para la vida práctica. Si uno quería una fruta iba y la cortaba del árbol; había un par de ojos de agua que, apenas hace unos 8 años, mi madre recordaba como el agua cuyo sabor prefería; el río que cruzaba la parte baja del rancho (integrado por las tres viviendas familiares) hacía una gran poza, “el Charco Largo”, donde se podía nadar y donde se pescaba camarón de río, por ejemplo. Todo lo necesario para las comidas, excepto la panadería, se producía ahí mismo, pero uno no podía participar en las labores de la cocina si no se trenzaba el pelo. Adivinen quién nunca fue admitida.

Las tardes eran de conversación y juegos tradicionales; al caer la noche se echaba a andar la planta de electricidad para escuchar la radio comunitaria durante la cena y uno atendía/entendía el lenguaje por necesidad; luego, solamente quinqués para alumbrarnos un rato antes de ir a dormir mientras nos contábamos historias de terror, como la de las culebras chirrioneras que mamaban de los senos de las madres mientras metían la cola en las bocas de los bebés, para despistarlos.

Así/ainsi/ansi/ansina, cuando comencé a estudiar francés (ainsi) no necesitaba de mucho para comprender el habla, gracias a mis estancias en esa comunidad. O podía entender y hacerme entender con una señora que nos rentó una habitación en Turín, en el verano de 1979, quien nos dejó el encargo de atender a alguien que iría a bscarla mientras ella se ocupaba de otro pendiente.

Sigo en la procrastinación.

3 de enero: Mi prima Gabriela

Sunday, January 3rd, 2021

Esto es un relato que escribí en junio de 2015. Y ahora es necesario recordarlo.

Llegó a mi casa para acompañarnos en la fiesta de graduación de mi hija. Viaja siempre acompañada de su hija menor, quien debe estar atenta a cada uno de los detalles que llenan la vida de mi prima: lo que se le antoja, lo que le disgusta, o lo que necesita. No es tarea fácil porque a veces ni la propia madre sabe lo que quiere o necesita y se guía más por el antojo del momento, lo que eso signifique.

No pocos desaguisados han surgido de esa manera de llevar la vida, sin atender a razones o condiciones. No importan las consecuencias de un atrancón, o la de perseguir algo sin darse cuenta del camino que recorre. De alguna manera es como una niña que se va detrás de un globo, de una ilusión, sin que medie el menor razonamiento. Eso sí, al final hay un culpable … que generalmente es la hija que está a cargo. Porque no me dijiste que no debía, que no podía, que no era conveniente, dirá. Y ojalá escuchara cuando y cuanto se le dice, pero ni observa ni escucha.

La recuerdo de joven y reconozco cada uno de sus comportamientos. Uno puede platicarle lo que sea; ella retiene solamente lo que le parece relevante para sus fines. “Vamos a ir a la Ciudad de México al sepelio de la hermana de una tía de mi marido”  diría su otra hija; mi prima registra “Vamos a ir a la Ciudad de México” y se prepara para un viaje que imagina lleno de paseos y degustaciones en los lugares que conoce y que gusta de visitar. Llegados a su destino, comenzara por a) decir que no trajo ropa adecuada porque no le dijeron que vendría a un velorio/sepelio; b) que de todas maneras no tiene qué ponerse; c) que los zapatos que trajo ya le cansan porque son muy viejitos; d) que necesita un blusa o un suéter o… porque el único que trae lo compró en un tianguis o se lo regaló alguien, ya usado. Mientras, la ropa y los zapatos nuevos que le han comprado cuando algo le gusta y le acomoda (porque eso es oooootro rollo) aguardan a que haya algún evento de su consideración. Ni siquiera recuerda todo lo que tiene almacenado.

De la misma manera ignora todo lo que ocurre alrededor. Supongo que la frase “No es mi problema” se inspira en ella. “Llovió anoche” significaría para el resto de la familia tomar algunas previsiones. Para ella es una información que en nada altera sus expectativas. “¿Cómo de que no podemos ir al rancho? Yo ya estoy lista”, dirá portando el sombrero y las gafas que la protegerán del solazo que prevé. Y al llegar al rancho se molestará porque hay demasiado lodo y nadie le dijo que así estaría el cerro y que no se podría caminar.
Siempre me sorprendió, y me sigue sorprendiendo, esa capacidad para no darse cuenta del entorno, ni siquiera del propio. Camina esperando que los que van con ella despejen el camino; pero se necesita saber eso antes de acompañarla a cualquier lado, por el riesgo y porque uno terminará siendo el responsable de cualquier percance. Es como si viviera en una burbuja y es irritante, por supuesto.

En lo que percibe no existen el estado de salud, económico o emocional de los otros; ella insistirá siempre en seguir con lo que tiene en mente, se molestará si no le siguen la corriente y culpará a los demás si fue una mala decisión. Si alguien trata de hacerle ver la situación especial de alguno de los presentes cambiará de conversación, cantará muy quedito, decidirá que es hora de tomar una siesta porque le duele la cabeza, o se pondrá a hornear un pastel para celebrar que estamos juntos.

Y sin embargo, es una prima muy especial. Siendo un poco mayor que yo y casada muy joven, supongo que la observación de ese conjunto de comportamientos -que pueden incluir diferentes modos de manipulación, yendo de la lagrimita que resulta “porque algo se me metió al ojo”, si le preguntan, al mutismo cerrado que finge no escuchar absolutamente nada- ayudó a que yo excluyera (por lo menos conscientemente) semejantes conductas en mi trato con mi familia. Su esposo fue, definitivamente, un santo, y sus hijas aprendieron a sobrellevar el caracter de esa pequeña niña caprichosa que les tocó en suerte.

Al final de la semana de convivencia familiar y una vez que las pusimos en el avión, de regreso a su casa, mi hija me abrazó diciendo “gracias por no ser así”. De todas maneras supongo que, con el caracter que tiene mi retoño, de nada me hubiera valido.