7 de julio: consecuencias de mis conversaciones

Saturday, July 7th, 2018

Consecuencias de mi encuentro con mis excompañeras y mi talller de poesía. Lo que esas historias trajeron sobre mi historia personal y, particularmente, sobre mi relación con mi madre.

En 2010 recibí una invitación de Vianett Medina, Directora del Centro de Posgrados y Estudios Sor Juana, en Tijuana, para participar en un taller que impartiría Rocío Cerón sobre la elaboración de libros objeto, sin que recuerde el título. Asistí, por supuesto, y fue una grata experiencia compartida con un grupo diverso de mujeres con diferentes ocupaciones e intereses. Aprendí sobre las múltiples formas de elaborar uno, con elementos tan sorprendentes como puede ser un trozo de carne rebanado en “páginas” cuya textura es la parte descriptiva, al tacto. Sobre esta experiencia escribí una nota en Es lo cotidiano, en 2013, y acabo de reencontrarla; describo ahí mi interés en encontrar la parte de mi formación y de mi personalidad que debo a mi madre, porque como ahí se explicita:

Soy la mayor de seis hijos, tres hombres y tres mujeres. Después de mi hay dos hombres, luego una mujer, otro hombre y una mujer. Mi relación con mi padre siempre la he tenido muy clara y siempre dije/digo que soy “hija de mi padre”. Heredé el genio y la figura, el modito lo aprendí. Siempre dije que la formación intelectual se la debo a él y, sin duda, la manera de discutir, de emplear el lenguaje incluso para herir sin agredir. A los quince años me enviaron a estudiar a la Ciudad de México y solamente regresaba en las vacaciones de más de una semana (en la época, un viaje del D.F. a Tepic duraba entre 14 y 18 horas). 

El objetivo era elaborar un libro objeto reconociendo esa parte materna. Y es la hora en que no puedo ni siquiera comenzarlo. Palabras nunca me faltan, pero no termino de entender mi objeto de análisis. La punta de la hebra es saber que soy la mayor de seis hermanos, pero la madeja se enreda y hay que regresar una y otra vez para deshacer los pequeños nudos. De pronto creo que ya tengo el ovillo listo para tejer la historia, pero entonces mi madre misma comenta algo sobre su vida o sus sentimientos que, primero, me desconciertan y, luego, me hacen darme cuenta de que todavía no la conozco lo suficiente como para identificar y empatar lo que sé de mí con lo que voy sabiendo de ella; y eso hace que recomience. Una y otra vez. Me parece que es Marguerite Duras quien señala que no hay nada más difícil que escribir sobre la madre de uno.

Y si no es mi madre, la información llega de otra parte y deja ver los huecos en el rompecabezas que trato de armar. En mi relato para Es lo cotidiano salté toda mi infancia para ir directamente a lo que mejor conozco, mi adolescencia y lo que siguió. Sin embargo, las claves comenzaron a aparecer y se hicieron evidentes en dos momentos:

  1. En mi reencuentro con mis excompañeras de la secundaria, cuando Yuya habló de la corona de reina, de la cual yo sigo sin tener memoria, y de la cual mi madre sabe menos que yo.
  2. En mi primera sesión del taller de poesía, Jair, mi maestro, me pidió contarle sobre mi infancia. Lo hice sin reflexionar (lo cual es habitual, aunque sea por escrito). El resultado está en Aprendiendo ando, en este blog. Ahí verbalicé lo que estuve elaborando sin darme cuenta durante el mes que pasó entre los dos momentos.

Luego, por supuesto, han venido reelaboraciones. Y nuevos encuentros con mi madre.

Conversando con mi hermana Nidia, digo en voz alta lo que sé de siempre: mi amá no está acostumbrada a saber que a veces no tengo fuerza, y la única razón es que ella se ocupaba de los menores, que necesitaban de su presencia para alimentarse, para comenzar.

Yo no sé cuándo me destetaron, pero tomando en cuenta que comencé a caminar a los 9 meses, sin haber gateado o haberme arrastrado, supongo que controlarme era casi imposible; mi madre se embarazó justo en ese momento. Mi hermano Manuel es 18 meses menor que yo. Y es seguro que ya no me alimentaba mi madre y que yo prefería el caldito de frijoles, el pan, y los lácteos y frutas. Sí, en mis primeras fotos me acompañan mis padres y el entorno es el de nuestra casa o de los jardines a los que me llevaban de paseo. Recuerdo a mis padres haciendo canastitas de cartoncillo azul, una noche, para alguno de mis primeros cumpleaños. Algunos días de lluvia, en verano, mi abuela se encargaba de entretenernos contándonos historias, subidos en la cama, a los dos mayores.

Durante el kínder, las vacaciones las pasaba con mi abuela y/o mi tía, ya fuera jugando con mi hermano Manuel fuera de la casa de mi tía o viajando yo con ella en tren, pasando semanas en Mazatlán o en Guadalajara, o simplemente recorriendo la ruta del Ferrocarril del Pacífico en el pulman. Mi primera carta, en 1953, está escrita desde allá y dirigida a mi madre que esperaba el nacimiento de mi hermano Juan, el tercero de nosotros. A mi tía y a Licho también las recuerdo acompañándome en Guadalajara, a donde me llevaban para que me pusieran transfusiones de sangre (también soy anémica crónica de nacimiento). Con mi tía desarrollé el gusto por el beisbol y una cierta afición al traje de luces, no a la “fiesta”, a partir de las corridas a las que asistí con ella. En cambio, nunca me interesé por aprender a jugar canasta o cualquier juego de cartas (o de mesa, en general), aunque la acompañaba a tertulias con sus amigas. Tampoco desarrollé gusto por el baile, aunque mis padres eran bailadores y con mi prima Licho asistía a sesiones de baile con sus amigas (cha cha cha y esas cosas, puras mujeres jóvenes).

De la primaria a la secundaria, los tiempos que pasaba con mis padres y hermanos eran las vacaciones; pero por lo menos en tres de esos veranos mi abuela nos llevó al rancho de los Becerra (su hermana mayor y sus hijos y nietos), en la sierra nayarita, a vivir libremente y sin más tecnología que la que desarrollaban los primos y tíos con lo que encontraban a su alrededor (y no era poco) y sin otros alimentos que los que resultaban de los productos del mismo rancho; mi madre nos llevó a Tijuana en dos veranos (1962 y 1964) a conocer a mi tío Alberto y sus otros hermanos, en el Cañón K, y a compartir con una gran tribu de primos enterregados, y conocer las atracciones de California, por supuesto.

Por eso no recuerdo nada de la cocina de mi mamá antes de los 10 años, que creo fue cuando nos cambiamos a la casa contigua a la de mi tía. De la cocina de mi tía ya he comentado y recuerdo a Elvira, quien ayudaba a mi tía y venía a ser pariente de mi tío Gonzalo en algún grado. Ella ponía una silla para tenerme cerca, junto a la estufa, mientras conversaba conmigo y me preparaba algo para comer. Nunca intenté meter las manos, aunque dudo mucho que ella lo hubiera permitido. Las fotos de esa época tienen como escenario el patio del frente de la casa de mi tía, o la banqueta, posando para la foto yo sola o acompañada de mi hermano Manuel y/o mi abuela. Y por eso mi madre no sabe nada de mi actuación como princesa con corona de reina.

De las cosas que no me afectaron, por este vivir entre dos casas, está la ausencia de mi padre. Según me contó Manuel, y mi madre confirmó, mi padre no vivió siempre con nosotros, porque estaba casado. No tengo la menor idea de cuándo se integró de lleno, porque para mí siempre estuvo presente. Siempre estaba cerca de mí y atento a mis necesidades, a mis conversaciones, a mi desarrollo. Conversaba con él durante el desayuno y durante la comida, a veces también en la ventana de su oficina cuando iba o cuando venía de la escuela en las horas de la mañana; pero también al salir de la primaria, por la tarde, en la academia de inglés que tenía exactamente frente a la escuela Amado Nervo. Sus clases ahí terminaban a las 9 de la noche, y entonces nos llevaba a algún merendero, especialmente El Maracas, cerca de la academia; mi madre y yo (y supongo que algunos de mis hermanos) lo alcanzábamos a la salida para irnos juntos y regresar a casa. Los días en que jugaba el equipo de futbol local, Los Coras, me llevaba con él a los partidos, los cuales seguía simultáneamente en una radio de transistores, mientras tomaba notas para su crónica en el periódico. Los domingos lo acompañaba(mos) al tenis, su pasión, y a las nieves al terminar. Por supuesto: hubo paseos y campamentos en los que participábamos todos, incluida mi abuela y mi tía y familia. Están las fotos y videos para probarlo.

Tampoco tengo muchos recuerdos de mis tres hermanos menores, que incluyen a mis dos hermanas. Tal vez todo eso explica por qué no me afectó estar sola, fuera de casa, desde antes de cumplir los 16 años. Y eso debo agradecerlo. El carácter se fue formando a lo largo de todos esos años y con todas esas experiencias. Una parte de mi formación quedó en el aire a pesar de todos los cuidados y, como cuento de fantasía, fue ahí donde el pinchazo tuvo lugar y me agarró sin preparación, para bien y para mal. La parte emocional y afectiva.

Antes de irme a México, faltando semanas para que cumpliera los 16 años, mi tía Cuca me entregó una novela gráfica, La novela semanal, que había conservado para mí, para ese momento. Me pidió leerla con cuidado y estar atenta. Es un recuerdo dulce y tierno que habla de su preocupación, su cariño y de que era totalmente consciente de que, como dijo el psicólogo de mi hijo, no entiendo nada ni me entero de gran cosa. La novela era una historia de una pareja de adolescentes, alrededor de mi edad. Acostumbrada a leer desde muy pequeña, rápidamente llegué al punto donde los novios van a pasear a un parque; seguían un par de páginas con florecitas, pajaritos y mariposas, después de las cuales la chica estaba embarazada … y no recuerdo el desenlace. Lo que se refiere a mi desarrollo en esa área está contado también en la entrada del blog ya citada.

Y aquí va mi madeja, todavía con muchos nudos. Sin que pueda tejer la historia que lleva ya ocho años en espera. Ciertamente, saber esto me ha ayudado a enfocar mejor mi trato con doña Margarita, de manera mucho más objetiva y abierta. Sigue siendo difícil.

 

 

 

 

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