21 de marzo: Memory lane

Monday, March 21st, 2016

Uno debería aprender, desde la primera infancia, a tomar distancia de sí mismo para observarse con los ojos de los otros. Se requeriría, por supuesto, del conocimiento que tienen los otros para entender lo que se dice a través del mero lenguaje corporal, de las miradas, de las sonrisas. Eso sería un arte esencial.

El Viernes de Dolores me encaminé al centro de la ciudad para buscar los altares de la Dolorosa que en otros años vi sobre la calle Madero y las paralelas cercanas, con sus garrafas de agua fresca y sus flores para regalar a quien pregunte si “ya lloró la virgen”. Pero caminé desde el Arco de la Calzada hasta el Templo Expiatorio sin éxito. Decidí entrar al templo suponiendo que ahí habría, al menos, una imagen de la Virgen de los Dolores. Era pasadito del mediodía y había misa; no estaba lleno siendo todavía día hábil, aunque por el camino vi estudiantes comenzando sus vacaciones en grupos más o menos numerosos, alegres y despreocupados, aparentemente.

Me paré apenas cruzando la puerta principal. Definitivamente conozco poco de la organización de estas celebraciones y mi memoria no da para recordar las iglesias de mi pueblo en los días previos a la Semana Santa. No había Dolorosa pero me quedé atrapada observando a un par de estudiantes en la última fila; tendrían unos 17 o 18 años. Presencié el final de la celebración y ahí mismo escribí la experiencia de ver desde afuera el drama que significa una despedida. Se lo envié a Leopoldo vía Evernote.

Lloré mientras escribía y mientras caminaba hasta la plaza principal y de regreso. Terminé en el Forum Cultural, apenas recuperando mi calma.

El año 67 había sido de conversaciones que iniciaron en las primeras vacaciones (segundo año de vocacional) justo por estas fechas, viajando en asientos contiguos a Tepic; luego conversamos todos los días entre clases y al salir de clases  y nos sentamos juntos mientras los maestros llenaban de letras y signos los pizarrones o mientras aprendíamos el arte del dibujo técnico en los restiradores, hasta que terminaron los cursos. Juntos reprobamos química y física y juntos aprobamos los extraordinarios. Después de conocer los resultados (sendos 6 para cada uno) me acompañó a la casa en la que me rentaban un cuarto y a la que nadie más podía entrar, en Santa María la Ribera, y me pidió que fuera su novia. Me confundí y dije que le escribiría con mi respuesta. Él se iba a Tepic inmediatamente, yo me iba a cambiar de casa.

Esperé a los primeros días de enero para enviarle la carta; dije que sí, por supuesto, y decidí no entrar a Arquitectura para que no pensara que lo seguía (mis problemas mentales eran más grandes que ahora).  Casi simultáneamente regresé a Ciudad de México y antes de inscribirme a cualquier carrera fui a Zacatenco a consultar con la psicóloga del I.P.N. buscando orientación en la elección; una semana de psicométricos que culminaron con un “puedes estudiar lo que tú quieras” que no ayudaba en nada. Decidí ir a Física y Matemáticas como oyente mientras terminaba el semestre, para luego sí ingresar a Arquitectura, con un periodo de diferencia.

Iniciamos el semestre de enero estrenando noviazgo pero nuestro comportamiento no cambió para nada: al salir de clases (edificios 5 y 6 de Zacatenco) nos reuníamos para conversar mientras caminábamos o sentados cerca de las canchas, bajo un árbol, sin tocarnos. Yo me había mudado a una casa de huéspedes cerca de Monumento a la Revolución y él solamente podía acompañarme en el autobús de Zacatenco a Tlatelolco donde vivía, dado el control que ejercían sobre él sus hermanos mayores… y su madre, supe luego. Un peso al día para sus camiones era todo. Por lo demás, cada uno tenía sus amigos y sus actividades y no interferíamos de ninguna manera.

Y sin embargo mientras conversábamos tan tranquilamente, siempre había creído yo, no faltaba quien nos gritara al pasar algo como “busquen un cuarto” de lo cual hacíamos caso omiso. La mirada de otros con más experiencia o malicia veía lo que nosotros simplemente ignorábamos.

Apenas conocí el ambiente y ubiqué a los personajes que habitaban la E.S.F.M. me fui a Tepic por un par de semanas. Fue a despedirme a la terminal de Ómnibus de México, contra esquina del edificio del PRI. Antes de que abordara el autobús me entregó un papel doblado y me pidió que no lo leyera hasta que el camión hubiera arrancado. Lo abrí en cuanto me senté, justo cuando el chofer cerraba la puerta. Sonreí todo el camino. Sonrío cada que lo recuerdo o lo abro y, al mismo tiempo, me lleno de tristeza por todo lo que por escrito podíamos expresar pero que quedaba oculto al encontrarnos.  Son dos poemas, uno de los cuales es un acróstico, y era el 16 de enero de 1968. Del primero, uno de los cinco grupos de versos que seguramente se inspiraron, como diría Serrat, en esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán:

“Quiero enamorarte, quiero ser tu guía

No quiero perderte sin aun tenerte

No quiero sentirme tan triste al no verte

Quiero contemplarte, dulce amada mía”

La firma al calce con su nombre de pila completo, en el tipo de letra que aprendimos en los cursos de dibujo. Teníamos casi 18 años y una madurez emocional de escuincles de 15.
Nada cambió durante el 68 excepto que me quedé en Física y Matemáticas, pero seguimos disfrutando tanto como era posible de nuestros ratos libres. La vida se complicó y se destruyó durante el segundo semestre. Un año trágico.

Todo eso pasó por mi cabeza mientras observaba a la pareja en el Expiatorio y mientras escribía mi vivencia. Por eso lloré. Por eso lloro siempre. Por eso querría ser capaz de observarnos como nos ven desde fuera.

Al salir del templo, en un estacionamiento cercano, encontré en proceso de instalación el único altar de la calle Madero; todavía no estaba lista el agua para ofrecer a los preguntones.

Yo sigo en un tour por el laberinto de mis recuerdos documentados gracias a que mi hijo me pidió copia de sus papeles oficiales, guardados en diferentes carpetas. Encontrarlos fue encontrarme otra vez.

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