Archive for May, 2017

8 de mayo: Aprendizaje no formal

Monday, May 8th, 2017

Su esposo la había convencido de que era frígida; y digo su esposo y no su marido porque ella aceptó ese papel sin sentirse nunca una mujer querida, deseada, enamorada. Lo aceptó como había aceptado muchas cosas que la vida le había deparado, porque era lo que tocaba y ya.

Tenía pocos amigos y aún menos amigas, de manera que lo que le pasaba era invisible para prácticamente el resto del mundo. Con sus pocas amigas, más ex compañeras de colegio o conocidas en el trabajo que confidentes, conversaba de las generalidades que suelen tratarse socialmente; hablar de su vida de pareja era impensable.

Algunas veces, sin embargo, y cuando la frustración la acuciaba, confiaba algunos pensamientos a uno de sus amigos de la infancia y con quien tenía un trato como de hermanas, más que de hermanos, sin esperar ni insinuar nada, sin segundos pensamientos. Continuaba soltero a pesar de que era muy solicitado por las mujeres; con sus 120 kg de peso en un poco más de 1.65 m de estatura, sería tal vez su vivacidad lo que las atraía.

Se reunían regularmente para comer o tomar un café y conversar; recordaban aventuras y travesuras de la infancia y adolescencia y la música con la que aprendieron a bailar, y esas otras vivencias que no compartían con nadie más.

Ocurrió en una charla después de comer en un restaurante de moda, alojado en uno de los hoteles de prestigio de la ciudad. Él le preguntó si alguna vez había intentado saber si realmente era frígida. Se desconcertó al darse cuenta de que había asumido la etiqueta sin cuestionarla. No, respondió, nunca se me había ocurrido y menos salir de la duda. Él la miró con una cierta ternura y sin más le propuso ser él quien le ayudará a desvelar la respuesta. Un poco de confusión al principio, algo de rubor y, enseguida, una determinación: ¡hagámoslo! No quería pensarlo, de hecho. Él fue a solicitar una habitación, volvió a la mesa para darle las señas y se despidió después de liquidar la cuenta; ella caminó rumbo a los sanitarios y un rato después subió al lugar indicado.

Vieron la televisión un rato, siguieron conversando y poco a poco la intimidad fue suficiente para enredarse uno en el otro. Disfrutó la aventura sin siquiera un ápice de pena o remordimiento; se sintió viva y renovada, en una placidez que desconocía. La satisfizo el veredicto: no eres frígida y él es un pendejo.

Viniendo de un hombre experimentado y que tenía un palmarés de conquistas sexuales era todo un elogio pero, más que nada, una liberación. Sabía que en el plano intelectual se quedaba un tanto corto pero nunca lo consideró un defecto y en esta nueva experiencia era lo menos importante. Era también un tanto ingenuo, de una manera hasta contradictoria con su estilo de vida, pero tampoco lo consideró importante; decidió que era el mejor maestro para adquirir ese saber que, ahora comprendía, hubiera necesitado antes de casarse. En los siguientes encuentros no cuestionó al maestro y siguió dejando que la llevara a experimentar lo que le hubiera parecido impensable unas semanas atrás.

Por razones de su trabajo ella tuvo que viajar a otra ciudad ciudad y él se aprestó para acompañarla. Cautelosa, le dio los datos del hotel en el que tenía reservación y le pidió que llegara unas horas después que ella, identificándose como su marido; ella estaría trabajando cuando él se hiciera presente.

Terminó la jornada de trabajo: 6 horas intensas de coordinación de equipos con apenas media hora para tomar un refrigerio. Estaba cansada y quería llegar a refrescarse; en lo último que pensaba era en su encuentro. Llegó al hotel directamente a su habitación. Abrió la puerta y se quedó muda con una casi sonrisa que tuvo que adaptar a algo que pareciera amable: con toda su humanidad desparramada él la esperaba totalmente desnudo, sentado lánguidamente en el sofá de la habitación en una pose que, asumió, a él debía parecerle invitante y sugestiva.

Reconoció que el aprendizaje había concluido y que estaba lista para seguir por su cuenta mientras consideraba que tal vez nunca más se sentaría en el sofá de cualquier habitación de hotel.