Archive for September, 2013

1 de septiembre: My way

Sunday, September 1st, 2013

Ayer fue la reunión para festejar los 70 años del Tec de Monterrey, con el reconocimiento a profesores que “dejaron huella”. Además de la ceremonia, de recibir los mensajes de los ex alumnos que nos llevaron a ese momento, de que nos entregaran el pisapapeles o sujetalibros (al gusto, porque no se me ocurre qué otra cosa hacer con esa copia de un monumento alojado en Campus Monterrey), lo mejor fue la reunión con algunos ex alumnos y amigos muy queridos y la presencia de muchos antiguos compañeros de trabajo. Ah! y,  por supuesto, el disfrutar de las guacamayas y tacos dorados de Javier.  Recordé, por supuesto, mis inicios en la docencia, hace 41 años, y cómo llegué ahí.

Cuando terminé la secundaria, recién cumplidos los quince años, mi padre me preguntó qué pensaba estudiar.  Ni siquiera era si pensaba hacerlo, como seguramente fue la situación para la mayoría de mis sesenta y tantas compañeras del tercer año de secundaria en “la Alemán” (Tepic, 1965, escuela del Estado, y por cooperación, para señoritas). Recuerdo que en aquellos días la Secretaría de Educación del Estado mandó a indagar si queríamos convertirnos en maestras rurales. Dos o tres compañeras aceptaron la propuesta.

Mi respuesta a la pregunta de mi padre fue “Literatura”. Pero mi apá me conocía muy bien, y doy gracias por ello. Me dijo “No. Ese es tu hobbie. Elige algo en lo que te gustaría trabajar”. Sin mucho de dónde agarrarme dije “Contabilidad”.  Entonces mi pá se rió: “No sirves para eso. La contabilidad es muy demandante y exige noches enteras de trabajo”. Tomando en cuenta que no sé desvelarme y que por ningún motivo pienso en sacrificar mi sueño (excepto leyendo o platicando), me quedé sin respuesta. Lo que siguió fue determinante: “si no estudias en el Politécnico te voy a mandar a Atequiza, internada, a estudiar para maestra”.

¿Yo, maestra? Por supuesto que no. De modo que se decidió que iría al Politécnico, a la ciudad de México, para iniciar el bachillerato. Uno de mis medios hermanos, que entonces estudiaba la Maestría en Física Nuclear (son tres, mayores que yo, y solamente tenía trato con uno de ellos, que no era éste),  fue el encargado de inscribirme en una Vocacional (los bachilleratos del Poli). Escogió la Voca 3, de Ingeniería y Ciencias, como pudo haber escogido la Voca 6, de Ciencias Médico-Biológicas: mismas instalaciones, mismo patio, etc. en el Casco de Santo Tomás. Eran las que le quedaban cerca de su casa.

La historia de mi paso por la Voca 3 es otro rollo. El asunto es que durante esos dos años cada profesor (era la única mujer en mi grupo de primer año y solamente éramos cinco en el segundo) me sugirió una carrera: Arquitectura o Ingeniería Civil, dijeron el de matemáticas y el de dibujo; Sociología, dijo el del único curso de Humanidades; “váyanse a su casa a aprender a cocinar” dijo el de química… y odié la materia por el resto de mi vida. Había hecho los talleres de Construcción, lo que me dió diploma de técnico, y decidí que sería Arquitectura. Pero en el camino, en lugar de ir al Edificio 5 de Zacatenco entré al Edificio 6 a pasar un semestre como oyente, con un par de amigas. Mis otros desvelos tuvieron la culpa. En mi intento por no equivocarme fui a que me hicieran una prueba psicométrica completa, que no sirvió para nada: “puedes estudiar lo que tú quieras” que para mi fue casiel  equivalente de decir “no sirves para nada”.

Pero me gustó el ambiente y los rollos y me quedé en Física y Matemáticas ya como estudiante regular cuando inició el siguiente semestre, el mismo en que inició la huelga (1968).
Al terminar la carrera Felipe Peredo, mi profesor de Algebra Moderna IV (mi área de especialidad fue esa), me invitó a ingresar como profesora (fundadora) de la UAM. Significaba integrarme como matemático a un departamento en formación y dedicar mi vida a la investigación en el área y a la docencia. Dije que no, y no me arrrepiento.

Antes, en 1972, mi hermana menor llegó a vivir conmigo para cursar el segundo año de secundaria y luego entrar a la prepa. Como hicieron conmigo, fui a la escuela secundaria más cercana a la casa de huéspedes en la que vivía, para inscribirla. Pero era una secundaria técnica y no podían aceptarla porque “la Alemán” no tenía en su programa las materias que ella hubiera necesitado.  Me dieron la ubicación de una escuela ad hoc (donde la inscribí)  pero al mismo tiempo me pidieron que diera clase de matemáticas y física a los niños de la técnica. Ni loca, dije. Y me rogaron una y otra vez. En algún momento mencionaron que me pagarían 2600 pesos mensuales por 20 horas de trabajo semanales, por las mañanas.

Mis padres me enviaban alrededor de 900 pesos mensuales en aquella época, los que servían para pagar renta, comidas, todo tipo de artículos que necesitara, los camiones y algunas distracciones. Entonces lo consideré. Tenía 22 años y siempre supe el enorme esfuerzo que mi padre hacía, trabajando de 6 A.M a 9 P.M., para sostenernos y educarnos. Mi papá dijo que estaba loca, y que si aceptaba trabajar dejaría de apoyarme económicamente. Comencé a trabajar dando cinco cursos de matemáticas: uno a cada uno de los grupos de primer año de la Escuela Secundaria Técnica #92, en Av. de los 100 Metros, frente al Instituto del Petróleo. Y me enamoré del trabajo con los escuincles.

Sin formación docente, inventé maneras que me permitieran entender las causas de la incomprensión, cuando aparecía, y maneras de ayudarlos a entender. Comencé a diseñar materiales y a hacer investigación en el aula. Era muy gratificante. En algún momento, habiendo terminado la carrera,  me inscribí en la Maestría de Planeación Urbana (ahora sí iba al Edificio 5 de Zacatenco) pero los cursos me parecían una vacilada. Y entonces se abrió Matemática Educativa en el CINVESTAV (1975), con la Maestría en Ciencias en esa especialidad. Decidí que el aprendizaje de las matemáticas era lo que verdaderamente me interesaba y que la docencia me apasionaba.

Siguieron los años de formación, de investigación, de hacer equipo con gente muy valiosa y de conocer la otra cara de la moneda. Pero mi camino ya estaba claro, y esta vez lo decidí yo.  Así llegamos a este momento en el que, aunque ya retirada por voluntad propia, sigo haciendo lo que me gusta. Y tengo muchas recompensas en esta área. Como las de ayer, como las de todos los días cuando mis ex alumnos, que ahora son mis amigos, me comparten documentos, mensajes, o me piden apoyo o me platican sus cuitas y sus alegrías, me invitan, me incluyen a pesar de la diferencia de edades.

Muchas cosas quedan como cosas chuscas:

  • El jefe que quería convertirme en su alumna de por vida, firmando mis trabajos
  • Los alumnos que firmaron y publicaron mis textos (e hicieron de esta práctica un camino de triunfo)
  • El jefe que me dijo que valía más un buen coordinador de cursos que un buen profesor de matemáticas (y que acabó dándome la razón, con lo cual renuncié muy contenta)
  • La que decidió que había que competir conmigo, sin saber que no me interesan las competencias de ningún estilo
  • El jefe que quería que firmara una carta de obediencia (yo, que nunca he obedecido a nadie)
  • El jefe que dijo que al cabo nadie quería trabajar conmigo

A cambio estuve y estoy rodeada de gente verdaderamente valiosa. Los jefes que reconozco como verdaderos líderes y los alumnos, amigos y compañeros que me inspiran.

Gracias por acompañarme en el viaje. Me siento contenta y muy satisfecha.