17 de junio: soy politécnica

Friday, June 17th, 2016

Dije que este año celebro mi filiación politécnica.

Mi ingreso como alumna a la Vocacional #3 del Instituto Politécnico Nacional ocurrió en enero de 1966, poco antes de cumplir 16 años. Un bachillerato de dos años cuyo eje eran las ciencias físico-matemáticas. Durante el primer año apenas un curso de Ciencias Sociales para un barniz de cultura general, el inglés era técnico y, del resto, solamente cursos para prepararnos a las escuelas de ingeniería y de ciencias en el Instituto.

Tampoco es algo que yo haya escogido. Mi padre comisionó a uno de mis medios hermanos, que en la época estudiaba ingeniería química o algo así, para que sacara la ficha que me permitiría presentarme al examen de admisión en el I.P.N. Supongo, por algunos hechos posteriores, que al orientarme hacia ese bachillerato -que compartía patio y administración con la Vocacional # 6, orientada a las ciencias médico-biológicas- que mi hermanito apostó primero a que yo no aprobaría el examen de admisión y luego a que no aguantaría el nivel de exigencia de una escuela en la que las mujeres eran una minoría extrema, con un alto estándar académico y donde muchos de los profesores eran militares. Se equivocó en ambas apuestas.

 

En el primer año me asignaron al grupo MJ en el cual yo era la única mujer entre unos 50 estudiantes. Todos provenían de pre-vocacionales o secundarias técnicas, alineadas con el sistema del Politécnico. Yo llegaba de una escuela pública para niñas y los únicos talleres que había tomado en la secundaria eran de corte y confección, danza y artes plásticas. La única escuadra que sabía utilizar la empleaba para trazar los moldes de vestidos y otras prendas, nunca había utilizado un tiralíneas o un compás de precisión y la geometría en los cursos que había tomado iba más hacia el arte de demostrar que al de construir.

De los tres talleres disponibles para los alumnos de Voca 3 me asignaron al de Electricidad pero solicité mi cambio al de Construcción. Ni siquiera sabía que iba a estudiar posteriormente, pero definitivamente no le veía el atractivo ni a Mecánica ni a Electricidad. Me divirtió construir maquetas, aprender a hacer colados, pegar tabiques, etc. Terminé con un diploma de Técnico en Construcción que algunos usos ha tenido.

El trasplante no fue tan traumático como podría suponerse. Primero porque estaba acostumbrada a viajar sin mis padres ni mis hermanos, aunque de la mano de mi tía Cuca o de mi abuela. Luego porque mi capacidad y disposición para aislarme –desde que nací, dice mi madre- me ayudaban a no necesitar interactuar más de lo necesario con mis compañeros de grupo. Sí, aprendí con ellos a irme de pinta para jugar cascaritas (futbol) actuando como porra y hasta como árbitro (de algo sirvieron las idas al estadio y las discusiones futboleras con mi apá) y a comer tacos y merengues que ellos se ganaban jugando volados en la puerta de la escuela. Sin embargo no recuerdo sus nombres y no los reconocería fuera de los cursos.

No tenía amigas y mis ratos libres los ocupaba en conocer un poco del centro de la ciudad, en los alrededores del departamento donde me rentaban un cuarto, y en visitar de cuando en cuando a mi tía Lola, a quien había conocido apenas cuando presenté mi examen de ingreso. Un amor de mujer, dulce, comprensiva y una excelente cocinera. Algunos domingos salí de paseo con mi primísimo Ramón y alguna de sus novias; así fue que me subí a la montaña rusa de Chapultepec. Pero había tareas, especialmente las del curso de dibujo que requerían de que se les dedicara mucho tiempo dibujando a mano miles de bolitas de 3 mm de diámetro en renglones bien trazados, primero, y a mano libre después. Ni modo de hacerse guaje.

Dibujo fue, justamente, el único curso al que tuve que dedicarme en serio. En los primeros días me negaron el acceso porque no disponía del equipo completo. En la época había que investigar el costo de lo que se requería incluido un restirador, solicitar a mi padre el dinero por medio de un telegrama, esperar a recibir un giro telegráfico, ir a cobrarlo e ir a hacer las compras. Cuando tuve todo y me presenté a clase tuve un ataque de estornudos y de nuevo me prohibieron entrar.

Deben haber pasado un par de semanas hasta que por fin pude integrarme al curso; había un dibujo de un tornillo en el pizarrón y el profesor me indicó que tenía que dibujarlo en isométrico, al tiempo que me asignaba uno de los restiradores en la sala. Pregunté qué era eso de isométrico y me respondió que era asunto mío resolverlo. Pedí entonces que me dijera cuál era el ángulo de la cuerda del tornillo, y recibí la misma respuesta. Antes de que preguntara cualquier otra cosa me hizo saber que en su curso nunca había aprobado una mujer y que si quería lograrlo tenía que demostrar que era mejor que mis compañeros. Terminé el curso con un fantástico 7 y el aprecio del profesor; aprendí a realizar el tipo de dibujo técnico que era requerido. Me recomendó que estudiara Ingeniería Civil o Arquitectura.

Resultó que la formación que recibí en la Primaria Amado Nervo y en la Secundaria Alemán, en mi pueblo, me habían dado bases más que suficientes para lidiar con el resto de los cursos, excepto por la trigonometría: el profesor de tercero de secundaria falleció a medio curso y el suplente, recién graduado de la Normal Superior, no pudo enfrentar al grupo de 70 jóvenes entre los 15 y los 18 años. Fueron sesiones divertidas pero no cubrimos nada del programa. Cuando al iniciar el curso de Geometría Analítica, en Voca 3, el profesor comenzó a utilizar trigonometría, le expliqué mi situación. Fue muy comprensivo: manifestó sus condolencias por la muerte de mi profesor, dijo luego que había sido un acto irresponsable de su parte dejar así el curso y concluyó diciendo que mi trabajo era aprender lo que me hiciera falta.  Con todo, el primer parcial de matemáticas solamente lo aprobé yo, obtuve un glorioso 10 en Física y en Inglés me exentaron. En Ciencias Sociales ocurrió lo mismo y no porque mis trabajos fueran excepcionales sino porque, al decir del maestro, eran los mejores en mi grupo; a esa edad era suficiente. Sí, el segundo semestre lo pasé durmiendo en mis laureles.

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