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17 de julio: Tepic 2017

Monday, July 17th, 2017

Tepic: el lugar donde reside mi alma, el lugar de mi santuario y cuyo ambiente me devuelve la paz. La ciudad en la que nací y en la que circulo sin que nadie me reconozca, después de tantos años viviendo fuera y visitando solamente de cuando en cuando; antes, durante las vacaciones escolares de 1966 a 1975, más o menos, porque luego vinieron los años en que estudiaba una maestría de tiempo completo y trabajaba 20 horas además de las que empleaba como asistente de investigación sin sueldo pero que sirvieron mucho para mi formación. Después de esos años las visitas combinaron breves encuentros con la familia y trabajo (creé, junto con Shirley Bromberg y Papini, la Maestría en Matemática Educativa/Educación Matemática para la Universidad Autónoma de Nayarit, coordiné el primer año y fuimos los primeros profesores, antes de que cayera en otras manos). Escasearon los viajes cuando mi madre y mis hermanas se establecieron en Los Ángeles.

En lo que va de este año he ido tres veces, las tres ocasiones por cosas relacionadas con mi madre. La primera, en febrero, convocada por ella al igual que la última, apenas hace unos días. La de mayo para celebrar el Día de las Madres yendo a la playa, a San Blas, y para correr como loca por varias dependencias recolectando documentos para las formalidades de mi curso en Chihuahua.

En las tres ocasiones el apoyo de mi primo Alonso ha sido invaluable. Aunque lo conozco desde que éramos niños, nunca habíamos conversado o compartido una comida o un café; yo, porque soy una despistada y me mantengo generalmente alejada del mundo, particularmente de esos entes que jugaban a patear botes, a hacer travesuras, a conseguir víboras de agua para llevarlas a la casa -o sea mis hermanos y primos y sus amigos; él confiesa que yo le daba miedo, y no es algo extraordinario en mi vida. Ocurre con alumnos, con familiares y con otras personas. En algunos casos ese temor se desvanece cuando comprueban que medio me sé comportar y que hasta puedo conversar, excepto cuando las personas de plano pertenecen a una esfera que no tiene intersección con la mía.

En las tres ocasiones he podido compartir más de un momento con Raquel, la única amiga de infancia con la que tengo contacto y a quien de verdad quiero fraternalmente y sé que soy correspondida. La amiga que rehuí por 30 años y que siempre me recibe como si nos hubiéramos visto horas antes. Esta vez me contó que otra ex compañera de primaria y secundaria había estado justo antes de que yo llegara pero que había regresado a Guadalajara para una intervención quirúrgica. Lo ridículo es que no tenemos manera de comunicarnos, en estas épocas. 

En este viaje encontré y compartí el desayuno con Atzatiani, una paisana y ex alumna del Tec que radica cerca de Houston y a quien no veía desde hace unos 18 años, aunque nos encontramos frecuentemente en Facebook.

Las familias de los primos de mi madre forman un gran grupo, pero yo no puedo decir que los conozco, particularmente a los que son menores que yo. En este último viaje reencontré a mi prima Amparo después de alrededor de 52 años;  conocí a su hermana menor, Esperanza, aproximadamente de la edad de mi hermana Irma, la menor de mi familia; conocí también a dos sobrinas y dos sobrinos Aldaco y a la familia de Alonso. Prometieron contactarme con los otros primos, los descendientes de mi tío Pedro Aldaco, fundador de las mejores panaderías de la ciudad, para que me enseñen a hacer algunos de los panes cuya receta solamente ellos conocen bien. Digamos que éste viaje fue familiar, y hasta cociné y comí en casa de mi tía Esperanza. El motivo del viaje, por otra parte, no llegó a concretarse aunque estuve tres días (iba solamente por una noche) esperando por la solución.

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Ir a Tepic es reencontrar mi paz, poder caminar la ciudad vieja, lo que ahora se llama centro, de lado a lado,  o recorrer en autobús urbano las calles en las que nací y crecí; recorrer los mercados y las calles aledañas con las carretas de fruta de temporada, churros, lácteos que nunca me hacen daño, y comer antojos que tampoco me provocan agruras o indigestión sin importar la cantidad o la hora en que los coma. En cada viaje encuentro nuevos recorridos. En este último, el paseo en el turibús me permitió darme cuenta del crecimiento de la ciudad, desde el Mirador Zitacua o Rey Nayar y, desde ahí mismo, admirar un bello atardecer que no hubiera imaginado sin hacer esa subida, pues la ciudad está rodeada por cerros.

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Disfruté mucho una breve caminata bajo la lluvia, cruzando la plaza principal: recordé mi infancia durante las vacaciones de verano (julio y agosto) en las que la lluvia nos convocaba a jugar haciendo barquitos de papel para ponerlos a navegar en la corriente frente a la casa que habitábamos, o a bañarnos en los chorros de agua que bajaban de las azoteas, por ejemplo. El agua se siente tibia y no hay manera de que uno pesque un resfriado.

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En cada ocasión encuentro aretes, morrales, blusas y medicamentos producidos por las culturas Cora y huichola (más de esta última) y que se expenden afuera del mercado principal y, en esta ocasión, en una muestra extraordinaria en la plaza principal. La sorpresa fue encontrar un establecimiento que expone plantas de peyote con los frutos en diferentes etapas de desarrollo, pero que no están a la venta; dijeron que tienen ahí 50 años, y yo nunca había pasado frente a esas vitrinas.

La blusa guinda, aunque me costó casi una hora de negociación (su dueña no quería venderla), ¡es mía!

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Cada viaje a Tepic es también un viaje a mi santuario, en la Alameda; un lugar al que siempre acudo sola excepto por la respetuosísima compañía de Pako hace dos años, a petición de él. Son ya 4 años de acudir a ese lugar, haciendo el viaje a Tepic a veces de manera expresa, para conectar con mi alma y con quién amo a pesar del tiempo y las inconveniencias de estar en diferentes dimensiones. Aunque normalmente le escribo desde cualquier parte y a cualquier hora, los “encuentros” ahí tienen un carácter especial. Algunas de las experiencias las he relatado en estos espacios, otras se quedan entre los dos. En cada ocasión mi llamado tiene una suerte de respuesta. Instantes y experiencias que atesoro.

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En mayo, en mi mensaje dije que “cada día estoy atenta a cualquier cosa que pueda indicarme que estás y acompañas mi camino.” Al día siguiente encontré una estrella, inesperada, inusual, justo en mi camino al bordo del mar, en San Blas.

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En esta ocasión la convocatoria simplemente decía “añorando tu presencia, buscando tus ojos, tratando de encontrar tu sonrisa.”  Luego caminé hacia la salida cercana a la biblioteca, rumbo al Café Chilindrón. Ahí estaba la fruta, perfecta, madura, en su punto. La guardé para comerla en privado y le agradecí la muestra de cercanía (el mango tiene un significado especial, relacionado con el cuidado que siempre tuvo hacia mí):

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“Apenas esta mañana lo saboree plenamente. Dulce, dulcísimo, como imagino sería besarte, poniendo todos mis sentidos en el disfrute, pensando absolutamente en ti, en el antojo de tu boca. Todavía tengo el sabor en mis labios. Cuánto me gustaría repetir ese placer una y otra vez.”

El más dulce desayuno que haya tenido. Único, por supuesto, que remite a otros momentos únicos e inolvidables. El éxtasis de la degustación del dulcísimo fruto solamente se compara con el momento de gozo que experimenté hace unas seis semanas justo al mirar hacia mi patio bañado por la  luz del medio día. Lo que sigue es una placidez extraordinaria.

Hay por lo menos una nueva visita, en agosto. Y será, como siempre, un disfrute. Llevaré una maleta, para traer el frijol, el café, los bolillos, y los muchos antojos y regalos de mi madre.