Archive for March, 2015

22 de marzo: tu presencia que me inunda

Monday, March 23rd, 2015
Salgo de Guadalajara recuperando los gratísimos momentos que tuve en compañía de mi hijo; las conversaciones, los libros compartidos, los acuerdos.
En medio de esos pensamientos te deslizas muy cerca de mí, tocándome con un beso que semeja el roce de un pétalo. Mi piel se eriza al sentirte, algo dulce y cálido se deshace dentro de mí y me inunda; te sonrío mientras las lágrima escapan, igual que ahora que lo escribo. Pasa de la media noche y no logro dejar de pensarte.
Un rato de ponernos de acuerdo. ¿Por qué en el autobús, cuando vengo de regreso a esas horas, en la oscuridad de un espacio apenas iluminado por algunas pantallas digitales? No es la primera vez. Cierto. Esos viajes en Omnibus de México rumbo a Tepic,  que duraban toda una noche, fueron los momentos de mayor intimidad que tuvimos. Así supimos quienes éramos y qué nos identificaba, estableciendo, sin percatarnos, ese lazo que tan firmemente nos mantiene unidos.
Sonrío sin que los ojos dejen de gotear mientras permaneces a mi vera, juntos en un asiento que se supone individual. Pero me quedé dormida por un momento y cuando desperté ya no estabas.
¿Dirás de nuevo que me dormí sobre tu hombro?
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Libros y relatos.

Friday, March 20th, 2015

Libros.

Relatos.

Han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria, por lo menos. Y mi memoria más completa comienza alrededor de los tres años de edad. De alguna época anterior solamente tengo imágenes como si fueran fotografías: mi abuela narrando algo, mis padres juntos, un pasillo, unas plantas.

Mi abuela era contadora de historias. Mucho tiempo después reconocí algunas de ellas en Las mil y una noches, por ejemplo. Historias y canciones de su juventud, relatos de su pueblo y del mío. La palabra se cultivaba en mi casa a través de esas narraciones; era un lenguaje rico, con muchos términos que ahora no se usan. Hace unos días dije que estaba entrapajada, un modo de describir a la persona envuelta en trapos. Quevedo la usaba, pero está “descontinuada”, digamos. Me hablaban en lenguaje completo y correcto, nunca en ese lenguaje “infantilizado” con el que muchos se dirigen a los bebés.

Oraciones completas, instrucciones claras que debía seguir cuando me solicitaban algo. “Muchacha, tráeme el ___ que está encima de la caja del Fab”, me diría mi abuela, sentada frente a su máquina de coser, en el tiempo en que todavía no se suponía que supiera leer. Pero uno aprendía a identificar los nombres impresos en los empaques de las pocas cosas que se compraban en caja o bolsa en una época y un lugar en que ir al mercado cada día, para llevar productos frescos para el almuerzo y la comida, era lo normal. Ir al mercado, por otra parte, era y sigue siendo un disfrute. En Tepic, ir muy temprano supone encontrar tejuino fresco, churros recién hechos, jocoque y muchos más antojos, todavía.

Era innecesario almacenar productos y carecía de sentido refrigerar frutas y verduras que uno cortaba de los patios propios y de los vecinos. Tampoco había refrigeradores salvo, tal vez, en las casas de la gente adinerada, pero no me consta. Uno iba a comprar la leche a la casa del lechero, y el pan recién hecho a la panadería de alguno de los tíos, y mejor si era de con mi padrino.

A través de esas sencillas y muy claras indicaciones de cualquiera de los adultos que me rodeaban aprendí también las relaciones espaciales entre los objetos (topología, diríamos de manera formal): abajo de, enfrente de, detrás de… Ser parte de la familia y de la comunidad,  integrándome desde el principio en actividades cotidianas, gradualmente más complejas y relevantes, resultó ser una excelente manera de prepararme para la vida. Al mismo tiempo, me volvió observadora de mi entorno, para poder responder rápidamente… y que me dejaran disponer libremente de mi tiempo 😉

Mi padre, con el apoyo de mi madre, procuró interesarnos en la lectura y de que comprendiéramos lo que leíamos. Yo no sé cuándo aprendí a leer, pero mis primeros documentos impresos, que conservo, me los regaló mi prima cuando cumplí seis años. Supongo entonces que leía desde antes. Recuerdo las fábulas de Esopo, pero no recuerdo cómo llegaron a mí.

Más adelante mi padre nos compraba historietas y libros de manera regular; él los seleccionaba y no recuerdo que hubiera pensado en que tal vez había otros que deseara. Cuando leí La misteriosa llama de la reina Loana, de Eco, me maravilló la idea de recuperar la memoria a partir del encuentro con las lecturas de infancia y juventud. Recuerdo a mi padre llegando con una veintena de “cuentos” que podían incluir “Vidas ejemplares” o “Archie”, por ejemplo.

Nunca me interesé por la botánica o la floricultura, tampoco jugué con muñecas y “trastecitos”, pero muy pronto requerí de libros de ciencia y algo de esoterismo. Hasta una Ouija tuve, al mismo tiempo que el tradicional juego de química, el Meccano, los patines, la bicicleta, etc. Pero lo que más ocupaba mi tiempo era la lectura. Leía hasta los pedazos de periódico de los envoltorios del cuarto (de kilo) de arroz, o el medio de frijol. La cabeza, entonces como ahora, siempre en la luna.

Con el tiempo, mientras seguía aprendiendo de los relatos de mi abuela, de las tradiciones de los pueblos con mi tía Cuca, de los viajes en tren con ella misma y mi tío Gonzalo, del fútbol al que asistía con mi padre, del béisbol y las cartas y los toros con mi tía Cuca, del box y la lucha libre con mi padre y mi madre, comencé a interesarme en la discusión de las ideas y la participación social. Mi abuelo José, mi padre y mi tío Gonzalo eran muy activos, y tuve el privilegio de asistir a algunas tertulias con líderes ferrocarrileros y obreros. Mi padre y yo comenzamos a intercambiar ideas y a liarnos en discusiones.

Crecí, aprendí, y me lanzaron al mundo.

Solamente un aspecto no desarrollé en esos años. Y me ha costado mucho superarlo.

 

 

 

 

8 de marzo: Sueño y sueños

Sunday, March 8th, 2015

Desperté y tenía mucho sueño. 

La noche anterior me había dormido temprano, antes de las 11 P.M., cansada del ajetreo. Habían sido doce horas entre trabajo y caminatas, subiendo y bajando escalones, cargando mi backpak y mi bolsa/portafolios. El único espacio libre totalmente había sido el de la comida, sin apresuramientos y sentados cómodamente, recuperando algunos de los detalles de la sesión de trabajo.  

Al terminar los pendientes, al filo de las 8:30 P.M., caminé hasta mi hotel envuelta en la luz de la luna llena, asomada entre los nubarrones que habían hecho presentir una lluvia que nunca llegó, y acompañada por el aullar de un viento que con violencia había enfriado una tarde amable; solamente paré para cenar unos tacos. 

La habitación invitaba al descanso y me quedé dormida tan pronto apagué las luces, pero desperté a las 2:50 A.M. en el silencio absoluto; vi la hora en el celular que me sirve de reloj. El espacio estaba tan iluminado como si hubiese encendido la lampara del buró; supuse que mi fantasma había decidido acudir para velar mi sueño, viajando en alguno de los rayos de luna, y me volví a dormir. Desperté a las 6:30, lista para organizarme y regresar para ir a trabajar.

Pero desperté con sueño. El café del Starbucks, el único lugar abierto aparte de los OXXO, apenas me ayudó a llegar a clase. Ya en casa, medio organicé las cosas que traía cargando y me  dispuse a dormir de nuevo. Aunque generalmente no puedo dormir de día, en esta ocasión ni el sol entrando a través de la persiana ni los ruidos del vecindario lo impidieron.

Me estiré, el brazo izquierdo sobre el derecho, y sentí que alguien  tomaba mi mano. Me incorporé molesta al ver al visitante sentado tranquilamente al borde de mi cama, como si ese lugar le perteneciera. ¿Qué estás haciendo aquí? Pregunté casi en un grito. “Decidí que valdría la pena volver”, dijo el visitante. ¿Decidí? ¿Y a quién le importa lo que tú decidas? ¡Vete! Esta vez sí fue un grito. 

Mientras se ponía de pie observé que estaba menos acabado de lo que yo hubiera esperado, pero me irritaba sobremanera su presencia y ese jodido pensamiento de creer que si lo decide, es un hecho. Ni al caso. Todavía trató de “hacerme entender” que valdría la pena reintentar vivir juntos. ¡Vete ya! ¡No quiero verte cerca de ninguna manera! dije mientras abría la puerta para que saliera. Ni siquiera se me ocurrió preguntarle cómo había entrado a mi casa, a mi recámara. 

Entonces escuché el grito del que vende agua, y los toquidos en todas las puertas. Miré el reloj del celular: eran las 2:50 P.M. y había dormido por poco más de una hora. 

No todos los fantasmas son bienvenidos.