8 de marzo: Sueño y sueños

Sunday, March 8th, 2015

Desperté y tenía mucho sueño. 

La noche anterior me había dormido temprano, antes de las 11 P.M., cansada del ajetreo. Habían sido doce horas entre trabajo y caminatas, subiendo y bajando escalones, cargando mi backpak y mi bolsa/portafolios. El único espacio libre totalmente había sido el de la comida, sin apresuramientos y sentados cómodamente, recuperando algunos de los detalles de la sesión de trabajo.  

Al terminar los pendientes, al filo de las 8:30 P.M., caminé hasta mi hotel envuelta en la luz de la luna llena, asomada entre los nubarrones que habían hecho presentir una lluvia que nunca llegó, y acompañada por el aullar de un viento que con violencia había enfriado una tarde amable; solamente paré para cenar unos tacos. 

La habitación invitaba al descanso y me quedé dormida tan pronto apagué las luces, pero desperté a las 2:50 A.M. en el silencio absoluto; vi la hora en el celular que me sirve de reloj. El espacio estaba tan iluminado como si hubiese encendido la lampara del buró; supuse que mi fantasma había decidido acudir para velar mi sueño, viajando en alguno de los rayos de luna, y me volví a dormir. Desperté a las 6:30, lista para organizarme y regresar para ir a trabajar.

Pero desperté con sueño. El café del Starbucks, el único lugar abierto aparte de los OXXO, apenas me ayudó a llegar a clase. Ya en casa, medio organicé las cosas que traía cargando y me  dispuse a dormir de nuevo. Aunque generalmente no puedo dormir de día, en esta ocasión ni el sol entrando a través de la persiana ni los ruidos del vecindario lo impidieron.

Me estiré, el brazo izquierdo sobre el derecho, y sentí que alguien  tomaba mi mano. Me incorporé molesta al ver al visitante sentado tranquilamente al borde de mi cama, como si ese lugar le perteneciera. ¿Qué estás haciendo aquí? Pregunté casi en un grito. “Decidí que valdría la pena volver”, dijo el visitante. ¿Decidí? ¿Y a quién le importa lo que tú decidas? ¡Vete! Esta vez sí fue un grito. 

Mientras se ponía de pie observé que estaba menos acabado de lo que yo hubiera esperado, pero me irritaba sobremanera su presencia y ese jodido pensamiento de creer que si lo decide, es un hecho. Ni al caso. Todavía trató de “hacerme entender” que valdría la pena reintentar vivir juntos. ¡Vete ya! ¡No quiero verte cerca de ninguna manera! dije mientras abría la puerta para que saliera. Ni siquiera se me ocurrió preguntarle cómo había entrado a mi casa, a mi recámara. 

Entonces escuché el grito del que vende agua, y los toquidos en todas las puertas. Miré el reloj del celular: eran las 2:50 P.M. y había dormido por poco más de una hora. 

No todos los fantasmas son bienvenidos.

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