6 de agosto: A 35 años

Wednesday, August 6th, 2014

Hace 35 años que mi padre se fue. Yo no estuve para despedirme y ni siquiera me enteraron del suceso para no dañar mi embarazo. Ese día estábamos en Venecia, a donde llegamos desde Milán, la primera ciudad que visitamos en un recorrido de varios días por diversas ciudades de Italia, con seis meses de embarazo.

Recuerdo, y tengo anotado en un pequeño diario del viaje, que frente a la Laguna de Venecia vimos pasar una góndola-carroza mortuoria. Nunca se me había ocurrido que así se llevaran a cabo esas ceremonias y por eso lo anoté. Pero claro, todo va a través de los canales.

El viaje siguió a Florencia, luego a Roma y de regreso a Turín. Viajábamos en tren y el punto de partida y de regreso era, por supuesto, París. Durante el viaje, como antes y después de él y hasta diciembre, cuando salí del hospital ya cargando a mi bebé, me comunicaba de vez en cuando con mi familia en Tepic. Mi amá me decía que mi padre estaba dormido, que había salido, que se estaba bañando, de manera que nunca podía hablar con él. Incluso me escribía haciendo comentarios de lo que mi pá me mandaba decir o comentaba.

Sin embargo, yo sabía que algo estaba mal. Estando en el hospital, acabado de nacer Pako, me visitaron los amigos. Guillermo Arreguín, quien hacia su doctorado también en París 7, también en didáctica de las matemáticas, me preguntó cómo habían recibido mis padres la noticia. “Mi papá ya murió”, le contesté. “¿Te avisaron?”, preguntó. “No, pero es algo que yo sé”, respondí. Trató de quitarme la idea de la cabeza, pero era una certeza y yo no podía comentarlo con nadie más.

Llegamos a casa con todo y bebé dos semanas más tarde y entonces quise hablar con mi familia. El padre de Pako me pidió sentarme y luego me dio la noticia. El lo supo todo el tiempo y yo me sentí traicionada. Me enojé, por más que entendiera las razones, por más que supiera que hubiera sido imposible viajar y, mucho menos, hacer algo. Pasaron unos días para que pudiera hablar con mi mamá y el enojo, la frustración, el sentirme traicionada tardaron mucho tiempo en disiparse.

La pena no. De las cosas difíciles es el hecho de que nunca se hayan encontrado mi padre y mi hijo, tan parecidos en el ser. Sé que Pako era ya muy querido por el Profe. Sé que mi hijo respeta mucho su memoria. Pero faltó la convivencia.

Conservo, especialmente, la última carta que me escribió mi padre en su buen francés aprendido con ayuda del Larousse solamente para escribirme en esa lengua y a pesar de su enfermedad. La carta en la que me cuenta de los problemas ocasionados entre él y mi madre por mis dos hermanos menores, pero en la que me aseguraba que amaría a su Chata hasta el último día de su vida. Y lo hizo.

Pako nació tres meses y quince días después de que mi padre falleció. Y ha tomado el relevo en muchos aspectos. Conversamos/discutimos de la misma manera y sobre tópicos semejantes que en las conversaciones/discusiones con mi padre. Valoramos las mismas cosas y hablamos, esencialmente, el mismo lenguaje. El psicólogo de Pako (lo solicitó a los 10 años) dijo que era natural, habiendo sido criado por mí. Debe ser.

Hoy doy gracias por el padre que tuve, por lo que me brindó, por las oportunidades que abrió para mí con la formación y el ejemplo, por apoyar y promover mi desarrollo para llegar a ser como soy, lo que soy. Y porque con ese ejemplo he criado a mi hijo y estoy más que satisfecha con el resultado.

Gracias, Profe. Siempre en mi corazón, siempre a mi lado.

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