8 de diciembre: la tarea final del taller de poesía

Saturday, December 8th, 2018

La segunda parte del taller inició el 6 de noviembre, con reuniones cada martes, de 10 a 11; tuvimos que saltarnos uno, por compromisos previos. Concluimos el 4 de diciembre.

El último trabajo consistió en la revisión de la tercera tarea, editando algunas partes. Éste es el resultado final:

Tatei Haramara, diosa del mar, cuyo lugar de residencia está en San Blas

Lo que viene de antiguo se antepone a todo

Tatei Haramara, diosa del mar,

Tu casa es la que siento como mi casa: San Blas.

Buscando la luz, del mar salimos;

En peregrinación, al mar volvemos

A celebrar nuestros ritos,

A sellar compromisos de amor,

A iniciar a los que nos suceden.

 

Tayau, Nuestro Padre, el dios sol,

Surge de las llamas del Abuelo Fuego;

Luz que permite que cada cosa alcance su esplendor.

 

Salimos del mar para crear el mundo,

Para soñar el mundo,

Para plasmar el mundo en mágicas imágenes,

Para contar quiénes somos y a dónde vamos.

 

Nuestro camino es el de la luz;

Volvemos a ella y volvemos al mar.

Mar y cielo, luz y agua,

Extienden la paleta de azules en una unidad infinita;

Agua tibia que besa nuestros pies,

Sol que baña nuestra piel color de barro.

 

Si el mediodía es espléndido,

El atardecer produce magia;

Los rayos de luz viajan sobre la superficie marina

Rieleando hasta alcanzar nuestros pies

Que se resisten a abandonar el húmedo confort

Que seguramente recuerda el del útero en que fuimos concebidos.

 

Desde el viejo muelle del puerto

Contemplo la fusión de nuestros dioses;

Tatei Haramara y Tayau se reúnen tarde a tarde

En un espectáculo de múltiples colores y tonalidades

Mientras las barcas atadas al muelle descansan mecidas por el oleaje.

La fusión que renueva nuestros pactos

Que alimenta nuestro espíritu,

Que calma mis angustias,

Que alivia mis penas.

 

Momento de agradecer por cada cosa que nos ha sido dada:

Los frutos de la tierra y los del mar,

Las montañas, los campos y los bosques,

La generosidad de quienes nos acompañan,

El amor que sigue manifestando su presencia,

La paz que reina en un mundo de caos.

 

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No pretendo ser poeta, por supuesto.
Los ejercicios previos, y lo que trajeron como autoconocimiento, como recuperación de vivencias, de recuerdos, de emociones, los dejaré reposar unos días para compartirlos antes de que termine este año.

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7 de diciembre: noviembre lleno de gratitud

Friday, December 7th, 2018

Arrancamos noviembre habiendo dado por terminado el taller para los docentes, incluido el envío del reporte final. La conferencia para la UG estaba casi lista, pero todavía había detalles que pensaba que podría agregar al texto, que de todas maneras no iba a leer, de modo que fuera una ponencia breve pero documentada, por aquello de que alguno de los profesores quisiera tener más información.

Pako llegaría a Cancún el día 8 y volaría a León el 13, llegando por la tarde. Me encargué de preparar galletas de nata, tamales, tacos de pollo listos para dorar y unas cuantas cosas más previendo los almuerzos, principalmente. Llegó, como siempre, haciendo que parezca que no ha estado ausente ni un solo día. Directo a instalarse en su recámara mientras me platicaba las mil experiencias acumuladas a lo largo del año e intercambiábamos regalos: él, la colección que armó para mí de su viaje a Moscú, al Mundial de fútbol, y a Wimbledon, incluyendo una bella Matryoska y una colección de monedas conmemorativas; yo, las playeras y objetos del Comic Con 2018 y mi reconocimiento explícito por el premio que ganó el juego en el que trabajó desde el día que llegó a trabajar a Outplay Entertainment, hace apenas un año. No fui una madre complaciente y tuvo que aprender que hay que hacer bien las cosas desde la planeación, y a ir controlando variables, supervisando cada detalle y adelantándose a los hechos siempre que fuera posible. Es una satisfacción enorme verlo en esta etapa, porque ha sido mi proyecto más preciado y cuidado; estaría muy orgullosa aún si su trabajo no fuera premiado.

Durante su estancia en la playa me había compartido fotos y videos de sus paseos y del increíble mar y sus criaturas, mientras esnorqueleaba, vía WhatsApp; como a mí, Cancún no le gustó pero Akumal, Tulum y, particularmente, Playa del Carmen, lo dejaron encantado y con ganas de regresar. Ya en casa, me compartió otros videos y me narró la aventura de instalarse cerca de Cancún, en casa de un amigo vegetariano, alejado del mundanal ruido, en una especie de retiro. Se quedó en Playa del Carmen en la primera oportunidad.

Como siempre, en cuanto llega a casa comienzan a llegar los amigos de toda su vida. El primero es Luis, a quien apoyó para la instalación de La Misión, taberna y bar, originalmente depósito de cerveza, antes de irse a India. Es una amistad de muchos años, y Luis es otro integrante de esta familia, aunque solamente aparece estando Pako aquí. Juntos son como niños; así planearon que al día siguiente comenzarían a cortar y pulir las piezas del traje de Storm Trooper que Pako compró hace un par de años, y que luego lo dejarían ya armado. Por supuesto, antes tendrían que comprar las herramientas para la tarea. Trabajaron apenas un par de días en eso, sin terminar, y tuvieron que aspirar y limpiar el desastre. Las conversaciones con ese par se alargan mientras toman cerveza, comen alguna botana, se sientan a comer y merendar en forma y luego se van con otros amigos. Hicimos las compras para la parrillada del sábado 17, que se extendió al domingo 18. El 21 festejamos su cumple con una comida ofrecida por sus amigos y el 22 voló de regreso a Londres para llegar a Dundee la tarde del viernes 23, directo a la última reunión de trabajo del mes.

Después del 23 fue tiempo de revisar, otra vez, la presentación y el texto de la conferencia y de enviarla a la UG; de asegurarme de que estuviera disponible offline, en Drive, para proyectar desde el iPad, pero también de llevarla en un USB porque uno nunca sabe qué pueda ocurrir. Pensar en el atuendo fue también una parte importante, de modo que me lancé a los outlets a buscar unos zapatos de vestir de color azul marino, clásicos; recorrí todas las tiendas, pero los encontré, a tono con mi vestido.

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Camino a la conferencia

Fue una experiencia muy agradable el compartir con los docentes. Tuve una espléndida recepción desde que llegué a las instalaciones, acompañada por gente muy amable y generosa. Fue muy grato saludar y conversar con un gran amigo y ex compañero de trabajo en el Tec, el Dr. Jesús Bernal, a quien debo la invitación para impartir esta conferencia. Del streaming me enteré cuando ya había comenzado mi charla; posteriormente, Eduardo Estala, otro gran amigo, me hizo llegar la nota de prensa. Más exposición no podía tener. Pero no terminamos ahí, para desagrado de muchos.

Mientras iba cerrando mis pendientes, mientras conversaba con mi hijo, recibí un mensaje del Tec de Monterrey Campus León: la invitación para asistir el próximo 15 de diciembre a un desayuno donde me harán entrega, por segunda vez (se otorga cada cinco años, comenzando en 2013), del reconocimiento a “Profesores que dejan Huella”.

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La ocasión anterior fue una ceremonia casi al aire libre y estuve muy arropada por varios de mis queridos ex alumnos y algunos ex compañeros de trabajo. Esta vez puedo invitar a cuatro familiares; ayer me confirmó mi hermano médico, Víctor Manuel, quien siempre está cerca de mí y atento a mis necesidades, que estará aquí junto con mi cuñada Alicia, mi sobrino Víctor y su novia, para acompañarme. Mi atuendo comienza con las perlas, collar y aretes, que me regaló Pako hace unos cuatro años; será la manera de tenerlo cerca.

Desde el inicio de noviembre le pedí a Jair que retomáramos el taller de poesía, y accedió. Tres sesiones que ya concluyeron. Mi objetivo, desde que iniciamos la primera parte de taller, era el de tener elementos para explicarme por qué algo de lo que leo me gusta o no; de paso, aprendí algunos elementos para mejorar mi redacción. No quiere decir que lo domine, conste. Comenzamos el 6 de noviembre y lo terminamos apenas el 4 de diciembre. De lo realizado me ocuparé próximamente.

La estancia de Pako fue el festejo navideño anticipado. En esta casa no tenemos más tradición que la de compartir y disfrutar cuando estamos juntos, independientemente de la época del año; no hay reglas, dijo mi hijo, y es cierto.  Él pasará la última semana de diciembre en Hamburgo, con la familia de Armando, otro de sus muy queridos amigos, desde la prepa. Yo me dedicaré a migrar lo que sea necesario a la laptop que me dejó ya lista, aunque antes tengo que limpiar la que uso todavía. Y decidí retomar el estudio del álgebra moderna (Teoría de grupos y esas cosas). Tal vez me dé una vuelta por Tepic para convivir un rato con Raquel y con mi primo Ocho, para ir a San Blas y, por supuesto, a mi sitio favorito. Por lo menos es un avance de plan.

Terminé noviembre con un dulce sabor de boca. No creo que pueda pedir más. Pero siempre hay más. Y sigo dando gracias.

 

 

6 de diciembre: octubre se llenó de satisfacciones

Thursday, December 6th, 2018

Octubre comenzó, simplemente, como la continuación de septiembre.  Las dos conferencias tuvieron lugar; comencé a participar en un grupo cerrado sobre el tema, creado por periodistas; me inscribí a otro curso de la UNAM (y olvidé la última sesión) y me pidieron ser parte de un video sobre la participación de las mujeres en el movimiento (apenas ayer me hicieron llegar el documento). Mucho ruido alrededor, lo cual ya sé que a algunos no les agrada mucho. Ese es su problema.

El trabajo con los docentes continuó a lo largo de octubre, prolongándose por las extensiones de plazo que iban solicitando desde todas las sedes; en el grupo a mi cargo se trató más que nada del deseo de profundizar en los temas, por parte los docentes, y su voluntad de aprender a mejorar su redacción. Nada de eso era el trabajo convenido, pero había que satisfacer esas ganas de aprender. Hubo textos que corregí hasta cuatro veces, y lo mejor es que agradecieron el esfuerzo realizado. Ellos estuvieron satisfechos con su trabajo, y ese es el resultado importante. Al final hubo que hacer un reporte, incluyendo testimoniales, fotos, evidencias de apoyo, etc. Lo hice a mi modo, poniendo en claro que eso nunca se estableció al inicio del proyecto y que no se entregó una rúbrica (algo que se le pide a los docentes que incorporen en su planeación) ni un plan de trabajo completo. Me negué a hacer el trabajo de captura de calificaciones, disponibles bajo cualquier filtro en el mismo portal de la institución que nos había contratado, porque eso no es mi trabajo, dije. Creo que fui a la primera que le pagaron … el 80% de lo pactado, sin recibos ni facturas.

Hacia mediados de mes recibí una invitación más que honrosa, para impartir una cátedra magistral en la Universidad de Guanajuato sobre la didáctica y la innovación educativa, el 27 de noviembre a las 9 de la mañana. La invitación venía de parte de las autoridades del Campus León de la UG y estuvo acompañada de gestos invaluables de reconocimiento a mi trabajo. La sorpresa llegó cuando supe que el Director Académico de ese campus es un querido ex compañero de trabajo, un físico notable y un excelente profesor. Comencé a desarrollar la presentación con sumo cuidado, acudiendo a dos extraordinarias docentes y amigas, Olinda Y Adriana, para que me ayudaran a revisara y me hicieran llegar sus comentarios. Cierto, el texto era solamente una guía para no divagar, pero se trataba de que fuera lo más correcto posible. Ponerlo a punto me llevó unas tres semanas.

En ese lapso, mi hijo anunció su plan de viajar a León durante el mes de noviembre. A finales de octubre concretó su pan de viaje: Londres a Cancún, donde pasaría unos días conociendo y esnorqueleando, para luego viajar a León y pasar aquí unos diez días; el vuelo de regreso seguiría la ruta inversa. Se iría en cuanto festejáramos su cumpleaños. Eso determinó la siguiente actividad en mi lista de pendientes: ir de compras para preparar anticipadamente los antojos que pudiera tener, de manera de no perder mucho tiempo en la cocina. Y prepararme para navegar sin reloj y sin brújula (lo cual no me cuesta mucho trabajo), siguiendo sus planes y apoyando sus actividades.

Terminamos octubre en ese tono, realizando trabajo muy satisfactorio, recibiendo reconocimientos y esperando al hijo.

 

5 de diciembre: Septiembre: trabajo y angustia

Wednesday, December 5th, 2018

Lo mejor de tener trabajo intenso es que permite que el cerebro controle todo, dejando muy poco al sentimiento. Para bien y para mal, es lo que he aprendido a lo largo de mi vida. El trabajo es la mejor receta para que uno disipe las penas que aquejan a la mayoría: pérdidas, malestares en cada cambio de ciclo de vida, etc.

Septiembre comenzó con el taller de formación para los docentes en el Estado de Guanajuato; a mi cargo tenía un grupo en Santa Cruz de Juventino Rosas y la coordinación administrativa de otros dos facilitadores en la misma sede. Dos sesiones presenciales, el 2 y el 9 de septiembre, y muchas horas de trabajo en línea tratando de ayudar a resolver las mil carencias que encontré, desde las que se refieren al acceso a los dispositivos tecnológicos de todo tipo, al uso de las aplicaciones en celulares, y a lo que era propiamente el taller: la planeación didáctica a la cual, aparentemente, nunca habían sido inducidos. Viajar a Juventino Rosas fue una aventura, en cada ocasión, a pesar de que es un municipio relativamente cercano a la capital del estado de Guanajuato. Constaté que en los 20 años transcurridos desde que coordiné y desarrollé un proyecto para la Secretaría de Educación del estado, desde el Tec de Monterrey Campus León, para apoyar a los docentes en el uso de las incipientes TIC, no solamente no hay cambios sino hasta algunos retrocesos. Eso será el tema de otro tipo de documento.

Al mismo tiempo, el mismo 2 de septiembre, en mi familia cercana detonó un grave problema de salud que nos tuvo en vilo por tres semanas. Cada día el panorama tornaba a ser más oscuro; muchas complicaciones, muchos indicios de un desenlace fatal. Entre todo eso, la preocupación inmediata era mi madre, quien seguramente no habría resistido un desenlace como el que preveíamos. Mi informante era mi hermana Nidia, al pie de la cama de hospital, en California, pendiente de cada signo, de cada noticia. Cuando todo parecía perdido anunció que mi hermano Juan tendría una operación a corazón abierto al día siguiente, el 24 de septiembre.

Los padres de dos queridas amigas pasaban por el mismo trance, y ninguno de los dos sobrevivió. El estado general de salud de mi hermano no auguraba nada favorable. La operación resultó bien, la recuperación también. Contra todos mis pronósticos se recupera, aunque todavía tienen que arreglarle otros aparatos.

Aprovechando los tiempos disponibles me inscribí en cursos ofrecidos por la UNAM. A la mitad del segundo, me invitaron a dar una conferencia sobre el 2 de octubre de 1968, programada para el 9 de octubre de 2018. Comencé a preparar el rollo que expondría; un mapa mental, básicamente. Posteriormente, la Alianza Francesa de Guanajuato me hizo una invitación similar, pero programada para el mero 2 de octubre. Eso ha generado otras acciones, otras invitaciones y el enriquecimiento de mi red de contactos. Hablar de esa experiencia es siempre doloroso y lo había puesto por escrito en un texto publicado en Es lo cotidiano/Tachas. Esa misma memoria, recontada y con imágenes, fue el tema de mis conferencias. Al terminar septiembre tenía listas mis presentaciones. El día de hoy Claudia Sheinbaum, al asumir el mando de CDMX, hizo desaparecer al Cuerpo de Granaderos de infame recuerdo; una de las demandas del pliego petitorio de hace 50 años. Alegría mezclada con rabia y con nostalgia.

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Los puntos de pliego petitorio, hace 50 años

El curso con los docentes, una vez pasadas las sesiones presenciales, exigió de muchas más horas de trabajo para brindarles un verdadero apoyo: apoyarlos en la reconstrucción de su ortografía, su redacción y la comprensión de conceptos que uno supondría bien establecidos. Lo maravilloso fue la respuesta: gente con ganas de mejorar, a pesar de que ya había señales de que la Reforma Educativa iba de salida. Ellos querían seguir aprendiendo. No todos pudieron terminar satisfactoriamente, cierto; la mayor parte no tuvo el tiempo ni los apoyos locales que requerían para acceder a los portales de los talleres, para aprender a utilizar una cuenta en WhatsApp o a crear documentos con fotos insertadas. Los plazos se ampliaron varias veces, pero no fue suficiente.

Terminamos septiembre en la esperanza de recuperar a algunos, a través de la red de apoyo y colaboración que ellos mismos comenzaron a crear. Y esa es una de mis satisfacciones.

 

4 de diciembre: las últimas semanas de agosto

Tuesday, December 4th, 2018

Agosto terminó en paseos y compromisos de trabajo.

Antes, en Semana Santa, Janeth vino desde Tijuana a traerme la invitación para su boda, a realizarse en los viñedos cercanos a Ensenada. Llegó acompañada de su madre, su hermana, una alumnita del ballet, y su abuelo. Comimos, conversamos y reímos. Un verdadero gusto. Al día siguiente regresó, ella sola, para conversar sobre la vida, los recuerdos. Una ex alumna del último grupo que tuve a mi cargo en Tijuana, en el área de Comunicación, y que se convirtió en una muy querida amiga. Y que me trajera la invitación hasta acá fue un detalle muy de agradecer, así que en cuanto Volaris anunció sus ofertas, compré el pasaje redondo para asistir al evento.

Esta vez no crucé la frontera. En el aeropuerto renté un carro, porque no tenía idea de cómo llegar en camión al Glamping Ruta de Arte y Vino, donde sería la boda. Y fue un acierto. El Glamping, por su parte, fue una experiencia que no hubiera vivido de otra manera, aunque solamente pernocté ahí del viernes 24 al sábado 25, día de la boda.

La tarde del viernes, después de instalarme en uno de los campers, salí a buscar algo de comer porque en el campamento lo único disponible era café, y la cocina disponible para que cada uno cocinara a su gusto. Sobre el camino a Ensenada, en plena Ruta del Vino, encontré un Bistró al lado de un Oxxo. Me atendieron excelentemente: una botella de vino blanco de la región, frío y descorchado para mí, y una tabla de quesos en un recipiente para llevar. Otro acierto. Apenas unos minutos después de regresar al campamento, llegaron los novios y la familia de la novia. La merienda se volvió botana compartida en una deliciosa tertulia que terminó pasada la media noche asando salchichas en una fogata. Música, conversaciones, y sentirse realmente parte del grupo.

La mañana del sábado comenzó con una notificación de que había sido contratada para impartir una capacitación a docentes de primaria, en Juventino Rosas, Guanajuato, con dos sesiones presenciales al iniciar septiembre y unas 30 horas de trabajo en línea. No había mucha más información, pero el monto por ese trabajo ayudaba a cubrir los gastos del viaje. Acepté. Y fue otro acierto: me permitió conocer de cerca el proceso de la evaluación docente, la excelente disposición para el trabajo y las carencias de los profesores que me asignaron, y los teje manejes de empresas como la que me contrató, que no predican con el ejemplo, entre otras cosas. Un artículo está pendiente, documentado con todo lo que me fue indicado y proporcionado, y lo que no.

Almorzamos en comunidad, en el restaurante más recomendado de la región: La Cocina de Doña Estela. Me dijeron que había que llegar antes de las 10 A.M. y fue una sana recomendación. Para cuando terminamos el almuerzo, el exterior del local albergaba entre 100 y 150 personas esperando mesa. Mientras, se les ofrecían en venta productos de la región. Yo no disponía de mucho tiempo, de modo que llevé al campamento a algunos de los comensales del grupo, lo cual me permitió conocer más a fondo al novio, y de ahí salí rumbo a Tijuana para encontrarme con amigos antes de regresar a la boda. De paso, cambiarme de alojamiento y prepararme para el evento. Llegué al Glamping apenas a tiempo. Y fue una bella ceremonia civil. La luna llena apareció sobre los cerros durante la sesión de fotos (las cuales se encuentran en el portal del Glamping), con el atardecer en el lado opuesto del campamento. No me quedé al festejo con todos los invitados. La tertulia del día anterior fue mucho más significativa para mí, y estaba cansada.

El domingo temprano regresé a Tijuana, con una escala en Rosarito para almorzar en El Nido (tradicional) y caminar por la playa un buen rato. A las 6 de la tarde ya estaba hospedada en el Caesar’s, como siempre. Y volví a encontrar a mis amigas, incluida Dulce que estaba a pocos días de regresar a Bristol. Con ella y su mamá almorcé al día siguiente; y la tarde, en una de esas gratísimas casualidades, me permitió encontrar a Venecia en calidad de ángel de la guarda, escoltada por su caballero andante, quien me ayudó a resolver una pequeña crisis con la creación del grupo de WhatsApp que me indicaron que sería necesario para el trabajo con el grupo de docentes. La chamba daba inicio. Todavía pude desayunar, al día siguiente, con Jin-Ho y Michelle, en el muy agradable restaurante de la propia Michelle; Jin-Ho se hizo cargo, además, de resolver un entuerto con un paquete, y de llevarme al aeropuerto.

Llegar a León significó ponerme a trabajar, de lleno, en el curso que tendría a mi cargo; para comenzar, enviar toda la documentación requerida para el contrato, incluyendo el contrato firmado y escaneado; después del aseguramiento vino un taller en línea donde se nos dijo, a todos los facilitadores, de qué trataba la capacitación, quién estaba detrás del proyecto y cuáles eran las expectativas. Uno no se raja.

Y así llegamos a septiembre.

28 de noviembre: Pardavé y familia que lo acompaña

Wednesday, November 28th, 2018

Ayer por la tarde, después de regresar a casa y ponerme en modo comodidad y relax, y después de un almuerzo/comida tardío, y de un par de cosas de orden mínimo, anuncié:

El relax ha comenzado a invadir mi cuerpo. Me dará hambre a deshoras, por lo cual es muy bueno que haya croissants (hice un montón), pain au chocolat, jamón serrano, quesos, vino. O sea: me voy a instalar frente a la tele. Y veré cualquier película de comedia, no importa si es Don Susanito Peñafiel y Somellera por n-ésima vez. Para cualquier mensaje, queja, o lo que sea, háganlo vía WhatsApp.

Abur!

Me subí a mi cama y en ese momento, antes de que encendiera la tele, recibí un mensaje vía LinkedIn: “Blanca Margarita, perdí tu número de teléfono; mándame un mensaje por Whats”. Marco Antonio Pardavé. De esas coincidencias con la gente que ha estado conectada con uno por 51 años. Porque resulta que Marco fue compañero mío desde el segundo año en Voca 3, y en la carrera; como todos mis amigos de ESFM, optó por la especialización en física. La rara soy yo.

Siempre es gratísimo reencontrarnos a través de las redes, no importa el tiempo que transcurra entre dos conversaciones. Esta vez me platicó que había estado impartiendo un curso en CDMX, de Auditor Líder en Calidad, Ambiente, Seguridad e Higiene, y durante ese lapso festejó su cumple; envió foto del festejo, organizado por sus amigos. Marco vive en Miami pero es viajero muy frecuente. “Ve cómo cambiamos BM”, dijo, refiriéndose a su aspecto. Y la verdad es que, aparte de las canas, no ha cambiado mucho. Correspondí con la foto de ayer por la mañana, vestida de gente seria para ir a impartir una conferencia a la Universidad de Guanajuato. Y le describí mi intención de ver una película de su tío, Joaquín Pardavé, en ese momento. Coincidentemente, también, transmitían “Los viejos somos así”, con el personaje querido.

Buscó fotos de su tío, pero también de su padre, José Pardavé, también actor, y a quien seguramente todos los que hemos visto películas de esa época recordamos como el hombre que entra y sale de su casa diciendo “Ya vine vieja, ya me voy vieja”, corriendo de un empleo a otro, en la película “Qué te ha dado esa mujer”.

Benito Taibo tiene una nota respecto a este personaje.

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Ya vine, vieja; ya me voy, vieja

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Pardavé: Joaquín y José

 

La chorcha derivó sobre the way we were, hace 51 años, y la diferencia entre lo que significaba viejo en la época de esas películas y en la actualidad. Porque Joaquín Pardavé encarnaba siempre a viejos, según los propios relatos de esas películas, cuando los personajes tendrían no más de 50 años. “Es correcto, BM”, me dijo; “el tío falleció a lo 55 años”. Respondí que a mí ni siquiera me han salido las muelas del juicio (lo cual es verdadero) y que mi foto del after, ayer, mostraba que la seriedad y serenidad que caracterizaba a esos viejos todavía no me llega.

Y en cuanto a cómo éramos, le recordé que a Norma (mi roommate desde principios del 68 y hasta que ella se casó, hacia 1971) y a mí, nos embromaba diciendo que éramos “malas, con M de malas” haciendo énfasis en las m’s, y que éramos coquetas, porque nos reíamos mucho; éramos bobas, en realidad. Pero en esas bromas, en todos los momentos compartidos, nunca cruzamos las líneas del respeto y el afecto de amigos entrañables. Marco era, y sigue siendo a pesar de muchos trancazos que la vida le ha dado, un muchacho alegre, cooperativo (todos cooperaban para que yo entendiera los cursos de física, particularmente, porque los profes de esa áreas no eran muy buenos, en general).

Como mucho de mis compañeros, Marco trabajaba y estudiaba; el Actedrón (accesible libremente en las farmacias de la época) le daba la energía para hacer tareas por la noche; algo que nunca estuvo en mi repertorio, a pesar de que un par de veces me regalaron un par de pastillas, porque nací floja y, como dije ayer, en eso sí soy muy cartesiana. Concordamos en una deficiencia, recordando nuestras clases en ESFM:

[9:51 PM, 11/27/2018] Blanca Parra: Y no tengo desarrollado el hábito de escuchar, ni siquiera las letras de las canciones. O los nombres de las personas

[9:51 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Igual que yo

[9:51 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Todo era deducción o inducción

Para variar, no tenemos fotos que nos incluyan a los tres, y ninguna de Norma.

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Afuera del edificio de ESFM, hacia 1979, acompañados por Silvia Ponce

Marco no está en Face, pero nos encontramos y conversamos también vía Skype, además de las redes ya citadas. Yo estaba cansada, así que cerramos nuestra charla:

[10:02 PM, 11/27/2018] Blanca Parra: Me estoy durmiendo. Me encanta conversar contigo y espero que sigamos haciéndolo.

[10:03 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: La idea es vivir cada día lo que mejor se pueda! Por que la vida no regresa

[10:03 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Ok estamos en contacto

Para las 10:30 ya me había quedado dormida. Y así transcurrió mi tarde de relax, con un Pardavé, vía WhatsApp.

5 de agosto: Días de agosto

Sunday, August 5th, 2018

Días cargados de nostalgias, de buscar en las sombras, de sentir intensamente las ausencias. Días en que es mejor no estar muy expuesta al mundo. A ratos me asomo, cuando me siento un poco aligerada y la curiosidad me gana; generalmente caigo en cuenta, muy rápidamente, de que no hay mucho que valga la pena en las múltiples ventanas que se abren en cuanto enciendo uno de los muchos aparatitos que tengo al alcance. Retirarme definitivamente todavía no lo considero, porque hay asuntos de vida y familia que solamente se vehiculan por alguno de esos medios. Los teléfonos han dejado de cumplir esa función y, de cualquier manera, el sonido del timbre siempre me ha molestado, alterando mi estado, cualquiera que sea en ese momento; no suelo responder cordialmente porque preferiría que no sonara.

Antes, hace mucho tiempo, era el telegrama breve, no más de diez palabras, el que llevaba o traía el mensaje necesario o urgente; ni una palabra de más ni, mucho menos, adornos de cortesía. La comunicación cordial, afectiva, llena de detalles no necesariamente explícitos pero entendidos en el contexto y entre líneas era ideal para comunicarse con algún ser particularmente querido. Cada noche retomo esa práctica escribiendo pequeñas notas, a veces no tan pequeñas, a quien sigue ocupando mi alma y mi mente.

Pero los días de agosto parecen demasiado largos, las horas transcurren como con modorra y la noche tarda en llegar. Sin Importar en cuantas actividades de todo tipo me involucre, me sobran horas. Coso, leo, cocino, hago jardinería, barro, organizo,… y hay mucho tiempo antes de que el sol se ponga. Algunos días comienzan con tal carga emocional que el ritmo al que hago todo es muy intenso, para aturdirme, para no pensar ni, mucho menos, dejarme llevar por el sentimiento.

Hoy fue uno de esos y decidí huir, engentarme, responder a las incidencias de andar en el mercado grande, en día y horas de mercado, cuando el gentío se aglomera en algunos lugares impidiendo el paso de los transeúntes, entre empujones y cuidando el monedero y las compras. Toda la atención se concentra en deambular por los pasillos mientras hago una selección de lo que se ofrece en venta tomando en cuenta lo que creo que puedo necesitar durante la semana, en buscar un par de antojos que solamente ahí encuentro, en cuidarme de los carros y de la gente que carga bolsas grandes o de los comerciantes que cargan costales o cajas de productos buscando paso.

Antes de ir al mercado, al descender de la oruga, fui a dar de lleno al costado de Catedral, cuyas campanas repicaban llamando a misa de 12 o algo así. El antojo me hizo detenerme en la esquina de enfrente y pedir un tamal oaxaqueño de costilla (muy bien servido) y un atole de cajeta; luego busqué un lugar para sentarme a comer bajo un arbolito que no ofrecía mucha sombra, en la placita aledaña. Llegué a la esquina de la plaza principal; en los portales que la encuadran hay múltiples vendedores de esa ilusión llamada Lotería Nacional y recordé que tenía un cachito, comprado en el supermercado hace unos días: tiene un premio neto de 139.50 pesos, dijo la vendedora en el primer puesto que encontré, entrando al portal más cercano. ¡Loteria!, dije al recibir mi premio.

Decidí ir a la tienda de telas a buscar el material para un pantalón casi de tubo, pero lo que busco parece inexistente en esta ciudad. Al salir del local escuché la banda municipal, instalada en el quiosco de la plaza. Corrí para llegar a escuchar la siguiente melodía, que resultó ser el vals “Sobre las olas”. Encontré un lugar justo frente a la escalinata de acceso al quiosco y comencé a transmitir en vivo el evento. Soy muy despistada pero hay algún sentido que se activa de manera automática para percibir una especie de sombras.

Mientras grababa, sentí la mirada sobre mí; sin dejar de grabar me puse de pie para hacer una toma que incluyera los extremos de la plaza a ambos lados, pero observando el entorno a ojo limpio, por debajo del celular. Ahí estaba, observándome. Saludé con un gesto (intenté que fuera cordial, no sé qué resultó) y seguí con mi grabación. Se asumía, aparentemente, como una más de de las personas de la tercera edad, solitarios, sin otra cosa en qué emplear su tiempo, comiendo pepitas de calabaza y dejando que el día pase sobre sus cabezas.

No, no me causan tristeza, pero tampoco se me antoja ser parte de ese grupo al que parece que se le terminó el interés por la vida. Y no soy buena para escuchar la conmiseración que se tienen a sí mismos. Justamente ayer hablaba, con los amigos que vinieron de visita, de esa persona y de su manera de observarme casi obsesivamente, tratando incluso de inmiscuirse en mi vida. Me subí a la banca para hacer una toma de 360 grados de la plaza, mientras la banda tocaba íntegramente el vals. Cuando finalmente terminó busqué la mirada, que sabía que encontraría, para despedirme con un gesto similar al primero. Terminé de cruzar la plaza, pedí un café en el portal y, ahora sí, me dirigí al mercado.

Debo haber tardado un par de horas en todo mi recorrido, hasta regresar a mi casa.

Barrí el frente de la casa, cambié el agua de los bebederos, lave las fresas, guardé mis compras, comí, recogí la cocina, revisé mi proyecto de pantalón que ahora decidí que será falda, escribí este rollo y todavía le quedan unas cuatro horas de luz a este día.

El objetivo de mi huida se logró casi en su totalidad.

7 de julio: consecuencias de mis conversaciones

Saturday, July 7th, 2018

Consecuencias de mi encuentro con mis excompañeras y mi talller de poesía. Lo que esas historias trajeron sobre mi historia personal y, particularmente, sobre mi relación con mi madre.

En 2010 recibí una invitación de Vianett Medina, Directora del Centro de Posgrados y Estudios Sor Juana, en Tijuana, para participar en un taller que impartiría Rocío Cerón sobre la elaboración de libros objeto, sin que recuerde el título. Asistí, por supuesto, y fue una grata experiencia compartida con un grupo diverso de mujeres con diferentes ocupaciones e intereses. Aprendí sobre las múltiples formas de elaborar uno, con elementos tan sorprendentes como puede ser un trozo de carne rebanado en “páginas” cuya textura es la parte descriptiva, al tacto. Sobre esta experiencia escribí una nota en Es lo cotidiano, en 2013, y acabo de reencontrarla; describo ahí mi interés en encontrar la parte de mi formación y de mi personalidad que debo a mi madre, porque como ahí se explicita:

Soy la mayor de seis hijos, tres hombres y tres mujeres. Después de mi hay dos hombres, luego una mujer, otro hombre y una mujer. Mi relación con mi padre siempre la he tenido muy clara y siempre dije/digo que soy “hija de mi padre”. Heredé el genio y la figura, el modito lo aprendí. Siempre dije que la formación intelectual se la debo a él y, sin duda, la manera de discutir, de emplear el lenguaje incluso para herir sin agredir. A los quince años me enviaron a estudiar a la Ciudad de México y solamente regresaba en las vacaciones de más de una semana (en la época, un viaje del D.F. a Tepic duraba entre 14 y 18 horas). 

El objetivo era elaborar un libro objeto reconociendo esa parte materna. Y es la hora en que no puedo ni siquiera comenzarlo. Palabras nunca me faltan, pero no termino de entender mi objeto de análisis. La punta de la hebra es saber que soy la mayor de seis hermanos, pero la madeja se enreda y hay que regresar una y otra vez para deshacer los pequeños nudos. De pronto creo que ya tengo el ovillo listo para tejer la historia, pero entonces mi madre misma comenta algo sobre su vida o sus sentimientos que, primero, me desconciertan y, luego, me hacen darme cuenta de que todavía no la conozco lo suficiente como para identificar y empatar lo que sé de mí con lo que voy sabiendo de ella; y eso hace que recomience. Una y otra vez. Me parece que es Marguerite Duras quien señala que no hay nada más difícil que escribir sobre la madre de uno.

Y si no es mi madre, la información llega de otra parte y deja ver los huecos en el rompecabezas que trato de armar. En mi relato para Es lo cotidiano salté toda mi infancia para ir directamente a lo que mejor conozco, mi adolescencia y lo que siguió. Sin embargo, las claves comenzaron a aparecer y se hicieron evidentes en dos momentos:

  1. En mi reencuentro con mis excompañeras de la secundaria, cuando Yuya habló de la corona de reina, de la cual yo sigo sin tener memoria, y de la cual mi madre sabe menos que yo.
  2. En mi primera sesión del taller de poesía, Jair, mi maestro, me pidió contarle sobre mi infancia. Lo hice sin reflexionar (lo cual es habitual, aunque sea por escrito). El resultado está en Aprendiendo ando, en este blog. Ahí verbalicé lo que estuve elaborando sin darme cuenta durante el mes que pasó entre los dos momentos.

Luego, por supuesto, han venido reelaboraciones. Y nuevos encuentros con mi madre.

Conversando con mi hermana Nidia, digo en voz alta lo que sé de siempre: mi amá no está acostumbrada a saber que a veces no tengo fuerza, y la única razón es que ella se ocupaba de los menores, que necesitaban de su presencia para alimentarse, para comenzar.

Yo no sé cuándo me destetaron, pero tomando en cuenta que comencé a caminar a los 9 meses, sin haber gateado o haberme arrastrado, supongo que controlarme era casi imposible; mi madre se embarazó justo en ese momento. Mi hermano Manuel es 18 meses menor que yo. Y es seguro que ya no me alimentaba mi madre y que yo prefería el caldito de frijoles, el pan, y los lácteos y frutas. Sí, en mis primeras fotos me acompañan mis padres y el entorno es el de nuestra casa o de los jardines a los que me llevaban de paseo. Recuerdo a mis padres haciendo canastitas de cartoncillo azul, una noche, para alguno de mis primeros cumpleaños. Algunos días de lluvia, en verano, mi abuela se encargaba de entretenernos contándonos historias, subidos en la cama, a los dos mayores.

Durante el kínder, las vacaciones las pasaba con mi abuela y/o mi tía, ya fuera jugando con mi hermano Manuel fuera de la casa de mi tía o viajando yo con ella en tren, pasando semanas en Mazatlán o en Guadalajara, o simplemente recorriendo la ruta del Ferrocarril del Pacífico en el pulman. Mi primera carta, en 1953, está escrita desde allá y dirigida a mi madre que esperaba el nacimiento de mi hermano Juan, el tercero de nosotros. A mi tía y a Licho también las recuerdo acompañándome en Guadalajara, a donde me llevaban para que me pusieran transfusiones de sangre (también soy anémica crónica de nacimiento). Con mi tía desarrollé el gusto por el beisbol y una cierta afición al traje de luces, no a la “fiesta”, a partir de las corridas a las que asistí con ella. En cambio, nunca me interesé por aprender a jugar canasta o cualquier juego de cartas (o de mesa, en general), aunque la acompañaba a tertulias con sus amigas. Tampoco desarrollé gusto por el baile, aunque mis padres eran bailadores y con mi prima Licho asistía a sesiones de baile con sus amigas (cha cha cha y esas cosas, puras mujeres jóvenes).

De la primaria a la secundaria, los tiempos que pasaba con mis padres y hermanos eran las vacaciones; pero por lo menos en tres de esos veranos mi abuela nos llevó al rancho de los Becerra (su hermana mayor y sus hijos y nietos), en la sierra nayarita, a vivir libremente y sin más tecnología que la que desarrollaban los primos y tíos con lo que encontraban a su alrededor (y no era poco) y sin otros alimentos que los que resultaban de los productos del mismo rancho; mi madre nos llevó a Tijuana en dos veranos (1962 y 1964) a conocer a mi tío Alberto y sus otros hermanos, en el Cañón K, y a compartir con una gran tribu de primos enterregados, y conocer las atracciones de California, por supuesto.

Por eso no recuerdo nada de la cocina de mi mamá antes de los 10 años, que creo fue cuando nos cambiamos a la casa contigua a la de mi tía. De la cocina de mi tía ya he comentado y recuerdo a Elvira, quien ayudaba a mi tía y venía a ser pariente de mi tío Gonzalo en algún grado. Ella ponía una silla para tenerme cerca, junto a la estufa, mientras conversaba conmigo y me preparaba algo para comer. Nunca intenté meter las manos, aunque dudo mucho que ella lo hubiera permitido. Las fotos de esa época tienen como escenario el patio del frente de la casa de mi tía, o la banqueta, posando para la foto yo sola o acompañada de mi hermano Manuel y/o mi abuela. Y por eso mi madre no sabe nada de mi actuación como princesa con corona de reina.

De las cosas que no me afectaron, por este vivir entre dos casas, está la ausencia de mi padre. Según me contó Manuel, y mi madre confirmó, mi padre no vivió siempre con nosotros, porque estaba casado. No tengo la menor idea de cuándo se integró de lleno, porque para mí siempre estuvo presente. Siempre estaba cerca de mí y atento a mis necesidades, a mis conversaciones, a mi desarrollo. Conversaba con él durante el desayuno y durante la comida, a veces también en la ventana de su oficina cuando iba o cuando venía de la escuela en las horas de la mañana; pero también al salir de la primaria, por la tarde, en la academia de inglés que tenía exactamente frente a la escuela Amado Nervo. Sus clases ahí terminaban a las 9 de la noche, y entonces nos llevaba a algún merendero, especialmente El Maracas, cerca de la academia; mi madre y yo (y supongo que algunos de mis hermanos) lo alcanzábamos a la salida para irnos juntos y regresar a casa. Los días en que jugaba el equipo de futbol local, Los Coras, me llevaba con él a los partidos, los cuales seguía simultáneamente en una radio de transistores, mientras tomaba notas para su crónica en el periódico. Los domingos lo acompañaba(mos) al tenis, su pasión, y a las nieves al terminar. Por supuesto: hubo paseos y campamentos en los que participábamos todos, incluida mi abuela y mi tía y familia. Están las fotos y videos para probarlo.

Tampoco tengo muchos recuerdos de mis tres hermanos menores, que incluyen a mis dos hermanas. Tal vez todo eso explica por qué no me afectó estar sola, fuera de casa, desde antes de cumplir los 16 años. Y eso debo agradecerlo. El carácter se fue formando a lo largo de todos esos años y con todas esas experiencias. Una parte de mi formación quedó en el aire a pesar de todos los cuidados y, como cuento de fantasía, fue ahí donde el pinchazo tuvo lugar y me agarró sin preparación, para bien y para mal. La parte emocional y afectiva.

Antes de irme a México, faltando semanas para que cumpliera los 16 años, mi tía Cuca me entregó una novela gráfica, La novela semanal, que había conservado para mí, para ese momento. Me pidió leerla con cuidado y estar atenta. Es un recuerdo dulce y tierno que habla de su preocupación, su cariño y de que era totalmente consciente de que, como dijo el psicólogo de mi hijo, no entiendo nada ni me entero de gran cosa. La novela era una historia de una pareja de adolescentes, alrededor de mi edad. Acostumbrada a leer desde muy pequeña, rápidamente llegué al punto donde los novios van a pasear a un parque; seguían un par de páginas con florecitas, pajaritos y mariposas, después de las cuales la chica estaba embarazada … y no recuerdo el desenlace. Lo que se refiere a mi desarrollo en esa área está contado también en la entrada del blog ya citada.

Y aquí va mi madeja, todavía con muchos nudos. Sin que pueda tejer la historia que lleva ya ocho años en espera. Ciertamente, saber esto me ha ayudado a enfocar mejor mi trato con doña Margarita, de manera mucho más objetiva y abierta. Sigue siendo difícil.

 

 

 

 

15 de junio: mi encuentro con mis excompañeras

Friday, June 15th, 2018

Febrero: me fui a pasar tres días a mi pueblo, para festejar mi cumpleaños a mi modo.

Previamente había soñado con Nely Robles y, durante el sueño, había recordado su teléfono (cinco dígitos, en la época) y pude recomponerlo en la marcación actual. Al tercer intento me contestó ella misma, inconfundible a pesar de los años, muchos, de no tener contacto con ella. Me contó que hacía poco se habían reunido las ex compañeras de la secundaria (éramos 70 en tercer año, en un solo grupo, y yo no podría identificar a más de una decena, por su nombre, de las cuales la mayoría serían de compañeras mías desde la primaria) y que hubiera sido bueno juntarme. Le pregunté si habían buscado a Raquel, mi verdadera amiga desde los 6 años, durante toda la primaria y secundaria, y respondió que no porque “ya sabemos que no está en condiciones”. Por supuesto que yo no hubiera asistido; ya lo habían intentado en algún momento del año 2000 para celebrar que todas (muchas, porque había algunas compañeras que eran hasta tres años mayores que nosotras) cumpliríamos 50 años en esa época. También entonces pregunté por Raquel, también entonces me dijeron que no la incluían. Y yo decidí que no tenía nada qué hacer en un grupo enorme de mujeres en crisis de la edad.

Acepté que nos reuniéramos “con las que puedan” sabiendo que sería difícil reunir a esa cantidad de mujeres y que muchas de ellas no querrían involucrarse conmigo dada la personalidad que ellas mismas me construyeron (pareces vago, eres comunista, tienes muchos amigos, etc.). La realidad es que SOY un vago, que nunca he sido ni comunista ni cosa que se le parezca y que sí tengo muchos amigos desde mis 16 años, para bien mío.

Llegué a Tepic y visité a mi tía Esperanza y a Raquel. Con Raquel comenté el probable encuentro con las excompañeras, invitándola, pero se negó. Conversamos un buen rato y quedamos de vernos al siguiente día para festejar nuestros cumpleaños (ella cumple el 9, yo el 18) comiendo en forma. Paseé un poco y me entretuve en la plaza escuchando un mariachi tradicional, lo que originalmente es el mariachi, surgido en Nayarit (no el modernizado por los jaliscienses) y tocando sones muy nayaritas, la Negra entre ellos. Por la noche me puse de acuerdo con Nely: había contactado a unas seis amigas que asistirían al día siguiente a tomar café en el restaurante del Hotel Fray Junípero, justo enfrente del hotel donde me hospedo habitualmente; la cita era a las 5 de la tarde.

Por la mañana acudí, como siempre, a almorzar al mercado y a comprar fruta en las carretas de las calles aledañas; compré café nayarita en tres partes distintas, aretes y pulseras huicholes; y pomada de peyote, para llevarle a mi comadre cuando vaya a TJ, en julio. La mañana se me fue en paseos; al medio día fui por Raquel y comimos en un restaurante vegetariano. A medio camino nos encontramos a una familia de músicos wixárika/huichol que me dedicó el “Corrido de Nayarit” para que lo grabara completo. Es tan grato sentirse envuelto por la cultura local y sentir que es ahí a donde uno pertenece, independientemente del lugar de residencia.

Dieron las 5 P.M. y me dirigí al restaurante para encontrar a las excompañeras. Las busqué sin éxito y me fui a esperarlas al lobby; les mandé un mensaje y un rato después me llamaron paa preguntar dónde estaba. Tampoco ellas me habían reconocido cuando entré a buscarlas. Nely y Billy (Luz Elvira) son las únicas dos con las que mantuve algún contacto hasta los 20 años, más o menos. Había otras dos, desconocidas para mí, aunque reconocí el nombre de una de ellas cuando se presentó. Jolgorio grande, y comenzamos a ponernos al día, o algo así. Yo había anticipado que, conociendo les mœurs, les daría información suficiente para que siguieran hablando de mí por los siguientes 50 años, y no me equivoqué. Querían saber todo de mi vida; por supuesto que no les daría acceso a Facebook para que se enteren de mis andanzas, pero siempre puedo dosificar lo que parece relevante para ellas y adicionarlo con fotos, anécdotas, etc. Mis exmaridos (“¿no estabas enamorada de Tony?”, NUNCA, “siempre lo creímos”, cada uno cree lo que le parece), mi hijo (mamá gallina saca las mejores fotos del escuincle y sus paseos, y hace un recuento de sus logros) y …

Y en ese punto alguien me llamó por mi nombre “Blanca Parra”, escuché y volteé a mi izquierda. No la reconocí, así que pregunté Y tú, ¿quién eres? “Yuya Rosales, ¿no me reconoces?”. No, dije, es que recordaba que eras más alta. “Siempre he medido lo mismo”, replicó, y ya no supe que otra mentira contar para disimular. En alguna parte en este blog conté de ella y su familia. Fuimos compañeras de kínder a secundaria y solíamos frecuentarnos mucho, viviendo sobre la misma calle, a escasos 30 metros una casa de la otra. Y sin embargo no recordaba su rostro.

Dijo que tenía que irse pronto por lo que a ella tendría que contarle todo rápidamente. Hice un recuento breve de lo que antes había compartido y comenté que en mi blog había mencionado a su familia por lo cual su hermano me había contactado de alguna manera y que me había pedido que corrigiera lo dicho en mi blog: en su casa había caballerizas y no solamente pasturería; y que lo hice sin problema. Ella confirmó el asunto y preguntó si recordaba que además de los coches, la camioneta y la bicicleta -en los cuales el Cano, el chofer e IBM de esa familia, nos llevaba y/o nos recogía a/de la escuela- también tenían una carreta en la que el mismo Cano nos llevó a pasear alguna vez. Tuve que hacer memoria, rápidamente. Cierto, dije; nos llevó a dar una vuelta por las calles alrededor de la casa en un cumpleaños de tu papá, en el que fuiste la reina del palenque (privado, en la casa) y yo fui tu princesa. Hasta recuerdo mi vestido azul, de falda de varias capas de gasa y la blusa de satín o tafeta, sin manga y de cuello redondo; y recuerdo que me peinaron con un chonguito. “Pero llegaste con la corona de María Luisa”, dijo con resabio.

¿Cómo?, pregunté; porque de eso sí no tenía ni tengo recuerdo alguno. “La corona de tu prima, que fue reina de un antro”. No; Licho fue reina del Carnaval en el barrio en el que vivíamos (barrio al cual pertenece su familia, por cierto) y la coronación fue en el casino Olímpico, también en el barrio, repliqué. “Pero llegaste con esa corona”. Me aguanté la risa, porque yo no recuerdo el hecho, pero puedo suponer que mi tía Cuca, mi segunda madre y madre de Licho, fue quien decidió ponerme el accesorio e imagino, dada su personalidad y su cariño por mí, que debió decir algo así como “princesa, ni madres; tú eres reina”, antes de mandarme al festejo.

Cambiamos de tema, las otras le hicieron saber de mis estudios en Francia a lo que respondió que ella hizo allá una maestría y la habían tratado muy mal, por lo que antes de regresar les advirtió lo equivocados que estaban con respecto a ella y que algún día se darían cuenta de que ella tenía razón. Los franceses. OK.

Me hicieron decir de quién había estado y sigo estando enamorada; no lo conocen, dije, pero describí brevemente al amor de mi vida. Pasamos a los asuntos de trabajo y Yuya dijo que había trabajado en el Tecnológico de Tepic. Entonces tú si lo conociste, dije, y di el nombre y la circunstancia de su muerte. “Sí, lo mató uno de sus alumnos, por una calificación”, dijo corroborado. Lo siguiente que recuerdo es que se puso de pie diciendo muy lentamente “Altísimo, guapísimo, moreno, de ojos verdes; ¿tú?”. Yo; yo que añoro la fina estampa, pero infinitamente más el ser.

No supe en qué momento se fue, porque luego pasamos al divertido asunto de repartir la cuenta según lo que cada un había consumido. Hora y media hasta que hice lo inusual: hacer yo la cuenta de cada una. No quiero imaginar la cara del mesero que escuchaba a un grupo de mujeres de la tercera edad que olvidaban lo que se les acababa de decir y se enredaban una y otra vez con los gastos.

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Georgina, Yuya, Bertha, Yo, Nely, Billy

Regresé al hotel y le mandé un mensaje a mi mamá para que me confirmara lo de la corona. Si yo no tengo recuerdo mi amá ni siquiera se enteró de que fui princesa ni de la fecha en la que Licho fue reina (y también fue reina de la playa, por cierto). Mandé un mensaje a Mari Cruz, la hija mayor de Licho; respondió con la foto de la coronación y la fecha: Carnaval de 1955; yo acababa de cumplir cinco años, un mes antes, y tenía razón en que había sido mientras estaba en el kínder y de que tenía el pelo largo para hacerme un chongo; porque la foto de la fiesta de coronación de mi prima me muestra con el pelo largo peinado en caireles, con un vestido blanco y con mangas largas. Y muestra la corona.

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Yo a los cinco años, y mi vestido de pincesa como lo recuerdo

1955 mi prima fue reina y yo su paje

Mi prima en su coronación. Yo en la esquina inferior. Imaginen esa corona en mi cabeza

Sigo divertida por lo que se refiere a ese punto. Sigo sorprendida por la otra reacción y esa pregunta de incredulidad “¿Tú?”. Yo, yo y mi enorme privilegio, el que agradezco a la vida.

El siguiente día, el día de mi cumpleaños, dediqué la mañana a estar a solas con mi dulce fantasma, mi fina estampa, en nuestra banca de la Alameda; conversé y le escribí, como siempre. Luego fui a San Blas a comer, acompañada por mi primo Alonso. En el malecón nuevo decidí caminar por un andador solitario. Ahí estaba mi regalo de cumpleaños:

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Mi regalo de cumpleaños, en mi camino solitario

Es similar al que encontré en mayo de 2017, también en San Blas, al comenzar a caminar en la playa. Un día antes, en la misma banca de la Alameda, había pedido una señal de que seguía caminado conmigo.

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A la iquierda, mi regalo de mayo de 2017; a la derecha, el de mi cumleaños 68

Yo y mi privilegio, que sigue siendo solamente mío.

12 de junio: la cartera que encontré

Tuesday, June 12th, 2018

He ido dejando cosas que pensaba relatar, con pequeñas notas para recordar cada asunto, pero el tiempo ha transcurrido sin que me ocupara de esas historias.

  1. La cartera que encontré en el baño de la Central de Autobuses de Guadalajara, unos minutos antes de salir para León, hace unos meses.
  2. Las sorpresas divertidas de mi encuentro con mis excompañeras de secundaria
  3. Lo que esas historias trajeron sobre mi historia personal y, particularmente, sobre mi relación con mi madre
  4. Lo que las vueltas y vueltas sobre mi reconstrucción personal aportan a mi visión del pasado que añoro
  5. Mi inscripción a ESFM, hace justo 50 años, descartando ya la arquitectura y, sin saberlo, definiendo aspectos de mi vida futura que nos llevarían a alejarnos. Y comprender que en tu poema de enero ya lo anticipabas sin que yo entendiera tu queja.
  6. Y vuelta reconstruir mi historia sobre mí misma.

Vueltas y vueltas.

  1. La cartera.

Me parece que era negra, con un cierre alrededor y tres o cuatro departamentos que contenían una tarjeta de débito, una muy pequeña libreta de notas, arracadas de fantasía envueltas en papel de china, un celular muy sencillo con unos tres contactos en su memoria, unos 200 pesos y una tarjeta de Coppel.  La encontré sobre el dispensador de papel sanitario en uno de los baños de la Central de Autobuses de Guadalajara, minutos antes de salir para León. Los números telefónicos de los contactos eran de León, de CDMX y de Tijuana; la tarjeta de Coppel era de León; asumí que la dueña viajaría en el mismo autobús que yo o que la encontraría en los alrededores.

Pedí que vocearan a la dueña, a partir del nombre en las tarjetas; primero en el mostrador de Primera Plus y luego dentro del mismo autobús en el que yo viajaría a León. La gente me miraba con cara de fastidio y sin entender por qué quería yo encontrar a la mujer. De todas maneras, nadie respondió a los llamados.

Comencé a marcar a cada uno de los contactos registrados, sin éxito, hasta que la batería del telefonito se agotó. Llegué a León pasadas las 10 de la noche, esperando dedicar parte de la mañana siguiente a encontrar  a la mujer de la que solamente tenía el nombre y los tres contactos. La señora Silvia tampoco entendía mi empeño en encontrarla. En la libretita encontré el NIP de su tarjeta de débito y lo destruí antes de que a alguien se le fuera a ocurrir algo. Nada pude saber a través de Coppel. Seguí llamando a cada uno de los contactos, sin éxito. Al cabo de unos días desistí: destruí las tarjetas, le di a la señora Silvia la cartera con todo su contenido, excepto por la libreta y una pequeña bolsa de plástico con imágenes. Luego destruí las tres hojas que tenían algún escrito.

Recuerdo uno de los escritos, en el que se marcaban fechas de encuentro con uno de los contactos telefónicos, alguien dedicado a hacer sanaciones, limpias, amarres y todo ese tipo de “trabajos”. Revisé la bolsita con imágenes y encontré oraciones a San Cipriano, al “ánima sola de Juan Minero”, al “Espíritu Intranquilo”, una “oración Atrayente” y una de “Amarre Total”. Adicionalmente, cinco recortes con otros tantos conjuros para asegurar el amor y la permanencia de alguna persona.

Una mujer sola y rogando por el cariño de un hombre, evidentemente. Más que por el cariño, por la posesión completa de la persona, a juzgar por lo que se pide en las oraciones y conjuros. Por ejemplo, la oración de Amarre Total reza:

Por los poderes de San Cipriano y de las tres Almas que vigila: Él viene ahora sobre mí. Enamorado, lleno deseo por mí. Cualquier mujer que esté en su cabeza se va. Que Él tenga la certeza de que soy la mujer de su vida. Que al comer piense en mí, que al dormir piense en mí; que sólo quiere verme, olerme, tocarme. Que sólo quiera besarme, abrazarme, cuidarme, protegerme las 24 horas de todos sus días. Espíritu de Rosita Alvirez, del Caballo Prieto y de Santa Inés del Monte Perdido: que sin mí se sienta perdido; que se sienta perdidamente enamorado de mí. Te agradezco, ¡Oh, San Cipriano! por interceder en mi favor para enamorar a __________ y traerlo cariñosos, derrotado, dedicado y fiel, lleno de deseo a mis brazos. Amén. (Rezar tres días consecutivos).

El refuerzo viene con un conjuro, en uno de los recortes:

Espíritu dominador que dominas en los planes terrenales y espirituales, te llamo tres veces para que vengas y te manifiestes en este Polvo de Amor y Cariño y que, por medio de Él, me concedas el amor y cariño de __________________________
ven pronto y rápido que dominado te tengo, por el poder y meditación del Espíritu Dominador.

Espíritu de Juan Minero, tráelo

Espíritu de Caballo Prieto, Ciégalo de amor por mí.

Espíritu de Juan Perdido, Búscalo y tráelo a las puertas de mi casa.

Espíritu de Rosita Alvirez, enamóralo y nunca lo dejes, hasta que rendido y humillado venga a las puertas de mi casa.

Estos dos elementos concentran el resto de las peticiones. Se deduce que aparte de pagar por las sesiones con el “sanador” -y probablemente el viaje en cada ocasión-, hay que comprar las estampitas plastificadas de las oraciones, las velas y los polvos de amor a los que hacen referencia. Más que pensar en los niveles de credibilidad de la dueña de la cartera, de su necesidad de aferrarse a algo, me pregunto: ¿de qué tamaño tiene que ser la soledad de uno para ir a confiar los anhelos y pesares a una de estas personas?

En mi visita a Guadalajara, en febrero, después de almorzar con mi prima Licho y su cuñada Lupe, me dejaron en el centro de la ciudad; buscando pitayas, ciruelas y nanches llegué el remodelado mercado Corona, que recorrí de arriba a abajo (encontré los antojos en los puestos externos). En el segundo piso tropecé con el área de hierbas, veladoras y elementos para sanaciones, conjuros y demás. Leen cartas, hacen limpias, etc. A la mitad de uno de los estrechos pasillos, al pasar, me llamó una mujer que para mí había estado invisible; me sobresalté, y algo en mí y mis muy breves respuestas la llevó a decir alguna cosa respecto a mi estado real, no visible, que me sorprendió; pero no quise indagar ni darle elementos adicionales, y ella no insistió. Es seguro que se dan cuenta de la fragilidad de las personas y que insisten con aquellas en quienes reconocen la necesidad de escucha o de compañía, o la desesperación ante algún desastre en sus vidas. Pero una cosa es que yo cuente mi vida en las redes sociales, y otra, muy distinta, que cuente mis secretos a desconocidos.