Archive for March, 2018

30 de marzo: tarea y quinta sesión

Saturday, March 31st, 2018

Mi tarea para esta sesión del taller de poesía, la última, era escribir una carta de Carla para Álvaro, antes del fin del mundo (detalles en el post anterior).

Mi texto:

Desde algún lugar del planeta hasta donde te encuentras, en otro punto del universo, esperando el espectáculo que será el fin del mundo.

Amor de tu madre,

Imagino que a estas horas el restaurante estará lleno de celebridades y periodistas que van buscando la última foto de la Tierra, algunos incluso pensarán en tomarse una selfie con ese fondo. Anticipo que tendrás mucho trabajo atendiendo a esa multitud que seguramente acampará ahí hasta después de que todo termine. El menú que dispusiste me parece muy práctico y muy del agrado de casi cualquiera, aunque siempre habrá el vegano-intolerante al gluten-intolerante a la lactosa y que aborrece la cerveza.

 

De alguna manera me divierte. Lo que escriban y publiquen, fotos incluidas, serán efímeros intentos pues, apenas enviados, los destinatarios habrán dejado de existir con todo lo que formaba parte de su entorno. Los que te acompañan seguramente ya tienen planeado, y hasta reservado, el lugar al que habrán de dirigirse para dar continuidad a sus vidas, aunque tal vez dejaron acá lo que les daba sentido.

 

Tú tienes ese lugar, en el que laboras ya desde hace un par de años y, ya arraigado, lo compartes con alguien muy cercano. Ese es el último detalle que yo necesitaba para saber que mi trabajo ha terminado. Así que no estoy triste por partir, sino ilusionada por lo que será tu porvenir. Nuestra pequeña familia seguirá siendo pequeña, tú y tu compañía; y de vez en cuando leerás esta carta para recordar que desde donde me encuentre, seguiré a tu lado, que disfrutaré siempre tus aventuras y compartiré tus sueños. Y sabrás que un día, nos encontraremos en ese lugar habitado por todas las conciencias de la humanidad, espero que reconocibles y hasta organizadas de acuerdo con los intereses compartidos.

 

Have fun! Disfruta todo lo que puedas en medio del trabajo, y guarda la memoria de lo que fue para darle forma a lo que será. Por mi parte, te cuento que tuve un sueño alegre y, tal vez, premonitorio: me encontraba en una fiesta con amigas, disfrutando de conversaciones, bromas y hasta chismes. A ratos me aburría porque la fiesta se alargaba demasiado y me hacía falta tu compañía para compartir las vivencias y los antojos servidos. Entonces, supongo que significa que en ese lugar de las conciencias encontraré a la gente que quiero, y que espero aburrirme un rato antes de que me alcances. Te reconoceré no por tu piel blanca ni tu cabello castaño sino, tal vez por la profundidad de la mirada de tus ojos cafés que reflejan tu alma.

 

Y ahora ponte a trabajar, que el espectáculo, dicen las noticias, ocurrirá en unas 50 horas o algo así. Cierto que el meteorito puede impactar sin acabar con todo el planeta, porque no saben a ciencia cierta el curso completo de su trayectoria; de modo que bien puede ser que pasado mañana volvamos a conversar. Pero siempre es mejor decir a tiempo “Hasta pronto”, decirte siempre que te quiero, que has sido la mejor experiencia de mi vida, y que espero que tu vida sea tanto o más plena que la mía.

Te quiero, niño de mi vida.

La sesión continuó con la escritura de un poema breve para cada una de las estaciones del año, y algunas sugerencias para darles un poco más de intensidad. La tarea es revisar cada texto previo a la luz de esas sugerencias, y enviarlas.

La siguiente semana estaré trabajando en eso, y en mi proyecto del vestido.

 

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28 de marzo: Cuarta sesión del taller

Friday, March 30th, 2018

Construí los intentos de poemas que me había solicitado Jair, desarrollando un poco más cada una de las versiones mínimas de la sesión anterior:

I
Ruge y frunce el entrecejo para simular la fiera del tigre que no encarna; las rayas no confieren la furia.
Descubre que se puede ser diferente, encuentra señales en su entorno; sin miedo, se dice animoso, vivamos siguiendo lo inmanente
De los otros no me ocupo en lo absoluto, declaró en franco testimonio; soy el que soy y a mucho orgullo, y se encaminó a encararse con el mundo.

II
Nada, nadie, ninguna nube en su noche nueva; panda que estrena escondrijo
Nunca más admitir presencias falsas, imágenes carentes de alma
No hay rostros, ni brazos llenos de sol, ni aromas necesarios
Solamente la paz de las palomas, la que se busca para yacer al final de la jornada
Esa paz, la que el alma clama al terminar la brega cotidiana
Y llevarla hasta el final del hilo del que pende mi destino

III
Prueba primero un prometedor pretzel, pero el gato prefiere el postre del precipitado pregón pronunciado al paso;
Gatito mimoso, mimado por su ama en la calma de las mañanas luminosas;
Minino consentido, curioso, consciente de su encanto, calmado si conviene, escandaloso si tiene hambre;
Cómodamente colgado del candil, como mostrando su indolencia plena, limitado a lamerse la cola mientras observa la araña que cuelga a un lado, listo para lanzar un letal zarpazo.

Los textos los escribí en Word y, ante la imposibilidad de conectar iPad con iPhone, tomé una foto de la pantalla de la laptop y se la envié.

Bien, leí ya los tres textos. Muy bien. Pero ahora escribirás el primero en tiempo pasado y el tercero en tiempo futuro.

Van:

Ib (pasado de I)
Rugió frunciendo el entrecejo, simulando una fiera no encarnada; las rayas no le habían conferido la furia necesaria;
Descubrió que podía ser diferente, y encontró señales en su entorno; sin miedo, díjose animoso, viviremos siguiendo lo inmanente
De los otros no me ocuparé en absoluto, declaró en franco testimonio; soy el que soy, a mucho orgullo

Ok; excelente

 

IIIb) (futuro de III)
Probará primero un prometedor pretzel, pero el gato preferirá sin duda el postre del precipitado pregón pronunciado al paso
Gatito mimoso, curioso, consciente de su encanto; calmado cuando convenga, escandaloso cuando tenga hambre
Cómodamente colgado del candil mostrará su indolencia plena y, limitándose a lamerse la cola, observará la araña colgada a un lado antes de lanzarle un letal zarpazo.
Ok, ¿sientes una diferencia sustancial entre las primeras versiones y éstas?
Claro, tienes que buscar otros modos de decir lo mismo, agregando esas cosas de las cuales nunca pude aprender el nombre en ningún idioma mmm a ante bajo etc. ¿Preposiciones? Mi maestro de francés se reía porque no conozco la terminología
Sí. Eso con calma, siempre es mejor aprender de manera práctica.
Bien.

Ahora quiero que escribas un breve poema sobre tu estado de ánimo el día de hoy.

 

(Eso fue un gancho al hígado. Antes de la sesión algo había cruzado mi alma, mientras quebraba piñones para un guiso y escuchaba Yesterday tocada al piano en el CD Yazzterday, y me había costado mucho dejar de llorar; parte de eso lo había publicado en Facebook).
Romper piñones para un arroz, en el silencio amortiguado por un piano
Piedra de molcajete que irrumpe y rompe, de paso, el caparazón de otro recuerdo
Un primer baile, inexistente, desencadena un terremoto; no hubo alerta y no hay refugio.
Habrá que esperar a que el tsunami pase.
Muy bien, Blanca.
Siento que hay cierta contención …
¿Qué te parece si escribes algo sin pensar mucho en la ortografía ni en la coherencia de las frases?

Llorar abiertamente es algo que todavía no puedo hacer, después de casi 40 años. Pero lo intento desde hace como 5. La racionalidad pesa siempre. Lo intentaré
Sí, muchas veces es el mayor obstáculo. Espera; hagamos lo siguiente:

yo escribo una palabra y tú escribes otra que venga a tu mente sin pensarlo mucho.

Y siguió una intercambio de ese estilo. Luego cambió el juego:

Ahora me vas a acompañar respondiendo las siguientes preguntas, ¿vale?
Ok

¿De dónde vienen los sueños?

Algunos, de recuerdos , de vivencias reales; otros, de otros mundos que desconocía y que, sin embargo, resultan existir. Otros conectan dos vidas
El día del fin del mundo, ¿en dónde te gustaría estar?
En el restaurante de enfrente de ese espectáculo
¿Cuál será el menú?
Cervezas y botanas, pizza, quesos, pan

¿Cómo se llama el chef que preparará todo eso?
Álvaro
¿Cuántos años tiene?
Como 24
¿Es casado?
Probablemente no
 
¿hijos?
Definitivamente no
¿De qué color es su cabello?
Castaño
¿sus ojos?
Cafés
¿Cómo se llama su mamá?
Mmmm Carla?
¿Carla extraña a su hijo?
Solo cuando no hay comunicación en varios días
¿Qué soñó ayer Carla?
Andaba en una fiesta, con amigas
¿estaba alegre?
A ratos, a ratos aburrida

Ok. Bien. Ahora quiero que de tarea escribas una carta que Carla podría escribirle a su hijo.
Una página.


Bonus extra: Jair me regaló otra sesión, la cual tendremos hoy. Todavía no escribo la carta, pero estará lista antes del medio día. Pero no aceptaré más trabajo gratis de su parte, le dije. En todo caso, un taller II. Ha sido un disfrute, verdaderamente.

Junto con los poemas de tarea, le había enviado otro, que evolucionó luego, pero que solamente lo compartí con el objeto de mi obsesión y mis tristezas. Lo que le envié a Jair fue el primer intento libre:

“Amarte, amor, ha sido fácil;
amarte en la Alameda, en la soleada mañana;
amarte, amor, alumbrada por la luna, arrullada por la mar y aún en la plena soledad de la madrugada tibia.
Amarte, pensarte y encontrarte en el vuelo del ave, en el verde del prado y en la fuente.
Amarte por destino, porque estabas en el cruce en mi camino, porque ajustas tu caminar al mío.”

 

26 de marzo: Tres animales en busca de… (tarea 2b)

Friday, March 30th, 2018

Se desperezó como si volviera de un largo sueño; se sentía relajado, como si nada pudiera turbarlo en el futuro próximo. Se estiró y abrió los ojos para encontrar a un pequeño minino que lo miraba con curiosidad, sin acercarse demasiado.
“Hola, pequeño, ¿qué haces aquí? ¿Estás perdido?”, inquirió.
“Hola, gordito”, respondió el impertinente chiquillo, y todavía añadió: “¿por qué traes máscara? ¿Acaso eres mimo?”

Terminó de despertar; el lugar tenía algo de familiar pero no era un entorno en el que hubiera estado antes, y no tenía idea de cómo o por qué estaba ahí. Parecía un gran jardín, pero era demasiado grande para estar dentro de una casa; el sol apenas asomando por entre los árboles, muchos murmullos y revoloteos alrededor. Las aves parecían entretenidas en procurarse alimento y bebida, aunque se escuchaban algunos trinos. Sonrió y respondió calmadamente:“no es máscara ni soy mimo”; soy un oso panda y éste es mi aspecto: gordito, pachoncito, en blanco y negro. Puedes llamarme Panda, simplemente.”
“¡Ah! Pues tú puedes decirme Gatito, porque no tengo otro nombre”.

“¡Turistas!”, exclamó alguien con voz potente que los hizo volverse con cuidado.
“¿De paseo por la ciudad?”, preguntó el curioso. Panda y Gatito miraron sorprendidos al bello ejemplar frente a ellos; era un majestuoso tigre de mediana edad que parecía amigable, hasta donde un tigre puede parecerlo. El instinto los hizo ponerse en guardia aunque Panda era suficientemente grande y fuerte como para enfrentar un ataque y Gatito, a fin de cuentas, era un pariente muy cercano del hermoso animal; por otro lado, como buen felino, sabía instintivamente cuáles eran sus fortalezas y no estaba dispuesto a perder una vida: su tamaño y agilidad le permitirían trepar árboles con mucha facilidad y esconderse en cualquier hueco entre dos piedras, por ejemplo.

“Hola, señor tigre”, contestó Panda. “Gatito y yo hemos coincidido en este punto, por casualidad; soy, como es bien evidente, un oso panda y me siento feliz de encontrarme en este lugar que, sin embargo no conocía. Este pequeñín estaba a punto de contarme qué hace aquí.”

“Hola, señor tigre”, dijo copiando el saludo de Panda porque, en algunas circunstancias hay que atenerse a los protocolos para limitar conflictos potenciales. “Pues soy un gatito, y supongo que me dormí y vine a dar aquí por accidente. Porque no es usual que me saquen de mi casa; tal vez mi humana se dé cuenta de mi desaparición y comience a buscarme poniendo anuncios en las redes sociales, ya saben ustedes”. Dehecho las miradas que intercambiaron Panda y Señor Tigre mostraban que no tenían idea de qué era eso de redes sociales; como sea, Gatito prosiguió: “lo que digo es que no me preocupo porque sé que mi humana no descansará hasta recuperarme; esperaré hasta entonces haciendo lo que más me gusta: divertirme.”

“¡Excelente!”, dijo Tigre, habiendo solicitado que no lo hicieran sentir diferente del resto poniéndole títulos. Continuó: “lo mejor de todo es que ninguno ha causado una mala impresión en el otro, y eso es saludable para la confianza. ¿Puedo sugerir un paseo?”

“Por su puesto”, dijo Panda, “tú pareces conocer la zona”
“Me encanta la idea”, replicó Gatito, ansioso por encontrar diversión.

“Tengo años viviendo aquí”, comenzó a explicar Tigre. “Disfruto mucho de cada uno de los detalles del entorno, pero hacia mucho tiempo que no me dejaba ver como hoy; me mantuve agazapado por un largo periodo, esperando la ocasión de encontrar con quien compartir este espacio e intercambiar, pero necesitaba ser apreciado por lo que soy, que no desconfiaran de mí, que vieran a través de mi piel.”

“Haremos un buen trio”, aseguró Panda mostrando su lado más empático, desarrollado a lo largo de muchos años al lado de una mujer sabia que lo había recibido siendo un bebé y quien lo cuidó hasta su ausencia terrenal, porque ¿quién sabe si no continuaba mirando por él?

“¡Yey!”, Gritó Gatito, emocionado al ser reconocido como igual por tan bellos adultos. No conocía muchos adultos y los que ocasionalmente estuvieron cerca solamente lo habían mirado de lado, sin siquiera tocarlo.

Mientras caminaban, sintiendo el frescor del viento, aspirando los aromas silvestres y llenándose de los ruidos y zumbidos de las aves e insectos alrededor, comenzaron a compartir trozos de su vida al tiempo que buscaban saber qué suerte los había reunido en ese lugar.

Panda estaba realmente feliz y comenzó a dar detalles de lo vivido: “verán, yo solía habitar en un sitio cuyo follaje y clima eran muy similares a los de este lugar, también rodeado de plantas y árboles que creaban una suave brisa al caer la tarde, un viento que arrullaba el atardecer con aromas de cañaverales, de árboles de frutas variadas y de plantas relajantes, impregnado de polen de amapolas, violetas silvestres y manzanilla; por supuesto que había abejas, y hasta avispas, pero nunca me hicieron daño porque mi piel es muy resistente y porque mis colores no atraen a los bichitos. Quien me cuidaba tenía una bella voz, suave y cálida; las más de las veces solamente canturreaba bajito, como si fuese sólo para ella, y entonces la humedad podía empañar sus anteojos -alcaparras, diría ella. Cuando alguna lágrima llegaba a tocarme yo no osaba mirar, parecía algo muy íntimo y muy doloroso; nunca escuché que alguien hablara con ella al respecto. Pero a veces cantaba sones y corridos alegres o festivos y transmitía alegría en cada movimiento de sus manos y sus pies, en cada caricia y hasta en cada jalón de orejas que llegaba a darme cuando, inadvertidamente, yo rompía o enredaba algo de lo que usaba en su quehacer. ¡Les aseguro que nunca fue intencional!l

Rieron todos, tal vez para contrarrestar un asomo de sentimentalismo.

“La mujer que describes tiene un parecido con mi humana”, afirmó Gatito que ya empezaba a preocuparse de que no lo buscaran y, por mucho que quisiera divertirse, extrañaba su hábitat. Y prosiguió: “los gatitos generalmente vivimos dentro de la casa de algún humano, aunque ya sé que hay gatos callejeros o de barrio; ellos nos proporcionan cuidado y alimentos y un sitio cómodo para dormir, aunque podemos ocupar otros espacios dentro de la misma casa. Cuando está en casa, mi humana me tiene cerca de su regazos y me apapacha pasando sus manos por mi pelaje; de vez en cuando le proporciono alguna distracción, que no siempre es muy bien recibida porque la obligo a reparar algún desperfecto que no era, de ninguna manera, intencional. Lo bueno es que rápidamente olvida el incidente, y volvemos a comenzar. Algunas veces me lleva consigo de viaje, pero es un riesgo que puede conducir a … lo que ha conducido hoy. Estoy perdido para mi humana y yo sí que no encuentro mucho parecido entre este lugar y el que habito regularmente.”

”Coincidencias”, interrumpió Panda. “También era mujer quien me cuidaba y me daba cariño. ¿Canta tu humana, como la llamas?”

“¡Noooo!”, respondió Gatito apresuradamente. “Bueno, a veces lo intenta mientras me acaricia y algo de lo que escucha en la radio le suena conocido o hace que se detenga para escuchar atentamente. Pero su voz dista mucho de la que tú describes; a veces como que se le atora algo en la garganta, entonces se calla de golpe y me pone de lado”, dijo como concluyendo.

Panda se volvió a Tigre, que había estado escuchando sin interrumpir: “Y tú, aquien extrañas que antes te ha mirado como dices, traspasando la piel?”

“Yo también pertenecí a una mujer, para seguir con las coincidencias”, respondió Tigre. “Me abandonó muy pronto y nunca supe la razón, pero me dejó libre en este mismo lugar. No volví a pertenecerle a nadie, en ningún sentido. Nadie ha sido capaz de mirarme profundamente, reconociendo en mí lo valioso y sin dejarse llevar por la apariencia”.
“¿Se puede?”, interrumpió Gatito, “porque así, de buenas a primeras, muchos podrían asustarse.”
“Se puede”, afirmó Tigre, “pero no cualquiera tiene esa capacidad: dejar de mirar las rayas para adentrarse en el ser. Ella me miraba con ilusión, como si yo fuese otra cosa, un transportador en el tiempo y el espacio; ¡parecía tan feliz! Fue después que pareció confundida y prefirió liberarme; no me puse a esperar a que me buscara, como pretende hacerlo nuestro amiguito. Acepté la libertad pero no me he alejado del entorno en el que se sentía orgullosa luciéndose en mi compañía. Realmente me amó en el corto tiempo que me tuvo con ella, y espero que mi recuerdo la haya acompañado alguna vez, como a mí el de ella. Tal vez no la reconocería si volviera a verla, aunque seguramente su olor, su aroma propio, me permitirían identificarla. Pero, ¡vamos!, no quiero ponerme cursi ni repetir frases hechas”.

Volvieron las risas, rompiendo cualquier barrera que pudiera quedar.

Panda se sentó en el rodete de una fuente, los otros se sentaron a los lados. “Somos unos nostálgicos”, dijo mirando a uno y a otro, “incluso este pequeñito. Escuchándolos y recordando mi propia narración me vino a la cabeza que pareciera que estamos trenzando o destrenzando algo.”

“¿A qué te refieres, Panda?”, pregunto Tigre.

“Es curioso, pero de pronto me pareció que nuestras historias están cruzadas, pero no sé si estamos trenzando, para llegar al extremo final, o destrenzado para alcanzar el origen”, sugirió Panda.

“No hace tanta diferencia”, dijo Tigre aceptando la idea, “hacia atrás o hacia adelante, de todas maneras no conocemos lo que sigue y, de alguna manera, ambos son futuro.”

Gatito no opinaba, se limitaba a escuchar y a tratar de comprender algo tan complejo y que sus amigos parecían entender de manera simple. No era precisamente la diversión usual, haciendo travesuras para distraer y hacer errar a su humana. Era otra forma de disfrute, pero ese juego estaba resultando cansado para un chiquito acostumbrado a la actividad y no la reflexión. “Tomaré una siesta”, anunció, “a lo mejor mi humana ya me está buscando y es mejor que me quede quieto un rato”, y se durmió en cuanto encontró un lugar fresco y cómodo, sobre un montón de hojas secas.

“Tal vez sea una buena idea hacer lo propio”, reconoció el espíritu de gato que había en Tigre. Panda aceptó, pues siendo el más viejo también estaba un poco cansado. Ninguno de los dos reconoció que necesitaban pasar un rato con sus respectivas dueñas, trayéndolas de vuelta a la realidad de los sueños.

26 de marzo: Tercera sesión del taller

Friday, March 30th, 2018

Batallé mucho para enviar mi tarea consistente en el relato sobre mi vestido. Lo escribí a mano, por el apagón de 22 horas, a la luz de una lámpara navideña de baterías, en la comodidad de mi cama; terminé tecleándolo en Drive, offline, y el problema fue hacerla llegar a Jair. A la mañana siguiente tardé una hora en enlazar el iPad con el iPhone, pero logré enviarlo a tiempo.

En cuanto a la lectura de una de las cartas de Rilke, leída apresuradamente cuando por fin logré la conexión,  seleccioné la carta V, porque 2 + 3 = 5, y Pitágoras sabe lo que hay detrás, y porque el quinto número en la sucesión de Fibonacci es 21 que corresponde al número de página donde inicia el texto. De nuevo, las itálicas muestran lo que Jair me iba comentando o pidiendo.

Sobre la carta:
Me parece interesante que en la carta seleccionada, sin haberla leído antes, encuentre muchas coincidencias con mi experiencia personal, incluida la de la vista a Roma, en agosto de 1979.
Muy bien.
Calorón, engentamiento y hasta náusea de tanto que vimos y nos quisieron mostrar en apenas tres días. Hubo que omitir algunas cosas. Y hay que mencionar que yo tenía 6 meses de embarazo 😉 Pero, en lo que se refiere al texto, hay una mesura que está muy distante de mí.
¿En qué consiste esa mesura?
La selección de las palabras, que transmiten esa paz necesaria, las pausas, el detenerse en los detalles para resaltar la belleza que sí encuentra
El tono cordial, sin buscar imponer una visión sino como un diálogo casi con uno mismo
Sí, exacto. El tono.
¿Hay algo que encontraras en la carta que te haya hecho pensar desde otra perspectiva el acto de la escritura?
Supongo que es algo que, cuando comencé a escribir en mi blog, a modo de diario (por eso se llama “el día a día, solamente”), me hizo saber un amigo de toda la vida: “yo no vivo en los lugares de los que hablas, y necesito conocer detalles para apreciarlos”. Yo no esperaba que alguien lo leyera, era solamente un recurso para irme a dormir en paz
Al mismo tiempo, los detalles que relata Rilke no son superfluos. En todo caso, habiendo conocido Roma en las circunstancias que mencioné, yo no necesitaría más detalles.
Ok, muy bien.
Es decir: si escribes para que otros te lean, como sería el caso de los escritores, debes pensar en el destinatario. Eso sí lo hago cuando escribo textos sobre educación, lecciones, artículos, etc. O cuando diseño un curso o taller. La transposición didáctica es muy importante en lo que hago.
Claro.
Ahora bien, Blanca, ¿qué tan importante crees que sea tu trabajo como lectora?
¿Qué te ofrece la lectura en tu vida?
¿Ha habido libros que cambiaran tu vida?
Como lectora me voy nutriendo de metáforas, palabras, situaciones.
Ok, muy bien.
Digamos que cuando lees estás pendiente de muchas cosas que podrían servirte a la hora de la escritura creativa.
La lectura ha sido mi conexión con el mundo. Aprendí a ser madre con dos libros de cabecera y el estilo del chiquillo que me tocó en suerte; aprendí a cocinar con mi memoria y los libros. Incluso lo que hago profesionalmente lo aprendí más en los libros que de alguien, aunque luego aprendiera también a colaborar. Lo que no aprendí fue la parte emocional/sentimental, porque nunca tuve libros al respecto.
Suponiendo que algún día me diera por ponerme creativa, sí, supongo.
Ya, entiendo. Muy buena formación la del autodidacta.
El asunto es que, si algo ya está bien dicho/escrito, no veo la razón de reescribirlo yo.
Pues es que no hay de otra; a veces los docentes entienden menos que los alumnos.
Así es. malísimo el sistema educativo.
Bien, Blanca.
No fue tan malo antes de la licenciatura; en mis tiempos.

Después de que Jair me comentara sobre mi texto de tarea, continuamos ahora con la musicalidad del idioma:

Bien, ahora que has escrito una pequeña Fábula, vamos a ver otras cualidades del idioma.
Su musicalidad; piensa en qué fonema sería representativo de Tigre.
Mmm un roar muy suave: Rrrrfff
Muy bien. ¿Para panda?
Ni idea de cómo suena un panda (por cierto, soy la mamá panda de un grupo de ex alumnas que son pandas). Podría ser mmm, como Yoda
¿Podría ser la n, no? O la p con la n.
Y gatito, pues purrr
Me parece con la n
Ahora trata de escribir un poema breve de cada uno usando esos fonemas; por ejemplo, para panda sería algo así: anda, el Panda, mirando la panza del cielo…
Es sólo un ejemplo, trata de ser lo más creativa posible.
A ver, voy a intentar
Venga, ánimo. Busca todas las palabras que puedas con los fonemas implicados.

Ruge y frunce el entrecejo para simular la fiera del tigre que no encarna; las rayas no confieren furia
Como eso?
Hey, Blanca. Excelente. Justo eso.

Nada, nadie, ninguna nube en su noche nueva; panda que estrena nido

Prueba primero un prometedor pretzel, el gato prefiere el postre del precipitado pregón pronunciado al paso

Excelente.
Es un juego de abalorios, como el algebra
Sólo un detalle, habría que buscar una alternativa para nido, porque los pandas hacen madrigueras.
Así encontramos las cualidades musicales del idioma.
Bien, Blanca. Me gustaría que trabajaras en esos tres textos y trataras de convertirlos ya en poemas terminados.

Y vino una enorme recompensa:
Bueno, esta fue nuestra última sesión, pero te voy a regalar una última para revisar y trabajar en esos textos. ¿Te parece bien?
Excelente! Muchísimas gracias. ¿Quieres que sean más extensos?
Ahora puedes trabajarlos ya sea haciéndolos más extensos o utilizando nuevas palabras
otras frases, buscando otros ritmos no necesariamente deben usar el mismo fonemas; ahora tienes un punto de partida.

 

26 de marzo: Segunda sesión del taller

Friday, March 30th, 2018

En la segunda sesión del taller trabajamos sobre la metáforas. Hubo que construir tres.
Sin los detalles y comentarios innecesarios, transcurrió así (las cursivas corresponden a las instrucciones de Jair)

1) Si tu vestido fuese un animal, ¿cuál sería?
Un tigre
2) Y la máquina de escribir, ¿qué animal sería?
Uy! mi teclado (las máquinas de escribir nunca entraron a mi mundo) sería otro gato, pequeño
3) Ahora, ¿la máquina de coser de tu abuela?
Esa máquina sería como un oso panda

Muy bien.
Ahora quiero que escribamos un breve bestiario de tres animales. Van a ser textos en prosa en los que me hables de ese vestido/tigre en la alameda de Tepic, del Oso panda en la casa de tu abuela y del pequeño gato en tu casa. Textos separados.

Tigre
La Alameda de Tepic tenía una hermosa barda perimetral, del siglo XIX, en su interior andadores, bancas, estatuas, y muchas plantas y árboles, y unos “barrancos” sobre el costado derecho.
No era un espacio para niños ni para adultos ignorantes o imprudentes. Como tigre podía pasear sin sentirme intimidado, agredido ni temido; respeto total entre unos y otros, porque alimento nunca me faltaba y no necesitaba cazar para satisfacer mis necesidades.
Los barrancos proporcionaban el espacio perfecto para dormir, para mirar el cielo, para esconderse de las miradas de los demás. Las fuentes surtían de agua fresca permanentemente; los árboles y las plantas, que escasamente dejaban pasar el sol del medio día, propiciaban un ambiente fresco, con un suave viento que recorría mi piel, erizándola de vez en cuando.
Pero vinieron los cambios: la barda desapareció y se permitió la entrada de carros al sendero principal; construyeron una biblioteca, generalmente vacía, que atrajo escolares de diferentes edades; se convirtió en fresco pasaje para ir de lo que antes fue la carretera Panamericana hacia la Av. Allende. Gente de todo tipo, haciendo ruido, dañando plantas, destruyendo espacios. La paz y la armonía se destruyeron. Dejó de ser espacio seguro para un tigre. Quedaron los barrancos, pero tampoco se puede conciliar el sueño cuando algún candidato decide ocupar el espacio para un mitin.
Y sin embargo a ratos, a media tarde, vuelvo a sentir el viento fresco que eriza mi piel, mientras me lleno de los aromas de lo que fue mi hogar.

Oso Panda
Crecí rodeado de amor. La manos que me han acariciado, que han jugueteado conmigo, que me han hecho saber lo valioso que soy, eran manos sabias, manos que transmitían magias ancestrales, aprendizajes infinitos.
Esas manos me acariciaban a la sombra de los árboles y plantas que ellas mismas habían sembrado cuidadosamente; me curaban, me alimentaban, me susurraban canciones.
Como oso panda era una atracción mayor; todos querían poseerme, imaginaban que pasaría a ser de su propiedad en cuanto mi dueña envejeciera o muriera. Pero ninguno de los aspirantes sabía cómo tratar a un oso panda: ni cómo alimentarlo, cómo curarlo, cómo pasar sus manos sobre su lomo. Yo me aterraba pensando en que pudiera caer en manos de los que solamente me querían como trofeo. Finalmente, al morir mi ama, fui a parar a una especie de zoológico, con otros animales igualmente huérfanos a los que había que mantener, pero sin proporcionarles mayor atención. Un día llegó la liberación y fui otorgado en custodia a una nueva dueña; tal vez no sea tan sabia ni sepa tanto como mi primera cuidadora, pero sé que sabrá acariciarme doblemente, por lo que soy y por lo que represento.

Gatito
Mi dueña gusta de pasar sus manos sobre mi pelambre. A veces no respondo, a veces ronroneo, a veces jugueteo y hago que cometa torpezas. Ha ido aprendiendo a tenerme paciencia; tal vez piensa que al crecer seré un gato sabio, un gato reposado; o un gato majestuoso tal vez, uno que recuerda que antes fue un dios y se comporta con solemnidad. Porque trae un libro con imágenes de semejantes ejemplares, y hasta ha de creer que me inspira a ser uno de ello. Soy muy joven para saber en qué me convertiré, pero no se me antoja mucho eso de sentarme a ver pasar el mundo con indolencia si puedo seguir jugueteando como hasta ahora. ¿Qué sería de mi humana si yo no la hiciera rectificar o corregir lo que hace cuando meto mis patas o mi cola entre sus manos mientras trabaja? Seguramente se aburriría bastante o, peor, me haría sentir como un gatito mecánico, un artefacto que puede ponerse de lado, abandonarse sin consecuencias. No debe ocurrir. Los gatos, especialmente los pequeños, necesitamos que nos acaricien de manera consciente.

Te voy a dejar dos tareas.
Una es que hagas una historia entre los tres personajes.
La segunda tarea es que leas una de las cartas de este libro (Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke).
http://biblioteca.gob.ar/archivos/investigaciones/Rilke%20cartas%20a%20un%20joven.pdf

Trabajar sin conexión a Internet, a ratos pudiendo enlazar el iPad con el iPhone, no fue muy cómodo, a pesar de lo cual logramos concluir la sesión.

 

Y seguimos.

 

 

 

25 de marzo: Tarea 1

Monday, March 26th, 2018

Mi vestido/mi proyecto

La ropa que me puse desde que nací y hasta los 22 años fue confeccionada por mi abuela, con algunas excepciones. No tengo idea de dónde conseguían las telas; sé que para hacerlos no utilizaba patrones pre hechos sino solamente su inspiración, y que al tacto de la tela decidía el corte. Mi abuela conocía mi cuerpo sin tener que tomarme medidas y, cuando llegaba a hacerlo, utilizaba sus manos (cuartas, dedos y gemes) como instrumentos de medición. Y nunca fallaba.

Con todo el aprendizaje y los instrumentos para trazar los moldes de todo tipo de prendas de ropa, a lo largo de los tres años de la secundaria, nunca alcancé a igualar siquiera su arte; porque ella cortaba la tela sin trazo previo, instalada en su máquina de coser, que ahora es mía, bajo una bella bugambilia que cubría el espacio entre la casa de mi tía y la nuestra, sintiendo el viento fresco que venía de su jardín, el olor de los cítricos, de la ruda y otras hierbas, y de sus flores. Ahí mismo cosía sin necesidad de hilvanar; desde ahí nos contaba historias o canturreaba; de vez en cuando, mientras trabajaba, nos compartía algún antojo de los que guardaba en los cajones. No recuerdo que tuviera que descoser un cierre mal pegado o que tuviera que fruncir una manga para ajustarla al cuerpo de la prenda en proceso.

En cuanto a mí, nunca me preguntaron sobre los materiales ni sobre los modelos: o me mandaban el vestido/traje a Cd. de México o lo encontraba listo para ponérmelo cuando llegaba de vacaciones. Usualmente, sin embargo, se trataba de telas lisas o con diseños geométricos, algodones y mezclillas que no requerían de tratamientos especiales de lavado; dado que me conocían muy bien, tomaban en cuenta mis preferencias y mi estilo de vida: era la única mujer en un grupo de cincuenta hombres, en Voca 3, y me había convertido en un vago, al decir de las excompañeras de escuela de mi vida anterior; todavía soy incapaz de hacer un moño bien hecho y me atoro en cualquier saliente, clavo o rama que encuentre, de modo que los listones, olanes y encajes (que de por sí no me gustan) estuvieron siempre fuera de cualquier consideración, al igual que los estampados florales y los colores de la gama del rosa.

Era mayo de 1970 y, al llegar a Tepic para las dos o tres semanas de vacaciones entre dos semestres de la carrera, me esperaba el vestido que describiré.

Era de una especie de fina muselina estampada con pequeñas flores rojas y blancas sobre fondo negro; recto, sin mangas y con un cuello redondo que apenas dejaba ver los huesos de las clavículas. Recuerdo dos pequeños pliegues en el escote, simétricos con respecto al eje vertical del vestido, en sustitución de las pinzas habituales para crear el espacio para el busto; la tela caía suavemente sobre la rodilla. Por lo delgado del tejido tenía un forro blanco, seguramente de fresca tafeta; la prenda resultaba ideal para el clima caluroso de Tepic en esa temporada. El estampado fue una verdadera sorpresa que, sin embargo, me encantó.

Mucho tiempo después, cuando comencé a reconstruir mi historia con base en algunas fotografías de mis veinte años, caí en cuenta de que mi abuela cambió gradualmente las faldas rectas, simples, los pantalones de mezclilla (en la época no se vendían para mujeres) y las camisas, por una serie de vestidos bellos y de conjuntos de dos piezas confeccionados en telas mucho más suaves al tacto y con buena caída, algunos coloridos, todos mucho más “femeninos” que los que había usado hasta entonces. Mi abuela sabía lo que yo experimentaba y colaboraba de esa manera a mi transformación, pero nunca conversamos al respecto. De hecho fue en un sueño, hace poco más de dos años, que conocí la canción que cantaba con mucho sentimiento y supe de la relación que tenemos a propósito de ese sentimiento. Yo tardé mucho para percibir cómo fui cambiando de los 17 a los 20 años .

La ocasión para ponerme ese vestido, por primera vez, llegó el 23 de mayo, Día del estudiante. Con un par de amigas habíamos acordado ir a la Alameda de Tepic, mi dulce espacio de encuentros no acordados. Ellas iban a encontrarse con sus novios, yo solamente iba de chaperón (la historia alrededor de ese paseo la escribí hace poco más de un mes, en mi blog). Estrené sandalias blancas, de tacón; mi pelo probablemente lo llevaba suelto, o tal vez recogido con un broche de bambú, regalo de mi padre; probablemente llevaba los aretes de perlas pequeñas que mi madre se empeñaba en que usara; no usaba afeites ni perfume, pero me vestí deseando que sucediera el milagro de un encuentro, después de 143 días de ausencia. Sucedió. En la banca de siempre, bajo los árboles frondosos que rodean la fuente central, envueltos en los aromas de la florescencia primaveral y los cantos de las aves que ahí habitan. Solamente olí el mango verde,con chile y limón, que trajeron mis acompañantes para que me entretuviera, pero no llegué a probarlo: “Te va a hacer daño”, dijo mientras lo tiraba a la basura y se sentaba a mi lado. No pudimos conversar mucho por la interrupción de mis entonces amigas que debían devolver el carro que les habían prestado. En los minutos que haya durado la conversación mi aspecto, el vestido, los zapatos y mi pelo fueron lo menos importante, como siempre lo habían sido.

No recuerdo haberme puesto ese vestido en alguna otra ocasión. Seguramente se quedó guardado en el ropero de mis padres, con sus poemas, sus cartas y su foto, sobrante de alguno de los documentos estudiantiles. Los poemas me los entregó mi madre hace unos 12 años; los conservó sabiendo lo que significan para mí. Del vestido sólo tengo la imagen que guarda mi memoria; aunque sé que no conseguiré una tela idéntica, mi proyecto, que debo terminar antes del 23 de mayo, es hacer una réplica de él, para mi visita a la Alameda de Tepic.

24 de marzo: Aprendiendo ando

Saturday, March 24th, 2018

El jueves pasado, 22 de marzo, comenzó mi taller de poesía con Jair Cortés. Tres sesiones de alrededor de 90 minutos cada una, vía Messenger, absolutamente personalizadas. Mi objetivo es, simplemente, tener elementos para mi afición favorita: criticar.

Primera sesión, de exploración.
1) Jair me pregunta por mi poeta favorito. Evidentemente tengo uno y todo mundo lo sabe, aunque apenas conocen unos renglones de las poesías que escribió para mí. Jair, por su lado, se refería a poetas con obra conocida/reconocida. El asunto es que son muchos y muchas, y que la poesía como la música dependen de los momentos y circunstancias. Mencioné a algunos: Benedetti, Cernuda, Sabines, Neruda, poetas clásicos, Verlaine, Prévert, y Sor Juana, Alejandra Pizarnik, …

2) La siguiente pregunta fue si tengo conocimientos de métrica y retórica. Lo que sé de métrica se lo debo a Sor Juana y a algunos clásicos, comenté; en cuanto a la retórica, dije que el Quadrivium ya no estaba en uso en los años en los que fui a la escuela. Pareció bastar.

3) “Uno de los mayores obstáculos para comenzar a escribir poesía es el prejuicio a ser juzgado por los demás e, incluso, por nosotros mismos.”, me comentó. Respondí con un “Ok. Eso no me preocupa mucho. Para comenzar con mi familia, las descalificaciones públicas son muy frecuentes. Y las mentadas. Y es por lo que escribo en mi blog, particularmente.”

Pareciera que no me conocen, aunque algunos han vivido a mi sombra y a mis espaldas, sabiendo que soy inmune a los insultos y descalificaciones de cualquiera y de cualquier tipo y que no vivo ni pienso ni escribo para complacer a nadie. Mi compromiso es siempre conmigo misma, y eso se lo debo a mi padre. Por otro lado, mis recuerdos son eso, recuerdos, y pueden no coincidir con los de los demás; y de lo que doy testimonio es de lo que veo desde mi perspectiva que es absolutamente diferente a la de cada uno de los otros. No me niego a reconsiderar, siempre y cuando haya elementos para hacerlo. Recordé mi interacción en línea con el Chanano, hermano de una de mis excompañeras de escuela obligatoria, quien encontró mi blog de pura casualidad, leyó algunas cosas en que mencionaba a su familia y me pidió cambiar “pasturería” por “caballerizas y pasturería” en mi descripción de su casa. Después seguramente encontró algo que no podía cambiar, y que le molestó, y me envió un mensaje para dar por terminadas nuestras conversaciones. Su rollo.

4) Siguió la solicitud de escribir sobre mi infancia, en unas diez líneas. El resultado, por supuesto, excedió el límite:
“Un poco a la manera en que Serrat se refiere a su infancia, yo me he referido a la mía.
La vida en Tepic, desde que nací y hasta que me expulsaron del paraíso, cuando me enviaron a estudiar a Ciudad de México, a los 15 años, fue plácida.
Cuando nací, fue casi como si todos los dioses se reunieran en torno mío para llenarme de dones (excepto Venus): era yo y un mundo de gente honesta, combativa, valiosa. Mi abuela Hilaria, contadora de historias; mi padre y su padre, entregados a la luchas por los derechos de los trabajadores, y soy la hija y nieta consentida; mi tía Cuca, cocinera mágica, gustadora y patrocinadora de fiestas en los pueblos y quien fungió como madre desde que nació mi hermano, año y medio después de mí, y mi tío Gonzalo, ferrocarrilero comunista y luchador social, con ellos recorrí el Pacífico en tren, varias veces; mi prima Licho, su hija, portadora de la corona de reina que, literalmente, me cedió. Y mi madre, quien influyó mucho menos que el resto.”

Y el asunto es que al salir de la escuela me llevaban a casa de mi tía Cuca, y de ahí, en algún momento de la tarde, alguien me llevaba a mi casa. Mi hermano, el que mencioné en el párrafo anterior, nació cuando yo cumplí 18 meses, y mi madre tenía que hacerse cargo de él y de la familia que estaba formando, auxiliada por mi abuela. Sin las comodidades de la vida moderna, para mi madre significaba cocinar con carbón (y había que salir a comprarlo, lloviera o relampagueara, acompañada de mi padre en ocasiones), lavar a mano, planchar, ir al mercado todos los días, ir a la lechería y a la panadería hasta dos veces si era necesario, etc.; adicionalmente ponía inyecciones y sueros a quienes conocían su experiencia y buena mano, para ayudarse con los gastos familiares. Mi abuela hacía costuras y tejidos y sobaba a quien se lo solicitara para tener una entrada de dinero. No fue una infancia de pobreza y nunca experimenté la sensación de que careciera de algo, pero tampoco hubo lujos ni excesos. Por mi parte, fui suficientemente independiente desde que nací como para poder estar lejos de ellas, arropada por el cuidado y cariño de mi tía y mi prima. La llegada de cada uno de los siguientes cuatro hermanos hizo que mi madre tuviera más exigencias a pesar de la migración a la estufa de petróleo, primero, y a la de gas muy posteriormente. Yo resulté beneficiada: tal vez hubiera sufrido mucho cuando me enviaron a Ciudad de México si me hubieran criado pegada a las faldas de mi amá.

Las fotos de mi infancia, que he compartido en Facebook, me muestran con mis padres, dos meses después de nacida, en el parque, a los 6 meses, dentro de la casa familiar hasta alrededor de los 2 años. A partir de ahí las fotografías fueron tomadas en las escuelas, desde el kínder, o dentro y en los alrededores de la casa de mi tía, cuando todavía no compartíamos el terreno. En algunas fotos de esas aparecen mi hermano y mi abuela, al pendiente de nosotros. Después, cuando ya éramos seis hijos y mi padre había construido la casa “provisional” en el terreno de mis tíos, aparecemos en diversas fotos dentro y fuera de la casa, con parientes y amigos, o en paseos familiares.

5) Siguió escribir sobre sexo, mis vivencias. Algunos detalles solamente los he conversado con mis amigas cercanas, nunca con mi familia. Ahora serán públicos.
“En el ambiente en el que crecí nadie hablaba explícitamente de sexo, excepto el cura cuando mi madre se atrevía a mandarme a confesar, contra la voluntad de mi padre. Recuerdo las preguntas acerca de si había cometido pecados, y su explicitación de los que él pensaba que podía cometer. Nunca me interesó explorar lo que sugería.
Hace un año me cayó el veinte de algo que escuché al pasar cerca de la mesa en la que mi padre, mi madre y mis tíos jugaban dominó; mi padre se refirió al “Pájaro Madrugador” y siempre pensé que se refería al satélite, reciente en aquellos años. Sí, a los 67 años caí en cuenta de que la intimidad de mis padres ocurría en las madrugadas.
Yo no me interesé sexualmente por nadie; el amor de mi vida y yo solamente compartíamos caminatas y conversaciones a la sombra de un árbol, excepto por una vez que me pidió un beso, se lo di en la mejilla y entré a mi casa cerrando la puerta, a punto de desfallecer.
Entendí, por los comentarios de las compañeras alrededor, que en un noviazgo suele haber otros contactos. Intenté aprender con un novio pero era, primero que nada, un excelente amigo. Luego me puse de novia del papá de mi hijo (por compatibilidad de horarios), y un par de años más tarde me inicié sexualmente, un año antes de casarnos, sin que hubiera más interés que el de entender. Pako es consecuencia de una botella de Beaujolais Nouveau en mi cumpleaños 29, tres después de casarnos, como estudiantes recién llegados a Francia. El psicólogo que mi hijo solicitó cuando pidió el divorcio de su padre, dijo que no se explicaba cómo había tenido yo un hijo si no entendía nada (entonces tenía 40 años)”.

6) Entrada a Memory lane. Jair dijo “Quiero que escribas cuáles son los aromas, sonidos, texturas y sabores que te recuerdan a tu abuela y a tu tía Cuca.
(Si te das cuenta no incluí el sentido de la vista).
Trata de ser lo más detallada posible.”

Contuve el aliento y escribí de un tirón:
“Mi abuela: su voz cantando “Collar de perlas”, su voz narrándonos historias, subidos en una cama, mientras caía la lluvia intensa de los veranos en Tepic, y mientras nos iba pelando cacahuates como snack; su voz calmada, explicándome que lo que me había sucedido esa mañana en la secundaria era algo muy natural en una mujer de mi edad y que tendría que aprender a “sobrellevar” por muchos años. Sus pájaros y su perico. Texturas, las de todos los vestidos que me confeccionó hasta mis 22 años, cuando pude comprar mi primera máquina de de coser; las de los tamales (siempre para mi cumpleaños, hasta los 15) y las gorditas de asientos; la de sus manos, cuando curaba mis dolencias con ungüentos y mezclas que ella preparaba; aromas, los de sus plantas medicinales y de ornato, sembradas en el gran jardín compartido con la casa de mi tía Cuca. Los sabores de todos los antojos citados, que he tratado de recrear para mi hijo, y el café que ella recolectaba, secaba, tostaba, molía y preparaba, para acompañar con pan dulce salido de la panadería de su hermano Pedro y de los hijos de él.
Mi tía Cuca: el sabor de sus guisos, comenzando con los frijoles refritos que hacían que dejáramos el almuerzo de mi madre en cuanto ella anunciaba “ya están los frijolitos”, pero también el guajolote de Navidad, que ella criaba, emborrachaba, mataba y cocinaba. Los licores de nanche (para los adultos, en principio); las ensaladas de callo de hacha y de abulón que se le ocurría mandar a comprar a la carreta de la esquina de la casa, como antojo antes de la comida. Texturas: las de su cama; pasaba grandes ratos en su casa porque, en mi primera infancia, vivíamos en otra calle, pero al salir del kinder y de la primaria era a su casa a donde me llevaban. Y a alguna hora me recogía mi madre y me llevaba a nuestra casa, o dormía con mi tía. La textura del pullman, en los frecuentes viajes en el Ferrocarril del Pacífico, acompañados por los sonidos del tren y de lo que ocurría en las estaciones y en los pasillos. La textura de su guayina (así la llamaba ella), en la que íbamos de viaje a su pueblo natal; ahí, el sonido de las bandas y la música de los bailes, populares o familiares, y el cueterío de la celebraciones religiosas. La pólvora festiva. Los aromas son los de la comida, los del campo, los del mar de Mazatlán donde mis tíos tenían una casa y en donde pasé algunos veranos. Y los sonidos del carnaval en esa ciudad, del cine al que había que llevar una silla y que no tenía techo; la textura de la lona del catre, indispensable en un clima semejante.

6) La tarea. “Ahora, de tarea, vas a escribir un texto sobre uno de esos vestidos que tu abuela te confeccionó. Quiero que escribas detalles, ¿cómo era? ¿de qué color? ¿Qué tipo de tela? ¿cuándo lo usaste por primera vez? ¿dejaste de usarlo? etc.; pero que involucres los cinco sentidos.” Respondí “Y voy a llorar mucho al respecto”. “Es parte de la escritura y de eso se trata. A a todos nos pasa”, replicó Jair.
“Yo: Hay un antecedente de ese vestido, en mi blog.
Jair: Velo también como un homenaje a tu abuela y a ti misma.
Yo: es parte de un proyecto que debo completar antes del 23 de mayo: rehacerlo y usarlo en esa fecha
Jair: Muy bien, mira qué grata coincidencia; rehacerlo y escribirlo
Yo: Sí. Es algo que nomás requiere de que encuentre la tela correcta”

La tarea la envié ayer por la tarde; la tela, no igual ni de la misma calidad que la del vestido de mi recuerdo, la compré ayer por la mañana; hace un rato traje el papel para el trazo (algo que mi abuela no necesitaba), y la semana siguiente estará dedicada a ese proyecto especial.
La segunda sesión del taller está por comenzar.

5 de marzo: rumiar

Saturday, March 10th, 2018

Pedazos de sueños, trozos de escritos, escenas de películas que nunca veo completas, sincronicidades, etc., tardan en organizarse en mi cabeza. Miles de piezas acumuladas sin orden a lo largo de los años y que de pronto se reúnen y organizan, como piezas de un enorme rompecabezas, para formar una imagen. Pueden pasar 42 años en este proceso, por ejemplo.

Hace unos meses soñé la fecha del 5 de marzo en varias ocasiones consecutivas; era como si la leyera en un calendario de oficina o en la pantalla de un reloj despertador, sin ninguna referencia adicional, ni siquiera la que sería obvia en mi caso. Escribí mis sueños, como siempre, y seguramente Facebook se encargará de recordármelo en algún momento.

Comencé marzo rumiando recuerdos y experiencias: alegrándome por tener a Pako, dándome cuenta de la forma en que la aceptación de un matrimonio “por compatibilidad de horarios” (el trabajo comenzaba a las 7 AM, y terminaba después de los periodos de estudios, pasadas las 10 PM; coincidíamos en el curso de francés, de 7 a 9 de la noche, cada día) definió/direccionó mi camino para bien y para mal. Agregué un comentario al álbum de fotos de ese día:

No aposté a nada; no necesitaba nada. Simplemente no encontré una razón para negarme. Tampoco surgió espontáneamente, sino como respuesta a las preguntas de los conocidos en CDMX (nadie en mi familia hubiera sugerido semejante cosa, y nadie lo aceptó gustoso; pero nunca nadie se opuso a mis decisiones).
A la gente (y lo acabo de constatar con las ex compañeras de secundaria, hace tres semanas) le parece que si uno sale con alguien durante un rato, el paso natural es el matrimonio. A eso respondió la pregunta (no propuesta en sentido de romance) de ¿Y si nos casamos?. Y no había razones lógicas para decir no.
No aposté a nada, no esperaba ganar nada y confié en que tampoco perdería; pero gané un güerejillo de ojos traviesos, cosido a mano y como por diseño. El amor de mi vida.
Algunos raspones en el juego, porque nada es gratis. Y un final prolongado que me hizo llegar tarde a mi juego perfecto.

Tornó en algo menos agradable; y sin embargo no fue mi peor experiencia. La deconstrucción de la segunda resulta en algo mucho más amargo, aunque haya sido la solución para el problema en turno: la seguridad emocional de mi hijo y, de paso, el aprendizaje que me hacia falta, según dijo su psicólogo. No se da lo bueno sin lo desagradable. Pero eso es otro trozo de vida por contar.

Instagram me trajo un trozo de texto: Siempre recuerda que el esfuerzo de alguien es un reflejo de su interés en ti.

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Sé que tuviste que caminar más de 20 veces del Casco a Tlatelolco para ahorrarte el pasaje del camión y poder juntar para invitarme al cine. O para ir a despedirme a la terminal de Omnibus de México cuando yo me iba a Tepic y tú te quedabas en CDMX. Eso dice tantas cosas.

Mi Tetris se organizó. Las piezas se acomodaron para dejarme ver la bella imagen. Escribí al calce: Y hasta ahora se me ocurre que tanta coincidencia en los camiones a Zacatenco desafían al cálculo de probabilidades.
Por eso y muchas cosas más … te sigo queriendo, como hace 51 años.
Y añadí que reconozco que soy muy despistada, muy tonta para darme cuenta de eso que, sin embargo, era un conocimiento sólido basado solamente en tu mirada.

Me ha tomado 42 años darme cuenta de que muchas coincidencias las provocaste tú.

Sears Lindavista, mis dos hermanas conmigo. Recuerdo hasta el top casi pañuelo, estampado en verde, atado a mi cuello y mi cintura, y algún pantalón de campana.
Nos entreteníamos revisando los casetes en un botadero. Levanté los ojos y te vi del otro lado del mismo, no más de un metro cuadrado entre nosotros.  No supe en qué momento llegaste y tardé unos segundos en darme cuenta de que estabas acompañado por una chica que, según mi recuerdo, llevaba un sombrero de sol.

Tu mirada hacia mí era elocuente: “que no me miras rodeado de flores, y nuevos amores me sabrán querer”. La canción la habías cantado completa aquel 31 de diciembre de 1969, y no sé si me sorprendió semejante mensaje o que fumaras y cantaras tocando la guitarra, evidenciando el trabajo de tu familia para convertirte en un “soltero deseable”, como si fuera necesario, para las jóvenes consideradas aceptables para ellos.

Para la charla en “Casa Cuatro”, en Guanajuato, hace unos meses, había seleccionado un texto de Lady Murasaki (CA. 978 – 1025): It wasn’t long before I repented of having distinguished myself. Even boys become unpopular if it’s discovered they are fond of their books. For a girl it’s worse. Eras el menor y tu madre tenía una idea muy clara de lo que era aceptable; así te transformaron en un soltero a modo, para casarte con quien habían decidido; yo crecí en otro entorno, en el que nadie me obligaba o manipulaba para que me comportara como lo que no era/soy. Duró muy poco su gusto, dice Raquel.

Vámonos, dije a mis hermanas, y salimos rápidamente. La única vez que el alacrán de los celos mordió mi corazón. Nada que reclamar.

Unas semanas antes un periódico de nuestro pueblo había publicado que habían pedido mi mano. En realidad solamente fue el anuncio del matrimonio civil a mis padres, notificado ya a los amigos más cercanos en invitaciones poco convencionales: la fecha fijada era el 5 de marzo. La nota del periódico no daba cuenta de las razones para llevarlo a cabo, obviamente.

Por eso los sueños de hace unas semanas, reiterativos, repitiendo esa fecha sin que apareciera cualquier otra referencia. Marcaba un cierre definitivo, o eso pareció.

Nos habíamos desencontrado unos tres años antes, después de cambiarme a vivir a Lindavista, perdiendo así los encuentros en el camión a Zacatenco -subías en la primera parada sobre Av. Politécnico y te quedabas de pie junto al par de asientos en los que viajaba acompañada; y supongo que te dabas cuenta del efecto.

Quedaron los encuentros a medio pasillo entre tú escuela y la mía, pero luego nos graduamos y también perdimos eso. Hasta ese encuentro en Sears, el último en el último lugar que compartíamos: la vida en este universo en el que permanezco de día, a ratos.

Apenas entendí que tantas coincidencias desafían el cálculo de probabilidades. Apenas entendí que aunque sí ocurrieron muchos muchos encuentros casuales, otros tantos los creaste tú para mí. Y de que te quiero, nomás así, lo tengo muy claro, aunque nunca haya sabido expresarlo.

Anoche, de casualidad, topé con una vieja película mexicana, “Azahares para tu boda”, y me atrapó la interpretación de “Un viejo amor” tocada en un organillo; la interpretación se repite una y otra vez. Llegué justo a la escena donde el galán pide permiso para visitar a la pretendida, pese a las objeciones de los padres por tratarse de un socialista (liberal, de izquierda, diríamos) y un soñador sin nada (material) para ofrecer. La negativa a que se casen los enamorados porque él se declara no creyente.

Lloré. Maldije cuando la vieja madre está muriendo y agradece a la hija, a la que le jodió la vida, por ser tan “buena”. Catarsis. Sentimientos nunca exteriorizados.

Dormí bien, amanecí llorando.

lorar en este dia

6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

3 de marzo: Mis recuerdos de Facebook

Saturday, March 3rd, 2018

Hace un año, dice Facebook, escribí dos publicaciones sobre mi vida como estudiante en el D.F., a donde llegué antes de cumplir 16 años para comenzar a vivir sola en un cuarto de renta en un departamento en Puente de Alvarado casi esquina con Guerrero (los edificios ya no existen). Ambas publicaciones surgieron como extensos comentarios a un video sobre lo que significa ser estudihambre foráneo en los tiempos actuales. Reunidos, dicen más o menos lo siguiente (y no es la primera vez que cuento estas historias en este blog).

Fui estudiante foránea de 1966 a 1972, cuando comencé a trabajar y dejé de depender de mis padres; la carrera la terminé en 1973 y seguí estudiando: primero un pedazo de maestría en Planeación Urbana, en la ESIA, y luego la maestría en el Cinvestav.

No cocinaba, ni sabía hacerlo, y por lo tanto no lavaba trastes. Durante el bachillerato, en Voca 3, comía lo que podía: tortas de a peso, tacos en la puerta de la escuela (costaban 20 centavos, pero a veces eran resultado de apuestas en los volados, jugadas por mis compañeros), licuados, etc. El lujo era visitar a mi tía Lolita y mi primísimo Ramón; entonces comía delicias y era muy apapachada. Luego ya en la carrera, mis amigos en ESFM me introdujeron a las comidas en los mercados de las colonias.

Antes, en el segundo semestre de 1968, cuando iniciaba mi primer semestre en ESFM, comenzó la huelga y nos hicimos cargo de la cafetería de esa escuela, la cual servía como comedor para toda la comunidad en Zacatenco y los visitantes de otras escuelas que acudían a las asambleas. Inventábamos las comidas a partir de lo que los generosos vecinos de Lindavista y de los comercios de la zona, incluido Superama, nos donaban. Desde ollas de sopa y pasteles (los vecinos) hasta la fruta (mercados), el café, azúcar y cigarros (Superama). Lo que hacía falta lo comprábamos.  A los profesores se les cobraba el café, por supuesto, pero había boteo y de eso se pagaba tinta y papel para los volantes, spray para las pintas, y algo de carne para el menú, cuando era posible. Mis inicios en la cocina.

Ese mismo semestre me cambié a vivir a Ezequiel Montes, muy cerca del Monumento a la Revolución, donde Juanita, la madre de la familia que rentaba los cuartos, hacía y nos servía las comidas. Estuve ahí hasta 1972, cuando me cambié a Lindavista y comencé a trabajar, simultáneamente. Gané independencia y posibilidades, perdí en lo que más quería porque ya no coincidíamos en los camiones.

Aprender a lavar mi ropa (yo no hacía nada mientras viví en casa de mi familia) me costó manos partidas, etc. Al cabo de los primeros meses en CDMX aprendí a lavar y planchar lo que era necesario, cuando era necesario.

La economía doméstica, otra de las cosas que nunca habían sido mi problema,  se convirtió en un tema muy importante: aparte de la renta había que pagar comida, transportes, todo lo que tenga que ver con higiene incluidos los paquetes de viruta de madera para calentar el boiler (cuando había agua en las tuberías), alguna distracción y algún antojo.  Nunca comprar alcohol o cooperar para o hacer fiestas (nunca estuvo eso en mi lista). Tampoco perfumes, maquillajes, adornos, manicura, pero sí algún par de medias.  En 1979 mi roommate en casa de Juanita, Norma, me regaló un rizador de pestañas y se encargaba de que lo usara todos los días; cuando pude pagarlo (1972) compré mi primer perfume; en 1992, el psicólogo de mi hijo (solicitado por mi hijo), me pidió que me cambiara los colores de la ropa y me pintara los labios, y entendí luego el principio terapéutico involucrado.  Así sigo.

A lo largo de mis estudios, y hasta 1976, no había teléfono a la mano y la comunicación con la familia era vía telegrama, primero; pagar por una conferencia en las casetas de Teléfonos de México, cuando ya trabajaba. No me enteré de la muerte de mis abuelos paternos sino hasta que llegué de vacaciones, en cada ocasión. La filosofía de mi padre era simple: no había necesidad de perturbarte con algo en lo que no podías ayudar de ninguna manera. Años después, 10 desde la muerte de mi abuelo, tampoco me informaron de la muerte de mi padre, estando yo en los últimos meses de mi embarazo y en otro país. La misma filosofía.

No me recuerdo llorando por nostalgia de mi familia a lo largo de mi estancia en CDMX. Sí por la rabia de no haber sido notificada, aunque no pudiera hacer nada, de la muerte de quien me dio todo lo necesario (y más) para ser lo que soy.

Aparte de eso que no son carencias sino aprendizajes, no me hizo falta nada; y agradezco que el Profe Parra me haya planteado la disyuntiva: “O ingresas al Poli o te vas internada a Atequiza”, sin otra opción.

De las cosas que aprendí como estudiante foránea en CDMX: matar clase; irnos a jugar cascarita (yo servía de porra y hasta de árbitro); echar volados, intentar fumar (no aprendí, y luego supe que no quería aprender cuando unos verdes ojos aparecieron frente a mí preguntándome si de verdad necesitaba aprender eso); comer todo lo que genera anticuerpos y previene de enfermarse del estómago; resolver mis broncas (no tuve, como es de suponer, crisis de adolescente); cuidarme; administrar mi presupuesto (aunque no parezca); hacer una reseña o ensayo sin mucho conocimiento del tema pero bien estructurada y argumentada (y el profe dijo que era lo mejor que recibía, ni modo); aceptar retos y salir airosa; decidir sobre cursos y talleres a mi conveniencia.

Ya sabía no bajar la cabeza ni la mirada y responder en cualquier terreno pero sin caer en el juego del otro. Ahí me di cuenta de lo valioso que es esto. Cosas que en mi pueblo es seguro que no hubiera necesitado.

Decidí, en el primer año, que yo no iba a sufrir por nadie (la vida me enseñó luego que hay cosas fuera de nuestro control), y supe que la única que cuida de mí soy yo.

Cierto, los comportamientos “femeninos” me pasaron de lado, y doy gracias; el aprendizaje de lo sentimental, también, y nunca pude reproducir los comportamientos propuestos en películas y telenovelas para los noviazgos (EL noviazgo) porque crecí sin televisión, y también lo agradezco.

Hace un par de años, viendo una película que me regaló Pako, supe que hubiera sido bueno y saludable tener una amiga confidente, cómplice. No hubo tal. La más cercana a eso fue Norma, “La Niña”, una chica de Guasave a quien conocí en el segundo año de bachillerato, mi roommate en casa de Juanita.  Se casó al terminar la carrera y fue mi vecina, en el edificio de departamentos en que viví en Lindavista de 1972 a marzo de 1976, cuando me casé ahí mismo. Estaba por nacer el primer hijo de ella cuando se mudaron, y nunca volví a verla. Y no, no aparece en Facebook.

De mis propios comentarios a los dos posts que componen el texto previo:

1) Nunca se me ocurrió dar clases o cualquier otra cosa en CDMX para tener un ingreso extra. Sí hacía trabajos (mecanografías, faldas o vestidos, calificar tareas, etc.) cuando iba a Tepic de vacaciones. Ya en la carrera, estando en grupos de Física y matemáticas no había tampoco quien necesitara asesoría, aunque nos reuníamos para retroalimentarnos colectivamente

2) Mi hermano , el que sigue de mí, llegó al mismo cuarto un año después y estableció contacto con familias vecinas. Yo soy un gato solitario y no aguanto mucho esos ambientes.

3) Para libros y materiales de dibujo sí me mandaban dinero extra, a pesar de lo que representaba como esfuerzo

4) Yo iba a Tepic en Semana Santa, Mayo (eran vacaciones larguitas) y diciembre. Entre 14 y 18 horas de viaje en una sola dirección. Y estoy enormemente agradecida con la vida por haberme permitido viajar en esos Ómnibus de México (y en asientos contiguos) con el dueño de los verdes ojos, conociéndonos así por pura coincidencia (a pesar de ser del mismo pueblo y estar en el mismo grupo, de que fuera vecino de mi mejor amiga y de mi abuela). Y fueron dos veces, dos, en ese 1967 de maravilla, el segundo año en Voca 3. De ahí y para la eternidad, literalmente.

5) En cuanto al Profe que haya influido más, sin duda el de dibujo de primer año. Me retó a mostrar que era mejor que mis compañeros, todos varones, diciéndome que nunca una mujer había aprobado su curso. Aprendí, aprobé, me reconoció; por eso decidí estudiar arquitectura. Al final hubo razones idiotas para no hacer realidad esa decisión.
Me planteó el reto porque yo venía de escuelas de niñas, en un pueblo, y ni siquiera sabía que las escuadras estaban graduadas; en la secundaria me habían hecho dibujar al óleo, en acuarela, etc.; había utilizado la escuadra de corte y confección, y ya; muchos de mis compañeros en primero de vocacional habían ya cursado dibujo técnico y sabían a qué se refería el maestro cuando hablaba de isométrico, por ejemplo. Yo tenía que ponerme al corriente ANTES de la primera evaluación.
Igual me pasó en Matemáticas de primero (lo relaté ya en otro espacio del blog). La verdad que son los dos cursos en los que aprendí algo.
En segundo año sí hubo un maestro de química que no consideraba que debiéramos estar ahí sino aprendiendo a cocinar; aunque recuerdo el incidente (por lo menos uno) en realidad ni caso le hice ocupada en crear otro mundo que no tenía nada que ver con la escuela. Reprobé (reprobamos) ese curso y el de Física y los aprobamos, juntos, en extraordinario, sin problemas. De sobra está decir que no tengo la menor idea de lo que trataron sus cursos, ni el de matemáticas, excepto por los nombres de las materias.
Después he batallado más con maestras que con maestros.

6) Recordé el día que conocí a Maria de la Paz Merchand Rojas: era segundo año en Voca 3 y el grupo había decidido matar clase, o por lo menos eso fue lo que me quedó claro. Ella insistía que no, que era casi un delito; traté de explicarle algunas realidades pero se empeñaba en regresar al salón. Todavía no sé cómo hicimos amistad. La extraño, y también a Sandra; imposible dar con ellas.