8 de diciembre: la cocina y yo

Saturday, December 8th, 2012

Mientras preparo la miel para los buñuelos, la masa reposa y las guayabas para un atole están casi en su punto. Subo por mi laptop, para darle forma a un proyecto que en dos años no ha encontrado el momento de inicio. Al bajar a la cocina me envuelve el olor de la canela, el clavo y las guayabas. Recordé la novela de Jorge Amado “Gabriela, clavo y canela” pero también los olores de la cocina de mi casa. Debo decir las cocinas: la de mi casa propiamente dicha y la de la casa de mi tía Cuca, que también era mi casa; las dos casas eran un gran espacio comunitario, con los corrales y patios en los que jugamos tanto como quisimos y en los que encontrábamos frutas y flores, la gran pila bajo los limos, y la resbaladilla en la que me rompí el cóccix, jugando a subirnos de espalda.

Antes, cuando partía en trozos el piloncillo (así será más fácil hacer un café de olla) el gusto de la melaza me recordó dos cosas: los costales de azúcar y las botellas de “melado” que los trabajadores del Ingenio de Menchaca le regalaban a mi papá, y el trapiche del rancho de mi tía Margarita (hermana de mi abuela Hilaria), lugar donde pasamos varios veranos viviendo la vida simple y tan tranquila del campo (sin electricidad ni cualquier aparato moderno), en la que querer la fruta era estirar la mano para cortarla, tener sed era acercarse a un ojo de agua para saciarla y tener calor era meterse al Charco Largo a nadar. Otra vida, otros tiempos.

Volviendo a la cocina, no encuentro un momento en que no haya habido algo rico preparado por mi madre, mi abuela o mi tía. Nosotros, mis hermanas y yo, nunca cocinamos ni aprendimos a hacerlo. Yo he recuperado algunas cosas a través de mi memoria del antojo. Así nacieron los tamales, el lomo en salsa de coca cola o de cerveza, la carne con chile, los chilaquiles, etc. en mi cocina, por la pura memoria. Luego, he tenido la fortuna de que mi madre me comparta algunas de sus recetas: el pollo en blanco, la capirotada, el rompope, las galletas de nata y el coffee cake, por ejemplo. Otras cosas provienen de mis antojos, recogidos en las tantas partes en las que he vivido, y de las recetas que se comparten en línea o en los libros que compré hace 33 años, cuando Pako nació, y que me permitieron alimentarlo de manera más o menos razonable y prepararle los pasteles de cumpleaños.

Creo que por eso me meto a la cocina, para recuperar las memorias de mi familia y recuperarme yo misma.

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2 comments on “8 de diciembre: la cocina y yo

  1. Elías Loyola Campos says:

    Los olores, los sabores… ¡Eso va directamente al sistema límbico! La sinestesia es una buena táctica para estar más ceca de la verdad en los recuerdos.

    Así que “te las das de olor”…
    Saludos

    • Blanca Parra says:

      A la recherche du temps perdu. Sí, después de que escribí la nota me acordé de Proust.
      Y sí, literalmente quedo envuelta en los olores de la cocina!

      No me has contado de tu nueva nieta!

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