12 de junio: la cartera que encontré

Tuesday, June 12th, 2018

He ido dejando cosas que pensaba relatar, con pequeñas notas para recordar cada asunto, pero el tiempo ha transcurrido sin que me ocupara de esas historias.

  1. La cartera que encontré en el baño de la Central de Autobuses de Guadalajara, unos minutos antes de salir para León, hace unos meses.
  2. Las sorpresas divertidas de mi encuentro con mis excompañeras de secundaria
  3. Lo que esas historias trajeron sobre mi historia personal y, particularmente, sobre mi relación con mi madre
  4. Lo que las vueltas y vueltas sobre mi reconstrucción personal aportan a mi visión del pasado que añoro
  5. Mi inscripción a ESFM, hace justo 50 años, descartando ya la arquitectura y, sin saberlo, definiendo aspectos de mi vida futura que nos llevarían a alejarnos. Y comprender que en tu poema de enero ya lo anticipabas sin que yo entendiera tu queja.
  6. Y vuelta reconstruir mi historia sobre mí misma.

Vueltas y vueltas.

  1. La cartera.

Me parece que era negra, con un cierre alrededor y tres o cuatro departamentos que contenían una tarjeta de débito, una muy pequeña libreta de notas, arracadas de fantasía envueltas en papel de china, un celular muy sencillo con unos tres contactos en su memoria, unos 200 pesos y una tarjeta de Coppel.  La encontré sobre el dispensador de papel sanitario en uno de los baños de la Central de Autobuses de Guadalajara, minutos antes de salir para León. Los números telefónicos de los contactos eran de León, de CDMX y de Tijuana; la tarjeta de Coppel era de León; asumí que la dueña viajaría en el mismo autobús que yo o que la encontraría en los alrededores.

Pedí que vocearan a la dueña, a partir del nombre en las tarjetas; primero en el mostrador de Primera Plus y luego dentro del mismo autobús en el que yo viajaría a León. La gente me miraba con cara de fastidio y sin entender por qué quería yo encontrar a la mujer. De todas maneras, nadie respondió a los llamados.

Comencé a marcar a cada uno de los contactos registrados, sin éxito, hasta que la batería del telefonito se agotó. Llegué a León pasadas las 10 de la noche, esperando dedicar parte de la mañana siguiente a encontrar  a la mujer de la que solamente tenía el nombre y los tres contactos. La señora Silvia tampoco entendía mi empeño en encontrarla. En la libretita encontré el NIP de su tarjeta de débito y lo destruí antes de que a alguien se le fuera a ocurrir algo. Nada pude saber a través de Coppel. Seguí llamando a cada uno de los contactos, sin éxito. Al cabo de unos días desistí: destruí las tarjetas, le di a la señora Silvia la cartera con todo su contenido, excepto por la libreta y una pequeña bolsa de plástico con imágenes. Luego destruí las tres hojas que tenían algún escrito.

Recuerdo uno de los escritos, en el que se marcaban fechas de encuentro con uno de los contactos telefónicos, alguien dedicado a hacer sanaciones, limpias, amarres y todo ese tipo de “trabajos”. Revisé la bolsita con imágenes y encontré oraciones a San Cipriano, al “ánima sola de Juan Minero”, al “Espíritu Intranquilo”, una “oración Atrayente” y una de “Amarre Total”. Adicionalmente, cinco recortes con otros tantos conjuros para asegurar el amor y la permanencia de alguna persona.

Una mujer sola y rogando por el cariño de un hombre, evidentemente. Más que por el cariño, por la posesión completa de la persona, a juzgar por lo que se pide en las oraciones y conjuros. Por ejemplo, la oración de Amarre Total reza:

Por los poderes de San Cipriano y de las tres Almas que vigila: Él viene ahora sobre mí. Enamorado, lleno deseo por mí. Cualquier mujer que esté en su cabeza se va. Que Él tenga la certeza de que soy la mujer de su vida. Que al comer piense en mí, que al dormir piense en mí; que sólo quiere verme, olerme, tocarme. Que sólo quiera besarme, abrazarme, cuidarme, protegerme las 24 horas de todos sus días. Espíritu de Rosita Alvirez, del Caballo Prieto y de Santa Inés del Monte Perdido: que sin mí se sienta perdido; que se sienta perdidamente enamorado de mí. Te agradezco, ¡Oh, San Cipriano! por interceder en mi favor para enamorar a __________ y traerlo cariñosos, derrotado, dedicado y fiel, lleno de deseo a mis brazos. Amén. (Rezar tres días consecutivos).

El refuerzo viene con un conjuro, en uno de los recortes:

Espíritu dominador que dominas en los planes terrenales y espirituales, te llamo tres veces para que vengas y te manifiestes en este Polvo de Amor y Cariño y que, por medio de Él, me concedas el amor y cariño de __________________________
ven pronto y rápido que dominado te tengo, por el poder y meditación del Espíritu Dominador.

Espíritu de Juan Minero, tráelo

Espíritu de Caballo Prieto, Ciégalo de amor por mí.

Espíritu de Juan Perdido, Búscalo y tráelo a las puertas de mi casa.

Espíritu de Rosita Alvirez, enamóralo y nunca lo dejes, hasta que rendido y humillado venga a las puertas de mi casa.

Estos dos elementos concentran el resto de las peticiones. Se deduce que aparte de pagar por las sesiones con el “sanador” -y probablemente el viaje en cada ocasión-, hay que comprar las estampitas plastificadas de las oraciones, las velas y los polvos de amor a los que hacen referencia. Más que pensar en los niveles de credibilidad de la dueña de la cartera, de su necesidad de aferrarse a algo, me pregunto: ¿de qué tamaño tiene que ser la soledad de uno para ir a confiar los anhelos y pesares a una de estas personas?

En mi visita a Guadalajara, en febrero, después de almorzar con mi prima Licho y su cuñada Lupe, me dejaron en el centro de la ciudad; buscando pitayas, ciruelas y nanches llegué el remodelado mercado Corona, que recorrí de arriba a abajo (encontré los antojos en los puestos externos). En el segundo piso tropecé con el área de hierbas, veladoras y elementos para sanaciones, conjuros y demás. Leen cartas, hacen limpias, etc. A la mitad de uno de los estrechos pasillos, al pasar, me llamó una mujer que para mí había estado invisible; me sobresalté, y algo en mí y mis muy breves respuestas la llevó a decir alguna cosa respecto a mi estado real, no visible, que me sorprendió; pero no quise indagar ni darle elementos adicionales, y ella no insistió. Es seguro que se dan cuenta de la fragilidad de las personas y que insisten con aquellas en quienes reconocen la necesidad de escucha o de compañía, o la desesperación ante algún desastre en sus vidas. Pero una cosa es que yo cuente mi vida en las redes sociales, y otra, muy distinta, que cuente mis secretos a desconocidos.

 

 

 

 

 

 

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