16 de junio: Tepic

Saturday, June 16th, 2012

La visita de día a la ciudad de Tepic tuvo sus claroscuros.

La Alameda volvió a ser remodelada en los últimos 30 años, aunque no sé cuántas veces. De nuevo está cerrada a los automóviles, pero ahora los jardines están cercados por tremendos bloques de cemento pintados de rojo, que crean un sentido de estrechez, semejante a la que debió tener en su mente quien propuso la idea y ordenó la alteración. Pero el centro de mis recuerdos permanece casi inalterable: aunque las bancas de piedra fueron cambiadas por otras, de metal, la fuente está intacta, si acaso grafiteada. El espacio de intimidad  me sigue haciendo falta, como entonces. Algún día se dará el encuentro y no habrá interrupciones, aunque sea en otra vida.

Caminar por la calle Lerdo nos llevó frente a la antigua casa de mi abuela paterna y, enseguida, a la casa cerrada de mi amiga Raquel. Mi mamá me detallaba quienes habían vivido en la calle Morelia, al doblar la esquina, pero yo solamente podía recordar una persona (ninguna de las que ella mencionaba). Más adelante, por la misma Lerdo, la escuela primaria a la que asistí, entonces solamente para niñas y en horario de 9 a 13 y de 15 a 17 horas, todos los días. Frente a ella se encontraba la academia de inglés que mi padre tenía y en la que ofrecía una clase de una hora diaria por $30 al mes, y que atendía de 6 a 9 P.M., después de su trabajo en la Oficina de la Secretaria del Trabajo y Previsión Social (de 8 a 15 horas) y de la clase de inglés que impartía en la Normal Rural de Xalisco, lugar que realmente amaba.

Al llegar al Mercado Principal, junto a la Plaza, encontramos los puestos de los huicholes, quienes confeccionan y ofrecen sus artesanías vestidos en sus trajes típicos, su atuendo cotidiano. Ahí compré la pomada de peyote que ayudó a aliviar los dolores del cuello provocados por el accidente en que nos vimos involucrados el día que llegamos a la ciudad.

De día, la Plaza Principal se ve bien, aunque en las jardineras se nota el descuido municipal. Poca gente cruzándola, con el sol del mediodía, pero algunos tomaban el fresco bajo los árboles.

Con todo, me gusta la ciudad vieja. O lo que queda de ella. Porque al último gobernador, Ney González, le dio por derribar los dos estadios (béisbol y fútbol) que marcaban el límite norte de la ciudad, en la salida a Mazatlán, y que conectaban con la Alameda. Que iba a construir la ciudad de la cultura, dicen que dijo.

Espero que no tengan que pasar otros 30 años para que yo recorra sus calles de nuevo.

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