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15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”

15 de noviembre: De los vericuetos en la mente de cada uno

Tuesday, November 15th, 2016

Después del curso taller en Aguascalientes, hace poco más de dos semanas, y mientras disfrutaba de una excelente comida con César, Carmen y Elías, conversando como hace mucho tiempo no lo hacíamos, Elías comentó respecto a lo que yo narraba: “¿por qué a mí no se me ocurre eso?”

Uno va creciendo, generando sus propios códigos mientras va separando lo que le gusta de lo que no, lo que está dispuesto a compartir con el mundo, lo que comparte con muy pocas personas y lo que es privado. Al mismo tiempo aprende a respetar el derecho de los otros a su privacidad. Bueno, eso es lo que a mí se me ocurre y es una de mis construcciones y uno de mis códigos. Lo otro, la intromisión en la vida y el pensamiento de los otros, es algo que simplemente no se me ocurre hasta que resulto afectada. Y sí, hago un gran escándalo de lo que para algunos, con toda seguridad, no es más que un incidente.

Alguna vez tuve un diario, seguramente regalo de alguna de las pen pals que teníamos en las clases de inglés, en la secundaria. Era rojo con un par de líneas doradas y tenía llave. No recuerdo qué escribí en él, en una época en que ni siquiera prestaba atención al mundo ni, mucho menos, a esos seres de los que había tres en mi casa y que se reunían con otros similares y con los que ocasionalmente tenía que convivir. Conservaba el diario guardado en el cajón de mi ropa, en la cómoda compartida con mis hermanas, un cajón para cada una. Un día descubrí que la cerradura había sido violada; me deshice de él y nunca volví a escribir mis pensamientos, hasta la creación de mi blog personal en WordPress, hace unos seis años.

Mientras leo Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, me queda claro que uno puede dedicar una parte de su vida a indagar sobre los orígenes y la vida de una persona de la que se ha obsesionado o que lo ha fascinado, en un afán de conocerla a fondo y tratar de comprender lo que la ha llevado a ser lo que es; y que la investigación puede ser profunda y cuidadosa, al modo de un investigador que se documenta para escribir una biografía, un hecho histórico, y similares.

Cierto que a mí eso no se me ocurre, ni siquiera para conocer mis orígenes. Ocurre en ocasiones que, conversando con mi madre y mi familia cercana, particularmente los mayores que yo, descubro que tengo parientes cercanos de los cuales nunca había sido consciente -como los otros hijos de mi abuelo paterno, a los que conocí seguramente en su propia casa, con su madre y mi abuelo pero que nunca integré a mi familia hasta que me lo hicieron ver. O el nombre completo de ese mismo abuelo, o la personalidad que fue mi abuelo en la vida política en mi ciudad natal.  Hay cosas sobre la vida de mi propio padre, particularmente sobre su vida como docente y como defensor de los derechos de los trabajadores, de las que me he enterado por aquellos que fueron tocados por él y he agradecido mucho las historias compartidas que refuerzan mi conocimiento de su valor como persona dentro de una amplia comunidad que lo reconoce. Pero nunca pregunté sobre sus vidas, sobre sus amistades, sobre sus motivos, y ni se me hubiera ocurrido ponerme a hacer cábalas al respecto. Sé solamente lo que me ha sido confiado de manera directa y lo que resulta de mi observación.

Nada de la vida personal de los otros estaba en la conversación de mi abuelo (un hombre muy callado, amable y discreto, por cierto) o en la de mi padre que nunca se metía en los asuntos de los demás. Del lado femenino de mi familia desconozco las historias, en general. Mi madre me ha venido enterando de algunas, cuando se acuerda de algo que le parece significativo. Mi abuela cantaba y contaba historias pero no chismes, y tampoco se entrometía en las vidas ajenas.

Y yo no pregunto, sencillamente porque odio que me interroguen. Cuento todo lo que se me ocurre y me ocurre a lo largo del día; cuento mucho de mi actividad docente y profesional; desnudo mi sentimiento en muchas de las publicaciones en mi blog, en mis historias -cuentos, les llaman, aunque yo no sea realmente cuentista, en las canciones que comparto, etc. Pero nadie tiene derecho a interrogarme sobre lo que no comento. Y a nadie le concedo el derecho a escuchar/leer lo que no le está destinado.

Mi hijo aprendió que las puertas cerradas indican privacidad y solamente se llama si hay un motivo válido; que la correspondencia solamente puede ser abierta por su destinatario; que las aplicaciones en los dispositivos electrónicos, etc. son privados aunque se encuentren abiertos y abandonados; y que uno no hurga en las pertenencias de los otros, por ningún motivo.

Intervenir la correspondencia y las conversaciones y/o darse los medios para hacerlo, de cualquier manera, es o debería ser un delito. Denota, a mi parecer, la falta de seguridad y el consecuente deseo de control de quien lo comete. Y me recuerda a esas personas que son las últimas en abandonar una reunión con la esperanza de que nadie se quede comentando algo sobre ellas. Enfermos, además de delincuentes.

De las relaciones de mis amigos, sus familias, sus amores, sus errores, etc., me voy enterando cuando me lo van contando. Hay muchas cosas que no sé ni de ellos ni de las vidas de mis hermanos. Lo mismo con la vida de mi hijo: conozco aquello que me ha querido compartir o lo que sus amigos sueltan en alguna conversación. Y, de todos, lo que observo y de lo que derivo algunas conclusiones que a veces resultan muy acertadas, a la luz de los acontecimientos siguientes.

Pero no indago sobre las vidas de las otros. De repente veo que dos de mis amigos están comentando algo y que se han vuelto amigos (lo que eso significa en las redes sociales). A veces me sorprende y generalmente es grato, pero nunca me pregunto cómo es que surgió esa amistad o lo que está detrás de ella. No me interesa saber quiénes son los amigos de mis amigos ni sobre sus familiares o lo que conversan entre ellos. Ni siquiera si conversaran sobre mí (de lo que ni me entero).

Lo dije ayer: lo peor que me puede suceder es que no encuentre una manera segura de conversar con la gente que más quiero, pensando en que lo que escribo o digo puede ser leído o escuchado por alguien a quien no está destinado porque se ha dado los medios para hacerlo. Y no, no hay complots ni planes contra alguien en esas conversaciones (esos los hago públicos). Se trata, simplemente, de conversaciones privadas. Y detesto la idea de que puedan ser intervenidas.

Mucho ruido y pocas nueces, dirán algunos. Para mí es crucial.