6 de mayo: El colibrí, Fluffy, Pako y yo

Tuesday, May 6th, 2014

Hoy fue un día afortunado porque mi amigo colibrí me acompañó durante el desayuno y durante la comida. Después del desayuno desapareció, y supuse que era porque el sol ya estaba alto y ya se sentía el calor (teníamos unos 29 grados). Pero al medio día, justo cuando acababa de organizar la mesa con mi comida, volvió a aparecer, con una temperatura de 33 grados y a pleno sol. Yo estaba de espaldas y escuché su gorjeo, al voltear lo vi revoloteando y luego se fue. Cambié la orientación de mi silla, por si volvía a aparecer, justo a tiempo.  Se posó en el bebedero, ladeo su cabeza para verme, bebió, revoloteo, se fue y regresó. Estuvo en esa actividad todo el rato que duró mi comida. Luego se fue y ya no ha regresado.

de ladito

de ladito

aleteo

aleteo

bebiendo

bebiendo

Mi amiga Rocío dice que poco a poco, y que le dé tiempo. Pero no quiero atraparlo ni que coma de mi mano. Es tan libre como lo era Fluffy, como lo es Pako y como soy yo. Atrapados nos morimos.

Fluffy era el gato de mi sobrina Jessy. Era todo un señor que exigía su silla, que se ponía de modo para que yo le pasara la mano una o dos veces y terminaba con un remedo de mordida, dando por terminada la sesión,  y que llegó a hacerme una caricia en la cara, con su garrita con las uñas escondidas. Estaba un rato en la casa, luego se levantaba y caminaba majestuosamente hacia el patio, y se escapaba. Era muy vago, le gustaba revolcarse en la tierra y en el pasto. En una de sus andanzas lo atropelló un carro y hubo que dormirlo. Nunca he encontrado otro gato tan afín a Pako y a mí.

Porque Pako es igual: se deja hacer un par de caricias, más en forma de lucha libre que de apapacho, y luego gruñe. Está en casa mientras siente que lo necesita, y luego se va. No hay nada que lo detenga. De las tantas cosas que debió aprender viviendo conmigo, leyendo mis libros, escuchando mi música, oyendo mis historias.

Yo tampoco soy de mucho apapacho y me cuesta mucho dejar que la gente invada mi espacio vital. Por eso no bailo, por ejemplo, a menos que sea bailar suelto y solamente en circunstancias y con personas especiales. Tampoco me gusta sentir que alguien crea que soy de su posesión. Mis amigas y amigos saben que pueden contar conmigo, pero no pueden encerrarme ni limitarme ni condicionarme.

Ni Pako ni yo caemos en asuntos de manipulación. Pako es mucho más directo que yo, eso sí; frente a una situación de ese estilo claramente dice “a mí no me manipules”. Yo me río y puede ser que haga una broma dejando claro que no lo consiento, o presento mi renuncia, o anuncio que hasta ahí llegué y que cambio de casa, de ciudad y hasta de país si es necesario. Viceversa, tampoco manipulamos. Si alguien dice que no hacemos lo que espera, en cualquier sentido, y que por eso se va, lo dejamos libre. No dramas, no exposición de razones, no métodos de convencimiento. He visto pasar a mi hijo un par de veces por esos trances y sé, por experiencia, todo lo que duele, pero también sé que no hay vuelta para atrás.

Entiendo que al colibrí le gusta su libertad; que acepta el agua dulce del bebedero o el néctar de las lavandas, nada más; que es extraordinario que se deje tomar foto o video; que cuando ya no necesita nada se va. Hasta la siguiente vez. Entre los dos siempre está la ventana de por medio, y así seguirá. Será bienvenido cada que quiera regresar como lo son, hasta ahora, todos mis amigos y amigas.

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