25 de diciembre: una Navidad distinta

Wednesday, December 25th, 2013

Muy distinta, entre la pena y el estrés, pero también con gratísimos momentos.

La noche del 23 de diciembre nos notificaron que mi sobrino Daniel estaba al bordo de la muerte por una infección generalizada. Vivía en Rosarito, B.C. con su mujer, Shana, y la pequeña Karma. Hace dos años mi amá y yo estuvimos con ellos y conocimos a Shana y a la chiquita. Hace un año y medio, cuando organizaba mi mudanza de TJ a León, Daniel me ayudó con algunas cosas. Y no volvimos a vernos. Tenía apenas 32 años y, aunque lo conocí cuando era pequeño, pasaron muchos años para que volviera a verlo, en Buena Park. Lo recuerdo siempre sonriente, a pesar de las tragedias que le tocó vivir. De eso hablamos mientras me ayudaba a deshacerme de algunos muebles y objetos. Pero no tenía rencores. Supongo que el amor de Shana y de Little Karma le ayudaron a sanar sus heridas.

El 24 de diciembre amanecimos con la noticia de que había fallecido. Nadie de su familia cercana pudo viajar a Rosarito. Mi hermano Juan, su padre, llegó hasta Buena Park traído por Sharon, la menor de sus hijas. Pero no podían cruzar a México. Mi madre no fue enterada, por razones de salud, y el día transcurrió con mis hermanos, mis sobrinos y nosotros en espera de los acontecimientos subsecuentes. Pretendimos, en cada casa, hacer vida normal cocinando y pensando en nuestros chiquillos.

Uno se va habituando a que sean los mayores los que se van primero. Duele cada uno, pero las enfermedades o la edad van haciendo que la muerte de nuestros mayores sea vista como natural. Parte del proceso de vida, decimos. Pero cuando es uno de los más jóvenes, ya de la generación que sigue a la nuestra, nos cuestionamos y rebelamos. Supongo que no hay peor tragedia que perder a un hijo. Y he visto familias derrumbarse o amargarse para siempre como consecuencia, mientras veo el ejemplo de mis compadres Abundio y Haydee celebrando la vida de sus dos hijos (Carlos y Melania), arrancados en plena juventud y promesas de vida, y dándose a los demás de una manera total. Por otro lado, creo que asumimos nuestra propia muerte como algo que eventualmente llegará, pero no sé qué tanto sufra la gente  pensando en eso, porque son de las cosas que preferimos no mencionar.

Es la muerte de los otros la que nos angustia, creo. Recuerdo el libro de Simone de Beauvoir Una muerte muy dulce, autobiográfico, sobre la muerte de su madre. Me pareció terrible pero muy revelador. Y recuerdo también El país de  las sombras largas, de Hans Ruesh, sobre la vida de los inuits (esquimales) previa a su “americanización”; particularmente la muerte de los ancianos, sin drama, aceptando la realidad en su durísimo hábitat. En nuestro pasado prehispánico la muerte jugaba un papel muy importante en la vida de todos los días.  “La muerte era parte del cosmos sin cargas morales. Simplemente era.” Será que la influencia española modificó esa consideración y convertimos a la muerte en un acontecimiento dolorosísimo cargado con todos los “si yo hubiera” posibles. Y no es que no duela.

Recuerdo a Agustín (Agustín Rozada Rebollar, S.J.) el día en que las cenizas del Padre Manuelito (Manuel Rubén González Ramírez, S.J) se depositaron en Casa Manresa, la Casa de Oración de la comunidad jesuita en Tiuana. Reconoció que estaba contento porque su compañero de estudios y trabajo durante muchos años había llegado a la casa de “mi papá”; pero, dijo, extrañaría mucho al amigo, y se le quebró la voz. Y luego festejamos la vida del padre Manuelito y dimos gracias por todo lo bueno que sembró y dejó en nuestras vidas. Pero la ausencia es terrible. Probablemente eso sea lo que más tememos cuando pensamos en la muerte de alguien que no somos nosotros.

La tarde/noche del 24 la pasamos en vilo esperando la reacción de mi madre cuando supiera lo de Danny. Todos reunidos a través de mensajes de grupo en Facebook (mis hermanos Manuel, Nidia y Saúl, y yo) con los que estaban al lado de mi amá (mis hermanos Juan e Irma y mis sobrinas Jessica y Sharon). Seguramente es la primera vez en muchos años que todos nos hacemos presentes al mismo tiempo. Mi madre ni podía enterarse de nada. Primero porque el complot fue secuestrarle el iPad y el celular para que la noticia no le llegara a través de Facebook. Y luego, porque apenas podía tenerse en pie, como resultado de una confusión entre las pastillas que toma. Había mezclado las pastillas que ocasionalmente utiliza para poder dormir (un cuarto de pastilla muy de vez en cuando) con el Piroxicam que necesita por su artritis y de las cuales toma una pastilla al día.

Cuando me comuniqué con ella utilizando el iPhone de Jessy (para utilizar el Face Time), la vi como borrachita, recostada y adormilada y con dificultades para articular las palabras. Reconocí mis síntomas: presión y glucosa bajos. Irma le tomó la presión: 91/57, y le dieron líquidos con glucosa para ayudarla. Cuando decidieron llevarla a Urgencias descubrieron el asunto de la confusión de las pastillas. Era pasada la media noche aquí en León. Hoy despertamos sabiendo que está mejor y que le controlarán las pastillas para que no las confunda.

Con todo, la vida tuvo que continuar en cada casa. Yo cociné los tamales, jugué con The Book f Spells en Play Station, con mi hijo, antes de cenar. Intercambiamos regalos y me fascinó verlo entretenerse por casi una hora armando el futbolito que le compré (sí, tiene 34 años pero nos seguimos divirtiendo como siempre), poniendo cada detalle en la madera limpia y ensamblando las piezas. Yo tengo ahora, además del iPad mini, un calendario 2014 con imágenes de El Principito, dos juegos de dados para contar historias (uno para las que comienzan con “érase una vez”, y otro para las que son de acción) y una urna para dulces o galletas. Lo mejor de todo, la convivencia con Pako.

el futbolito mi galletero mis dados

Una Navidad diferente. Una Navidad en la que por razones inesperadas, los hijos de Maggie Mosqueda estuvimos todos juntos, gracias a la tecnología. Tristeza, por supuesto. Pero la vida sigue.

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2 comments on “25 de diciembre: una Navidad distinta

  1. Elías Loyola Campos says:

    Pues sí, la vida sigue, también mi mamá lo decía ante las pérdidas de los seres queridos y cercanos. Ella se fue antes que sus hijos, mi hermana la siguió a los pocos meses y este año mi hermano. Mi padre ha tenido que soportar los tres descesos. Estando próximos a él procuramos que todo le sea más llevadero.

    Navidad la pasamos aquí, en Aguascalientes, en compañía de la familia de mi esposa. Año nuevo lo pasaremos con mi papá, en el DF.

    ¡Feliz año nuevo!

    • Blanca Parra says:

      Aquí la parte más difícil ha sido para la hermana menor de Daniel y para la esposa. Mi mamá, por supuesto, lo ha llorado mucho pero ha entendido que ahora es tiempo de apoyar a los que estaban más cerca y quedaron sin el apoyo. El suceso ha acercado muchos a todos los integrantes de la familia, especialmente a las dos hermanas de Daniel con mi mamá y mis hermanas y sobrinas. Eso debe ser bueno.

      Pues te deseo un muy feliz año para ti y toda tu familia. A disfrutar lo que se pueda.

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