219/06/22: Día del padre

Monday, June 20th, 2022

Padre.

Apá, pá, Profe Parrita, Teacher Parrita, Parra o Parrita (y es un honor que algunos me nombren de esa manera).

De ti no aprendí las primeras palabras; de eso estuvieron a cargo las mujeres que me recibieron al nacer, muy particularmente mi abuela Hilaria.

De ti aprendí el gusto por la lectura y el arte de la discusión con argumentos (“cuando yo digo que la burra es parda es porque tengo los pelos de la burra en la mano”); a discutir contigo sobre cualquier tópico de igual a igual; a incorformarnos y a entender que no teníamos por qué pensar igual, que yo tenía el derecho a construir mis propias opiniones y a no tener que dar cuenta de ellas o de mis actos a nadie, ni siquiera a ti. A no pedir permisos pero a hacerme responsable de cualquiera de mis acciones y sus consecuencias. A saber que la única persona en la que puedo confiar absolutamente es en mí msma, y a no cederle el control de mi mente o de mi cuerpo a nadie más.

Se te olvidó, afortunadamente, prevenirme de entregarle mi alma a alguien.

Viéndote trabajar de 6 am a 9 pm, llegar cansado para conversar con tu Chata mientras tomabas tu frugal cena, en amoroso diálogo que ni por asomo me atrevería a interrumpir y que recreé en una de las tareas para entregar a Jair (https://wordpress.com/post/bparramosqueda.wordpress.com/3637), aprendí todo lo que significa el amor de pareja después de 20 años de vida común, por ejemplo. Antes, muy pequeña, supe de ese amor como responsabilidad y solidaridad compartidas, cuando juntos iban a buscar el carbón para las hornillas de la cocina aunque estuviera lloviendo; o la responsabilidad masculina de coser los botones de tus prendas o planchar tu short para ir a jugar tenis, entre otras muchas cosas y detalles.

Aprendí que el orgullo y cariño que sentías por mí no se manifestaba en palabras sino en actos como el de aprender física en la Enciclopedia Británica (que heredé) para conversar y seguir discutiendo conmigo cuando venía de vacaciones a Tepic; o, finalmente, cuando aprendiste francés usando un Larousse para escribirme, con muy buena redación francesa, esa última carta que conservo.

Me faltaría tiempo y espacio para decir todo lo que se me viene a la cabeza cuando alguien pregunta en qué pienso cuando te recuerdo. Es todo en un collage rico en colores y matices bellos.

Te quiero, pá. Y te veo reflejado en ese escuincle que llegó al mundo apenas tres meses después de que tu cuerpo exigió descanso y en el que mi amá te reconoció el día en que lo encontró por primera vez, en 1981, recién llegados de París (ni siquiera tenía dos años mi niño) y que fueron acentuándose al crecer: tu hablar, tu capacidad intelectual, el gusto por el baile y el deporte, y la rectitud moral.

Gracias, apá. Eres mi primer privilegio, del que derivan todos y cada uno de los muchos que tengo.

18/6/22: los ojos de mi hermano

Saturday, June 18th, 2022

Este texto lo escribí el 24 de mayo de 2016, en Evernote, después de la experiencia vivida. Mi madre lo leyó entonces y me dijo que había llorado al leerlo. Mi madre que nunca lloraba. Sabíamos que podía ser una realidad familiar. Ahora sé que lo es. No lo voy a lamentar, porque ya mi madre lloró por ello y fue una de las causas de su decisión de dejar de resistir en esta vida.
Queda pues, como anécdota/historia. Va:

Almorzaba en el mercado, en camino para iniciar las actividades planeadas para ese día. La señora del puesto me conoce y sabe de mis preferencias a partir de las esporádicas ocasiones en que he llegado ahí en busca de un antojo. Nunca hemos conversado más allá de pedirle lo que quiero pero anticipa que no debe llenarme la taza de café. 

Esta vez me ofrece una tortilla extra, grande y recién hecha, para invitarme un taco de queso fresco, lo cual acepto con gusto. Es un lugar limpio, con buen sazón y un café de olla delicioso, aunque uno puede pedir agua para café soluble y, para mi sorpresa, más de uno se acerca solicitando ese tipo de bebida; ella pregunta entonces si prefieren el agua tibia o caliente.

Me distraje de las conversaciones de quienes se acercaban a comprar alimentos, absorta en mis ideas pero disfrutando de mi almuerzo y del café, hasta que alguien tocó mi brazo izquierdo. Me sobresalté y volteé inmediatamente para encontrar a un indigente joven, muy fregado, muy sucio, solicitando unas monedas con el gesto. Sin pensarlo le dije a la señora que le sirviera de comer; me dijo que enseguida mientras que con los ojos me decía que le pidiera que se sentará al extremo de la fila de bancos.

Me di la vuelta para preguntarle al joven qué quería que le sirvieran. ¡Estaba llorando!  Con la mirada y un ligero movimiento de cabeza me hizo saber que prefería irse. Saqué el primer billete que encontré (lamentablemente nunca traigo mucho dinero) y lo tomó como al vuelo, dando la media vuelta para salir casi corriendo del mercado.

Su mirada llena de lágrimas era la misma mirada que alguna vez vi en los ojos de mi hermano. Lloré sin consuelo. Pagué, tomé mi vaso de café y salí a la calle, a mezclarme con mi gente.

Nota: no especifiqué el lugar, pero solamente hay una ciudad en la que almuerzo en el mercado.

17/06/22: Nuestro libro gana atención

Friday, June 17th, 2022

instagram.com/stories/bmpm1/2862828705072630606

Nomás para no repetir lo que ya escribí en la historia en IG, la cual se refiere a este libro.

01/06/22: Antojos

Wednesday, June 1st, 2022

Facebook me trajo el recuerdo de que hoy hace un año, en mi camino al centro de la ciudad, desde el Arco de la Calzada, encontré una carreta ¡con pitayas!

Pitayas y más.
La delicia a punto de ser devorada

Por otra parte, hoy es el día de la patrona de la ciudad, la Virgen de la Luz o, como marcan las reglas en esta ciudad, Nuestra Madre Santísima de la Luz.

Virgen de la Luz, en la catedral de León.

El 31 de mayo de 2021 había estado aquí una pareja de exalumnos de la Ibero Tijuana y, precisamente, la fiesta religiosa se celebraba ese día (ignoro por qué no es fecha fija). En el recorrido turístico por la ciudad habíamos encontrado la banda municipal tocando en el kiosko, puestos de antojos, entre otras cosas, en la plazoleta frente a la catedral, que estaba engalanada de azul y blanco. La catedral tenía acceso abierto a la bellísima capilla dedicada a San José, diseñada y construida por el arquitecto Luis Long, cosa poco usual. Y fue una fiesta.
Supuse que hoy, siendo el día mayor, encontraría, por lo menos, los deliciosos tamales que venden unas tres veces por semana frente a la catedral, en la banqueta de la papelería El Patrocinio de María. Salí de casa a las 10 am pensando en comer un tamal y dirigirme al Descargue Estrella, en otro tiempo la central de abastos de la ciudad, a un par de cuadras de la plaza principal. El Descargue sigue surtiendo a los pequeños comerciantes y a los antojados como yo. Pero llegué tarde. La señora de los tamales se estaba yendo al terminar la venta. En catedral la gente desbordaba el templo, terminaba la misa de 10 am. En la entrada vendían flores para ofrecer a la Virgen.

“A diez la flor, para la Virgen”, era el pregón.

Tampoco encontré los tacos de canasta habituales. Caminé hasta los Bisquets Obregón, frente a la plaza, para almorzar un bisquet mollete y un café, antes de ir al mercado a buscar los antojos y las naranjas de rigor para mi licuado matinal. Después, ya rumbo al mercado, observé el dolce far niente que algunos privilegiados disfrutan, cada uno donde puede, alrededor de o en las bancas de la plaza.

La Plaza de los Fundadores y el Templo del Oratorio
Su entorno
La calle Madero en su parte peatonal, rumbo al sur.
La plaza principal, con el copete del kiosko y el del Templo del Oratorio
La hora amable del café, la chorcha o, simplemente, de tomar el fresco.

En el mercado no encontré los antojos que esperaba. En los dos años de pandemia no fui a ese sitio para evitar los riesgos. Es evidente que la crisis afectó a los comerciantes. La oferta en frutas es inferior a la que encuentro en el tianguis que se instala alrededor del mercado de la colonia vecina, San Felipe de Jesús; la verdura regular está en muy buen precio, ciertamente, y la fresa muy barata. Pero nada más. Ni siquiera había pan tradicional de León.

A la salida del Descargue Estrella, rumbo a la parada del Optibús, un señor vendía pequeñas macetas con rosas de colores. Pregunté cuánto costaba cada una, algo que aprendí a hacer aunque de todas maneras vaya a comprar el artículo. Respondió que las vende a $12 cada una, 2 por 20. A usted se la dejo en 10, agregó.

L’important c’est la rose, cantó Gilbert Bécaud
https://youtu.be/m4Lh8dm00lo

Con mi rosa en la mano crucé al paradero; el primer Optibús que llegó fue precisamente el que me trae a mi casa. Ahí se lleno. Mientras, la rosa fue tema de conversación en el andén. En el autobús un señor me cedió su asiento amarillo porque, dijo, al cabo me bajo pronto, aunque se bajó tres paradas después. Concluí que tal vez la gente me percibe frágil, por mi complexión. La rosa blanca en la mano debió añadir un toque a esa percepción. Ya tiene maceta.

La tarde transcurrió amablemente con la visita alegre de los colibríes, desde que llegué de la calle. Después de comer hice media tanda de galletas nutritivas, cambié el agua de los bebederos e inmediatamente llegaron dos colibríes sedientos. Regué mi jardín cuando se retiraron, para no interrumpirlos.

Las campanas repican recordando que es el día de la Santa Patrona de la ciudad, la Virgen de la Luz o Madre Santísima de la Luz. Se escuchan los coros de las vecinas mientras rezan un rosario, por el mismo motivo. Por supuesto, comienza a escucharse el cueterio desde alguna parroquia cercana.

Un dia que va terminando muy apaciblemente.

#lejourfinit#lumière#lecielbleusurnouspeutseffondrer#lhymnealamour#jetaime❤️

Post Data 1) 9:50 pm: Acabo de enterarme que la misa de las 10 am, en Catedral Metropolitana, estuvo oficiada por el Arzobispo, y que no se hizo esa celebración en los dos años anteriores. De ahí el gentío. De ahí que no hubiera tamales.
Post Data 2) Esta mañana (2 de junio) leí en el periódico local que los festejos iniciaron ayer por la tarde, que cerraron calles y hubo un gentío. Que hubo otra misa, llamada Misa del Buen Temporal, a las 6 pm, también presidida por el Arzobispo, en la Zona Peatonal. Y sí, hubo puestos en los alrededores.

10 de mayo 2022: reconociéndome en ti

Tuesday, May 10th, 2022

Hace tres noches soñé contigo, y conté mi sueño en Facebook.

Hace dos noches atravesé un portal y tú y yo nos fuimos a cortar estrellas y a  jugar con ellas. Te recordé con fragmentos de tu poema favorito.

Ayer, la gardenia/estrella surgió del más joven de los capullos, inesperadamente, al influjo de la Luna creciente; estaba abierta al amanecer y por la tarde mostraba todo su centro, algo tan inusual que me puse a buscar si era normal.

Mi pensamiento derivo hacia tu ser tan peculiar y a reconocerte en mí. Dos imágenes vinieron a mi mente: en esta casa, con tus audífonos puestos, sentada junto a la ventana y totalmente absorta con tu iPad:

Hace unos cuatro años en el paseo que hicimos al Fórum Cultural, cuando te pusiste a leer La Casta de los Metabarones, con texto de Jodorowsky, que seleccionaste de entre la oferta visible de la Biblioteca del estado. Cuando Pako, tu Paketito, mandó un ejemplar de ese libro a casa, posteriormente, pidiéndome que se lo guardara, me quedó claro que las conexiones entre nosotros son mucho más profundas de lo que parece.

Recordé lo poco que te conocía en mi adolescencia e, incluso, en mi adultez. Explicable de muchas maneras. Descubrir que eras lectora, por ejemplo, me tomó un buen rato.

Tendría yo unos 14-15 años cuando te operaron de una hernia, creo, y me angustiaba verte en cama. Te llevé un ejemplar de El principito, pero nunca comentaste al respecto; ni siquiera supe si lo habías leído o qué hiciste con él. Y no volví a regalarte libros.

Pero luego, en una de tus visitas a nuestra casa en CDMX, fuimos a la fiesta de cumpleaños de un amiguito de Pako, quien tendría unos 4 o 5 años. Instalados en un jardín, compartíamos una mesa con otros invitados. Mi niño te llamó y acudiste a su llamado; el señor que estaba a un lado tuyo hizo un comentario que me sorprendió. “Que señora tan interesante”, dijo, y yo pregunté ¿quién? “La que se acaba de levantar”, precisó. ¿Mi mamá?, dije yo realmente sorprendida. “Estábamos conversando sobre La insoportable levedad del ser”, comentó. Repetí, ¿mi mamá? ¡Yo ni siquiera había leído a Kundera!

Mi percepción sobre ti tuvo que cambiar, y comenzamos a compartir libros y hasta películas, algunas de las cuales te parecían atrevidas según los criterios con los que creciste y los que todavía imperaban en los 80-90.

Siddhartha te lo compartí más de una vez. Quería que aprendieras a soltar todo lo que te lastimaba, lo que te ataba. Y lo leíste y lo comentamos y estabas de acuerdo, … siempre que no implicara soltar lo que para ti eran compromisos sellados con tu palabra de honor.

Después descubrí que si lo que escuchabas o veías tocaba alguna fibra sensible en ti, comenzabas a tararear o silbar, o te levantabas a lavar algo, a buscar lo innecesario; lo que fuera con tal de bloquear ese sonido o visión. No te permitías un quiebre ni en público ni en privado, Magui. “Pero yo no lloro”, me dijiste un día, cuando te comenté que tu nieta preferida tarareaba o silbaba cuando estaba a punto de soltar las lágrimas, enfrente de quien la lastimaba. Ni llorar ni quejarte, amá; supongo que implosionabas en cada ocasión y te recuperabas, pero la implosión final te deshizo. Eso no lo heredé de ti, o he aprendido a implosionar menos y a dejar salir mi frustraciones y penas incluso en público, pero mucho más en privado. Hay cosas que no puedo decir sin quebrarme, sin importar con quién esté hablando. Esta mañana, conversando con Pako, por ejemplo, o en este momento, al recordar ese trozo de conversación. Nadie que me conozca ignora la causa. Y tú lo supiste siempre, sin que yo me percatara.

En fin, amá, seguiremos conversando y encontrando la manera de deshacer algunos nudos que todavía tiene mi madeja.

Te quiero, y es bueno que lo sepas siempre.

16 de febrero: cumple 72 a la vista

Wednesday, February 16th, 2022

Viaje a Guadalajara que apenas el lunes pude confirmar, que coincide con el inicio rotundo de la primavera, según dan cuenta los cielos, los campos y el clima de Jalisco. Falta una hora para llegar.

Entre Tepetitlán y Zapotlanejo, Jalisco
Campos de agaves

El viaje está organizado para dar inicio al tratamiento dental que pagué hace seis meses y se ha venido posponiendo. Pero también de convivir con mi familia más cercana.

Nada más está previsto, pero nunca nada está previsto y ocurren viajes y convivencias gratas, mágicas. podría terminar viajando a mi ciudad natal, Tepic, aunque solamente permanezca unas horas y las pase visitando mi santuario, el lugar donde la conexión con la otra parte de mi alma es más fuerte.

Chi lo sa, dijiste. Chi lo sa, reitero. De cualquier manera y en cualquier lugar, como siempre, te encuentro/me encuentras; la mágica luz envuelves mundo cuando apareces.

El plúmbago luminoso , hace una semana
Al igual que la blanca margarita
La Luna llena esta mañana , en su descenso: 5:36 am
Y tu estrella sobre mi cabeza. Mis regalos luminosos. Y debía recibirlos hoy, en casa.

1001000 años (base 2), dentro de 40 horas en este momento.

(2^3)*(3^2) = 6^2 + 6^2

Disfrutaremos todo lo que se pueda.

14 de enero: Limones

Friday, January 14th, 2022

Este blog se llama “El día a día” porque cuando lo inicié, en diciembre de 2010, se trataba meramente de eso: una especie de diario para dar cuenta de lo que sucedía en mi vida, de mis alegrías, mis apuros, mis enojos, etc. Contaba mi día antes de descansar, en preparación para dormir; era el momento de reflexionar sobre lo acontecido y de sacudir lo que me podría impedir dormir bien.

Gradualmente fui incorporando algunas reflexiones y, al mismo tiempo, tuve que poner cuidado en mis descripciones tras el reclamo amistoso de Elías, quien comenzó a leer mis rollitos pero, dijo, sin entender bien las referencias a la vida en Tijuana.
Incluí relatos que no son ficciones pero sí transformaciones de mi realidad. Y mis tareas, de la mano de Jair.

La presencia de quien amo se fue haciendo cada vez más presente y explícita, gradualmente, alternada con la de mi madre y la de mi hijo. Ausencias físicas: 40 años del asesinato del primero (único), un año del fallecimiento de mi madre, seis años de que mi hijo vive en el otro lado del planeta. Con los tres convivo de muchas maneras. Mi hijo se ocupa de mantenerme muy activa y actualizada a través de las discusiones animadas entre él, su esposa y yo, virtualmente, en torno a una variada literatura, series y películas de ciencia ficción o de ciencia formal, y mucho más.

Pero hoy pretendo retomar el sentido inicial de mi blog: mi cotidianidad que se convierte en mi memoria. Y el tema de hoy es ¡limones!

Habiendo pasado los primeros 15 años de mi vida en Tepic, que tendría no más de 50 mil habitantes cuando me enviaron a vivir a CDMX, entonces solamente DF, había cosas que yo suponía, inconscientemente, eran norma universal.  

Tepic, el 3 de febrero de 1965; dos semanas antes de mi cumpleaños número 15.

La casa en la que habitamos, cualquiera de las tres que recuerdo, tenía un corral donde había algunos árboles frutales y plantas diversas al cuidado de mi abuela. Las casas de los vecinos también tenían corrales con árboles y plantas; algunas tenían huertas con mangos, aguacates, etc. Había cosas que uno no compraba, pues bastaba con visitar a los vecinos y, si era necesario, pedir permiso para tomar alguno de los frutos, suponiendo que no nos los ofrecieran al llegar, lo cual era casi inmediato.

En cada casa había, por supuesto, al menos un limonero; razón por la cual en la casa que habito hay uno, plantado desde que regresé de Tijuana, hace 10 años, el cual es muy generoso a lo largo de todo el año. No recuerdo que mi madre comprara limones alguna vez, mientras yo viví en Tepic.

Mi limonero, el día de hoy

La primera sorpresa, ya en CDMX, fue no encontrar un limonero de dónde cortar un limón cuando lo necesité. “Hay que comprarlos en el mercado”, me dijo alguien, y yo no entendía por qué, pero tuve que aceptarlo. La segunda sorpresa desagradabilísima, un año después, fue que me dijeran que, habiendo pagado el desayuno de estudiante (estudihambre) tenía que escoger entre un bolillo o (¡exclusivo!) un pan de dulce para acompañar lo que me servían; a mí, sobrina de quienes fundaron las panaderías en Tepic, ¡ahijada de un panadero!

Gradualmente fui aceptando mi situación y adaptándome a mi nueva condición, sin tener vecinos o parientes a los cuales recurrir para solicitar apoyo … hasta que encontré a mi tía Lolita, a quien visitaba una vez a la semana porque ella vivía en el “pueblo de Tacuba” y eso requería gastar en camiones, aunque fueran de segunda (30 centavos el boleto en una dirección); cuando la visitaba me apapachaba y me alimentaba deliciosamente.

Mi segunda sorpresa desagradable con los limones ocurrió cuando llegué a vivir a Tijuana, en septiembre de 2004, y fui a la Comer a comprar limones, entre otras cosas. No había, ni ahí ni en otros mercados. ¿No hay limones? ¿En serio? Tocó entender y aceptar que la vida en Tijuana está sujeta a ese tipo de desabasto por asuntos de transporte, entre otras cosas. Pero, además, que a lo mejor encuentra uno limones amarillos y no los verdes que tan necesarios (y ya no tan comunes) son para mí.

El asunto es que ahora los limones son artículo de lujo, parece, y de eso me enteré ayer: ¡hasta 100 pesos el kilogramo! Los memes no se han hecho esperar, por supuesto, porque ¿un guacamole sin limón?, por no hablar de las jícamas, mangos, pepinos, elotes cocidos y demás antojos que lo necesitan (con una pizca de sal y otra de chile molido, claro); o ¿cómo prepara uno un ceviche o un coctel de mariscos? ¿o una michelada o una margarita? o más simplemente: el té que cura mis resfríos o el agua de limón con rebanadas de pepino y hojas de menta para mi digestión.

Utilizamos limón verde en muchas otras cosas que comemos: tacos, pozole, birria, menudo, y un largo etcétera. Y los beneficios de comerlo son indiscutibles. El limón amarillo es decepcionante, particularmente cuando se trata de pescados y mariscos.

A esta hora (13:40 horas, dice el reloj) todavía no sé que voy a comer, pero seguramente voy a necesitar unas gotas de limón. Habrá que cuidar mucho el limonero y hacer acopio de sus frutos y, tal vez, decidirme a tener más de un árbol en casa.

Octubre 14 de 2021. Mi madre, nuevamente

Thursday, October 14th, 2021

Mi madre falleció hace ocho meses, el 13 de febrero.

El texto que sigue lo escribí hace ocho años; se publicó en Es lo cotidiano, en febrero de 2013. Hoy lo reencontré.

Fui descubriendo muchas más cosas al respecto de ella y de su relación conmigo desde que llegué a vivir a Tijuana y tuve la oportunidad de visitarla con frecuencia en Los Ángeles; llevarla de paseo, asistir a algún evento, o ir de shopping o a comer, tanto en L.A. como en TJ, Tepic y León fueron momentos privilegiados. Sin duda, las tres últimas semanas de su vida, compartidas conmigo, en mi casa, constituyen la experiencia más significativa de mi vida después de mi maternidad.

Del único paseo que ella dijo recordar, organizado para ella por su nieto amado en mayo de 2015, a Puerto Vallarta.

Lo que sigue es el texto original, tomado de Es lo cotidiano, el cual simplemente copio y pego.

Mi madre

Hace casi tres años que comencé con el proyecto de escribir sobre el papel de mi madre en mi formación, en mi carácter, en mi definición como persona. Nada fácil. Durante el taller en el que participé en el Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana (Tijuana) con Vianett Medina y un grupo de entusiastas mujeres, todas con mucha más experiencia en estas artes que yo, me sugirieron entrevistar a mi mamá para contrastar y corroborar mis recuerdos. Lo hice de camino a visitar a mi tía Lola, en Los Ángeles. Mis recuerdos y los de ella coinciden, igual que la mayoría de los recuerdos de mi hermano Manuel, el segundo de la familia.

Pero algo no me cuadraba y he intentado escribir pedazos, tratando de hacer un patchwork con ellos, pero no resulta. La clave la tuve esta mañana, mientras chateaba en Facebook.

A propósito de un pensamiento atribuido a Einstein, sobre el valor de leer cuentos de hadas a los niños, y recordando las lecturas que hacía para Pako aun antes de que naciera, comenté que conservo un volumen con los “Contes de Grimm” y otro con los de Andersen, ambos en francés. Leopoldo Navarro, mi amigo editor, comentó al respecto y dije yo que por eso Pako se dedica a lo que hace: juegos para iPhone e iPad. Comenzó a escribir historias desde los 6 – 7 años, dedicadas a sus amigos, y pretendía estudiar Ingeniería Electrónica para tener bases para escribir ciencia ficción.

Para Pako es transparente lo que yo he hecho y lo que hago como madre. Hace un par de años, viajando de Los Ángeles a Tijuana, me decía muy seriamente que todos los jóvenes deberían hacer lo que él hizo: dejar una carrera a medias (Ingeniería Electrónica, en el Tec de Monterrey) para dedicarse a lo que realmente le gusta (Mercadotecnia, en la Ibero). Le comenté que pocos jóvenes tienen una madre que pueda pagar semejantes cosas y que si hubiera tenido un hermano hubiera sido difícil que le costeara esos lujos.

Entonces comentó que todos deberían estudiar inglés desde el principio, como lo hizo él. Corrección: “tu mamá decidió que estudiarías en una escuela 100% bilingüe, desde el jardín de niños”. ¿Y la natación? Ídem. Hace unos días me preguntó si seguía en el SNI y solamente le comenté que dejé todo eso cuando abandonamos el D.F. Me contestó que su papá es Nivel III (ni sé si sea cierto). Y ni siquiera se le ocurre que tomé esa decisión para que pudiera crecer en un ambiente más libre y más seguro.

Mucho de mí misma lo he aprendido a través de Pako. No en balde ha vivido conmigo toda su vida. La Morra (Dulce Karina) dice que hablar con los dos es como hablar conmigo dos veces. Y sí: he visto mis reacciones a través de las reacciones de él. Mis “moditos”, mi habla, etc. Y me sorprendo. Y eso exactamente ocurrió esta vez.

He estado buscando la influencia de mi madre en mí y no había caído en cuenta que es mi primera influencia. He dicho que soy la hija de mi padre y es cierto en muy buena medida. Pero la primera infancia, la que dicen que nos marca, la pasé con mi madre y esa “comunidad hippie/matriarcado” formada por mi abuela Hilaria, mi madre, mi tía Cuca y mi prima Licho (mi tío Gonzalo era ferrocarrilero y estaba pocos días en casa). Los primeros años mi papá nos visitaba pero no vivía con nosotros y trabajaba todo el día, aunque no me faltó nunca su apoyo y siempre estuvo cuando lo necesité.

Entonces, los primeros aprendizajes, las primeras palabras, las primeras lecturas (y los primeros conjuros), deben haber provenido de ese clan. Yo no supe que mi madre era lectora sino hasta que Pako tenía unos 5 años y estábamos en el cumpleaños de alguno de sus amiguitos. Un señor me comentó “qué interesante es esa señora” refiriéndose a mi madre, quien había ido a atender un llamado del nieto. ¿Mi mamá? pregunté. Sí, me dijo, estábamos conversando sobre “La insoportable levedad del ser”, de Kundera. ¿Mi mamá? repetí. Y me sorprendió saber tan poco de ella.

Si veo lo que mi má escribe en Facebook, o las notas que nos manda, o sus cartas, encuentro que tiene muy buena ortografía, con escasísimos errores; que escribe muy ágilmente y de manera muy concreta, organizada y oportuna. Y mi experiencia docente me dice que eso lo adquirió leyendo. Ahora sé que lee mucho porque compartimos algunas lecturas. El año pasado le regalé “Siddhartha”, y lo leyó más de una vez.

Por mi parte, la primera carta que escribí fue para ella, a los tres años, desde Mazatlán (y tengo la evidencia, LOL). Mi tía Cuca (con quien viajaba en el ferrocarril y quien era mi segunda madre) escribió en los márgenes la traducción. Conforme yo crecía iban llegando los hermanitos, cinco después de mí, y mi papá se integró al clan y fue más evidente su participación en mi formación y la de todos mis hermanos (porque lo que llevaba era para todos aunque algunos ni se enteraran). Al mismo tiempo, mi madre tenía que dedicarse más a los pequeños. Mi carácter de gato independiente hizo el resto: recibo lo que necesito y me alejo a leer y a escuchar música en solitario, alejada de los chiquillos y sus amigos que ya comenzaban a invadir la casa.

Con un lenguaje bien desarrollado, con una mente alimentada con las historias de mi abuela, los cuentos que mi padre nos compraba mensualmente, las novelas que llevaba a la casa y mi interés en leer cualquier cosa que cayera en mis manos (tengo que dar gracias porque no existían ni la tele, ni el TV Notas ni similares), la relación con mi padre se fue fortaleciendo con el paso de los años. Discutíamos de libros, de futbol o de política. Conversábamos en la mesa o mientras íbamos camino yo de la escuela y él de su trabajo. Se nutrió con sus lecturas de física y su aprendizaje del francés como muestra del afecto y el orgullo que sentía por su oveja descarriada.

Y en todo ese tiempo mi madre se puso en un segundo plano, apoyando todas las decisiones de mi padre, animándome en el camino que me presentaron y alentando cualquier tontera que me cruzara por la cabeza. Apenas en la entrevista supe del temor y el dolor de llevarme a la Ciudad de México a vivir sola, para estudiar el bachillerato, cuando tenía 15 años, por decisión del Profe.

Mi madre nunca se ha quejado de lo que le haya tocado vivir, aunque le tocaron pruebas muy duras con cada uno de sus hijos, por diferentes razones. En la entrevista me cuenta algunos de esos dolores, que ella minimiza. Ni siquiera recuerda nuestras travesuras, a pesar de que yo recuerdo algunas muy bien (mías y de mis hermanos). Solamente lamenta que uno de los seis no la quiera. Por lo menos es lo que ella siente, y eso es lo que importa.

Escuchando la entrevista me doy cuenta de que también hablo como ella, cuento cosas a su manera. Comienzo en un lado, divago y de alguna manera regreso al punto de partida. Y a veces el divague me lleva por sitios que parece que a nadie le importan. Pero todo está conectado.

Así, me cuenta de la flor que mi padre le llevaba cada día. Me dice que cuando entró a estudiar inglés a la academia del Profe (año 1948 o 49), sus amigas le decían que ella le gustaba al Profe. Y me dice muy seria: “pero claro que no”. Mi turno: Amá, ¡tuvo seis hijos con el profe! Y sí, al Profe Parra le gustaba Margot, como la llamaba por escrito. No solamente le gustaba: la amaba. En su última carta, mi padre me escribió en el francés que aprendió en el Larousse (bastante bueno, por cierto):

Votre mère et moi dans nôtres relations sommes comme mes maladies.Les questions de votre frère qui boit et de votre sœur qu’elle croit qu’est la reine, sont motif de très difficiles moments, qui aussi donnent à votre mère des mauvais jours. Mais j’aime avec tout mon cœur votre mère et je vivrais à son côté tout ce que j’ai de vie devant moi.

No pudo volver a escribir. La enfermedad lo desgastó tanto que ni siquiera puedo imaginarlo. En los meses que siguieron apenas pude escucharlo alguna vez por teléfono. Luego mi madre, otra vez con su entereza, se encargó de decirme que se estaba bañando, que había salido al médico, que estaba dormido, etc. de agosto a diciembre de 1979. Mi padre no quería que la gravedad de su enfermedad alterara mi embarazo. Mi madre no quiso que supiera de su muerte hasta que el chiquito estuviera ya en casa y yo me hubiera recuperado.

Esa es mi madre. Muchas cosas de ella reconozco ahora en mí. Las renuncias, las angustias, las tristezas que le causé y le causo, y las que le causamos todos, ella las ha borrado… casi todas. Pako me ha ayudado a ver muy claramente que yo no sería quien soy si mi madre (apoyada por su hermana Cuca, por mi abuela y por Licho) no me hubiera ayudado a desarrollarme.

Solamente me queda darle las gracias por todo ese apoyo, por creer en mí, por apoyar mis luchas, por solidarizarse con mis causas (incluida la del 68), por estar siempre cuando la necesito, y por respetar mi carácter y mi independencia.

Te quiero amá, y sé que debí decírtelo con mucha más frecuencia. Por cierto, extraño tus buenos días y tus porras en el Feis.

15 de agosto: Destino manda

Sunday, August 15th, 2021

Fue una mañana de finales de abril de 1985. Lo sé porque antes de iniciar mayo, mientras atendíamos la celebración de la obtención del doctorado de una compañera, M. André Revuz, director del IREM de París (IREM que ahora lleva su nombre) me comunicó que la siguiente sería yo. Se me atragantó el petit four y protesté: ¿Yo? Pero creo que todavía me falta, dije como si la dictaminadora fuera yo misma. Agregué que la renta del departamento estaba pagada ¡por todo el mes de junio! Mediados de junio será, dijo impasible mi querido profesor y me sugirió que hablara con mi casera.

A principios de febrero habíamos comenzado a reunirnos al menos dos veces por semana, en su oficina del IREM, para afinar mi redacción (casi totalmente hecha en México, sin mayor supervisión). Al principio, a las sesiones me acompañaba mi pequeño de cinco años porque no encontraba escuela que lo admitiera a medio curso, todas con cupo completo. Pero a finales de febrero se abrió un espacio en una escuela privada, dependiente de la Abadía de Saint-Germain-des-Prés, llamada Cours Adeline Désir, sobre la Rue de Rennes, muy cerca del Boulevard Saint Germain. Una escuela que ya no existe, como tampoco existe el departamento en que vivimos durante ese semestre, en el número 14 de la Rue Lincoln, a 20 metros de la avenida des Champs-Élysées.

Esa mañana de abril, todavía con rastros de invierno (el 8 de mayo nevó, para darse una idea), nos levantamos temprano, desayunamos y lo llevé a la escuela. Para entonces ya se había ambientado, hablaba, leía y escribía en francés y con caligrafía francesa; la maestra estaba sorprendida de su capacidad de razonamiento que, incluso desde los primeros días ahí, le permitía resolver los ejercicios de matemáticas sin siquiera tener que leer el texto que los acompañaba. Siendo la escuela una institución de orientación católica, los chiquitos del grupo se preparaban para su bautizo; lo supe el día que entramos a conocer el templo de Saint Germain y el hijo cayo de rodillas rezando el Padre Nuestro en francés, obviamente.

Excepto los miércoles, día en que los padres de familia se hacen cargo de darles la orientación religiosa de su preferencia, los chiquillos permanecían en la escuela de 8:30 am a 5 pm. Ahí les proporcionaban la comida, el refrigerio de la tarde, y los llevaban al circo, o a nadar, o les daban lecciones de ¿violín?, por ejemplo. Yo debía recogerlo en punto de las 5 pm.

Desde el momento en que M. Revuz me alertó sobre la inminencia de la defensa de mi tesis, comencé a trabajar febrilmente sobre los últimos detalles, tecleando en la pequeña máquina electrónica, con características fantásticas, en cuanto dejaba al hijo en la escuela; apenas me levantaba de la mesa para comer algo, atenta al reloj para ir a recoger al escuincle de mis amores.

Esa mañana, antes de que me levantara para preparar algo para comer, las cosas sobre la mesa (lápices, plumas, etc.) comenzaron a “reptar”. Me levanté, incrédula, puse las cosas en perspectiva y decidí que tenía que salir a que me diera el aire. Tomé mi pequeño bolso con apenas las llaves, mi cartera y mis documentos oficiales, por aquello de que uno nunca sabe si será objeto de control en el metro (nunca me ocurrió, por cierto), pero no había que cargar con celulares, anteojos, etc. Fui directamente a la escuela y pedí que permitieran que llevara a mi hijo a comer, dando por terminada la sesión del día. El antojo del hijo fue de comer hamburguesas, y encontramos una especie de McDonald’s (o ¿era un McDonald’s?) para satisfacerlo. Después fuimos a un parque y terminamos caminando por Champs-Élysées, deteniéndonos de cuando en cuando, hasta llegar a casa. Fue mi único episodio psicótico durante todo el proceso.

El documento ya completo pasó a revisión de los expertos, quienes enviaron su reporte a la rectoría. Un reporte confidencial que el estudiante o cualquier otra persona no debe conocer. Se fijó el 13 de junio para la defensa, la cual tuvo un giro inesperado, divertido, insólito, que condujo a que me otorgaran la mayor de las menciones honoríficas. Después de la defensa, mientras entregaba los sobres con estampillas para que me hicieran llegar todos los documentos a mi casa, la secretaria del Instituto me entregó una copia del reporte, dado que nunca había leído algo tan elogioso, haciéndome jurar que nadie lo sabría. Han pasado 36 años y supongo que ya a nadie la importa.

Siguió la impresión de los ejemplares necesarios para la Universidad y el Conacyt, más un par que conservo y que nunca volví a leer. Hubo quienes lo leyeron y, por ejemplo, tomaron “prestada” mi definición de variable, la que yo construí, aprobada por M. Revuz, M. Lacombe y Mlle. Adda, para utilizarla en sus trabajos de maestría y doctorado. Un honor ser plagiada por n-ésima vez.

Todo esto pasó por mi cabeza anoche, mientras ese escuincle, a punto de cumplir 42 años, dejaba este país después de dos semanas de vacaciones que disfrutó junto con su esposa aquí en León, Guanajuato, y en Isla del Carmen, Quintana Roo. Hoy deberían de haber llegado a Londres, pero el Reino Unido cerró sus fronteras a los viajantes que salen de México y Aeroméxico (la aerolínea que les vendió los boletos Londres- México-Londres) ya no viaja a Londres y solamente los podía llevar a París. La cuarentena impuesta por Reino Unido la pasarán en la ciudad natal de mi niño. Cierto, mañana él tiene que regresar a la oficina virtual, full time, pero nadie dice que no pueden pasear por las tardes y disfrutar de, por los menos, los dos próximos fines de semana. Hoy enviaron fotos de los alrededores del hotel que eligieron: Los Inválidos y la Torre Eiffel.

Destino manda y uno agradece. Y yo soy feliz.

22 de mayo: Procrastinar

Saturday, May 22nd, 2021

Muchas cosas han ocurrido en los últimos catorce terribles meses previos a este día. Lo más doloroso, sin duda, fue la muerte de mi madre, a mitad de febrero pasado, en esta casa a la que había llegado tres semanas antes para recuperarse de una serie de malestares, creíamos dos de mis hermanos y yo; ella sabía que no había vuelta para atrás, lo supe dos semanas después.

Vinieron para mí semanas de recuperación física y emocional, apoyada por mi hermano médico, su familia y su comunidad, en Amatlán de Cañas, Nayarit. Regresé a la casa, a mi soledad habitual, acompañada de la esencia de Maggie. Recuperar las ganas de cocinar antojos, por ejemplo, ha llevado tiempo.

Había que generar algunas rutinas y poner algunas alarmas para retomar la vida desde el punto anterior al inicio de todos los desastres. Algunas cosas llegan vía los contactos o los excompañeros de trabajo o los amigos, de manera que no ha faltado en qué entretenerme en las últimas semanas. Pero en marzo todavía no encontraba la punta de la madeja y decidí inscribirme al Club de Lectura con Alma y Julia, poetas mexicanas reconocidas, para leer y comentar Don Quijote de la Mancha, ni más ni menos, a razón de cuatro capítulos por mes, comenzando en abril.

Escogí la edición en veinte fascículos publicada por el Fondo de Cultura Económica, comentada y con valiosas entradas en cada uno. El lenguaje de la obra no es una novedad para mí por varias razones: aprendí las primeras palabras y escuché las primeras narraciones de mi abuela Hilaria. Historias medievales (Genoveva de Brabante, por ejemplo), cuentos tomados de las Mil y una noches, aventuras del Quijote, y así.

Los primeros textos propios fueron regalo de mi prima Licho, cuando yo estaba por cumplir seis años, y contienen historias tradicionales, con moralejas de algún tipo, en pequeños libritos (100 pequeños libritos) organizados en cinco volúmenes dispuestos en un estante de cartón prensado.

El Quijote debo de haberlo leído, completo, antes de terminar la secundaria. Y tengo muchos amigos españoles, uno de los cuales recién me hizo llegar un de sus publicaciones, dedicada a sus alumnos de bachillerato; tuve que confesarle que el lenguaje que él utiliza no se parece, en lo absoluto, al que nuestros estudiantes o sus maestros emplean.

La segunda sesión está programada para el 25 de mayo y los capítulos a comentar son los que van del V al VIII. Pocas páginas, realmente. Entre sesiones leo muchas otras cosas y hago manualidades, colaboro en algunos eventos, etc. Lo de hacer taeas nunca se me ha dado y pospongo lo inevitable cuando apenas queda tiempo de asegurarme de que puedo participar en la clase, sesión o discusión sin riesgos.

El asunto es que los fascículos son tan pequeños que terminé extraviando el #2, que contiene los primeros ocho capítulos de la obra. Hoy hice un ejercicio concienzudo de búsqueda. Lo encontré entre una pila de CD’s. Leí la mitad de “la tarea”, aunque la mitad de eso la había leído (releído) hace un mes. Luego me dio por limpiar todos los baños, utilizando todo tipo de desinfectantes, antisarros, etc. Igual voy a tener que utilizar piedra pómez. Todo sea por procrastinar, aunque limpiar baños nunca ha estado entre mis aficiones.

Mientras limpiaba iba reacomodando algunas de las palabras del texto al habla de mi abuela y su hermana mayor, mi tía Margarita, y los nietos de ésta, en el rancho de los Becerra, en la parte alta de la Sierra Madre Occidental, municipio de Compostela, Nayarit. Siendo la mayor de seis hermanos disfruté varios veranos ahí, entre los años 1957 y 1964; los dos menores no tuvieron ese privilegio.

Todos ahí sabían hablar y escribir correctamente/escolarizadamente; los muchachos, primos de nosotros, recogían los libros que nosotros íbamos dejando al terminar cada ciclo escolar y se los llevaban para utilízalos en su educación, sin escuelas próximas pero con la estricta vigilancia de su abuela y sus padres. Pero también hablaban con los vecinos de otros ranchos, con las palabras del castizo de los mayores. Y uno aprendía. Además, recogían los sellos de aluminio que en aquella época cubrían las latas de Choco Milk, bajo la tapadera, para utilizarlas en reparaciones de sus utensilios. Desde ese entonces reciclamos. Los dos principales objetos de reparación eran la pequeña planta de electricidad y el trapiche, también pequeño.

Los veranos, en ese paraíso que era el rancho, uno adquiría montones de habilidades para la vida práctica. Si uno quería una fruta iba y la cortaba del árbol; había un par de ojos de agua que, apenas hace unos 8 años, mi madre recordaba como el agua cuyo sabor prefería; el río que cruzaba la parte baja del rancho (integrado por las tres viviendas familiares) hacía una gran poza, “el Charco Largo”, donde se podía nadar y donde se pescaba camarón de río, por ejemplo. Todo lo necesario para las comidas, excepto la panadería, se producía ahí mismo, pero uno no podía participar en las labores de la cocina si no se trenzaba el pelo. Adivinen quién nunca fue admitida.

Las tardes eran de conversación y juegos tradicionales; al caer la noche se echaba a andar la planta de electricidad para escuchar la radio comunitaria durante la cena y uno atendía/entendía el lenguaje por necesidad; luego, solamente quinqués para alumbrarnos un rato antes de ir a dormir mientras nos contábamos historias de terror, como la de las culebras chirrioneras que mamaban de los senos de las madres mientras metían la cola en las bocas de los bebés, para despistarlos.

Así/ainsi/ansi/ansina, cuando comencé a estudiar francés (ainsi) no necesitaba de mucho para comprender el habla, gracias a mis estancias en esa comunidad. O podía entender y hacerme entender con una señora que nos rentó una habitación en Turín, en el verano de 1979, quien nos dejó el encargo de atender a alguien que iría a bscarla mientras ella se ocupaba de otro pendiente.

Sigo en la procrastinación.