8 de mayo: Aprendizaje no formal

Monday, May 8th, 2017

Su esposo la había convencido de que era frígida; y digo su esposo y no su marido porque ella aceptó ese papel sin sentirse nunca una mujer querida, deseada, enamorada. Lo aceptó como había aceptado muchas cosas que la vida le había deparado, porque era lo que tocaba y ya.

Tenía pocos amigos y aún menos amigas, de manera que lo que le pasaba era invisible para prácticamente el resto del mundo. Con sus pocas amigas, más ex compañeras de colegio o conocidas en el trabajo que confidentes, conversaba de las generalidades que suelen tratarse socialmente; hablar de su vida de pareja era impensable.

Algunas veces, sin embargo, y cuando la frustración la acuciaba, confiaba algunos pensamientos a uno de sus amigos de la infancia y con quien tenía un trato como de hermanas, más que de hermanos, sin esperar ni insinuar nada, sin segundos pensamientos. Continuaba soltero a pesar de que era muy solicitado por las mujeres; con sus 120 kg de peso en un poco más de 1.65 m de estatura, sería tal vez su vivacidad lo que las atraía.

Se reunían regularmente para comer o tomar un café y conversar; recordaban aventuras y travesuras de la infancia y adolescencia y la música con la que aprendieron a bailar, y esas otras vivencias que no compartían con nadie más.

Ocurrió en una charla después de comer en un restaurante de moda, alojado en uno de los hoteles de prestigio de la ciudad. Él le preguntó si alguna vez había intentado saber si realmente era frígida. Se desconcertó al darse cuenta de que había asumido la etiqueta sin cuestionarla. No, respondió, nunca se me había ocurrido y menos salir de la duda. Él la miró con una cierta ternura y sin más le propuso ser él quien le ayudará a desvelar la respuesta. Un poco de confusión al principio, algo de rubor y, enseguida, una determinación: ¡hagámoslo! No quería pensarlo, de hecho. Él fue a solicitar una habitación, volvió a la mesa para darle las señas y se despidió después de liquidar la cuenta; ella caminó rumbo a los sanitarios y un rato después subió al lugar indicado.

Vieron la televisión un rato, siguieron conversando y poco a poco la intimidad fue suficiente para enredarse uno en el otro. Disfrutó la aventura sin siquiera un ápice de pena o remordimiento; se sintió viva y renovada, en una placidez que desconocía. La satisfizo el veredicto: no eres frígida y él es un pendejo.

Viniendo de un hombre experimentado y que tenía un palmarés de conquistas sexuales era todo un elogio pero, más que nada, una liberación. Sabía que en el plano intelectual se quedaba un tanto corto pero nunca lo consideró un defecto y en esta nueva experiencia era lo menos importante. Era también un tanto ingenuo, de una manera hasta contradictoria con su estilo de vida, pero tampoco lo consideró importante; decidió que era el mejor maestro para adquirir ese saber que, ahora comprendía, hubiera necesitado antes de casarse. En los siguientes encuentros no cuestionó al maestro y siguió dejando que la llevara a experimentar lo que le hubiera parecido impensable unas semanas atrás.

Por razones de su trabajo ella tuvo que viajar a otra ciudad ciudad y él se aprestó para acompañarla. Cautelosa, le dio los datos del hotel en el que tenía reservación y le pidió que llegara unas horas después que ella, identificándose como su marido; ella estaría trabajando cuando él se hiciera presente.

Terminó la jornada de trabajo: 6 horas intensas de coordinación de equipos con apenas media hora para tomar un refrigerio. Estaba cansada y quería llegar a refrescarse; en lo último que pensaba era en su encuentro. Llegó al hotel directamente a su habitación. Abrió la puerta y se quedó muda con una casi sonrisa que tuvo que adaptar a algo que pareciera amable: con toda su humanidad desparramada él la esperaba totalmente desnudo, sentado lánguidamente en el sofá de la habitación en una pose que, asumió, a él debía parecerle invitante y sugestiva.

Reconoció que el aprendizaje había concluido y que estaba lista para seguir por su cuenta mientras consideraba que tal vez nunca más se sentaría en el sofá de cualquier habitación de hotel.

1 de mayo: 50 años del fallecimiento de mi abuelo paterno

Sunday, April 30th, 2017
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José Ruiz Parra Sr. y Jr. Mi abuelo y mi padre en el exilio obligado.

En alguna de las vacaciones que fui a pasar a mi pueblo me anunciaron, al llegar, que mi abuelo José había fallecido. Pregunté por qué no me habían avisado; mi padre dijo que no tenía caso distraerme si yo no iba poder hacer algo al respecto. Lo mismo ocurrió cuando murió mi abuela María. Mis abuelos paternos. Apenas en febrero pude ver las actas de defunción de cada uno y enterarme de la fecha: mi abuelo murió el 1 de mayo de 1967, hace justo cincuenta años.

Es muy significativo porque mi abuelo fue un luchador por la defensa de los trabajadores, lo que lo llevó a vivir casi 20 años en el exilio en Los Ángeles, California, con toda la pequeña familia formada por mis abuelos, mi tío Rafael a quien no conocí porque murió muy joven y mi padre, que era el menor. Regresaron a México justo cuando mi padre terminó sus estudios, negándose a aceptar la nacionalidad americana y un apoyo para que mi padre ingresara a un posgrado. Mis abuelos se separaron y cada uno rehízo su vida con otra persona.

Conocí parte de la historia de mi abuelo por don Emilio M. González Parra, pariente nuestro, quien me convocó a su oficina en la CTM para conocerme de cerca, recordar a mi abuelo y a mi padre y decirme, entre otras cosas, que era mi abuelo quien lo había formado. Por eso, me dijo luego mi madre, don Emilio (que además fue padrino de mi mamá) quiso hacerse cargo del funeral y luego, como gobernador de Nayarit, dedicar una calle a la memoria de don José Ruiz Parra, mi abuelo, en la colonia Obrera. La historia de los apellidos alrevesados no la voy a contar aquí, ni sus consecuencias.

Hace unos meses alguien respondió en un post en Facebook respecto a ese reconocimiento a mi abuelo, diciendo que quien inició a don Emilio en la política fue otra persona. Supongo que mi tío sabía de lo que hablaba y tal vez no se refería solamente a su incursión en la política. De todos modos, son de las cosas que no discutiré nunca.

Mi abuelo fue una de las personas más sencillas que he conocido en mi vida: vestido siempre de caqui, con corbata y sombrero, vivió una temporada en ese complejo hippie que era nuestra comunidad familiar, en “el cuartito” que estaba en el patiecito entre la casa de mi tía Cuca y la nuestra. Era, literalmente, un cuartito de unos 1.5 m de ancho por 2.5 m de largo, “amueblado” con un catre de lona, una silla y no sé si alguna pequeña cómoda, que posteriormente se usó como cuarto de tiliches antes de convertirse en pasillo hacia el corral de la parte posterior. Después vivió en una especie de vecindad muy humilde, en mi recuerdo con piso de tierra, con doña Trini y los dos (¿?) hijos de ambos; hice conciencia de que son mis tíos apenas hace unos cinco años, preguntándole a mi amá por las dulces guanábanas que mi abuelo llevaba a nuestra casa.

Desayunaba y comía siempre con nosotros entre su ida y regreso de su trabajo, sobre el cual nunca pregunté como no pregunto sobre cualquier otra cosa; habilidoso con sus manos de artesano -herrero de oficio- confeccionaba para nosotros papalotes y canastillas de carrizo y papel de china, juguetes de papiroflexia, bolsitas hechas con envolturas de dulce, trenzadas, y muchas otras cosas. Muy callado y reservado, era un escucha atento a las quejas de mi madre o de nosotros; siempre con una palabra o un consejo valioso. Buscando un libro que alguna vez tuve, escrito por Ricardo Velarde sobre el tenis en Tepic, en el cual se hacía referencia a mi padre y hasta fotografías de él había, encontré datos sobre mi abuelo y su trabajo: fue el Secretario Fundador de la CTM, en Nayarit, y el Jefe del Departamento del Trabajo en la misma Central hasta su muerte.

Lo maravilloso ocurre, como ocurre con mi padre, cuando gente que uno no conoce hace un elogio de él que nos lleva a las lágrimas. Elogio a su trabajo en favor de los obreros como los del Ingenio de Menchaca, en Tepic, para quienes logró una colonia provista de jardines comunes y casas más que decentes, las cuales conocí porque mi madre y mis hermanas rentaron una de esas casas antes de irse a vivir a L.A. “Gracias a su abuelo tenemos estas casas”, le dijo un vecino a mi hermana Irma, por ejemplo.

Gracias a mi abuelo, a mi padre y a mi tío Gonzalo, ferrocarrilero y activista, pude participar en calidad de escucha activa en discusiones con líderes obreros y ferrocarrileros, ahí mismo en el patiecito intermedio entre las dos casas.

Lo que sigue es el texto que mi padre escribió a la muerte de mi abuelo. Algo que apenas conocí en febrero pasado:

Elegía a mi padre
Si: hijos de mis hijos, ha muerto mi Padre. –
Dejó surcos hondos y bien sembrados;
Su huerto fue fructífero.- ¡De Hombre!
Entre esos frutos está uno, están todos,
Nació aquí, a la sombra de la cumbre,
Del Sangangüey, San Juan y otros.-
Mas no fue ni héroe ni bardo ni insigne;
Fue luchador constante, firme y tenaz,
Dejando por herencia algo sublime:
El ejemplo de su vida limpia y veraz.-

No fue revolucionario de canana y de fusil;
Pues no era belicoso, era sutil;
Fue amigo de la lucha del novecientos diez,
Alentó y bregó en la lucha sin interés,
Pasó esos días en labor que no fue inútil;
Forjando la cahyayana, reja y menesteres
Del campesino, labrador del cuerpo fértil;
Reparando aquí un cañón, allá fusiles
De quienes luchaban, fuertes o débiles.-

No fue belicoso con las armas, era de ideas,
Era dúctil, resiliente, sin testarudez;
No era el tungsteno alma del acero,
Pero era el hierro que en su base es:
No fue el dardo veloz, ágil y certero:
Sí fue el arco recto y sin doblez;

No fue fulgurante luz guía en un faro,
Sí fue fuente de útil uso, como quinqués. –

Y su Abue: que no luchó con sable y bala.
Allá por los veintes demostró pleno su valor,
Forjó, como buen herrero, sin hacer gala,
Una organización defensora del trabajador;
Recuerdo, reunidos en el desván, sobre la sala,
Calle Sacrificio, Sinaloa, su puerto arrullador;
Eludiendo un gobierno entonces opresor,
Que, al hacer legítima huelga, por la mala
Lo desterró de su suelo, como si fuera traidor. –

Entonces conoció cómo se explota por el gringo,
Al trabajador en su artesanía fabril;
Donde por ser “griser” fue objeto de distingo,
aunque no tuviese par en yunque o en el mandril. –
Prefirió en diciembre del treinta y dos, domingo,
Lejos de aparecer como abyecto y servil,
Aceptando la limosna del Yanqui disque pródigo,
Regresar acá, a la Patria, al redil;
Rehacer una vida en donde en origen vino. –

Volver a su terruño y renacer aquella pasión;
Que él creyera tiempo ya extinguida,
Fue un acto simultaneo, de explosión;
Volver a aquella lucha que originó la herida;
Que lo hizo víctima de inicua represión;
Volver a ser el amigo con la mano tendida
En ayuda del explotado sin compasión:
Allí estaba de nuevo, el afán de su vida;
Volvió a encontrar su noble misión. –

Ni él ni nosotros tuvimos casa propia u otros bienes. Educación y trabajo fue el legado.

Hace 50 años, en mayo, yo llegaba a Tepic para pasar las más bellas y dulces vacaciones, a construir los recuerdos que perduran de mis dulces 17, 18, 19…; la noticia de la muerte de mi abuelo me la dieron como si hubiera ocurrido muchos meses antes, sin dolores visibles, sin lutos, sin afectar la vida de nosotros. Treinta y dos años después, en diciembre de 1979, me enteraría de la muerte de mi padre a tres meses de ocurrida: mi padre no quería que su enfermedad, saber de ella, afectara mi embarazo; mi madre guardó el secreto hasta un mes después del nacimiento de Pako.

 

 

 

 

 

26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientes/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro. 

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestar apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona excepto mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres). 

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista. 

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí. 

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí. 

17 de febrero: Gracias

Friday, February 17th, 2017

Al cerrar la noche del último día de este ciclo de 67 años solamente quiero dar las gracias:

Por todo lo vivido

Por todo lo querido

Por todo lo ganado

Por todo lo perdido

Cada marca, cada huella es una historia

Lo bueno y lo que no lo ha sido tanto

De cada cosa he aprendido

Y en ese camino sigo

Gracias a los que me han acompañado en algún tramo del camino

Unos por toda mi vida, otros por algunos meses, tal vez sólo semanas

Cada uno ha sido mi maestro de alguna manera

Para algunos guardo un agradecimiento y un cariño especial

A otro simplemente les he deseado buena suerte y no volverlos a encontrar

Algunos tienen presencia constante, a otros los extraño de tiempo en tiempo, y están quienes viven permanentemente en mi memoria y en mi corazón

De todos, hay un motorcito que me mantiene activa, llegado a mi vida en este mismo día como el mejor regalo que la vida pudo ofrecerme y que es el lazo que me ata a este mundo y me obliga a estar consciente de cada paso que doy. “In my life, I love you more”, chaparrito.

14 de febrero: Quereres

Tuesday, February 14th, 2017

Me autoplagio. Este texto lo escribí para el periódico digital Es lo cotidiano hace justamente tres años.

Quereres: la RAE dice que no existe la palabra.

Y sin embargo estoy segura de que hay canciones y poemas que mencionan los quereres para significar cariños y amores, como en este fragmento de un poema del andaluz Camilo Valverde:

Granada, de quereres soberana,

por las verdes acequias de arrayanes,

desgrana los suspiros de galanes

en sus lunas moriscas de sultana.

Aunque también se utiliza en el título de un documento (http://www.redalyc.org/pdf/122/12214109.pdf) que describe “las formas como en los hogares populares se ejerce el poder domestico”.

Como sea, en el uso regular, la palabra generalmente refiere a cariños y amores, aunque yo pondría el amor como algo más profundo que el querer o cariño. Y ahí seguramente encontraríamos tantas discrepancias como personas a las que les preguntásemos su opinión. 

El 14 de febrero, particularmente, ha sido escogido para celebrar el amor romántico y la amistad, dicen los anuncios de los comercios que hacen su agosto al terminar el invierno. Es la ocasión para que muchas personas manifiesten su depresión porque no tienen una pareja para compartir la fiesta, aunque estén rodeados de una amorosa familia. Pareciera que, ese día, salir a comer a un restaurante abarrotado y con un menú fijo, recibir flores que cuestan el doble de lo usual, chocolates y/o animalitos de peluche (ocasionalmente un perfume o una joya) sustituye toda la necesidad de afecto para algunos. Me pregunto qué les pasa o qué experimentan el resto del año.

Aferrarse sentimentalmente a una persona, crear una dependencia emocional de ella, puede llevar a potenciar un carácter depresivo con resultados terribles. ¿Cómo, si no, Violeta Parra escribe y canta “Gracias a la vida” y se suicida poco tiempo después? O el caso de Antonieta Rivas Mercado quién, además, escoge nada menos que la catedral de Nôtre Dame, en París, como escenario.

Están también los muchos casos de adolescentes que se suicidan “por amor”. Cada 24 horas, alrededor de 16 jóvenes, en México, cometen suicidio, dice Contralínea (http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2010/10/19/aumentan-suicidios-de-jovenes-mexicanos/), y añade: “Esa cifra podría superar la mortalidad por diabetes”. De nuevo, no es solamente la consecuencia de un rompimiento afectivo sino la combinación de una personalidad depresiva con una diversidad de causas distintas.

Suicidios por amor, existen. Como el caso de esta pareja de ancianos que prefieren morir juntos (http://www.milenio.com/internacional/Ancianos-Paris-lamentan-prohibicion-asistida_0_196780433.html) antes que separarse o perder la dignidad. Pero son escasos.

Supongo que las visiones iniciales del amor y de las conductas asociadas con él dependen de la educación sentimental que hayamos recibido a través de la familia, los medios y todo aquello que contribuye a formarnos de una manera u otra. Aprendemos a través de las experiencias, más o menos dolorosas, más o menos exitosas. Y creo que, en general, no somos conscientes de la manera en que esas visiones iniciales delinean nuestras relaciones afectivas.

En mi caso, y ateniéndome a mis hábitos de toda la vida, creo que mi educación sentimental se la debo a la única lectura que tenía prohibida (y que por supuesto leía a escondidas): las novelas del Corín Tellado en Vanidades, que en aquellos años (finales de los 50’s) se publicaba en Cuba y que mi prima Licho recibía en su casa.

¿Y la de ustedes?
 

29 de enero: Sábado por la noche

Monday, January 30th, 2017
Apareció en un post en Facebook, de  La escritura es cultura:

Así terminó pensado en él como nunca
se hubiera imaginado que se podía
pensar en alguien, presintiéndolo donde
no estaba, deseándolo donde no podía
estar, despertando de pronto con la
sensación física de que él la contemplaba
en la oscuridad mientras ella dormía, de
modo que la tarde en que sintió sus pasos
resueltos sobre el reguero de hojas
amarillas del parquecito, le costó trabajo
creer que no fuera otra burla de su fantasía.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera

 

“Estoy esperando, pues!” Agregué.
No que necesite recurrir a los escritores para decírtelo; te lo digo cada noche y cada noche es verdadero. Y te lo digo también de día: te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre.
Pero la madrugada del sábado apareciste. Desperté relajada, aliviada de mis mareos y demás. Tu presencia tiene ese maravilloso poder sobre mí.
Me fui a una reunión, animada. Fue bueno. Y fue bello ver a Venus en la cima de un portal abierto en el cielo, al atardecer.
venus-al-terminar-enero
La nostalgia regreso antes de dormir. Fue entonces que te dije que tú eres mi hogar, mi primer hogar después de mis 15 años. Supe quién era yo a través de tu mirada dulce, de tus palabras y letras, de tu caminar conmigo, de tu cuidado. Me supe segura y protegida. Nunca he vuelto a sentirme así en mi vida.
Entresaqué una definición de hogar nomás para corroborar que eso eres. Y la compartí con el mundo:
<<“El término hogar denomina el lugar donde uno vive y está estrechamente relacionado con una sensación de seguridad, confort, pertenencia y calma.”
E.T. calling home. I want to go home.>>
Sí, el domingo fue ambivalente/bipolar: de la actividad frenética de la mañana, con música de rock and roll, a la nostalgia de la tarde, con música que vino apareciendo. Comenzó con “Coincidir” y terminó con “Sabrás que te quiero”.

Y sucedió, y hasta lo grabé: uno de ellos entró por la ventana y estuvo unos 10 segundos revoloteando frente a mí. Y es como saber que estás cerca.
Me calmé, apague el aparato y me subí a ver The Big Bang Theory.
Mi alma vive en ti, contigo. Tú eres mi hogar, el único.

23 de enero: náusea 

Monday, January 23rd, 2017

Como si miles de pequeñas heridas, algunas mayores, una colosal, se hicieran presentes todas sobre mi cuerpo; acumuladas a lo largo de décadas, provocadas por todas las causas; aglomerados en mi garganta los quejidos que provocan. Y la náusea como consecuencia.

No puedo gritar, sin embargo. ¿Cuánto tiempo conteniéndolos?  ¿Cuánto más para dejarlos salir en caudal, amontonados, con fuerza y algo de rabia? 

Mientras eso no sea solamente fluyen quedamente, líquidamente transformados y silenciosos. No vayan a enterarse los vecinos.

12 de enero: Voy a buscarte, voy a encontrarte

Thursday, January 12th, 2017
La bella me esperaba frente a la puerta de mi casa.
Es mi raite.
Voy a buscarte, voy a encontrarte, voy a llevarte fuera del mundo, fuera del mundo. Tú y yo, nosotros dos. Ahora, así, aquí.
12 de enero de 2017: 50 años de que el azar, caprichoso, decidió que teníamos que encontrarnos. Dos números primos solitarios.
Lo hizo bien. Estábamos ahí probablemente porque, de origen, nuestros padres lo decidieron así. En mi caso es así; en el tuyo debió serlo puesto que tus dos hermanos mayores ya estudiaban en el Poli. Ahora que lo pienso hasta es probable que ellos conocieran y fueran amigos del medio  hermano que tramitó mi ficha para el examen de admisión a Voca 3, dado que eran vecinos cercanos en nuestra ciudad y estudiaban en la misma institución. Y si es así, desde el inicio estábamos condenados a nunca ser más de lo que fuimos en el camino que juntos recorrimos en esta vida; pero no sabían  lo que seriamos a pesar del tiempo, de la distancia o de la muerte.
Ellos no podían anticipar que desde el primer año, antes de conocernos, elegiríamos el mismo taller (Construcción). No podían anticipar que  elegiríamos el mismo grupo en nuestro segundo año en Voca 3; en mi caso, estoy casi segura de que el medio hermano apostó a que yo ni siquiera aprobaría los cursos del primer año y que me regresarían a Tepic ante el fracaso. Mucho menos podían imaginar que habríamos de viajar en asientos contiguos en las primeras vacaciones escolares y las que le siguieron, con 15 horas o más para conversar y conocernos en cada uno de esos viajes.
Yo estaba donde ninguno de ellos suponía que tenía que estar. Y te encontré y me encontraste. No pudieron imaginar que éramos justo lo que el otro necesitaba.
Mi raite me espera, y voy a buscarte. Te amo.

8 de enero: Sábado, el 49 día del año

Sunday, January 8th, 2017

Nací en el 7o. día de la semana 7, en sábado; día de descanso, día de aquelarres, día de fiestas paganas. Era Sábado de Mal Humor, para enfatizar el hecho.

Los siguientes son años que han comenzado igual que 1950: 1956, 1961, 1967, 1978, 1984, 1989, 1995, 2006, 2012 y el actual, 2017.

De todos me importa 1967, hace 50 años. Era mi segundo año en Voca 3. Un año que comenzó como el año en que nací y como éste mismo.

Las clases comenzarían el lunes 9; el miércoles 11 nevaría en la Ciudad de México; el jueves 12, mientras yo me ausentaba de mis compañeros mirando por el barandal del segundo piso de la escuela, un compañero se acercó a preguntarme si sabía que tenía un paisano en el grupo.

Hasta ese momento yo no me había enterado todavía de quienes eran mis compañeros y compañeras. Conversando en Skype con Marco Pardavé en las últimas semanas de 2016, vine a saber que él mismo fue mi compañero en ese curso (aunque yo después asumí que lo había conocido en la carrera a través de Norma Díaz, quien sí fue mi compañera de aquel curso y hasta mi roommate) y que también lo había sido Miguel Alcérreca, así como Paz Merchand, Sandra Murillo y Silvia Ponce. A ellas las recuerdo, por supuesto; con Merchand y Sandra solía conversar fuera de la escuela, por ejemplo, y las seguí a ESFM (como oyente) cuando ellas entraron ahí y mientras yo dejaba que transcurriera un semestre antes de inscribirme en Arquitectura. Y Miguel fue mi compañero durante el primer año, cosa que sé porque se hizo amigo de mi hermano Manuel.

De manera que al iniciar los cursos en el grupo A del segundo año en Voca 3, el único que me conocía era Miguel y sabía de donde procedía yo. Solamente él pudo hacer el comentario que me hizo volver la cabeza para mirar al desconocido paisano, sentado a la mitad de las filas del salón, en el extremo del pasillo. Sin pensarlo fui a preguntarle si era cierto. Contestó con un “Sí, ¿por qué?” que me molestó. “Por nada”, respondí y regresé al barandal hasta que comenzara la clase que, en mi recuerdo, sería de Inglés Técnico.

Definitivamente no soy tímida pero sí era muy reservada, de modo que no hice amistad con el resto del grupo muy rápidamente. Ni siquiera recuerdo que hubiera trabajos en equipo que nos obligaran a interactuar de alguna manera, y siempre preferí trabajar sola. No recuerdo a ninguna otra persona de ese grupo, aunque sí sé que había otras mujeres; unas dos o tres más tal vez.

Por otra parte era un curso determinante: yo había elegido el grupo A sabiendo que era en el que más se exigía a los estudiantes. Y provenía del grupo J de primer año el cual había sido exigente para mí, por lo que expliqué en otro post: única alumna en un grupo de hombres, llegando de una ciudad pequeña, de escuelas públicas de niñas, sin saber utilizar una escuadra y aprendiendo a vivir sola en Ciudad de México. El reto esta vez era académico pues, como nos hizo saber uno de los profesores, “un 7 en este grupo equivale a un 10 del J”. Así, supongo que las primeras semanas las ocupé en entender las reglas, los estilos de trabajo de los profesores y sus niveles de exigencia, particularmente. Hice amistad con las chicas que ya mencioné, pero con ninguna de ellas iba más allá de los alrededores de la escuela, cuando nos acompañábamos para tomar el autobús respectivo para volver a nuestros domicilios. Todavía vivía yo en Puente de Alvarado y es inolvidable el recuerdo de la mañana del 11 de enero, con la nieve cubriendo los carros estacionados sobre la calle de Guerrero en las primeras horas de la mañana, rumbo a la escuela.

La Semana Santa de 1967 comenzó con el viernes de Dolores, el 17 de marzo. Y supongo que con mucha anticipación yo había comprado el boleto en Ómnibus de México para ir a Tepic de vacaciones; compré el asiento número 4. Ya me había instalado y esperaba la salida de autobús cuando subió y ocupó el asiento número 3, justo al lado mío: era mi paisano compañero de clase; las 15 o 16 horas que duró el viaje las pasamos conversando. En alguna conversación posterior, sobre el barandal de la escuela, en las que empleábamos todos los tiempos libres, me hizo saber que esa noche había yo dormitado un rato, recargada en su hombro. Me defendí diciendo que yo nunca hubiera invadido su espacio y se rió de mis intentos. Espero que haya sido absolutamente cierto.

15 de noviembre: “No lo olvides, Margarita”

Tuesday, November 15th, 2016

La conocí, o más bien la comencé a conocer, siendo yo muy pequeña. Debió estar ahí ahí siempre, desde que nací, pero su presencia solamente fue haciéndose evidente alrededor de mis tres años. De lo que haya ocurrido antes a lo mejor hay alguna imagen ocasional que no llega a ser un recuerdo.

Alegre, trabajadora, cantadora y siempre dispuesta a seguirle la corriente a su marido, complaciéndolo en todo lo que podía. Pero era recíproco, y él buscaba satisfacer desde su capricho más insignificante hasta el que suponía un esfuerzo considerable. Le hubiera bajado la luna si ella se lo hubiera pedido. La conocía como la palma de su mano y anticipaba sus antojos y debilidades. Porque a ella todo se le antojaba y no acostumbraba a quedarse con las ganas de algo.

Juntos emprendían tareas de su casa, especialmente el hacer acopio de los recursos para generar el calor de las hornillas, y lo que sobre ellas se cocinaba, las vestimentas y lo que fuera siendo necesario mientras su familia crecía. Juntos iban por la vida dando sentido al poema de Benedetti, Te quiero. Eran mucho más que dos.

Y es que no era fácil; pero ella tenía ese carácter y determinación que la hacía saber muy claramente lo que quería, cómo obtenerlo y que le valiera menos que un comino la opinión de los demás, quienquiera que fuera. Decidir tener hijos con un hombre que, aunque separado de su esposa desde hacía tiempo no estaba divorciado legalmente, en un pueblo chico donde todo mundo se conocía, es una decisión que habla mucho del temperamento y convicciones de una mujer joven en la mitad del siglo pasado.

No, nunca pedía permiso y nunca su marido trató de domesticarla. Era libre, mucho más libre que cualquiera de sus conocidas, familiares y amigas. Tenía sus propias ideas religiosas y políticas, sus propias lecturas, podía salir con sus amigas y vestirse como se le diera la gana. Su marido estaba siempre dispuesto a apoyarla, a conversar con ella, a bailar con ella o llevarla de vacaciones, a departir con su familia, a hacerla sentir que era su más preciado bien en esta tierra. Forever. Sí, como todas las parejas tenían sus desacuerdos pero nunca extendían o compartían sus desavenencias con los que los rodeaban ni, mucho menos, los externaban fuera de su casa.

Fui sabiendo de ella a través de mi propia observación y de las escasas conversaciones que tuvimos. Para todos los efectos era prácticamente una desconocida. Algunas cosas me quedaron siempre muy claras: su voluntad, su terquedad, su deseo por conocer, por aprender, por compartir y que las cosas eran a su gusto o no eran, a menos que se quisiera verla inconforme o molesta tanto como le fueran impuestos otros gustos y estilos de vida; y eso aplicaba para la comida, la ropa, los modos de viajar, de organizarse, etc.

Dejé de verla algunos años y la reencontré hace muy poco tiempo. Envejecida como todos los demás, incluida yo, lo cual no resultó novedoso. Lo novedoso, a la vez que desagradable y preocupante, fue darme cuenta de que ha sido domesticada. Ahora pide opinión hasta sobre si la ropa que lleva es adecuada para ir al mercado, no se diga para asistir a una reunión. Incapaz de decir qué se le antoja para comer, qué le gusta, qué le disgusta; sin sentir que puede decidir si preferiría caminar o quedarse a leer en su casa o cuaquier otra cosa; totalmente ajena a lo que antes defendía como su derecho a hacer su vida a su modo; preocupada por no generar incomodidades o molestias a los demás, lo que eso signifique desde su perspectiva. Ciertamente irreconocible para mí. El gusto por la vida parecería haber quedado sepultado en algún altero de triques y ropa vieja.

Recordé la canción de Brel, Les Vieux, entre cuyas líneas encuentro que Les vieux:

Vous le verrez peut-être,
Vous le verrez parfois
En pluie et en chagrin
Traverser le présent.
En s’excusant déjà
De n’être pas plus loin.”

Nadie debería excusarse por envejecer, digo yo que ya estoy vieja. Pero, sobre todo, nadie debería perder las ganas de vivir como siempre lo ha hecho.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”, dijo mi amigo Marco Pardavé hace un par de días.

“Vive, vive, vive. No lo olvides, Margarita”