5 de agosto: Días de agosto

Sunday, August 5th, 2018

Días cargados de nostalgias, de buscar en las sombras, de sentir intensamente las ausencias. Días en que es mejor no estar muy expuesta al mundo. A ratos me asomo, cuando me siento un poco aligerada y la curiosidad me gana; generalmente caigo en cuenta, muy rápidamente, de que no hay mucho que valga la pena en las múltiples ventanas que se abren en cuanto enciendo uno de los muchos aparatitos que tengo al alcance. Retirarme definitivamente todavía no lo considero, porque hay asuntos de vida y familia que solamente se vehiculan por alguno de esos medios. Los teléfonos han dejado de cumplir esa función y, de cualquier manera, el sonido del timbre siempre me ha molestado, alterando mi estado, cualquiera que sea en ese momento; no suelo responder cordialmente porque preferiría que no sonara.

Antes, hace mucho tiempo, era el telegrama breve, no más de diez palabras, el que llevaba o traía el mensaje necesario o urgente; ni una palabra de más ni, mucho menos, adornos de cortesía. La comunicación cordial, afectiva, llena de detalles no necesariamente explícitos pero entendidos en el contexto y entre líneas era ideal para comunicarse con algún ser particularmente querido. Cada noche retomo esa práctica escribiendo pequeñas notas, a veces no tan pequeñas, a quien sigue ocupando mi alma y mi mente.

Pero los días de agosto parecen demasiado largos, las horas transcurren como con modorra y la noche tarda en llegar. Sin Importar en cuantas actividades de todo tipo me involucre, me sobran horas. Coso, leo, cocino, hago jardinería, barro, organizo,… y hay mucho tiempo antes de que el sol se ponga. Algunos días comienzan con tal carga emocional que el ritmo al que hago todo es muy intenso, para aturdirme, para no pensar ni, mucho menos, dejarme llevar por el sentimiento.

Hoy fue uno de esos y decidí huir, engentarme, responder a las incidencias de andar en el mercado grande, en día y horas de mercado, cuando el gentío se aglomera en algunos lugares impidiendo el paso de los transeúntes, entre empujones y cuidando el monedero y las compras. Toda la atención se concentra en deambular por los pasillos mientras hago una selección de lo que se ofrece en venta tomando en cuenta lo que creo que puedo necesitar durante la semana, en buscar un par de antojos que solamente ahí encuentro, en cuidarme de los carros y de la gente que carga bolsas grandes o de los comerciantes que cargan costales o cajas de productos buscando paso.

Antes de ir al mercado, al descender de la oruga, fui a dar de lleno al costado de Catedral, cuyas campanas repicaban llamando a misa de 12 o algo así. El antojo me hizo detenerme en la esquina de enfrente y pedir un tamal oaxaqueño de costilla (muy bien servido) y un atole de cajeta; luego busqué un lugar para sentarme a comer bajo un arbolito que no ofrecía mucha sombra, en la placita aledaña. Llegué a la esquina de la plaza principal; en los portales que la encuadran hay múltiples vendedores de esa ilusión llamada Lotería Nacional y recordé que tenía un cachito, comprado en el supermercado hace unos días: tiene un premio neto de 139.50 pesos, dijo la vendedora en el primer puesto que encontré, entrando al portal más cercano. ¡Loteria!, dije al recibir mi premio.

Decidí ir a la tienda de telas a buscar el material para un pantalón casi de tubo, pero lo que busco parece inexistente en esta ciudad. Al salir del local escuché la banda municipal, instalada en el quiosco de la plaza. Corrí para llegar a escuchar la siguiente melodía, que resultó ser el vals “Sobre las olas”. Encontré un lugar justo frente a la escalinata de acceso al quiosco y comencé a transmitir en vivo el evento. Soy muy despistada pero hay algún sentido que se activa de manera automática para percibir una especie de sombras.

Mientras grababa, sentí la mirada sobre mí; sin dejar de grabar me puse de pie para hacer una toma que incluyera los extremos de la plaza a ambos lados, pero observando el entorno a ojo limpio, por debajo del celular. Ahí estaba, observándome. Saludé con un gesto (intenté que fuera cordial, no sé qué resultó) y seguí con mi grabación. Se asumía, aparentemente, como una más de de las personas de la tercera edad, solitarios, sin otra cosa en qué emplear su tiempo, comiendo pepitas de calabaza y dejando que el día pase sobre sus cabezas.

No, no me causan tristeza, pero tampoco se me antoja ser parte de ese grupo al que parece que se le terminó el interés por la vida. Y no soy buena para escuchar la conmiseración que se tienen a sí mismos. Justamente ayer hablaba, con los amigos que vinieron de visita, de esa persona y de su manera de observarme casi obsesivamente, tratando incluso de inmiscuirse en mi vida. Me subí a la banca para hacer una toma de 360 grados de la plaza, mientras la banda tocaba íntegramente el vals. Cuando finalmente terminó busqué la mirada, que sabía que encontraría, para despedirme con un gesto similar al primero. Terminé de cruzar la plaza, pedí un café en el portal y, ahora sí, me dirigí al mercado.

Debo haber tardado un par de horas en todo mi recorrido, hasta regresar a mi casa.

Barrí el frente de la casa, cambié el agua de los bebederos, lave las fresas, guardé mis compras, comí, recogí la cocina, revisé mi proyecto de pantalón que ahora decidí que será falda, escribí este rollo y todavía le quedan unas cuatro horas de luz a este día.

El objetivo de mi huida se logró casi en su totalidad.

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