6 de marzo: mucho ruido y pocas nueces

Tuesday, March 6th, 2012

Como cada año por estas fechas. Que si la mujer, que si sus derechos, que si… Y el día 9 ya volvemos a la normalidad que significa seguir atropellando a las mujeres que nos ayudan en el servicio ya sea de la casa, de las oficinas, en los restaurantes, mercados y demás. Hombres y mujeres que nos sentimos superiores de alguna manera. Porque no es cosa de machismo masculino solamente.

Será que la opresión que sentimos (hombres y mujeres) la descargamos sobre el más débil, en este caso las mujeres que tienen necesidad de un salario por mínimo que sea y no se atreven a levantar la cabeza o la voz por no perderlo?  Pero también hay hombres en esa situación!

Hablando solamente por mí y no por cada uno de los seis hijos de mis padres, porque cada uno construye una historia diferente a partir de los mismos elementos, diría que fue precisamente la manera en que me educaron en mi casa lo que me ha llevado a asumir una posición de igualdad de todos, hombres y mujeres. Por supuesto que a mi educación  definitivamente contribuyeron las escuelas públicas por las que transité así como el entorno familiar y social.

Mi abuelo paterno fue un luchador social y mi padre un abogado de los trabajadores, además de maestro. Mi tío Gonzalo era activista ferrocarrilero. Los tres hombres más cercanos en mi entorno. Las mujeres de mi casa, comenzando por mi abuela Hilaria, nunca fueron mujeres sumisas o dominadas. Puras mujeres fuertes.

Aún cuando las tardes en la escuela primaria se dedicaban a aprender todo tipo de manualidades (ocupación que permitía que la maestra en turno se hiciera cargo de asegurar las habilidades de lectura de las alumnas con más dificultades) en mi casa nunca se trató de que aprendiera los “oficios femeninos” si no estaba interesada por mí misma. Mi asunto era la escuela y mis lecturas, y las mujeres mayores de mi casa se echaban encima la responsabilidad de las labores domésticas con la ayuda ocasional de alguna vecina. Solamente cuando fui a vivir a la Ciudad de México, sola, poco antes de cumplir 16 años, tuve que aprender a lavar mi ropa y menesteres semejantes. Igual que tuvo que aprender mi hermano Manuel cuando llegó su turno.

Durante mi primer año en la Voca 3 del IPN fui la única mujer en un grupo de hombres. Ninguna concesión y ninguna discriminación por ser mujer; pero tenía que trabajar al ritmo de los demás  y al mismo tiempo desarrollar habilidades que las escuelas de niñas (hasta la secundaria), en Tepic, no me habían exigido. Por supuesto que me asimilé al grupo y, por razones de comodidad, comencé a utilizar los atuendos que acostumbro: jeans (hechos por mi abuela) y playera con suéter, zapatos (no tenis) cómodos y, ocasionalmente, un disfraz de … cualquier otro estilo. Con mis compañeros “matamos” más de una clase para irnos a jugar futbol a los campos deportivos (yo podía fungir como arbitro o como porra). Con ellos aprendí a jugar volados con el taquero y el merenguero, consecuencia de la necesidad de gastar lo menos posible. Tal vez la única deferencia era su cuidado del lenguaje.

En Física y Matemáticas (IPN) ocurrió más o menos lo mismo, excepto que ya no había ni tacos ni merengues. El activismo político fue animado en mi casa  mientras yo lo considerara relevante y hasta donde quise involucrarme, a pesar de los riesgos. El regalo de mi padre cuando cumplí 18 años fue una revista Siempre! con el texto íntegro del discurso de Luther King. De más está decir que las discusiones con mis amigos (poquísimas amigas) y mi familia nunca giraron en torno a temas “femeninos” aunque nadie los había excluido de manera intencional.

Socialmente, los problemas surgieron con las que habían sido mis compañeras en los años del kinder, la primaria y la secundaria (12 años). Ahí sí sentí rechazo: hay códigos que las niñas preservan muy celosamente; hay conductas que es necesario hacer explícitas. Entonces sí fui segregada. Se trataba de mostrarse débil, de sonreír y agradar a costa de lo que fuera, de saludar de beso aun a quien detestaras, y de vestirse de niña para marcar la diferencia. Y se comenzó a marcar la diferencia también con las nanas y sus hijas, aunque fueran las mismas vecinas con las que antes compartíamos juegos! No conservo ninguna amiga en mi pueblo.

En cualquier otra parte en la que estuve lo que vi es que se segregan las que quieren, además de las limitaciones o imposiciones que los jefes y jefas imponen (no es mi caso, repito). Y en todas partes, en la medida en la que se trabaja al parejo de  los demás, sin recurrir a la diferencia de género o de estatus, el resultado es un trato respetuoso y entre iguales pero que hay que exigir.

Una cosa muy importante: la formación de mi YO se basó en la muy temprana declaración de mi padre de que lo que es correcto es lo que yo creo/siento que es correcto y de lo que estoy dispuesta a hacerme responsable. No depende de la aprobación de los demás, ni siquiera de la de mis propios padres.

No soy tan ingenua. Me queda claro que hay entornos en los que el estatus se impone de muchas maneras, pero no depende del género. He visto/escuchado profesoras universitarias alegando que en su condición de madres de un hijo no es posible desarrollar actividades de investigación o superación profesional; pero son ellas las que se limitan. Es cierto, los centros de trabajo (incluidas las universidades) no proporcionan apoyos para los empleados (hombres y mujeres) en lo que se refiere a espacios para que los hijos estén cuidados durante las horas en que los padres todavía tienen que trabajar, la escuela ya terminó y no se tiene familia alrededor. Pero afecta igual a hombres y mujeres.

En corto: no comparto los puntos de vista de algunos grupos que se dicen feministas pero que van agrediendo a quienes consideran “enemigos” ni me gusta que me festejen porque soy mujer; no me gustan los chistes o insinuaciones sobre las mujeres o sobre los hombres, ni que usen un lenguaje que dicen busca eliminar sexismo y lo único que logra es generar dudas sobre la autenticidad del discurso. Prefiero creer que todos somos seres humanos igualmente afectados por cuestiones de desigualdad social, por otros tipos de discriminación y por toda suerte de violencias.

Y no, no se trata de que los demás estén de acuerdo conmigo o busquen discutir. Solamente no quiero oír más discursos o posiciones vigentes por una semana al año.

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