20 de mayo: Viaje a mi tierra

Tuesday, May 20th, 2014

Regresé de mi viaje a Amatlán. Comenzó porque me ofrecí a llevar a Pako de regreso a Guadalajara, para recortar tiempos, cuando vino a traer su camioneta y sus triques antes de irse a vivir por un rato al D.F.  Pero Pako tenía mucho que dejar arreglado de sus proyectos que seguirá monitoreando, esperando regresar a establecerse a Guadalajara, y necesitaba estar con su novia. Por mi parte, no hay mucho tiempo para vacaciones y tampoco muchos recursos monetarios, al mismo tiempo que la ida a Amatlán ofrece muchos atractivos: el campo, los antojos, la familia, los amigos, los paseos.

Llegamos a comer a Guadalajara, dejé a mi hijo en la oficina y enfilé rumbo a Ameca para seguir hacia Ahualulco de Mercado (tierra de mi abuelo materno), Etzatlán, San Marcos y Amatlán. Los paisajes, el clima, los árboles cargados de ciruelas todavía verdes, … el chiflido de los “aigres”.

Llegar al pueblo es integrarse a la vida de la comunidad, sin más trámite. Una de las cosas que me gustan es que la gente está muy bien enraizada. Muchos son emigrados, pero viven acá y mantienen sus costumbres. Se mueren y los traen de regreso, a donde pertenecen. No son ostentosos en modo alguno. Se organizan y comparten y se divierten jugando cartas, organizando reuniones para comer la variedad de platos que aportan, o las cubetas llenas de mangos de sus corrales, o los elotes recién cocidos, de su milpa. Ni los hombres ni las mujeres se visten “socialmente”. Es una maravilla sentirse libre para ser uno mismo.

Esa tarde fuimos a casa de Lupita, una amiga de mi hermano y su esposa, donde todas las tardes se reúnen a jugar cartas. Café, antojos y risas. Luego cayó un aguacero que agradecimos. Regresamos a la casa bajo la lluvia y yo descalza, recuperando sensaciones de mi infancia.

El sábado acompañé a mi hermano y dos de sus compañeros a Tepic. Iban a una reunión del Instituto Nacional Electoral, porque las elecciones municipales están en puerta. Mi cuñada se iría a Guadalajara a comprar algunas cosas. Mi plan era visitar a mi hermano Saúl y su esposa Cata. Salimos temprano y en el camino, a media sierra,  se tronó una llanta con una de las piedras de los deslaves provocados por la lluvia de la noche anterior. Piedras muy filosas que invaden la estrecha carretera que va de Amatlán a Ahuacatlán, en un camino lleno de curvas. La entrada por Ameca es mucho más plana y sin esas sorpresas. Poco más de una hora estuvimos detenidos, hasta que la llanta de refacción llegó.

A Tepic llegamos alrededor de las 9 :20 A.M. Había que cruzar la Alameda para ir al centro de la ciudad. De todas maneras, es la peregrinación obligada por/para mí.  Me senté en la banca de siempre y escribí una nota a mi ausente interlocutor. Estuve un rato y llamé a Saúl para preguntarle si estaba disponible. Iba saliendo al mercado de abastos, dijo, y se tardaría unas dos o tres horas. Nos comunicaríamos entonces para que pasara por mí o me fuera yo a su casa.

Almorcé, me puse al corriente en mis mensajes y decidí ir a buscar, otra vez, a mi amiga Raquel. El camino corto era recorrer la calle Morelia, que había evitado por casi 40 años. El Parque de la Madre, la “Secundaria Justo Sierra” (en la que estudiaron mis hermanos varones), la casa de Lupita Láscares (en remodelación), la casa que él reconstruyó y donde vivió (solo) hasta el último momento, para llegar a la calle Lerdo. Hacia la izquierda la casa de Raquel y luego la que fue de mi abuela María (paterna); hacia la derecha la escuela “Amado Nervo” donde mis hermanas y yo cursamos la primaria, frente a la que fue la academia de inglés de mi padre (que atendía por las tardes, después de su trabajo oficial), y luego el centro comercial de la ciudad.

Pregunté por Raquel a los vecinos, dado que la ocasión anterior no parecía que siguiera viviendo ahí. Una vecina me dijo que sí, pero que tenía que tocar fuerte y llamarla. En efecto, ahí estaba. Ella no me reconoció, a mí me costó trabajo asumir su deterioro. Empequeñecida físicamente, pero no en su afecto. Me dijo que cada que era su cumpleaños se acordaba del mío y ofrecía la misa por mí. Hay cosas que no recuerda, y es mejor. Pero sigue en tratamiento, con una ridícula pensión por orfandad cuando le negaron lo que le correspondía como hija única de sus padres. Tenía más de 30 años de no verla, y lo lamenté. Me contó de Lupita Láscares,  jubilada ya y que andaba de paseo en Europa; me contó de las Villalobos (Carmelita, que fue nuestra compañera, vive en Estados Unidos) y de Rosario Contreras de quien me dijo que vive en León. El resto de lo que queda de aquel grupo de amigas/compañeras de primaria y secundaria, parecen haberla excluido de cualquier actividad social. A mí me buscaron al iniciar el 2000 que para festejar que todas cumplíamos 50 años,  pero a Raquel (que vive en Tepic) no la contactaron. Yo no asistí porque no se me antoja convivir con gente que ha crecido de otras maneras y con otros estándares y preocupaciones. Con Raquel la amistad se prolongó a lo largo de todos los años que siguieron a la secundaria y conocí muy de cerca sus penas. No la busqué después de que me dio aquella noticia.

Después me fui al mercado, a llenarme los ojos de los colores de las frutas de mi pueblo y a buscar tejuino. Se me antojaba una torta del Flamingos pero había almorzado muy bien. Compré un par de bolsas huicholas y pomada de peyote en los puestos afuera del mercado. Entonces me llamó Manuel para decirme que ya era hora de regresar. Volví al Instituto Electoral y ahí me llegó el mensaje de Saúl, para vernos. Ya no hubo tiempo. Pero iré en la primera oportunidad.

Durante la jugada en casa de Lupita, esa tarde, se organizó la ida a El Salto (uno de los balnearios cercanos) para el día siguiente. Comunicación de boca en boca, el domingo éramos unas 40 personas a la sombra de los árboles disfrutando de un variopinto menú, con lo que cada quien decidió llevar. Tuvimos música de banda, nos refrescamos en las albercas llenadas por el arroyo, caminamos entre los árboles  del cerro, conversamos en grupos y me sentí muy relajada.

El lunes necesitaba estar sola. Me fui a caminar por la calzada que corre paralela al río y que se alimenta de los mantos sulfurosos que hay en Amatlán. Prudencio, el perrito de mi sobrina, fue mi compañero. Caminamos como 50 minutos tomando fotos de las flores, sentada a ratos en alguna piedra, antes de regresar. Mi hermano estaba en su consultorio, al lado de la casa, y mi cuñada en su trabajo. Me llené de la presencia de siempre, y me subí a la cama, como siempre. Cuando Manuel terminó su jornada, alrededor de las 3 P.M. fuimos a comer camarones y tuve un quiebre en público, al escuchar un pedazo de la canción. Mi hermano no dijo nada, la chica que nos atendía no supo qué hacer. Me controlé tanto como pude para terminar de comer. Pero el resto de la tarde lo pasé en aislamiento, leyendo un poco, y no fui a casa de Lupita.

Hoy tomé el camino de regreso. Al llegar a Guadalajara decidí continuar por la carretera libre a León, por los Altos de Jalisco. Solamente me detuve en San Julián a comprar algo de quesos. Poco menos de cinco horas de camino, pero llegué cansada y me dormí un rato.

Ya se acabó el día. Mañana Alma Rosa y yo iremos a la ópera, a ver/escuchar La Traviata. El viernes planeo ir a Celaya al Festival de Palabras al Viento y el sábado viene Martha Márquez, de regreso de San Luis Potosí rumbo a La Paz. Un fin de semana muy atractivo.

Me podría ir el domingo a Tepic para regresar el martes por la tarde, porque el miércoles 28 comienza el curso de verano en la universidad. Veremos si mi energía alcanza.

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