3 de marzo: Mis recuerdos de Facebook

Saturday, March 3rd, 2018

Hace un año, dice Facebook, escribí dos publicaciones sobre mi vida como estudiante en el D.F., a donde llegué antes de cumplir 16 años para comenzar a vivir sola en un cuarto de renta en un departamento en Puente de Alvarado casi esquina con Guerrero (los edificios ya no existen). Ambas publicaciones surgieron como extensos comentarios a un video sobre lo que significa ser estudihambre foráneo en los tiempos actuales. Reunidos, dicen más o menos lo siguiente (y no es la primera vez que cuento estas historias en este blog).

Fui estudiante foránea de 1966 a 1972, cuando comencé a trabajar y dejé de depender de mis padres; la carrera la terminé en 1973 y seguí estudiando: primero un pedazo de maestría en Planeación Urbana, en la ESIA, y luego la maestría en el Cinvestav.

No cocinaba, ni sabía hacerlo, y por lo tanto no lavaba trastes. Durante el bachillerato, en Voca 3, comía lo que podía: tortas de a peso, tacos en la puerta de la escuela (costaban 20 centavos, pero a veces eran resultado de apuestas en los volados, jugadas por mis compañeros), licuados, etc. El lujo era visitar a mi tía Lolita y mi primísimo Ramón; entonces comía delicias y era muy apapachada. Luego ya en la carrera, mis amigos en ESFM me introdujeron a las comidas en los mercados de las colonias.

Antes, en el segundo semestre de 1968, cuando iniciaba mi primer semestre en ESFM, comenzó la huelga y nos hicimos cargo de la cafetería de esa escuela, la cual servía como comedor para toda la comunidad en Zacatenco y los visitantes de otras escuelas que acudían a las asambleas. Inventábamos las comidas a partir de lo que los generosos vecinos de Lindavista y de los comercios de la zona, incluido Superama, nos donaban. Desde ollas de sopa y pasteles (los vecinos) hasta la fruta (mercados), el café, azúcar y cigarros (Superama). Lo que hacía falta lo comprábamos.  A los profesores se les cobraba el café, por supuesto, pero había boteo y de eso se pagaba tinta y papel para los volantes, spray para las pintas, y algo de carne para el menú, cuando era posible. Mis inicios en la cocina.

Ese mismo semestre me cambié a vivir a Ezequiel Montes, muy cerca del Monumento a la Revolución, donde Juanita, la madre de la familia que rentaba los cuartos, hacía y nos servía las comidas. Estuve ahí hasta 1972, cuando me cambié a Lindavista y comencé a trabajar, simultáneamente. Gané independencia y posibilidades, perdí en lo que más quería porque ya no coincidíamos en los camiones.

Aprender a lavar mi ropa (yo no hacía nada mientras viví en casa de mi familia) me costó manos partidas, etc. Al cabo de los primeros meses en CDMX aprendí a lavar y planchar lo que era necesario, cuando era necesario.

La economía doméstica, otra de las cosas que nunca habían sido mi problema,  se convirtió en un tema muy importante: aparte de la renta había que pagar comida, transportes, todo lo que tenga que ver con higiene incluidos los paquetes de viruta de madera para calentar el boiler (cuando había agua en las tuberías), alguna distracción y algún antojo.  Nunca comprar alcohol o cooperar para o hacer fiestas (nunca estuvo eso en mi lista). Tampoco perfumes, maquillajes, adornos, manicura, pero sí algún par de medias.  En 1979 mi roommate en casa de Juanita, Norma, me regaló un rizador de pestañas y se encargaba de que lo usara todos los días; cuando pude pagarlo (1972) compré mi primer perfume; en 1992, el psicólogo de mi hijo (solicitado por mi hijo), me pidió que me cambiara los colores de la ropa y me pintara los labios, y entendí luego el principio terapéutico involucrado.  Así sigo.

A lo largo de mis estudios, y hasta 1976, no había teléfono a la mano y la comunicación con la familia era vía telegrama, primero; pagar por una conferencia en las casetas de Teléfonos de México, cuando ya trabajaba. No me enteré de la muerte de mis abuelos paternos sino hasta que llegué de vacaciones, en cada ocasión. La filosofía de mi padre era simple: no había necesidad de perturbarte con algo en lo que no podías ayudar de ninguna manera. Años después, 10 desde la muerte de mi abuelo, tampoco me informaron de la muerte de mi padre, estando yo en los últimos meses de mi embarazo y en otro país. La misma filosofía.

No me recuerdo llorando por nostalgia de mi familia a lo largo de mi estancia en CDMX. Sí por la rabia de no haber sido notificada, aunque no pudiera hacer nada, de la muerte de quien me dio todo lo necesario (y más) para ser lo que soy.

Aparte de eso que no son carencias sino aprendizajes, no me hizo falta nada; y agradezco que el Profe Parra me haya planteado la disyuntiva: “O ingresas al Poli o te vas internada a Atequiza”, sin otra opción.

De las cosas que aprendí como estudiante foránea en CDMX: matar clase; irnos a jugar cascarita (yo servía de porra y hasta de árbitro); echar volados, intentar fumar (no aprendí, y luego supe que no quería aprender cuando unos verdes ojos aparecieron frente a mí preguntándome si de verdad necesitaba aprender eso); comer todo lo que genera anticuerpos y previene de enfermarse del estómago; resolver mis broncas (no tuve, como es de suponer, crisis de adolescente); cuidarme; administrar mi presupuesto (aunque no parezca); hacer una reseña o ensayo sin mucho conocimiento del tema pero bien estructurada y argumentada (y el profe dijo que era lo mejor que recibía, ni modo); aceptar retos y salir airosa; decidir sobre cursos y talleres a mi conveniencia.

Ya sabía no bajar la cabeza ni la mirada y responder en cualquier terreno pero sin caer en el juego del otro. Ahí me di cuenta de lo valioso que es esto. Cosas que en mi pueblo es seguro que no hubiera necesitado.

Decidí, en el primer año, que yo no iba a sufrir por nadie (la vida me enseñó luego que hay cosas fuera de nuestro control), y supe que la única que cuida de mí soy yo.

Cierto, los comportamientos “femeninos” me pasaron de lado, y doy gracias; el aprendizaje de lo sentimental, también, y nunca pude reproducir los comportamientos propuestos en películas y telenovelas para los noviazgos (EL noviazgo) porque crecí sin televisión, y también lo agradezco.

Hace un par de años, viendo una película que me regaló Pako, supe que hubiera sido bueno y saludable tener una amiga confidente, cómplice. No hubo tal. La más cercana a eso fue Norma, “La Niña”, una chica de Guasave a quien conocí en el segundo año de bachillerato, mi roommate en casa de Juanita.  Se casó al terminar la carrera y fue mi vecina, en el edificio de departamentos en que viví en Lindavista de 1972 a marzo de 1976, cuando me casé ahí mismo. Estaba por nacer el primer hijo de ella cuando se mudaron, y nunca volví a verla. Y no, no aparece en Facebook.

De mis propios comentarios a los dos posts que componen el texto previo:

1) Nunca se me ocurrió dar clases o cualquier otra cosa en CDMX para tener un ingreso extra. Sí hacía trabajos (mecanografías, faldas o vestidos, calificar tareas, etc.) cuando iba a Tepic de vacaciones. Ya en la carrera, estando en grupos de Física y matemáticas no había tampoco quien necesitara asesoría, aunque nos reuníamos para retroalimentarnos colectivamente

2) Mi hermano , el que sigue de mí, llegó al mismo cuarto un año después y estableció contacto con familias vecinas. Yo soy un gato solitario y no aguanto mucho esos ambientes.

3) Para libros y materiales de dibujo sí me mandaban dinero extra, a pesar de lo que representaba como esfuerzo

4) Yo iba a Tepic en Semana Santa, Mayo (eran vacaciones larguitas) y diciembre. Entre 14 y 18 horas de viaje en una sola dirección. Y estoy enormemente agradecida con la vida por haberme permitido viajar en esos Ómnibus de México (y en asientos contiguos) con el dueño de los verdes ojos, conociéndonos así por pura coincidencia (a pesar de ser del mismo pueblo y estar en el mismo grupo, de que fuera vecino de mi mejor amiga y de mi abuela). Y fueron dos veces, dos, en ese 1967 de maravilla, el segundo año en Voca 3. De ahí y para la eternidad, literalmente.

5) En cuanto al Profe que haya influido más, sin duda el de dibujo de primer año. Me retó a mostrar que era mejor que mis compañeros, todos varones, diciéndome que nunca una mujer había aprobado su curso. Aprendí, aprobé, me reconoció; por eso decidí estudiar arquitectura. Al final hubo razones idiotas para no hacer realidad esa decisión.
Me planteó el reto porque yo venía de escuelas de niñas, en un pueblo, y ni siquiera sabía que las escuadras estaban graduadas; en la secundaria me habían hecho dibujar al óleo, en acuarela, etc.; había utilizado la escuadra de corte y confección, y ya; muchos de mis compañeros en primero de vocacional habían ya cursado dibujo técnico y sabían a qué se refería el maestro cuando hablaba de isométrico, por ejemplo. Yo tenía que ponerme al corriente ANTES de la primera evaluación.
Igual me pasó en Matemáticas de primero (lo relaté ya en otro espacio del blog). La verdad que son los dos cursos en los que aprendí algo.
En segundo año sí hubo un maestro de química que no consideraba que debiéramos estar ahí sino aprendiendo a cocinar; aunque recuerdo el incidente (por lo menos uno) en realidad ni caso le hice ocupada en crear otro mundo que no tenía nada que ver con la escuela. Reprobé (reprobamos) ese curso y el de Física y los aprobamos, juntos, en extraordinario, sin problemas. De sobra está decir que no tengo la menor idea de lo que trataron sus cursos, ni el de matemáticas, excepto por los nombres de las materias.
Después he batallado más con maestras que con maestros.

6) Recordé el día que conocí a Maria de la Paz Merchand Rojas: era segundo año en Voca 3 y el grupo había decidido matar clase, o por lo menos eso fue lo que me quedó claro. Ella insistía que no, que era casi un delito; traté de explicarle algunas realidades pero se empeñaba en regresar al salón. Todavía no sé cómo hicimos amistad. La extraño, y también a Sandra; imposible dar con ellas.

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